Nota del autor: este será de los últimos capítulos que suba al sitio. Aún queda mucha novela, así que no hay problema por todo lo publicado....

Capítulo 26

Nota del autor: este será de los últimos capítulos que suba al sitio. Aún queda mucha novela, así que no hay problema por todo lo publicado.

Ayudar en un altar de muertos era terapéutico para Maya después de que el profesor de Filosofía la sacara de su clase con la amenaza de otro reporte. El gatillo había sido muy injusto, pues llegó con un examen rápido de un tema que no habían visto. Ella apostó con su conocimiento como defensa. “Si yo repruebo, me deja esa calificación en el semestre; pero si lo paso, nos pone esa calificación a todo el grupo”, fueron sus palabras.

Pese a la sonrisa del docente, ella obtuvo un diez y todavía le corrigió dos errores ortográficos. La proeza fue aplaudida por todos, menos por él. La excusa para sacarla fue la alteración del orden en el aula.

Aunque en sí, la única alterada era ella. El día nublado hacía comunión con su humor turbio después de ese percance. La ausencia de su asesor, el licenciado Eric, tampoco ayudaba mucho. “¿No te da pena llevar tantos reportes? ¿Qué le pasó a la alumna ejemplar?”, resonaban en su mente las burlas del docente cuando la vio salir.

Dio un pisotón cuando un costal de aserrín casi se le rompe y muy poco de su contenido se volcó. Resopló con furia hasta que una persona la ayudó a cargarlo con cuidado.

—¡Caray, Maya! ¿Quién te hizo tanto daño?

La figura imponente de Lucas se alzaba ante ella ofreciéndole su sonrisa irónica tan común en él.

—Perdón, amigo. Es que el profesor de Ética es un idiota.

—Idiota le queda corto. Vamos, cambia esa cara. Aquí estamos para ayudar.

            Los alumnos voluntarios se habían repartido en los tres grandes altares que presentaba la escuela. El dedicado a algún maestro ilustre de la localidad, el de los exalumnos o alumnos víctimas de la violencia en el país y el de las figuras famosas de la cultura mexicana. La gran mayoría de los presentes estaban ahí para evitar las clases, mientras que algunos, diestros en las artes, aportaban al plasmar su talento.

            En el altar de los profesores estaban Kira, muchos integrantes de la Mesa del Alumnado y Gisela. En el de los alumnos, Sam, Robi y la gran mayoría de las chicas de Atletismo y voleibol hacían esfuerzo conjunto para terminarlo. Vika, Zaza y Lucas hacían equipo junto a Maya y otros estudiantes de su grado para el último, pues era el más pesado de armar.

            El sudor le escurría de a poco en la frente a Maya cuando terminó el bosquejo del tapete de aserrín. Se desentumeció los dedos de estar sujetando las tizas de colores. Al estirarse se dio cuenta del paradero de Bestia. Su amigo seguía muy de cerca a Mila, quien sujetaba un portapapeles y daba instrucciones mientras andaba. Ella se ajustó las gafas al tiempo que se acomodaba las trenzas con una cabezada y le hizo una seña al muchacho para que se agachara. «Si Yan no se hubiera cortado el pelo, vería tres trenzas ahora mismo», pensó. La Amada le señaló un montón de masa de sal y madera balsa. En breve, el muchacho ya estaba moldeando unas figuras con el material.

            La chica volteaba de vez en cuando a ver al muchacho y cuando parecía que ya había acabado, él se limpió las manos con un trapo y se disponía a irse. Fue interceptado por una chica igual de bajita que Mila quien le empezó a hacer plática.

            —Mira nada más. No pierden el tiempo —habló la Movida desde atrás de Maya.

                —¡Zaza! No te escuché.

            —Es parte de mi encanto, querida. Qué ilusa chiquilla. ¿Sí la ves? —Empezó con aire teatral—‍. Piensa que va a pescar algo con Yan. De seguro busca venturas, riesgos, memorias para relatar a sus amigas. Pobre mosca muerta. ¡Observa! Se peina distraída, balancea su peso entre las piernas, le lanza miradas seductoras y seguramente le sonríe como una boba o le hace una vocecilla ridícula. ¿Y esa falda tan corta?

            —¡Qué mala eres!

            —Así son estas doncellas, Maya. Quieren la experiencia del chico malo solo porque lo ven alto, rudo y fortísimo, pero no es así. Nuestro pobre Yan es una oveja con piel de lobo. No me corrijas, sé lo que dije. Están seguras de que Yan se las va a llevar en su motocicleta —aunque ni tenga—, a un bar de mala muerte, tal vez a tomarse un licor horrendo para después montarlas a la barra y…

            —¡Ya entendí! ¿Se le acercan mucho? —inclinó la cabeza.

            —Por lo general, no. A estas alturas ya estaría Gis espantando a estas molestas para evitarles una decepción. Tiene práctica nuestra Bella. Solo una vez se le escapó una. Pasó el riguroso filtro de Gis, engatusó a nuestro fortachón y después de muchas sandeces, le dejó el corazón roto. —‍Se sujetó el pecho y miró al cielo—. O eso dice el vulgo. No me sé toda la historia y eso me ofende como la más informada de la escuela. Desde entonces, se fija quién se le acerca a su hermanote. ¡Míralo! Aunque ahora parece más incómodo que de costumbre.

            Maya observó el notorio malestar de su amigo y de cómo intentaba escapar de la chica. Sin embargo, por el borde de su visión, alcanzó a vislumbrar una estela roja. Se movía con la lentitud y la peligrosidad de la lava. Gisela apareció en el cuadro como un incendio anunciado y sujetó de forma posesiva el antebrazo de Yan. A pesar de la distancia, se escuchó claramente su voz. “¿Quién es esta chiquilla tan adorable, mi Bestia? Está bien tierna.”, remarcó la última palabra.

            —Ya se había tardado esta cabrona —habló la Victoriosa—. ¿Qué pedo con estas morras? No han de tener ni quince y se andan fijando en el ruco de Yan.

            Gisela se desbordaba en halagos hacia la chica. Diciéndole niña, adorable, lindura y cosita mientras remarcaba que él era de su propiedad y no se le despegaba. Después de unos instantes, la pequeña desistió y se fue de ahí con cara de derrota.

            —Rob y Tomi podrán ser los mejores bateadores —comentó Lucas que también estaba de chismoso—, pero Gisela no les envidia nada a la hora de abanicar.

            —Así de culera llega a ser Gisela y al chile qué bueno —sentenció Vika.

            —No sé cómo a él se las tienen que espantar, si yo también estoy guapo.

            —Sí, claro —masculló y volteó a ver a su amigo para después entornar los ojos. Abrió un poco la boca—. ¡Ay, cabrón! Pues sí estás guapo.

            —¡Te estoy diciendo! Pero estar a la sombra de Yan me quita protagonismo. Espero que no vaya a la misma uni que yo. Me cae bien, pero no me deja brillar.

 

Era media tarde cuando se dio por terminado el montaje de los altares y se anunció que autoridades educativas visitarían la escuela para verlos. Maya vestía un suéter holgado de botones y se acercó a la ofrenda dedicada a los alumnos. Por fin pudo apreciar las figuras que Bestia esculpía. Al inspirar por el asombro, tosió con el humo del copal y se retiró un poco del sahumador. El arte que había plasmado su amigo eran varios alumnos practicando deportes. Dos chicas en voleibol, un bateador y un pitcher, dos artistas marciales y una gimnasta. El nivel de detalle la dejó atónita y perdió la noción del tiempo hasta que alguien se situó a un lado de ella.

            —Y deberías ver las figuras de Kira. Ella las hace mejor —declaró Yan con respeto.

            La chica fue al altar de los maestros sin mediar palabra y vio toda un aula tallada en madera. Estaba representado uno de los salones de la escuela y un maestro al frente de unas butacas. La imagen la enterneció y giró sobre sí misma para apreciar los tres altares que decoraban el patio de la preparatoria, al tiempo que el aroma del cempasúchil le llenaba los pulmones y las luces de las veladoras terminaban de decorar la escena.

 

El Aquelarre, los muchachos, Maya y su mejor amiga estaban reunidos cerca de la entrada, presas del aburrimiento. Una ambulancia sonó en las inmediaciones y Bella y Bestia intercambiaron miradas extrañados. El muchacho sacó su teléfono y se dirigió al acceso para revisar. Regresó al poco rato tranquilizando al grupo. “Es solo por protocolo. Nadie en la escuela la necesita”, explicó.

            —¿Y si ya nos abrimos? —sugirió Vika—. Ya no hay nada que hacer.

            —Podemos ir al Festival de las Ánimas —habló Zaza—. A menos que tengamos prohibido salir. —Le dedicó una mirada cargada de intención a Kira.

            —El reglamento dice que, en los días de actividades libres, podemos retirarnos en cuanto estén terminados los pendientes. Así que no hay problema alguno.

            —Mi Reina nunca me decepciona. Podemos ir a ver a la mamá de Mila antes de ir al festival.

            —Gracias, en serio gracias —contestó la Amada—. Tengo mucho para contarle. ¡Vamos, vamos!

            Maya siguió al grupo. «En tres años que llevo ayudando a Mila, nunca he visto a su mamá. Sam tenía razón, era una egoísta», se reprendió.

 

Cuando los jóvenes llegaron al lugar, el cielo ya se acercaba a los tonos violetas y azules. El perfume floral estaba muy presente y Mila iba a la cabeza de la comitiva. La chica se hincó frente a su madre para presentarle respetos y empezar a arreglar todo frente a ella.

            —Buenas tardes, mamá —dijo con dulzura—. ¡Qué semestre tuvimos en la escuela! ¡Qué semestre! Me volvieron a elegir para el Comité de Eventos. Ya lo hago mejor cada vez. Todo lo que me enseñaste me ha servido mucho pero mucho. Recuerdo que me molesté cuando Gis me nominó al principio, pero nunca me dejó sola. Mis otras amigas también son un amor. ¿Te acuerdas que te platiqué de ellas? Seguro que sí, sí. Además, Maya, la mejor de la escuela, ahora es mi amiga de verdad. Y con ella se nos juntó Samantha. Son muy lindas. Y Bestia sigue pareciendo un tipo grandote y rudo, aunque siempre me ha conmovido. Solo que no se lo digo para cuidar su imagen. Nunca deja a la gente desamparada. Oye, mamá, ¿te molesta si rezamos? Pero tal vez ya lo hiciste con papá y comieron algo. “De la misa a la mesa no se reza”. O algo así decía mi padrino. Pero te voy a cantar. Sí, mejor cantar.

            La Amada recortaba tallos, limpiaba los floreros, pulía el marco con la foto de su madre mientras empezó a entonar La Martiniana.

            El veintiocho de octubre se suele conmemorar a los que perecieron en accidentes, pero debido a las ocupaciones de la chica y todas sus amigas, no pudieron asistir a visitar a su mamá. Todos estaban a una distancia respetuosa de aquel encuentro.

            Maya tenía un nudo en la garganta. Inclinó la cabeza un poco para que las lágrimas no fueran visibles.

            —¿Cuándo pasó? —musitó.

            —Cuando íbamos a entrar a preparatoria —explicó Gisela—. Venía en la troca luego de vender en el mercado y un conductor la embistió de frente. Se nos fue al instante.

            —Nunca supe si te gustaba mi voz, mamá —dijo Mila al terminar de cantar—. Aunque de seguro dirías que sí para no herir mis sentimientos. A lo mejor piensas que soy repetitiva, muy repetitiva, pero gracias por todo lo que me enseñaste en el negocio. Sigo de pie, ¡eh! Ojalá pudieras estar aquí para darme tu abrazo. Voy a seguir bien, no te preocupes. No me esperes pronto, porque pienso vivir como me lo pediste. ¿Está bien? Aquí va otra canción.

            Terminó de preparar todo para sentarse con las piernas cruzadas. Sus amigos se reunieron con ella mientras entonaba Amor Eterno.

 

Kira y Gis se encontraban junto a la Amada ayudándole a recoger todo. Los demás estaban desperdigados por el lugar. Solo Maya observaba la escena sin saber qué decir o hacer. Fue la voz de Yan la que la sacó de su ensimismamiento.

            —Siempre he admirado mucho a Mila.

            —¿Por qué? —preguntó sin voltear a verlo.

            —Cuando le pasó esa desgracia, le dieron la noticia de mala manera, culpando a su mamá. ¡Qué tontería es culpar a la víctima! Pero Mila no se achicopaló. Ayudó a su papá y familiares a levantar el negocio. Y en su primer parcial, pese al dolor, sacó muy buenas notas. En su primer año la nombraron al puesto que tiene.

            —A pesar de todo.

            —Sí. Su día a día era un recordatorio constante de que su mamá ya no estaba. Qué valor el de ella que aprendió a caminar con la muerte tan cerca.

            La luz prácticamente se había extinguido y algunos de los faroles del panteón ya titilaban para encenderse. Por común acuerdo, estaban listos para irse. Maya dio media vuelta y se topó con Gisela de espaldas al ocaso.

            —Bonita, no creerás que vas a ir así a ver a las ánimas, ¿o sí?

Bella sacó algo de su bolsillo y la escasa luz no permitía verle el rostro, salvo por una ancha sonrisa.

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