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¡OTRO CUENTO QUE LES DEJO! Un pequeño y tétrico hombre de nieve se deslizaba temeroso por una banqueta. Venía huyendo de su cazador y no enc...

¡OTRO CUENTO QUE LES DEJO!

Un pequeño y tétrico hombre de nieve se deslizaba temeroso por una banqueta. Venía huyendo de su cazador y no encontraba como despistarlo. Un bastón de caramelo le rozó la cabeza y se desvió a un callejón para salir a una calle de los suburbios.

                Miró por la ventana de una casa y trató de hacerse escarcha para entrar por el borde del marco, pero le cortaron la inspiración cuando una shuriken de juguete le cortó su fea bufanda. El muñeco se frotó la nariz para pedir ayuda y corrió al frente de la casa.

                —¿A dónde crees que vas, espantajo? —gritó la chica que lo perseguía.

                El pequeño monstruo de nieve forzó la puerta y entró a una salita. En ella había dos sofás grandes, uno reclinable y un fuego de hogar a un costado. Además de una mesita de centro y un televisor enorme. En el lugar había tres niños jugando (dos muchachos y una niña). La más pequeña de ellas gritó a voz en cuello:

                —¡Son adefesios mágicos! ¡Vayamos por la abuela!

                Corrieron escaleras arriba y se perdieron de vista. El muñeco de nieve intentó ocultarse en algún lugar, pero la chica entró rápida como un guepardo y le aventó una tonfa que le atravesó el pecho. Al tiempo que se disolvía, el muñeco de nieve giró su cabeza 180°, tocó de nuevo su nariz y amenazó a su depredadora.

                —Vienen más, hija de los Claus. No podrás con tantos, aún eres una novata.

                Vanessa se ajustó el gorro de elfina de color negro y le espetó:

                —Puedo con toda la basura que me traigas.

                Apenas terminó de replicar cuando la puerta se abrió de par en par y la ventisca formó a una docena de monstruos de escarcha. Todos gruñeron al tiempo que se abalanzaron sobre la chica. Ella saltó sobre uno de los sofás y le dio una patada doble a uno de sus rivales. Dos más fueron vencidos cuando ella descendió con un split y los golpeó con sus tonfas.

                —¡No duden, mis muchachos! —gritó uno de ellos justo cuando la chica le aventó rompope caliente de su cantimplora y lo disolvió.

La lucha siguió por toda la sala y ella saltó a la escalera cuando uno de ellos intentó subir. Lo envolvió con papel de regalo y lo aventó al fuego de la salita. Por suerte, el papel era biodegradable y no soltó humo tóxico. Vanessa se sacudió las manos y se iba a guardar las tonfas en sus costalitos sin fondo cuando una señora de etnia hindú apareció en el rellano. Blandía una lanza con motivos navideños muy parecidos a los que tenían sus armas.

La tomó totalmente desprevenida, no tuvo tiempo de reaccionar cuando el arma se dirigió a su cabeza y le pasó por un lado. Un estallido de escarcha a sus espaldas la sorprendió y se dio la vuelta para ver cómo (ahora sí) el último muñeco de nieve se disolvía. Este levantó el dedo en medio antes de desaparecer.

La chica volteó a ver a su salvadora. Tenía un aspecto imponente, pese a estar en pijama con motivos navideños. La miró de arriba bajo y se detuvo en su rostro ahora amable.

—Yo te conozco… —dijo mientras enfocaba el rostro de su salvadora.

—Traje de elfina negro, incluido el gorro. Mexicana, ruda y chaparrita—. Soltó su arma y se llevó las manos a la boca asombrada—. ¡Oh, por todos los renos! Eres la pequeña de los Claus.

—¡¡Leya!! —gritó la chica y abrió los ojos de par en par.

La mencionada corrió a apapacharla y luego se apartó un poco mientras le sujetaba los hombros a Vanessa.

—Tu papá me manda fotos, pero no te hacen justicia. ¡Eres una monada, hija mía!

—No puedo creerlo —contestó Vanessa mientras una lágrima corría por su mejilla—. Eres la antecesora de mi padre. ¡Por Dios, qué bonita eres!

—Gracias. Pero, antes que nada, dime, ¿te encuentras bien?

—De maravilla. Sobre todo, después de que me salvaras.

—¡Bah! Eso no fue nada. Mis sobrinos me advirtieron del peligro y bajé tan pronto como pude. Tú ya habías solucionado casi todo. Dime, ¿quieres un chocolate caliente?

La antigua Claus invitó a Vanessa a la cocina y antes de empezar a hablar de su vida diaria llegaron los sobrinos. Ella, de hecho, era la tía abuela de estos. Después de presentarse, pasaron el rato hasta que los peque empezaron a cabecear.

 

Ya cuando los mandaron a dormir. Ellas se quedaron un rato a la barra degustando bebidas.

—Dime, haces esto todo el tiempo —quiso saber Leya.

—Siempre ayudo a papá. Estos rufianes que perseguí intentaron secuestrar familias en la parte de atrás de la plaza comercial. Como la chamba ha crecido, yo me encargo de las cosas que él no tiene tiempo de solucionar.

Leya la miró con ojo crítico, pero no dijo nada.

Vanessa empezó a contar anécdotas de todas sus aventuras y ya entrada la madrugada se disculpó para retirarse.

—Muchacha, antes de que te vayas —dijo Leya en el pórtico—, quiero aconsejarte que no se te olvide vivir tu vida. También es importante.

—No se preocupe. Antes de ser la sucesora de papá me preocuparé por eso.

—No te tardes mucho. Si me aceptas otro consejo, sugiero que también uses más tus puños y que uses los costalitos como método de defensa. Puedes devolver hechizos con ellos. Te servirá para tus peleas. Espero verte de nuevo.

Vanessa agradeció el detalle, prometió volver y se despidió a la carrera antes de subirse al trineo.

»Ay, muchacha —dijo Leya para sí—. Es muy evidente que tu papá no te dejará ser Santa Claus, porque ya dedicas mucho de tu tiempo. Espero que aprendas que la vida es más que solo deber.

Se ciño la pijama y se adentró a su hogar con una sonrisa en su rostro.



  Todos los inviernos cuidaba a mi abuelita cuando mi tata no estaba. Era una señora ya muy grande que siempre llevaba bastón y tenía un per...

 Todos los inviernos cuidaba a mi abuelita cuando mi tata no estaba. Era una señora ya muy grande que siempre llevaba bastón y tenía un perpetuo olor a galletas de nata.

            —¡Erik! —me llamó desde la cocina—. No se te olvide que me vas a acompañar a hacer las compras navideñas.

            Apenas si la oí, pues la radio estaba muy alta. Hablaban sobre una noticia de una lluvia de estrellas ese día.

            —Sí, nana. ¿Me vas a comprar un juguete?

            —No, hijo. Ese te lo va a traer Ded Moroz. Fuiste bueno, ¿verdad?

            —Siempre —le dije desde la puerta del recibidor ya listo para salir a la ligera nevada.

            Salimos a las tiendas del vecindario a comprar de todo, desde cosas de la cena familiar hasta algunos regalos que faltaban para mi familia. Todos en el camino saludaban a mi abue. Según me contó mi abuelito, ella había sido una heroína que hacía todo tipo de proezas en el pueblo, fuerte como un abedul y veloz como un lince. Sin embargo, de esa mujer que me decía, solo quedaba un ancianita amable y delicada.

            Estábamos por entrar a la carnicería cuando me dijo en voz baja:

            —Voy al final de la calle a comprar unos regalos. ¿Puedes pasar a la tienda a comprar lo que nos falta?

            —Claro, abuelita.

            Sabía que me encargó eso porque no quería que viera qué me iba a comprar o a mi abuelito. Apenas entré, noté que el carnicero y uno de los clientes miraron a mi abue. Me formé en la fila que ya había ahí.

            —Mira nada más, la pobre Irina apenas si puede caminar —le mencionó el locatario a su cliente.

            —Pobrecilla, con este frío y sale a los mandados. Mejor debería enviar a alguien.

            —No sé, uno de viejo se quiere sentir útil. Además, ella de joven era bastante ruda, decía mi padre.

            El carnicero empezó a empacar los montones de cortes del otro señor en varias bolsas. Después de unos instantes, este habló con crueldad:

            —¿Cuánto crees que le quede al pobre vejestorio?

            Iba a contestarles algo impropio cuando una alarma sonó en la ciudad y el sonido de varios vidrios rompiéndose inundaron el lugar.

            —¿Qué fue eso? —se alarmó el vendedor.

Vi por la ventana que daba al sol que caían unas piedras incendiadas sobre la ciudad. Ninguna era muy grande, pero estaban causando destrozos. Salí a la calle y observé que las personas intentaban ocultarse de los meteoritos que llovían. Las alarmas de los carros empezaron a sonar, pues esas rocas rompían la barrera del sonido. Corrí como pude entre tanto desastre para buscar a mi abuelita.

Uno de los aerolitos en particular pasó muy cerca de un edificio a mi derecha y todas las ventanas reventaron. El estallido me dejó aturdido mientras veía que algunos valientes salían a ayudar a las personas que no pudieron encontrar refugio. La escena parecía un bombardeo de película. Cuando divisé el final de la calle, donde dijo mi nana que iba a ir, vi al viejo Yegor, nuestro vecino. Estaba demasiado confundido para reaccionar. Me dirigí hacia él a toda carrera para ponerlo a salvo.

Estaba a escasos cincuenta pasos cuando una roca de al menos dos metros pasó sobre mi cabeza, me derribó al piso por la onda expansiva y cuando levanté la vista observé que el pobre anciano estaba en la trayectoria de ese meteoro. Se quedó inmóvil a mitad de la calle expectante a su inminente fin.

Fue cuando la vi casi en cámara lenta. Mi abuela caminaba sin ayuda del bastón en dirección del anciano. Se plantó frente a la roca y levantó su bastón para interceptarlo. Yo iba a gritar presa del pánico.

Y por un instante vi a mi abuela como había sido de joven, pelirroja, orgullosa y muy fuerte. Detuvo el meteoro como si nada, este se empezó a fracturar frente a ella y cayó hecho polvo y añicos. No hubo onda expansiva ni nada por el estilo. Cuando la nube se disipó, ahí estaba mi nana, forcejeando para levantar al viejo Yegor. Tenía el aspecto de la anciana afable de siempre.

Les dejo el final en la antología. ¡Buenas noches y felices fiestas!



 El mundo donde vive Aléthia, según ella misma. Tres puntos importantes: El maná es para servir La magia se rige por una trinidad Deler y lo...

 El mundo donde vive Aléthia, según ella misma.


Tres puntos importantes:
El maná es para servir
La magia se rige por una trinidad
Deler y los piratas contra la Quinta Alianza

¡Gracias por su atención!




  Tres de los peores rufianes buscados por la reina de Imil estaban reunidos en un granero abandonado. Era ya entrada la noche y solo la gen...

 Tres de los peores rufianes buscados por la reina de Imil estaban reunidos en un granero abandonado. Era ya entrada la noche y solo la gente maldita y nefasta rondaba en el bosque Ereboc como si nada. Estaban dispuestos en una mesa redonda y vieja de madera. Fertho, un forzador de mujeres y asesino de niños; Guiliberto, un estafador de ancianos y Milarda, una egoísta manipuladora de gobernantes. Cada uno había saciado sus deseos de las formas más ruines posibles. Los tres llevaban sus ropajes lujosos debajo de capas un poco descuidadas. El ruido de la naturaleza era casi insonoro dentro del edificio y de seguro los hacía sentir a salvo.

            —Bueno, ya saben que estamos siendo cazados por ella, ¿no? —habló primero Guili— ¿Qué perras vamos a hacer? Dicen que esa tal Dinalí es experta en matar.

            —¿Quién sería tan intrépido o estúpido para venir al bosque en la noche? —preguntó Ferho mientras se limpiaba las uñas con una daga.

            —Ella, es obvio. Dicen que está bendecida por las hadas. Yo escuché que el Hada Madre del agua la bendijo con la niebla. No puedes oírla ni sentirla dentro de la bruma y les recuerdo que estamos rodeados de ella.

            —¿Crees en las hadas? —dijo con burla—. ¡Bah! Esas son tonterías. ¡No existen! Son solo cuentos para espantar a la gente de los bosques y ruinas del sureste. Qué sandeces. Yo escuché que ella se sumerge en sombras por la bendición de las hadas del bosque. Patrañas, si me lo preguntas —escupió su frase y clavó su daga en la mesa.

            —¿No crees en ellas solo porque no las has visto? —preguntó Milarda desde su silla reclinada—. Eres más estúpido de lo que creí. Supongo que tampoco crees en el viento, ¿no? Tal vez también dudas de la diosa Aionia.

            —Pues tiene milenios que no vemos a la diosa madre —gruñó Fertho—, para mí está muerta junto a su influencia.

            —Blasfemo y estúpido como pensé. Créeme que el poder de madre sigue vigente. Y respecto a nuestra asesina, yo he escuchado que el hada de la fauna le dio el don de siempre estar en forma, tiene la constitución de una bestia y siempre atina sus tiros. Estamos aquí porque no sabemos qué todo sea verdad y tú la subestimas.

            Fertho se levantó de su silla cuando escuchó unos ruidos atrás de él en el techo. Sus compañeros intercambiaron miradas.

            —¡No me dio miedo! —aclaró poco convincente—. De seguro solo son ratas. No le tengo miedo a ninguna rame… —dejó la frase sin terminar cuando una saeta se le clavó en el pecho y cayó de rodillas.

            El escándalo que hizo cuando cayó sobre la mesa puso en alerta a sus compañeros y se levantaron de sus butacas. Descendí de la viga donde los había espiado desde el inicio. Salí de las sombras para que pudieran verme.

            —¿Alguien pensó que el idiota de Fertho tuviera razón en algo? —dije al tiempo que ponía el arco a mi espalda—. Jamás me vieron allá arriba.

            Guili se lanzó hacia mí con empuñadura en mano y antes de desenfundar su arma ya le había clavado dos dagas en el cuello y una en el pecho. Cayó ante mis pies su nefasto cadáver. Lo aparté con desgana con una pierna y me dirigí a Milarda.

            »La recompensa por ti sería más jugosa si te entregara viva. Si te rindieras, tendría piedad, pero no tiene caso —la miré confundida, pues estaba muy tranquila de pie.

            Ella no contestó, se descubrió los brazos y dejó al descubierto varios sellos mágicos. Era una maga.

            —Yo nunca dudé de ti, Dinalí —habló al tiempo que le transmitía maná a sus marcas—‍. Y tampoco dudo de las historias. Sé que las hadas existen, la diosa madre existe, la maldición que sembró sobre sus hijos rebeldes es real.

            Ella se refería a que los primeros en traicionar a la diosa su magia los mató, los segundos fueron convertidos en monstruos y los siguientes fueron corrompidos en su mente por la oscuridad.

            —¿Te vas a entrega a las tinieblas?

            No esperó respuesta y corrió hacia mí con las manos transformándose en garras mientras su cuerpo era cubierto por escamas...

Este cuento de Dinalí lo encontrarán completo en su propio libro, próximamente.




  El cuadro enfrente de mí era una farsa. Entre más lo veía, más mal me sentía conmigo mismo. El trato fue simple: un millonario le pagó a u...

 

El cuadro enfrente de mí era una farsa. Entre más lo veía, más mal me sentía conmigo mismo. El trato fue simple: un millonario le pagó a un artista de renombre por un cuadro cualquiera, lo sobornaron con favores para pintar ese adefesio. Después, una firma contrata a un tasador de arte que le da un valor exorbitante para que el mismo ricachón lo compre. Y, por último, ese trabajo se done a un museo o una galería de arte y así evitar pagar impuestos. El valor de esta obra, dos millones de dólares americanos. Caray, era demasiado.

            Veía cómo la gente esnob y un montón de pretenciosos desfilaban por enfrente del cuadro. Escuchaba una sarta de tonterías de todos ellos:

—Es obvio que el artista quería reflejar su depresión aquí —dijo una señora de las lomas.

—Me intriga el claroscuro de emociones plasmadas en este cuadro —mencionó un pobre anciano que se abanicaba con un fajo de billetes.

—Increíble todo lo que se despliega en la obra—decía un profesor de arte de alguna secundaria privada frente a sus alumnos.

Traté de aguantarme la risa varias veces. Lo único que reflejaba el cuadro, era la avaricia del pintor.

Casi escupo mi copa de vino cuando vi llegar a Catalina Escobar, la mejor crítica de arte de la ciudad. Iba junto a su esposo, un periodista célebre de un diario internacional. Él solo le tomó una foto, le cuchicheó algo a ella y se fue a admirar el resto de la galería. Me le acerqué para ver qué opinaba, pues su rostro de jugadora de póker no me decía nada.

—¿Qué opina usted? —inquirí después de saludar con una cabezada.

Me contestó el saludo de igual forma. Llevaba una boina con los colores de su equipo favorito, blusa blanca que denotaba un brasier negro, unos jeans rasgados y entallados y terminaba su conjunto con unos tenis de tipo senderismo. A pesar de su aspecto, todo mundo estaba al pendiente de lo que decía. Ella misma era artista hiperrealista.

Sorbió un poco de su zumo de fruta antes de contestar:

—Pinche pedazo de mierda
tenemos aquí.

—Perdón, ¿cómo dijo?

—No sé si el autor pintó con el pincel en el culo o quien se acostó con él lo dejó sin una nota a la mañana siguiente. Esta obra es una pifia, por ser educada. —Se inclinó para ver el valor del cuadro—. ¿Dos millones vale esta porquería? ¿Quién habrá sido el imbécil que valuó esto? Un sobornado, de seguro.

Bebió con asco el resto de su zumo y dejó el vaso a un miembro del personal del museo.

Si quieren conocer el final de esta obra, estén al pendiente de la antología que haré junto a mi amiga Janim.


  Tenía entendido que esta era la penúltima clase de narrativa que teníamos del semestre. Cursar cinematografía fue un maldito reto, pero lo...

 

Tenía entendido que esta era la penúltima clase de narrativa que teníamos del semestre. Cursar cinematografía fue un maldito reto, pero lo llevé bien, pues siempre fui un “mamador de cine”, como decían mis compas. Más bien, era un consumidor del séptimo arte y la carrera fue pan comido. Llegué al salón, me puse los audífonos, me senté en el mesabanco y me recosté sobre mis brazos. No tenía ganas de estar aquí porque yo ya había exentado el examen final.

El profe Ernesto entró al salón y saludó como de costumbre. Era un productor de cine que siempre vestía de camisa desfajada y pantalones formales. Apenas si rondaba los cuarenta, pero lucía muy joven. Había decidido dedicarse a la enseñanza, pues él mismo estaba decepcionado de la industria a la que brindaba dinero. Contestamos al unísono un “buenas tardes” y yo subí el volumen a la pista que sonaba. Jamie Believes de Alexandre Desplat. El profe explicó algo que apenas si escuché al tiempo que escribía en el pizarrón: “impresiónenme” todo en mayúsculas.

            Me quité uno de los audífonos y uno de mis compañeros me susurró:

            —¿Checaste el correo?

            No tuve tiempo de contestarle cuando el profe mandó llamar al primer alumno, Álvarez. Mi compañero era un amante del cine francés y nos contó sobre su película favorita: Corazón de fuego.  Una cinta animada aclamada del 2022. El profe escuchaba atentamente la explicación y a la mitad lo mandó sentarse.

            —Decepcionante, Álvarez. Acabas de perder diez puntos. Te veo mañana en el examen. ¡Benítez! —mandó llamar.

            Se me pusieron los nervios de punta. No sabía cómo impresionarlo o de qué película hablarle. Era un maestro que ya había visto todo tipo de filmes. Volteé a ver a mi compañero de mesabanco y él se veía igual de preocupado.

            Nuestro compañero al frente habló sobre La Célula, una película con Jennifer López que se supone era de suspense, pero yo encontraba aburridísima. Benítez apenas nos iba a contar sobre lo artístico de la producción cuando el profe lo interrumpió.

            —¡Qué asco! Siéntate, por favor. ¡Cabrera, al frente!

            Quité rápido la música y me sentí mal, pues apenas iba en la tercera pista de la banda sonora de El Origen de los Guardianes. Empecé a buscar en mi teléfono una lista con películas que pudieran impresionar al profe.

Me puse a pensar a toda prisa. ¿Qué le podría gustar a alguien que vive del cine? ¿El profe era un “mamador” como yo? Sabía que no le gustaba el cine de orgullo americano, así que descarté El Majestic de Jim Carrey. ¿Le gustaba la animación? Estaba seguro de que sí, él mismo dijo que amaba Porco Rosso de Miyazaki. ¿Le gustaba el anime o solo algunas de animación japonesa? Nos habló una vez de Spiderman: Un nuevo universo, pero como soy muy distraído no supe si le gustó.

            —¡No mames, Delgado! —gritó el profe— ¿Open Season de Sony? ¿En serio? Siéntate y son veinte puntos menos. Mañana vienes al examen con un rosario, por favor.

            Aún tenía tiempo, creo. Yo era Zúñiga Zavala, era lo último de lo último de cualquier lista. El profe alzó la vista y me miró como si me retara. Vi una media sonrisa en su rostro y llamó al siguiente: Enríquez.

            ¿Y si elegía algo de verdaderos mamadores de cine? Una de esas películas de festival que solo ven el director, el editor y tal vez algún desafortunado usuario de YouTube que tuvo la desgracia de topársela. ¿Sería buena idea? Repasé la lista de películas que tenía en formato físico. ¿Amores perros? Muy nacional. ¿La invención de Cronos? Muy de novatos. ¿Serviría Isla de perros? Wes Anderson, animación cuadro por cuadro, presunción a todo lo que daba. ¿¡A quién engañaba!? Perdió contra Spiderman. ¡Laputa! También conocida como El Castillo en el Cielo en Latinoamérica. Conmovedora, con mensaje, fuente de inspiración de un chingo de cosas. ¡A huevo que le iba a gustar!

            Sin darme cuenta, ya iba por Medina, pobre desgraciado, habló de Ed Wood, una mala película sobre un mal director. Veinticinco puntos menos y la promesa de que lo vería seguramente en extras.

            Mi compañero de la derecha, en otro mesabanco, Navarro, miró a mi teléfono y susurró:

            —¡Cuánta presunción! ¿Aún tienes películas en físico? —soltó una risita.

            —¿Usted de qué se ríe? —gritó el profe—. Al frente.


Si quieres saber cómo acaba este cuento, no te pierdas la antología junto a Janim Escobar que saldrá a finales de este año 2024.


  La séptima luna de Equidna podía verse desde donde me encontraba. El planeta en cuestión era NX-1988. Me recordaba un poco a la Tierra, so...

 

La séptima luna de Equidna podía verse desde donde me encontraba. El planeta en cuestión era NX-1988. Me recordaba un poco a la Tierra, solo que el cielo del atardecer siempre era turquesa. Me encontraba en una misión de evacuación masiva por parte del Congreso Galáctico Apolo X.

Casi todos los nodos de teleportación habían sido usados y la mayoría de las naves de escape casi se llenaron. Pude ver a un joven que volteaba para despedirse de su planeta natal. Pobre muchacho, él no tuvo la culpa.

Me encargaron esta misión gracias a las habilidades que heredé de papá y que él heredó de mi abuelo. A decir verdad, me aburría. Sí, era triste que ellos tuvieran que despedirse de su planeta que iba a implosionar, pero eso pasaba por jugar con energías que no podían controlar. Sin embargo, sentía algo de ansiedad, pero no estaba seguro de que fuese por este inminente final.

De los heraldos del Apolo X solo quedábamos mi compañera (una novata) y yo. Tomé una foto para recordar cómo fue el último día de estas tierras.

Casi cerraba las puertas cuando escuché a un anciano gritar a la desesperada que lo esperáramos. Ese era el último ser que teníamos en el registro. Se desplazaba a saltos con su mochila cohete y con un cachorro de pastor lunar en un brazo. Hacía años que no veía esa raza. Decía mi papá que cuando vivía en la Tierra, él mismo ayudó a crearla.

Detuve la puerta mientras él cruzaba y le ayudé a subir al nodo de teleportación.

                —¿Ya cerramos? —me preguntó la novata.

                —Inicia el protocolo de despegue —le indiqué y pulsé el botón para ponerme el xkell, un exoesqueleto de alta tecnología que servía para el combate y la exploración.

Sentí de nuevo una preocupación, como si algo se me olvidara, justo antes de que sonara la alarma. Traté de recordar hasta que mi colega gritó:

                —¡A la estación se le congeló el sistema y nuestra nave tiene fallas de arranque!

                —¿Cómo pasó esto? —quise saber, pero al voltear a las pantallas vi que el planeta ya se agrietaba.

                —¡Ay, no! Las comunicaciones no funcionan tampoco. Las ondas de la implosión afectaron todos los sistemas.

La situación era alarmante, de verdad, pero a mí me asignaron aquí por una razón. Dirigí mi vista a donde supuse estaba la estación galáctica más cercana y me concentré antes de llamar a mi compañera.

                —Toma mi mano si quieres vivir! —grité al extender mi brazo.

Siempre quise usar esa frase.

Si quieres saber cómo acaba este cuento, no te pierdas la antología junto a Janim Escobar que saldrá a finales de este año 2024.



Soren estaba por terminar el informe de su última misión: Una cacería y reubicación de árboles primordiales malvados junto a Vanessa. Todo h...

Soren estaba por terminar el informe de su última misión: Una cacería y reubicación de árboles primordiales malvados junto a Vanessa. Todo había salido perfecto y estaba por presentarle su idea a Santa. Algo que rondaba en su mente desde hacía unos meses.

                La preocupación de la mano derecha de Santa era que a su patrón se le acababa la magia. Había indicios de que en unos años se le escaparía y buscaría por sí misma un sucesor. A menos que Santa buscara a algún candidato.

                —Buenas noches, Soren. Me alegra que ya estés de vuelta —saludó James Fixer, nuestro Santa Claus—. Sabes que no tienes que hacer el informe tan detallado, pues casi todos los detalles me los contó mi hija.

                —Buen día, jefe. Ya sé, pero me gusta entretenerme escribiendo. Hablando de ella, quería mencionarle algo sobre nuestra campeona.

                Santa lo miró expectante y emocionado. Soren carraspeó antes de continuar.

                »No quisiera ser grosero, jefe, pero puedo notar que la magia se le va a acabar. Más de veinte años es mucho para cualquier Santa. Casi todos duran de cuatro a siete años, incluso una década. Solo usted y Leya han durado más de dos. Es hora de que designe un sucesor, por si pasa lo peor…

                —Estoy consciente, Soren, pero no me ha dado tiempo de buscar a alguien adecuado. Estos últimos años han sido muy movidos.

                El elfo lo miró confundido.

                —Santa, Vanessa es perfecta para el rol.

                Una cara inexpresiva se dibujó en Claus.

                —Amigo, ella no puede ser Santa Claus.

                La sorpresa de Soren se hizo notar y tiró la silla cuando se levantó.

                —Santa, con todo respeto. ¡Mírala! Hace mucha caridad tanto aquí como en su vida normal, realiza misiones todo el tiempo, es una combatiente excepcional y ¡todo lo hace sin canalizar magia!

                —Y esa es la razón por la que no quiero que ella sea mi sucesora. Ella podrá ser perfecta, pero es mi hija. No tiene por qué vivir mi legado. Puede hacer todo eso sin estar ligada a los poderes de Claus. Le ayudo, sí, pero lo que hace sin nada de magia o mi apoyo es excepcional. Tal vez crecer aquí la forjó para que así fuera… La quiero tanto, Soren, pero me preocupa. Nunca ha tenido pareja formal, siempre se mete en problemas en la escuela por hacer lo correcto a como dé lugar y tiene una energía inagotable. Yo siento que…

                —¡James, por favor, solo piénsalo un momento!

—A veces queremos que nuestros hijos sean una proyección de nuestros sueños, pero ellos deben forjar su propio camino —replicó educado—. Por supuesto que no hay nadie mejor para ser mi sucesor, pero yo mismo no quiero que lo sea y ella debe darse cuenta de que lo que hace como mortal es tan valioso como lo que hacemos aquí. Esta magia sigue mi voluntad, y esa es que mi pequeña Vanessa encuentre algo que la alegre siempre. Aunque me cueste encontrar un digno candidato, eso es lo que deseo y así se hará.

Soren intentó replicar, pero las palabras o las ideas no acudían. Santa tenía razón, la chica debía tomar un camino diferente. El elfo mismo tomó un camino diferente al de su padre, el traidor.

»Espero que lo entiendes —le puso una mano en el hombro—. Te prometo que haré lo posible por conservar la magia lo más que se pueda. Nos vemos en la cena, amigo —se despidió con una cabezada.

Sentado y abrumado por la verdad que acababa de llegar a su cabeza, Soren pensó en que debía hacer lo correcto. Prendió su comunicador.

—Vanessa, ¿puedes venir un momento a la oficina del jefe? —habló al dispositivo.

En la pantalla solo apareció un OK animado que indicaba que iba para allá.

Soren se recostó en su silla y pensó en lo que iba a decirle.

“Muchacha, como podrás notar, a tu papá se le acaba la magia. Lamentablemente, esta no te elegirá a ti. Tienes la misión de encontrar a un sucesor digno de Santa Claus. Puedes revisar la base de datos a tu antojo. Te lo encargo, pues eres perfecta para hacer esto”, fue lo que se le ocurrió decirle sin que fueran mentiras.



  James Fixer caminaba a su casa con una buena noticia después de una mala racha: El medicamento para su corazón podría suspenderlo a partir...

 

James Fixer caminaba a su casa con una buena noticia después de una mala racha: El medicamento para su corazón podría suspenderlo a partir del lunes. Llevaba un pastel y un corte de carne recién horneado para festejar con su esposa. El mismo doctor le dio el visto bueno para hacerlo.

Se encontraba a solo seis minutos a pie de su casa cuando divisó a una chica que revisaba un automóvil ostentoso a la orilla del camino. Encaramada sobre el motor, parecía intentar arreglarlo. Suspiró sonoramente cuando James pasó a su lado. Él quería llegar pronto a su casa para no tener que recalentar la comida, pero por la tormenta, parecía inevitable tener que hacerlo. Tosió sonoramente para llamar la atención de la muchacha. No perdía nada por ayudarla.

                —Buenas tardes, señorita. ¿Le molesta si le ayudo con su carro?

La chica se irguió y volteó a verlo. Alzó una ceja y alternó su mirada entre el vehículo y James.

                —¿Puede verlo? —preguntó la chica muy sorprendida.

A James la pregunta se le hizo muy curiosa. ¿Cómo no iba a ver semejante carro de color verde con franjas doradas? Trató de no ser maleducado y contestó sonriente.

                —La verdad, es que es un bólido muy bonito. Llantas blancas con clase. Solo los colores no me convencen.

La muchacha abrió mucho los ojos y murmuró.

                —Así que eso ven algunas personas.

James alcanzó a escucharla. Iba a preguntar a qué se refería cuando la chica se apartó del auto. Hizo una ligera reverencia y se presentó.

                —Soy Leya Hanna. Buenas tardes.

La chica era de piel olivácea, tenía unas facciones hindúes y llevaba unos aretes dorados. Vestía una gabardina de color ocre y unas botas invernales del mismo tono.

                —Mucho gusto. Me llamo James Fixer.

                —¿Podrías echarle un ojo a mi… vehículo? —dijo dubitativa—. No funciona bien y tengo algo de prisa.

James dejó las cosas por un lado del bólido y se inclinó sobre el motor para revisarlo. La maquinaria lucía resplandeciente y como nueva. Le parecía ilógico que pudiera estar dañado algo tan bien cuidado. Vio un cable salido del motor y apenas iba a tocarlo, voló a su mano. O eso le pareció a él. Lo conectó y le dijo a la señorita que lo encendiera. La chica saltó sobre el vehículo y hasta ese momento él no se dio cuenta que era descapotable. El motor apenas ronroneó y empezó a funcionar como nuevo. James se sacudió las manos y bajó el cofre.

                —¿Para quién son todos esos regalos? —preguntó al ver dos costales en el asiento trasero— ¿Trabaja en una beneficencia? —sonrió.

                Leya detuvo la marcha y se bajó del carro. Sonreía abiertamente y se tuvo que llevar una mano a la boca.

                —¿Qué más ve en mi carro? —preguntó emocionada.

                James empezó a poner atención y dio un recorrido alrededor del vehículo. Tenía estampas de esferas navideñas, un aromatizante en forma de reno, el escape no parecía manchado y estaba pintado de rojo. Vio una especie de radar en el panel frontal del auto y un velocímetro que indicaba velocidades exorbitantes. A James solo le quedó sonreír con tan peculiar auto y señaló tosas esas características.

                —Está muy curiosa su máquina. ¿Es para alegrar a los niños a los que lleva los regalos?

                Leya no paraba de emocionarse, daba brinquitos mientras se tapaba la boca con ambas manos.

                —James Fixer, ¿verdad? —sus ojos emitieron por un momento un brillo dorado—. Siempre has estado en la lista de los buenos —dijo como para sí—. ¡Es perfecto! —alzó los brazos y se dirigió a él—. Y viniste a encontrarme. No podría ser mejor.

James estaba confundido. Apenas iba a preguntar cuando un brillo dorado le inundó la mirada. Por un momento le pareció ver a un animal con astas detrás de la chica.

                »Ya me tengo que ir, disculpa —dijo apresurada y se subió a su auto—. Tengo que hablar contigo, pero te buscaré mañana —alzó la voz por encima del ruido del motor.

                El señor Fixer se estaba despidiendo cuando escuchó el frenar del vehículo y el gruñido de unas bestias. Algo en su interior se inquietó y supo que la chica corría peligro. Dejó sus pertenencias a un lado y se encaminó a ayudarla.

                De la nada, una neblina se empezó a formar y le impidió ver. Trató de recordar el nombre de la chica para llamarla.

                —¿Leya? ¿Señorita Hanna, se encuentra bien?

                Un gruñido a su izquierda lo alertó.

                —Este no es lugar para un anciano simplón —se escuchó entre la neblina.

                James se ofendió y trató de buscar a quien le dijo eso. Cuando entornó la vista, pudo ver a la chica de piel olivácea rodeada por unas figuras sombrías de cuatro patas. Corrió para cortar distancias y pudo ver que junto a la señorita había un reno en posición defensiva que trataba de protegerla.

                —¿Señorita Hanna? —preguntó a voz en cuello—. ¿Qué sucede?

                Una de las criaturas volteó y se lanzó contra él. Al acercarse lo suficiente, pudo notar que esa cosa era como un lobo, pero echo de sombras. James alzó los brazos para defenderse, pero el reno llegó hasta él para empujar al cánido con las astas. Al momento de ser golpeado se disolvió en hebras de oscuridad.

                —Así mero, Cometa, apártate de tu amiguita —se volvió a escuchar la misma voz como gruñido.

                El reno volvió hasta su ama que ahora sostenía una especie de vara con franjas blancas y rojas. Ya estaba lista para combatir. James no perdió tiempo y se unió a ellos.

                —¿Qué clase de lobos son estos? —dijo mientras alzaba los puños.

                —¿También puede verlos? —preguntó Leya sorprendida.

                —Usted me trata como si yo no viera nada bien. Sí, sí puedo ver esas cosas horrendas —dijo mientras daba ligeros saltos para calentar los músculos.

                Una figura apareció entre la neblina, era un hombre lobo con una chamarra de mezclilla y unos pantalones invernales. Todo el conjunto era de color azul. Las criaturas de sombra se voltearon para observar al que parecía su amo. James estaba confundido y pensó que tal vez se estaba volviendo loco, pero no era momento de dudar.

                —Pero ¿qué tenemos aquí? —preguntó retórico el licántropo—. Un anciano que quiere sentirse joven de nuevo se unió a la pelea. Qué estupideces se encuentra uno en época de Navidad, ¿no? —dijo y gruñó despectivo.

                El reno chocó las pezuñas con el suelo claramente encabritado y resopló. Leya hizo girar su vara lista para atacar.

                »Mire, anciano. No tengo nada contra usted —dijo mientras se acercaba a ellos—. Si se larga, no me lo comeré. Solo quiero despacharme al heraldo de la Navidad y listo. ¿De acuerdo? Ahora, váyase —indicó con las garras.

                James se quedó quieto, volteó a ver a sus compañeros y luego se dirigió al hombre lobo.

                —¿Por qué querría matar a un reno? —se notaba confuso.

                El hombre lobo se sobó los párpados con las garras con evidente fastidio mientras decía:

                —No me refiero a eso, estúpido. Yo… —y se quedó callado cuando un puñetazo de James lo golpeó entre la nariz y el hocico.

                —Primera regla en el sparring de mi gimnasio de boxeo: No bajes la guardia —dijo Fixer mientras sacudía su puño.

                El monstruo se sostuvo la nariz para no sangrar y cuando se reincorporó fue recibido por un golpe certero de la vara en todo el rostro. El caos se desató en ese momento. Leya a punta de vara y el reno con embestidas se despachaban al resto de criaturas, mientras James esperaba con la guardia alta a que su lobezno rival se reincorporara.

                Cuando por fin pudo alzarse el tipo lobuno, tenía un ojo ensangrentado y un colmillo menos.

                —¿Crees que eres rival para mí, condenado vejete? —preguntó y antes de alzar las garras, James le dio otra combinación de golpes.

                —Anciano, pero aún con mucha vida —dijo al tiempo que le marcaba un gancho al mentón y dos rectos al pecho.

                James quiso seguir con la golpiza, pero su rival le detuvo el siguiente puñetazo con una garra. Gruñó y cuando trató de asestar un zarpazo, el reno fue a embestirlo por la espalda. Después de revolcarlo por casi diez metros se separó de él y volvió al lado del viejo.

                Leya se unió a los dos y preguntó preocupada:

                —¿Se encuentran bien? —dijo y examinó al que parecía su reno mascota.

                Un aullido la distrajo y volteó de nuevo a ver al hombre lobo que estaba completamente cubierto de nieve.

                —¡Maldito animal cornudo! —gritó—. Solo tenía que encargarme de Santa y recibiría mi recompensa. ¡Pero tenías que entrometerte! —sacó las garras y empezó a correr contra el grupo.

                Antes de que James pudiera alzar la guardia, el reno se movió a una velocidad imposible y lo embistió. El pobre de su enemigo se fue a estrellar contra una roca y dejó de moverse.

                El viejo Fixer bajó la guardia e instintivamente se llevó dos dedos a la muñeca para checarse el pulso. Pero luego recordó que esos días quedaron en el pasado. Respiró hondo y se dirigió a Leya.

                —Qué gracioso el animal ese, ¿no? —trató de reírse—. Llamarme Santa Claus, ¡qué chiflado!

                El reno volvió con su ama y esta le acarició el hocico distraída. Levantó la cara para ver directo a los ojos del anciano.

                —No, James. Él se refería a mí. Yo soy Santa Claus.

                Fixer trató de asimilar esas palabras. Se revisó de que no tuviera los oídos tapados antes de hablar.

                —Perdón, ¿cómo dice?

                —James Fixer, me presento de nuevo. Soy Leya Hanna. Fui elegida hace veinte años para ser Santa Claus. Este de aquí —dijo al señalar al reno— es el famoso Cometa. El carro que revisó hace rato es el trineo y los costales que vio son donde guardo los regalos para la entrega en dos días. Se supone que muy pocos humanos podrían verlo, pero usted puede. Esa debe ser una señal.

                James estaba atónito. Muchas ideas nublaban su mente: ¿Esa chica era Santa? ¿Cómo que veinte años? ¿El animal era el famoso líder de los renos? ¿Señal de qué?

                »Usted puede que no lo crea, pero acaba de despacharse a un hombre lobo y tiene el espíritu de la caridad en su interior. Es perfecto para ser mi sucesor.

                —¿Sucesor de qué?

                —De Santa.

                James se quedó atónito y ahora casi podía asegurar de que se estaba volviendo loco. Sus dudas desaparecieron cuando sintió dolor en su puño que le detuvo el lobo. Se miró la mano y había un rasguño en ella. Una luz dorada inundó su visión y la cicatriz empezó a cerrar. Cuando alzó la mirada, un cascabel del reno era la fuente de dicho fulgor.

                —Mire, señorita, debo ir con mi esposa y explicarle porqué tardé tanto, aunque dudo que me crea. Si me disculpa…

                —Yo lo llevo, James —se ofreció y silbó a la nada con mucha fuerza.

                El bólido que había visto antes se convirtió ahora en el trineo tradicional con esquís y unas riendas. Estas se acoplaron sobre Cometa de forma automática y Leya subió a él con pericia. Le indicó con señas a Fixer para que se subiera. Para él, todo eso, aunque sorprendente, era real. Se subió y pensó en que si lo que decían del trineo era cierto, este era rapidísimo.

 

                Apenas llegaron al domicilio de James, en los suburbios, Cometa empezó a encender y apagar su cascabel como si fuera clave Morse. El alboroto hizo que saliera la esposa de James, Mildred, a ver qué pasaba.

                Fixer apenas descendía cuando su esposa corrió a abrazarlo.

                —Bienvenido, querido. Vaya, con tu barba y ese trineo, ahora sí que pareces Santa Claus.

James se sorprendió con ese comentario. Ella también podía ver el trineo.

—Curioso que lo diga, señora —habló Leya que justo bajó del trineo—. Necesito hablarle de algo.

—Mildred, cariño, la señorita Hanna quiere hablarme de una… —no encontraba las palabras— oferta de trabajo. ¿Podemos pasar?

Una vez dentro y con chocolate caliente servido, Leya empezó a relatar todo lo que ocurrió desde que vio a James. También, le explicó que ella quería que él fuera su sucesor, pues su tiempo como Santa estaba por terminar.

                Mildred no estaba sorprendida, se creyó todo el relato de su interlocutora, pues tenía la habilidad de saber cuando la gente le mentía. Escuchó con atención las palabras de Leya mientras veía a su esposo de reojo de cuando en cuando.

                —Entonces, ¿su magia está por agotarse? ¿Está muriendo? —preguntó con un nudo en la garganta.

                —¡No! —se rio la chica—. Uno no puede tener hijos mientras es Santa Claus. Es decir, no puedes tener hijos propios. El niño nacería con la bendición de Santa y el tiempo ralentizado. No viviría una vida normal y va contra las reglas. Estoy embarazada y debo dejar el puesto y buscar un reemplazo antes de que la magia me abandone.

                —Ay, muchacha —se enterneció Mildred—. Me alegra y me entristece por igual.

                —Se supone que yo no podía tener hijos —empezó a explicar mientras tocaba su vientre—. Mi esposo y yo fuimos con varios doctores y la respuesta era la misma: Yo estaba enferma y no podría concebir un bebé. Quería tener un infante o varios y procurarles felicidad, pero en cierto modo, el anterior Santa cumplió mi deseo, pues llevo felicidad a todos los peques del mundo que creen en la figura de Claus. Me concedió el honor de ser su sucesora. Bueno, originalmente el puesto era para mi marido, pero no podía y yo decidí tomar el rol del Heraldo de la caridad. Mi antecesor lo aprobó y aquí estoy, sana y mágica como me ve.

                —¿Sana? —preguntó Mildred—. ¿O sea que al ser Santa ya pudo concebir un bebé?

                —Así es —sonrió Leya—. Yo llevaba mi vida normal y con el tiempo, la magia me curó y quedé embarazada. No nos dimos cuenta hasta que un día, por una revisión de rutina, se dieron cuenta que yo esperaba un bebé.

                Mildred meditó esas palabras y miró a su marido.

                —Sé que ya no tener hijos fue nuestra promesa, así que sería ideal que aceptaras, podrías ser Santa Claus, James. Es perfecto para ti.

                El pobre de Fixer se levantó de la silla con nerviosismo.

                —Mildred —dijo y se rascó la nuca—, no es que no confíe en el juicio de la señorita, ¿pero yo? Estoy enfermo del corazón y ya soy un anciano. No creo que pueda con el puesto.

                —Estabas —recalcó Mildred—. El doctor me llamó y me dijo que ya podías dejar de tomar el medicamento.

                En ese momento James buscó la bolsa donde llevaba el pastel y la carne. Recordó entonces que la dejó para ir a auxiliar a Leya.

                —¿Buscabas esto? —preguntó la chica al alzar la bolsa que él había olvidado.

                James se sorprendió. No cabía duda. La chica tenía magia. Ahora sí estaba convencido que ella era Santa Claus.

                —Gracias, señorita Hanna.

                —Si antes estabas enfermo del corazón, ¿por qué corriste a ayudarme? —sonrió Leya.

                —Porque… —suspiró— era lo correcto.

                Ella solo asintió y sonrió con suficiencia.

                —El puesto es tuyo solo si lo quieres, James. No te puedo forzar, debes aceptarlo con todo lo que conlleva —se levantó y se sacudió su abrigo verde—. No espero que me des una respuesta justo ahora. Háblenlo y cuando estén listos —sacó una especie de orbe—, se comunican conmigo agitando esta esfera festiva. Yo les hablaré por ella o vendré hasta acá.

                La chica dejó la bola de cristal navideña sobre la mesa.

                »Muchas gracias por su hospitalidad —y se levantó para retirarse.

                Mildred esperó a que se dejaran de escuchar los pasos de la chica para hablar con su marido.

                —¿Y bien, qué esperas? —preguntó sin más.

                James no supo qué contestar se limitó a llevarse la mano a la barbilla.

                »James, por favor, has sido paramédico, voluntario en caridades y maestro de boxeo para poder ayudar a los niños con lo que sabías. Caray, fuiste un excelente padre. ¿Es que no lo ves?

                —¿Y todo eso me capacita para ser Santa? —preguntó al sentirse orillado—. Ya soy un viejo.

                —Pero sabio y experimentado. Además, ya escuchaste a la muchacha, la magia la curó. De seguro mantendrá sano tu corazón.

                James sopesó las palabras de su esposa. Tenía razón como siempre.

                »Nunca dejaste que la enfermedad o los problemas se interpusieran en tu camino del bien. Imagina todo lo que podrías hacer si fueras Santa. Solo piensa en la cantidad de niños que podrías alegrar, aunque fuera solo un día en diciembre.

                James recapacitó. El discurso le llegó al fondo de su alma y apretó los puños. Se irguió antes de hablar.

                —Hay que llamar a Leya —dijo convencido y tomó la esfera navideña.

                Cuando salieron a alcanzarla, ella estaba recargada sobre el trineo con una sonrisa llena de ternura.

                —Sabía que no tardarías, James.

                Un trineo más grande, parecido a un jet, descendió en el patio de los Fixer. Leya lo había llamado después de ser atacada por el hombre lobo. De la nave descendió un elfo musculoso y bastante alto para su especie.

                »¡Soren, me alegro verte! —gritó y corrió a darle la buena nueva—. Encontré a mi sucesor. ¡Es perfecto!

                El elfo, alto para su especie, alzó la vista para ver a la pareja. Una sonrisa apareció en su rostro.

                —Vaya, señora, tiene buen ojo. Saludos, pareja Fixer —hizo una reverencia—. ¡Vámonos! Destino: el Polo Norte.

                James y Mildred se miraron el uno al otro y subieron al trineo recién llegado mientras Leya arrancaba a toda velocidad en el suyo.