Nota del autor: este será de los últimos capítulos que suba al sitio. Aún queda mucha novela, así que no hay problema por todo lo publicado.
Ayudar en un altar de muertos era terapéutico para Maya después de que el profesor de Filosofía la sacara de su clase con la amenaza de otro reporte. El gatillo había sido muy injusto, pues llegó con un examen rápido de un tema que no habían visto. Ella apostó con su conocimiento como defensa. “Si yo repruebo, me deja esa calificación en el semestre; pero si lo paso, nos pone esa calificación a todo el grupo”, fueron sus palabras.
Pese a la sonrisa del
docente, ella obtuvo un diez y todavía le corrigió dos errores ortográficos. La
proeza fue aplaudida por todos, menos por él. La excusa para sacarla fue la
alteración del orden en el aula.
Aunque en sí, la única
alterada era ella. El día nublado hacía comunión con su humor turbio después de
ese percance. La ausencia de su asesor, el licenciado Eric, tampoco ayudaba
mucho. “¿No te da pena llevar tantos reportes? ¿Qué le pasó a la alumna ejemplar?”,
resonaban en su mente las burlas del docente cuando la vio salir.
Dio un pisotón cuando un
costal de aserrín casi se le rompe y muy poco de su contenido se volcó. Resopló
con furia hasta que una persona la ayudó a cargarlo con cuidado.
—¡Caray, Maya! ¿Quién te
hizo tanto daño?
La figura imponente de Lucas
se alzaba ante ella ofreciéndole su sonrisa irónica tan común en él.
—Perdón, amigo. Es que el
profesor de Ética es un idiota.
—Idiota le queda corto.
Vamos, cambia esa cara. Aquí estamos para ayudar.
Los
alumnos voluntarios se habían repartido en los tres grandes altares que
presentaba la escuela. El dedicado a algún maestro ilustre de la localidad, el
de los exalumnos o alumnos víctimas de la violencia en el país y el de las
figuras famosas de la cultura mexicana. La gran mayoría de los presentes
estaban ahí para evitar las clases, mientras que algunos, diestros en las
artes, aportaban al plasmar su talento.
En
el altar de los profesores estaban Kira, muchos integrantes de la Mesa del
Alumnado y Gisela. En el de los alumnos, Sam, Robi y la gran mayoría de las
chicas de Atletismo y voleibol hacían esfuerzo conjunto para terminarlo. Vika,
Zaza y Lucas hacían equipo junto a Maya y otros estudiantes de su grado para el
último, pues era el más pesado de armar.
El
sudor le escurría de a poco en la frente a Maya cuando terminó el bosquejo del
tapete de aserrín. Se desentumeció los dedos de estar sujetando las tizas de
colores. Al estirarse se dio cuenta del paradero de Bestia. Su amigo seguía muy
de cerca a Mila, quien sujetaba un portapapeles y daba instrucciones mientras
andaba. Ella se ajustó las gafas al tiempo que se acomodaba las trenzas con una
cabezada y le hizo una seña al muchacho para que se agachara. «Si Yan no se
hubiera cortado el pelo, vería tres trenzas ahora mismo», pensó. La Amada le
señaló un montón de masa de sal y madera balsa. En breve, el muchacho ya estaba
moldeando unas figuras con el material.
La
chica volteaba de vez en cuando a ver al muchacho y cuando parecía que ya había
acabado, él se limpió las manos con un trapo y se disponía a irse. Fue
interceptado por una chica igual de bajita que Mila quien le empezó a hacer
plática.
—Mira
nada más. No pierden el tiempo —habló la Movida desde atrás de Maya.
—¡Zaza!
No te escuché.
—Es
parte de mi encanto, querida. Qué ilusa chiquilla. ¿Sí la ves? —Empezó con aire
teatral—. Piensa que va a pescar algo con Yan. De seguro busca venturas,
riesgos, memorias para relatar a sus amigas. Pobre mosca muerta. ¡Observa! Se
peina distraída, balancea su peso entre las piernas, le lanza miradas
seductoras y seguramente le sonríe como una boba o le hace una vocecilla
ridícula. ¿Y esa falda tan corta?
—¡Qué
mala eres!
—Así
son estas doncellas, Maya. Quieren la experiencia del chico malo solo porque lo
ven alto, rudo y fortísimo, pero no es así. Nuestro pobre Yan es una oveja con
piel de lobo. No me corrijas, sé lo que dije. Están seguras de que Yan se las
va a llevar en su motocicleta —aunque ni tenga—, a un bar de mala muerte, tal
vez a tomarse un licor horrendo para después montarlas a la barra y…
—¡Ya
entendí! ¿Se le acercan mucho? —inclinó la cabeza.
—Por
lo general, no. A estas alturas ya estaría Gis espantando a estas molestas para
evitarles una decepción. Tiene práctica nuestra Bella. Solo una vez se le
escapó una. Pasó el riguroso filtro de Gis, engatusó a nuestro fortachón y
después de muchas sandeces, le dejó el corazón roto. —Se sujetó el pecho y
miró al cielo—. O eso dice el vulgo. No me sé toda la historia y eso me ofende
como la más informada de la escuela. Desde entonces, se fija quién se le acerca
a su hermanote. ¡Míralo! Aunque ahora parece más incómodo que de costumbre.
Maya
observó el notorio malestar de su amigo y de cómo intentaba escapar de la
chica. Sin embargo, por el borde de su visión, alcanzó a vislumbrar una estela
roja. Se movía con la lentitud y la peligrosidad de la lava. Gisela apareció en
el cuadro como un incendio anunciado y sujetó de forma posesiva el antebrazo de
Yan. A pesar de la distancia, se escuchó claramente su voz. “¿Quién es esta
chiquilla tan adorable, mi Bestia? Está bien tierna.”, remarcó la última
palabra.
—Ya
se había tardado esta cabrona —habló la Victoriosa—. ¿Qué pedo con estas
morras? No han de tener ni quince y se andan fijando en el ruco de Yan.
Gisela
se desbordaba en halagos hacia la chica. Diciéndole niña, adorable, lindura y
cosita mientras remarcaba que él era de su propiedad y no se le despegaba.
Después de unos instantes, la pequeña desistió y se fue de ahí con cara de
derrota.
—Rob
y Tomi podrán ser los mejores bateadores —comentó Lucas que también estaba de
chismoso—, pero Gisela no les envidia nada a la hora de abanicar.
—Así
de culera llega a ser Gisela y al chile qué bueno —sentenció Vika.
—No
sé cómo a él se las tienen que espantar, si yo también estoy guapo.
—Sí,
claro —masculló y volteó a ver a su amigo para después entornar los ojos. Abrió
un poco la boca—. ¡Ay, cabrón! Pues sí estás guapo.
—¡Te
estoy diciendo! Pero estar a la sombra de Yan me quita protagonismo. Espero que
no vaya a la misma uni que yo. Me cae bien, pero no me deja brillar.
Era media tarde cuando se dio por
terminado el montaje de los altares y se anunció que autoridades educativas
visitarían la escuela para verlos. Maya vestía un suéter holgado de botones y
se acercó a la ofrenda dedicada a los alumnos. Por fin pudo apreciar las
figuras que Bestia esculpía. Al inspirar por el asombro, tosió con el humo del
copal y se retiró un poco del sahumador. El arte que había plasmado su amigo
eran varios alumnos practicando deportes. Dos chicas en voleibol, un bateador y
un pitcher, dos artistas marciales y una gimnasta. El nivel de detalle la dejó
atónita y perdió la noción del tiempo hasta que alguien se situó a un lado de
ella.
—Y
deberías ver las figuras de Kira. Ella las hace mejor —declaró Yan con respeto.
La
chica fue al altar de los maestros sin mediar palabra y vio toda un aula
tallada en madera. Estaba representado uno de los salones de la escuela y un
maestro al frente de unas butacas. La imagen la enterneció y giró sobre sí
misma para apreciar los tres altares que decoraban el patio de la preparatoria,
al tiempo que el aroma del cempasúchil le llenaba los pulmones y las luces de
las veladoras terminaban de decorar la escena.
El Aquelarre, los muchachos, Maya y su
mejor amiga estaban reunidos cerca de la entrada, presas del aburrimiento. Una
ambulancia sonó en las inmediaciones y Bella y Bestia intercambiaron miradas
extrañados. El muchacho sacó su teléfono y se dirigió al acceso para revisar.
Regresó al poco rato tranquilizando al grupo. “Es solo por protocolo. Nadie en
la escuela la necesita”, explicó.
—¿Y
si ya nos abrimos? —sugirió Vika—. Ya no hay nada que hacer.
—Podemos
ir al Festival de las Ánimas —habló Zaza—. A menos que tengamos prohibido
salir. —Le dedicó una mirada cargada de intención a Kira.
—El
reglamento dice que, en los días de actividades libres, podemos retirarnos en
cuanto estén terminados los pendientes. Así que no hay problema alguno.
—Mi
Reina nunca me decepciona. Podemos ir a ver a la mamá de Mila antes de ir al
festival.
—Gracias,
en serio gracias —contestó la Amada—. Tengo mucho para contarle. ¡Vamos, vamos!
Maya
siguió al grupo. «En tres años que llevo ayudando a Mila, nunca he visto a su
mamá. Sam tenía razón, era una egoísta», se reprendió.
Cuando los jóvenes llegaron al lugar, el
cielo ya se acercaba a los tonos violetas y azules. El perfume floral estaba
muy presente y Mila iba a la cabeza de la comitiva. La chica se hincó frente a
su madre para presentarle respetos y empezar a arreglar todo frente a ella.
—Buenas
tardes, mamá —dijo con dulzura—. ¡Qué semestre tuvimos en la escuela! ¡Qué
semestre! Me volvieron a elegir para el Comité de Eventos. Ya lo hago mejor
cada vez. Todo lo que me enseñaste me ha servido mucho pero mucho. Recuerdo que
me molesté cuando Gis me nominó al principio, pero nunca me dejó sola. Mis
otras amigas también son un amor. ¿Te acuerdas que te platiqué de ellas? Seguro
que sí, sí. Además, Maya, la mejor de la escuela, ahora es mi amiga de verdad.
Y con ella se nos juntó Samantha. Son muy lindas. Y Bestia sigue pareciendo un
tipo grandote y rudo, aunque siempre me ha conmovido. Solo que no se lo digo
para cuidar su imagen. Nunca deja a la gente desamparada. Oye, mamá, ¿te
molesta si rezamos? Pero tal vez ya lo hiciste con papá y comieron algo. “De la
misa a la mesa no se reza”. O algo así decía mi padrino. Pero te voy a cantar.
Sí, mejor cantar.
La
Amada recortaba tallos, limpiaba los floreros, pulía el marco con la foto de su
madre mientras empezó a entonar La Martiniana.
El
veintiocho de octubre se suele conmemorar a los que perecieron en accidentes,
pero debido a las ocupaciones de la chica y todas sus amigas, no pudieron
asistir a visitar a su mamá. Todos estaban a una distancia respetuosa de aquel
encuentro.
Maya
tenía un nudo en la garganta. Inclinó la cabeza un poco para que las lágrimas
no fueran visibles.
—¿Cuándo
pasó? —musitó.
—Cuando
íbamos a entrar a preparatoria —explicó Gisela—. Venía en la troca luego de
vender en el mercado y un conductor la embistió de frente. Se nos fue al
instante.
—Nunca
supe si te gustaba mi voz, mamá —dijo Mila al terminar de cantar—. Aunque de
seguro dirías que sí para no herir mis sentimientos. A lo mejor piensas que soy
repetitiva, muy repetitiva, pero gracias por todo lo que me enseñaste en el
negocio. Sigo de pie, ¡eh! Ojalá pudieras estar aquí para darme tu abrazo. Voy
a seguir bien, no te preocupes. No me esperes pronto, porque pienso vivir como
me lo pediste. ¿Está bien? Aquí va otra canción.
Terminó
de preparar todo para sentarse con las piernas cruzadas. Sus amigos se
reunieron con ella mientras entonaba Amor Eterno.
Kira y Gis se encontraban junto a la Amada
ayudándole a recoger todo. Los demás estaban desperdigados por el lugar. Solo
Maya observaba la escena sin saber qué decir o hacer. Fue la voz de Yan la que
la sacó de su ensimismamiento.
—Siempre
he admirado mucho a Mila.
—¿Por
qué? —preguntó sin voltear a verlo.
—Cuando
le pasó esa desgracia, le dieron la noticia de mala manera, culpando a su mamá.
¡Qué tontería es culpar a la víctima! Pero Mila no se achicopaló. Ayudó a su
papá y familiares a levantar el negocio. Y en su primer parcial, pese al dolor,
sacó muy buenas notas. En su primer año la nombraron al puesto que tiene.
—A
pesar de todo.
—Sí.
Su día a día era un recordatorio constante de que su mamá ya no estaba. Qué
valor el de ella que aprendió a caminar con la muerte tan cerca.
La
luz prácticamente se había extinguido y algunos de los faroles del panteón ya
titilaban para encenderse. Por común acuerdo, estaban listos para irse. Maya
dio media vuelta y se topó con Gisela de espaldas al ocaso.
—Bonita,
no creerás que vas a ir así a ver a las ánimas, ¿o sí?
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