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¡SEXTO CAPÍTULO! Este es el que dicen que es muy violento, pero francamente creo que solo es gráfico. He recibido mucha retroalimentación de...

¡SEXTO CAPÍTULO! Este es el que dicen que es muy violento, pero francamente creo que solo es gráfico. He recibido mucha retroalimentación de él y francamente no quiero cambiarlo. Pueden leer el anterior aquí. 


Al día siguiente estábamos paseando por el Mercado Principal de Tortuga, en Caparazón. Azariel se veía muy animado, como si la conversación del día anterior no hubiese pasado. Había comprado un morral de frutas y después de que yo las limpiara, empezó a degustarlas. Llevaba un atuendo de capitán en colores blanco y café impecable que recién había adquirido. Increíblemente no se había manchado en absoluto. Estaba demasiado ocupado comiendo como para entablar conversación. Yo iba a entrar a una tienda de ropa cuando vi un cartel muy llamativo. Me acerqué, pues vi algo familiar.

Abrí los ojos de golpe y arranqué el anuncio. Era un informe de recompensa con el rostro de Azariel en él. ¡Estaban ofreciendo una corona de plata solo por información de su paradero! Miré más abajo y prometían la cuantiosa cantidad de cinco coronas de oro por capturarlo vivo y llevarlo a Martillo. ¿Por qué había un precio para su captura? Le di la vuelta al cartel para revisar los detalles.

                “Fugitivo presuntamente muerto ayuda a escapar a la Bruja Ann, quien estaba a punto de morir en la hoguera. Azariel, el cazarrecompensas ha burlado la tumba. Además, se le atribuyen los siguientes crímenes: el asedio al muelle fortaleza de Martillo, atacar a dos capitanes de dicho embarcadero y robar el navío de exhibición “La Centella Mortal”. Cualquier información, acuda con su Juez Superior. SOLO intente capturarlo si está seguro de ganar. Es sumamente peligroso. La recompensa es solo por atraparlo vivo…”

Le di la vuelta al documento. El cartel no nos mencionaba al resto, pero eso no nos exentaba del peligro. ¿Cuál sería el motivo para solo ofertar por él? ¿Cuántos mercenarios estarían tras nosotros?

                —Ese retrato mío no es muy bueno —comentó sobre mi hombro mientras masticaba otra fruta—. ¿Ofrecen tanto por mí? ¡Vaya! El Gobernante Lois debe estar muy cabreado conmigo. ¿Crees que la podríamos cobrar nosotros mismos? —preguntó quitándome el cartel.

                —¡No es gracioso! —le espeté y le arrebaté el papel—. ¿Sabes cuánta gente podría estar detrás de ti? —inquirí molesta.

Terminó de degustar la fruta y se limpió con un pañuelo. Su calma me fastidiaba.

                —De hecho —dijo después de desperezarse—, hay un sujeto que nos viene siguiendo desde hace un rato —señaló sobre su hombro.

Miré por encima de él y, en efecto, había un tipejo con capucha observándonos. Se ocultó el rostro en cuanto lo descubrí y se perdió entre el gentío.

                —¡Vámonos de aquí! —ordené y lo jalé de su camisa.

Yo llevaba una blusa un poco holgada y una chaqueta corta de hechicera. Mi pantalón y mis botas me permitirían correr en caso de ser necesario. Afortunadamente no me había puesto colores llamativos y tampoco me había colocado el corsé ese día.

Empecé a serpentear entre los puestos del mercado. ¿Llevarían animales de rastreo? Procuré pasar por los estantes y carros de comida para ocultar un poco nuestro olor. Puse mis sentidos en alerta, me concentré y agudicé al máximo mi vista con magia.

Percibí un movimiento por el rabillo del ojo a mi izquierda. Dos sujetos que portaban espadas nos seguían en paralelo, nos miraban de reojo. A nuestra derecha iban tres individuos con capuchas negras, todos llevaban armas debajo de su ropaje.

                —Hay cinco, no, seis sujetos justo a nuestras espaldas —musitó Azariel que ya había dejado de comer—. Creo que hay al menos otra media docena que están brincando por los puestos.

Diecisiete imbéciles venían por él. ¡Qué fastidio! Empecé a escabullirme entre el bullicio. Azariel me soltó la mano y se volteó la chaqueta con habilidad mientras pasamos un corro de personas.

                —Son al menos una treintena de personas —calculó—. Esto va a ser difícil, solo traigo una espada corta. ¿De cuántos te puedes encargar tú? —inquirió en voz baja.

                —Creo que puedo con casi todos —comenté—, pero aquí hay mucha gente. Debemos salir al claro que está al sur. ¡Sígueme! —ordené murmurando.

Un sujeto chocó con mi amigo de frente. Vi como este trató inútilmente de clavarle una aguja envenenada, pero el hábil de Azariel le dio la vuelta a la situación y le enterró su misma arma al atacante.

                —¿No puedes encargarte de ellos aquí? —preguntó nervioso mientras su rival se desplomaba.

                —No —confirmé—. Sería muy peligroso con mis métodos, debemos ir a un lugar solitario —apresuré el paso.

Nuestros perseguidores acortaban distancia, no sabía cómo atacarían. ¿Y si atacaban a gente inocente con tal de capturarlo? No podía arriesgarme a eso tampoco. El corazón me palpitaba con violencia, mi frente se encontraba perlada de sudor. Traté de serenarme, pero la magia se acumulaba en mis manos, quería surgir con la violencia de un torrente, con la crueldad de un río desbordado.

Nos aproximábamos al borde del mercado y también de la ciudad. Solo un poco más, pero parecía que eso no sería suficiente. Tres encapuchados estaban a escasos pasos de nosotros, llegamos hasta dos puestos con enormes hornos. Estos desgraciados se estaban abriendo paso a empujones entre la multitud sin importar quien fuese. Tuve de pronto una idea, volteé hacia mi amigo y a él seguramente se le ocurrió lo mismo, pues asintió levemente y señaló a su derecha.

Me dirigí al comercio de la izquierda, el mercader cocinero se me quedó viendo cuando sujeté la plancha caliente con las manos desnudas. Apenas si sentí el calor.

                —¿Cuánto vale todo su local? —pregunté a la desesperada.

                —¿Qué valor tiene todo su negocio? —escuché a mi amigo hablarle al herrero a mis espaldas.

El tipo vio por encima de mi hombro y parecía que entendió lo que ocurría, intentó balbucear una respuesta, pero le tendí dos báculos de plata. Le brillaron los ojos en cuanto vio las monedas y apartó a los clientes con señas. Las ventajas de tener encanto nato.

                —¡Váyanse! —ordenó—. Es peligroso, por favor retírense.

A mis espaldas se escuchaba un barullo similar. Apenas oí pasos amenazantes a mis espaldas concentré toda la magia en mis brazos y abdomen para estampar la enorme plancha contra mis dos atacantes. El primero soltó un alarido de dolor, pero el segundo alcanzó a esquivar. Giré sobre mi eje para atacarlo como si portara un disco inmenso y dio resultado, al menos dos costillas rotas. Ya teníamos dos atacantes menos.

Observé con asombro que el tercero de los encapuchados yacía en el piso inconsciente, mientras otros dos cazarrecompensas rugían de sufrimiento por los hierros al rojo vivo que Azariel clavaba en sus rodillas.

Se había acabado la sutileza, era hora de huir. Sujeté a Azariel de la mano y salí corriendo a la desesperada fuera del mercado. Salimos a un claro a las afueras de la ciudad con nuestros cazadores a escasa distancia nuestra. Solté a mi amigo cuando sentí un chispazo de magia. Estaba ocurriendo de nuevo.

 

Ann corría como el viento, me costaba mucho seguirla. No estaba en forma, aunque me costaba admitirlo. Escuché el tensar del arco que anunciaba un disparo de flecha. Volteé por un instante para calcular la trayectoria de la saeta, pero una pared de maná detuvo el proyectil. Algo en ella empezó a cambiar, su piel empezó a titilar en color azul. Su andar empezó a flaquear y se sujetaba su pecho como si sintiera dolor. Alcé un poco la vista y dos sujetos nos estaban cerrando el paso. Una hechicera y un guerrero con una pesada armadura.

                —Debimos aniquilarlos en la ciudad —comenté—, con el resguardo de los puestos y los edificios.

                —No —respondió estremeciéndose—. Habría sido catastrófico. No creo que hubiera podido controlar mis poderes, te repito que sería muy peligroso.

La hechicera atacó primero, pero su magia apenas si rozó a Ann. Mi amiga se agachó y se impulsó con maná para dar un rodillazo al rostro de su rival. Yo me adelanté al tajo del guerrero y clavé mi espada en las junturas de su armadura. Dos tajos certeros y un golpe con el pomo de la espada en su casco. Cayó a mitad de un grito que se desvaneció por su inconsciencia.

Mientras hacíamos eso, nuestros perseguidores se cerraron en un corro a nuestro alrededor. Perdimos mucho tiempo a pesar de que solo fue un instante.

Nos juntamos espalda con espalda, ella estaba sudando mucho y empezó a jadear un poco. Uno de nuestros rivales, un tipo alto de piel clara y expresión altanera dio el primer paso.

                —Pensamos que cinco reales era mucha recompensa para cualquiera de nosotros —expresó confiado—, pero repartida entre todos, pues es una cantidad bastante justa por alguien que se supone está muerto. ¿Qué opinan ustedes? —preguntó dirigiéndose al resto de malnacidos—. Después de capturarte —dijo muy confiado—, veremos cuánto nos dan por el gordo y la muchacha que los acompañan.

                —Esto no hubiera pasado si los hubiéramos atacado en el mercado —musité molesto.

                —¿Qué clase de estupideces estás diciendo? —preguntó molesta Ann—. Tu vida no vale más que la de esos inocentes —dicho esto, se desplomó en el piso sujetando su abdomen y respirando por la boca.

El corro de mercenarios avanzó con paso lento hacia nosotros, me puse en guardia y me concentré lo más que pude. ¿Pelearían con nosotros hasta la muerte? ¿Tendría yo algún valor si me llevaban sin vida?

Uno de ellos tomó la iniciativa y escuché los pasos a mi espalda. Con el rabillo del ojo pude apreciar que Ann se levantaba con un impulso y extendió su mano derecha al frente. Una ráfaga de maná salió disparada hacia el pecho del infeliz. El impacto fue tal que le hundió el peto de la armadura y acto seguido salió volando. Una bruja sacó una especie de tótem de piedra y estaba conjurando algo cuando mi amiga se lanzó hacia ella. En un parpadeo estaba agachada frente a su presa. La pobre chica no tuvo tiempo de reaccionar cuando un gancho al mentón cargado de maná la elevó por los aires. Al caer, ya no se levantó.

Todos habíamos caído en el asombro. Ann se había convertido en una tempestad de maná puro. No perdí tiempo y corrí hacia el autoproclamado líder de esos mercenarios. Un tajo en diagonal y mientras retrocedía, lo sujeté del cabello por encima de su frente y lo azoté contra el suelo. Ese fue el único rival del que me encargué.

Ann avanzaba a toda velocidad entre nuestros enemigos acabándolos con un solo golpe o hechizo. Al menos diez rivales habían caído ya por su mano. Unos intentaron huir, pero ella los alcanzó y los asoló con maná. Era una imagen aterradora. Sus ojos empezaron a brillar en azul, estaba completamente fuera de control.

                —¿Qué crees que haces, maldita hechicera de cuarta? —preguntó uno y empezó a cargar maná en sus manos—. ¡No impresionas a nadie! —gritó.

La expresión de mi amiga se tornó en una máscara de ira. En un parpadeo alcanzó al mago y le reventó el hechizo en sus palmas. El alarido de agonía casi me lastima los oídos. El mago se desmayó con unas manos calcinadas y una expresión que denotaba sufrimiento. Más de la mitad de nuestros enemigos habían caído.

Cinco soldados con una simplona armadura de cuero la rodearon con una increíble determinación en sus rostros. Alcancé a distinguir unos chispazos azules que recorrían el cuerpo de mi amiga. Algo malo estaba por ocurrir. El quinteto de idiotas la atacaron al unísono. Un pilar de maná se elevó al cielo cuando ella levantó la mano. Todos fueron derrotados al instante.

Algo en mi interior se empezó a agitar, me sentí incómodo y quería salir huyendo. Era miedo. El temor se acrecentaba en mi alma al ver a mi amiga. No me había mentido cuando me contó que había fulminado a los captores de Noemí.

Dos hechiceros, hombre y mujer, blandieron una varita y unos guanteletes respectivamente. Lo que pensé que iba a ser un duelo más parejo me dejó boquiabierto. Un torrente de maná salió disparado desde la varita contra Ann, pero ella lo contuvo con una mano y lo devolvió con un giro. El pobre recibió el impacto de lleno y lo trató de contener con movimientos de su arma, pero fue en vano. La violencia del flujo de magia lo derribó y lo hizo perder el conocimiento.

                —¿Te encuentras bien? —preguntó su colega hincándose junto a él.

Ann avanzó con determinación hacia la hechicera y esta intentó moldear magia con sus guanteletes. En un parpadeo, mi amiga sujetó las muñecas de su rival y le dio un cabezazo cargado de maná. Una onda azulada se expandió por el lugar levantando polvo. La chica se mantuvo de pie, pero ya no concentró poder. Otro golpe y la derribó dejándola con los ojos en blanco.

Solo quedaban dos tipos con pinta de asesinos. Uno de ellos se hincó y soltó sus armas.

                —¡Por favor, no me mates! —imploró—. Solo pensamos que sería dinero fácil, lo juro —alzó las manos indicando que se rendía.

Su compañero le dio un tajo en su costado y lo derribó de una patada.

                —¡Eres un cobarde, Ian! —escupió al piso—. Yo mismo me encargaré de esta ramera y… —no terminó la frase.

Ahora se encontraba tendido en el suelo porque Ann le dio un codazo de lleno al rostro. Ella se colocó sobre él a horcajadas y empezó a propinarle puñetazos a una velocidad de pesadilla. Ni siquiera pude contarlos. Cuando acabó, tenía los puños rojizos, pero sin sangre. El sujeto que había recibido el tajo de su compañero observó la escena con horror. Ann se desplomó por un costado y el brillo azul que la rodeaba empezó a desparecer. Parecía que todo había acabado.

Me encontraba atónito, no supe en qué momento había envainado mi espada. Me acerqué a ella, estaba temblando, pero no me dejó ayudarla, me recordó mucho a un episodio que tuvimos cuando éramos niños. Me apartó con la mano y se levantó como pudo. Respiró hondo, pero el temblor solo disminuyó. Volteó a ver al único exento de su furia.

                —Corre la voz —ordenó—, diles a todos que cualquiera que venga por Azariel, se las verá conmigo —se señaló el pecho.

El infeliz asintió y salió corriendo despavorido.

No sabía qué decir, tenía un poco de miedo todavía, pero ella me reconfortó un poco con una sonrisa. Observé que tenía unos cortes pequeños en el dorso de la mano y uno pequeño por encima de la ceja izquierda, por lo demás, estaba ilesa.

                —Te dije que podría con casi todos, ¿no? —dijo mientras se sujetaba el abdomen—. ¡Qué bueno que los traje para acá! —expresó aliviada.

                —Nos hubiéramos podido ahorrar todo esto si los hubieras atacado en la ciudad.

Su expresión sonriente cambió de golpe por una máscara de desagrado.

                —¿Qué no viste lo que aconteció? —preguntó casi gritando—. ¿Qué tal si algún inocente como un infante o un anciano era alcanzado por mi magia? ¡Pude haber matado inocentes!

                —¿Qué importaba? Nadie es inocente —declaré—. Mejor ellos que nosotros —dije con fastidio—. No estoy para estar titubeando ni para escatimar esfuerzos.

Se colocó frente a mí y me miró directo a los ojos.

—Los asuntos que tengas que tratar con tu hermano, son asunto tuyo —me picó el pecho con dos dedos—, pero si vas a convertirte en una aberración como él, masacrando inocentes, yo misma detendré tu corazón. Prefiero verte muerto a ver cómo te conviertes en un monstruo —dijo con ojos cristalinos y bajó la mirada.

Me dolió lo que dijo, pero me partió el corazón ver que temblaba controlando los sollozos. Me acerqué a ella.

                —Yo —musité— lo lamento, Ann. No quiero alejarme de quién soy. Perdóname —y la abracé por los hombros mientras ella descargaba sus lágrimas en mi pecho.



Saludos, nuevamente les traigo un capítulo de la novela que estoy escribiendo. Espero les guste, pueden leer el anterior aquí . El tonto de ...

Saludos, nuevamente les traigo un capítulo de la novela que estoy escribiendo. Espero les guste, pueden leer el anterior aquí.


El tonto de Azariel le había dicho al cliente a qué hora podría pasar a pagarnos la recompensa. Maldito presumido. No había pasado ni una hora de haber lanzado un hechizo bengala cuando vimos a su flota llegar. Diez poderosos navíos de guerra aparecieron en nuestra visión. Les deje un encantamiento rastreador para que pudieran encontrar un anillo que portaba. Todo fue tan rápido.

Nos pasamos el resto de la tarde comprando en el mercado principal de Tortuga. Caída la noche, el presuntuoso de mi amigo nos dijo que nos olvidáramos de quedarnos en el barco. Consiguió que el cliente nos pagara habitaciones en la posada más lujosa de la ciudad. Una habitación para él, una para Najib y otra para mi alumna y para mí. Me metí a la inmensa bañera con mi aprendiz para explicarle algunos encantamientos con el agua, cuando escuché que llamaron a la puerta.

                —Ann, ¿puedo hablar contigo cuando acabes? —preguntó a través de la puerta.

                —Acabándonos de bañar te acompaño —contesté.

                —Allá nos vemos.

Estaba de espaldas a mi alumna explicándole sobre sanación, realizaba un sencillo hechizo de disminución de dolor cuando se volteó me sostuvo la mano.

                —¿Se puede curar el corazón? —preguntó sin más.

                —Las brujas pueden —contesté sonriendo—. Tú podrás —confirmé.

                —Me refiero a un corazón roto —dijo un poco sonrojada—. Ya sabe, cosas del amor.

Tragué saliva, sabía a dónde quería llegar.

                —Las personas con magia lo han intentado curar, pero requiere más de comprensión y empatía que de magia. ¿Quién te rompió el corazón siento tan joven? —me adelanté a un silencio.

                —No soy tan joven —se quejó—, tengo dieciocho años —se sumergió y emergió del agua para limpiarse el rostro—. La ausencia de alguien me lastimó —dijo y salió de la pila para secarse.

Hice lo mismo y me sequé con magia, me vestí con mi ropa de dormir para ir con ella. Se sentó en una suntuosa silla. La alcancé, sequé y cepillé su cabello antes de continuar con mi interrogatorio.

                —¿Quién era? —pregunté sin más.

                —Alguien muy especial —contestó en voz baja—. Cuando entrenaba, era la persona más especial que conocí en mi formación —suspiró.

Ahora las cosas cobraban sentido.

                —¿La amabas? —pregunté sin miramientos.

Se sonrojó al instante y recogió su cabello.

                —Con toda mi alma —contestó—. Ahora que ya no está, no sabía cuánto apreciaba los momentos con ella. Quiero encontrarla —apretó los puños y bajó la mirada.

La rodeé para hincarme frente a ella y abrazarla. La sentí increíblemente diminuta.

                —No te puedo prometer que la encontraremos —susurré—, pero pondré mi alma en su búsqueda cuando esto acabe.

Ella asintió con fuerza mientras sentía sus lágrimas en sus hombros.

 

 

                —¿Así que ya sabías cuánto íbamos a tardar en la misión, presumido? —le pregunté a sus espaldas.

Estaba sentado frente a una chimenea en su lujosa habitación. Viéndolo con esa luz y su ropa holgada de dormir, pude darme cuenta de lo delgaducho que estaba. Sin embargo, eso no le quitaba lo bizarro y lo temerario. Además, parecía que su fuerza o habilidades no habían mermado.

Se dio la vuelta sorprendido y se puso de pie torpemente.

                —No te escuché llegar —habló.

                —Es parte de mi encanto —dije y me senté en la silla que estaba a un costado de él—. Dime, ¿cómo rayos un habilidoso como tú perdió contra una piltrafa como tu hermano? —desembuché.

Suspiró, seguramente venía una gran historia.

                —Me despertaron a medianoche, en medio de un mar picado —comenzó y se frotó las manos, aquellas como de músico que siempre me gustaba ver—. Daigón, precisamente fue quien me arrastró fuera de la cama. No pude reaccionar cuando me golpeó en la cabeza y Porto me amarró de manos y pies. Ninguno de ellos vale medio céntimo —dijo riéndose—, pero lograron someterme. Me arrastraron hasta la cubierta, estaba dispuesto a pedir ayuda cuando vi que todos estaban ahí formando un corro, bueno, casi todos. Me di cuenta de que se estaban amotinando.

Se levantó, rodeó la silla y reclinó sus brazos sobre el respaldo. Algo había en su andar que me decía que ese recuerdo le dolía. Suspiró nuevamente antes de continuar.

                —“¡Fets, ayuda!”, comencé a gritar, pero todos alrededor se empezaron a reír. Mi hermano salió de entre las sombras blandiendo su espada. Me miró primero con desprecio y luego con altivez. Me dijo con repugnancia cargada en su voz: “Hermanito, es hora de tu despedida”. Esa imagen de él me quedará grabada en la memoria para siempre —dijo y se movió a una mesita para servir unas copas.

Después de ofrecerme una volvió a su relato mientras se recargaba por un costado de la chimenea.

                —Me azotaron y me sentaron con brusquedad. Todos los presentes clavaron sus armas al piso y escupieron a un costado. Me estaban exiliando. Uno de ellos, Ganzo, se acercó a darme dos patadas al pecho y se empezó a reír en mi cara. Quise insultarlo, pero puso su sucia pañoleta en mi boca. Cuando empecé a forcejear, me golpeó en la cara repetidas veces hasta que me aturdió. Traté de espabilar, pero sentí que habían puesto algo a mis espaldas. Me di cuenta un instante después de que era Najib, él había perdido el conocimiento. Había sido el único que no se había amotinado. Al menos eso fue lo que pensé en ese momento.

Mi amigo tomó un largo sorbo y jugueteó con la copa.

                —Nos levantaron a empujones y nos condujeron hasta la plancha que ya estaba puesta. “Al fondo del mar, se va el capitán”, empezaron a canturrear. Ya estábamos a media tabla cuando Najib recuperó el conocimiento y mi hermano lo picó con su hoja. Le dio un tajo en el brazo para que se diera la vuelta y me tuvo de frente. Me hinqué por el peso de mi adolorido amigo y mi hermano se postró frente a mí, burlándose con una reverencia.

Quise interrumpir su relato, pues sentía el veneno que se acumulaban en esas palabras. Tragó saliva sonoramente para volver a hablar:

                —“Tú serás el primero de una lista de muertes que me llevarán hasta el asesinato del rey Abraham”, me susurró el maldito y me tiró por la plancha junto a Najib —explicó y se fue a sentar a su silla.

Estaba atónita, el marino más peligroso de todo este mar había sido traicionado por su tripulación. Me puse de pie, pues las dudas no me dejaban estar en paz.

                —¿Cómo es que no te diste cuenta, Azariel? —pregunté alzando la voz, pues ese relato no tenía sentido—. ¿Cómo pasó una conspiración y subsecuente motín en tus narices? —dije controlándome para no gritar.

                —“Subsecuente”, ja —se rio—. Se nota que eres letrada —dijo estirando los brazos—. Mi hermano es muy buen actor supongo —levantó una mano adelantándose a mi regaño y se acomodó en su silla—. Cuando papá se fue, jubilamos a Centella y nos hicimos cargo del Trueno Lejano. Éramos diez hombres y seis mujeres. ¡Qué tiempos! —comentó nostálgico—. Ese navío no fue construido para ser discreto como el de padre. ¡No, señor! Requería de mucha más tripulación y tenía más aditamentos. ¡Qué maravilla de barco! —exclamó emocionado.

                —No has contestado mi pregunta —hablé con impaciencia.

                —No supe en qué momento la tripulación cambió hasta ser completamente fiel a Fets. Papá siempre quiso que él fuera el capitán y se lo concedí. Sin embargo, la tripulación inicial era fiel a mí. Yo era el líder espiritual —dijo señalándose con el dedo— y también me llamaban capitán. Hacíamos misiones todo el tiempo, aceptábamos contratos verdaderamente riesgosos y surcábamos el mar como verdaderos marinos. Mi hermano era increíblemente bueno navegando, pero no dominaba ese barco como yo —dijo con orgullo.

Se desperezó y se volteó en la silla, dejando sus rodillas en el respaldo, ese gesto infantil me trajo recuerdos de cuando éramos niños.

                —Él no sabe hacerlo volar —explicó—.

Casi escupía el sorbo de licor que estaba tomando.

                —¡Espera! —dije limpiándome la barbilla—. ¿Es verdad que esa cosa vuela? —no pude ocultar mi asombro.

Asintió con la cabeza y me dio un puñetazo juguetón en la pierna.

                —Solo conmigo —confirmó—. Ya cierra la boca, Ann, se meten moscas —se burló.

Cerré mi boca abochornada antes de que él siguiera hablando.

                —No era capaz de hacer todo lo que Centella, pero ese era el objetivo. Centella era un barco que podía ser de lo más discreto y sigiloso, pero el Trueno Lejano debía ser impactante, llamativo, aterrador, como el anuncio de una tormenta. Era un relámpago que anunciaba una tempestad de problemas; y eso éramos para nuestros rivales y malhechores.

Se volvió a dar la vuelta y se levantó de la silla para ir hasta su cama y recostarse justo en medio. Lo seguí y me senté por un costado.

—Como te decía. No sé en qué momento cambió todo. No noté cuando jubiló a casi todas las chicas, exceptuando a Dara, ella era parte del navío como yo. Ella estaba presente hasta justo el día del motín. Sé que ella no me traicionaría, pero desconozco su destino —dijo con ojos cristalinos—. Mi padre quería que Fets y yo fuésemos los mejores justicieros de todo el mar; pero mi hermano traicionó su legado —dijo con amargura.

Tomó su almohada y la sujetó sobre su tórax. Me vio con ojos somnolientos antes de seguir hablando.

                —Si no fuese por Najib yo habría muerto con certeza. Jamás podré agradecerle que me haya salvado la vida —se recostó y puso una mano sobre sus párpados.

                —¿Me ayudas? —dijo con voz somnolienta y cerrando los ojos.

Me recliné sobre él y le di unos golpecitos en la frente con dos dedos. Se durmió enseguida. Salí de su habitación, partícipe de su dolor. Ahora entendía la razón de todo.




  Les traigo como avance el cuarto capítulo de la novela ligera que estoy escribiendo. Pueden leer el tercero en este enlace . Que lo disfru...

 Les traigo como avance el cuarto capítulo de la novela ligera que estoy escribiendo. Pueden leer el tercero en este enlace. Que lo disfruten.


Najib llegó hasta nosotros con dos contratos bastante jugosos. Uno era solo de oro y el otro era menos, pero con piedras preciosas y dotaciones. No sabía por cuál decidirme.

                —Yo sugiero —interrumpió mis pensamientos— el contrato surtido. Es buscar a unos piratas, destruir su barco, traer al responsable ante el cliente si es posible. Fácil —sentenció—, como en los viejos tiempos.

El otro contrato era escoltar unos barcos. Más lucrativo, pero más tardado, dependiendo del cliente. Mi amigo tenía razón, el de cacería era mejor opción.

Las chicas se fueron a una tienda de magia a hacer trueque, mientras que nosotros fuimos al mercadito a comprar las pocas provisiones que alcanzamos con el dinero que tenía el barco al recuperarlo.

                —¿Te puedo hacer una pregunta personal, amigo? —pregunté a Najib cuando regresábamos al navío.

                —Ya sé qué me va a preguntar —replicó y suspiró—. No estoy obsesionado con ella —me respondió.

Esa era exactamente la pregunta que le iba a plantear. Era muy bueno leyéndome.

                —Es idéntica a mi hermana, la que perdí —contestó apesadumbrado—. La vida me ha golpeado muy duro, he de admitirlo, pero esto fue un remate. Traer a alguien que es idéntica a mi querida hermana, es una sucia jugada del destino —calló por un momento y se detuvo—. Si pusiera a Noemí junto a mi hermana, no podría distinguirlas. A menos que me acercara, pues la bruja tiene una marca de nacimiento en el cuello. Además, mi hermana no era bruja ni tenía dotes para la magia —se encaminó de nuevo adelantándose.

Nunca le había preguntado detalles personales a Najib, me daba pena admitirlo, pero siempre me interesé más en lo que hacía que en lo que pensaba o sentía. Caso contrario, él sabía mucho de mí. ¿Cómo podía considerarme su amigo? Se lo tenía que reponer, de algún modo.

                —Nunca he superado la pérdida de mi hermana —se sinceró—, pero cuidaré de Noemí en honor a ella.

El resto del camino intenté entablar conversación con él, pero las palabras no acudían a mí. Simplemente me limité a escuchar los temas triviales que él comentaba.

 

Llegamos al mismo tiempo que las chicas y alistamos el barco para zarpar en un santiamén. El barco ya estaba completamente cargado de magia y mi tripulación ya se había familiarizado con el navío de mi padre. Era hora de ponerse en marcha.

                —Han visto a los piratas en unos islotes entre Tiburón y Piraña —informó Noemí—. No solo eso, mi maestra ya prepara un hechizo rastreador. Qué confiados fueron al dejar un arpón en el barco que atacaron —comentó altiva.

Miré a Ann que ya tenía listo su hechizo en forma de flecha. Nos llevaría hasta donde se encontraba nuestro objetivo.

                —Supongo que esto es lo que quieres que haga con el Trueno Lejano, ¿no es así? —dijo mientras posaba el hechizo frente al orbe de navegación—. Solo necesito algo que haya estado en ese barco.

Negué con la cabeza y metí las manos al orbe para zarpar.

                —Es más complicado que eso —informé—. Tiene un sello anti-rastreo, es imposible seguirlo así. Necesitas conocer el hechizo que lo oculta para poder rastrearlo. ¿Podrás hacerlo? —inquirí levantando una ceja.

                —Podemos hacerlo —contestó Noemí en su lugar—. No necesitamos estar en presencia de él. Solo estar cerca de alguien que haya estado en contacto con el sello y podremos seguirlo o, acercarnos lo suficiente al barco para poder hacer un contra-hechizo. O un encantamiento que disuelva la magia. Es fácil —dijo encogiéndose de hombros.

Levanté la vista y Ann asintió con la cabeza. Pues estaba hecho, era hora de ponerse en marcha.

 

Llegamos hasta unos pequeños islotes cavernosos cerca de Piraña, estábamos ocultos bajo un hechizo de glamur esperando a que saliera el navío. Me desperecé y fui a la cubierta, me senté junto a mi tripulación que estaban preparándose para un ataque.

Noemí estaba afilando unas dagas que había adquirido en la tienda donde fue con Ann. Parecían unas agujas de cristal con un aspecto mortífero.

                —En materiales conductores de magia —empezó a explicar a la chica— esta intentará buscar las puntas, de modo que esas dagas tienen doble utilidad.

Ella por su parte parecía estar limpiando unos guanteletes que, por lo que sabía de hechicería, servían para enfocar la magia a las manos de manera más efectiva. Se puso de pie una vez que terminó y le hizo señas a su aprendiz para hiciera lo mismo.

                —Trata de imitarme —le pidió—. La magia es un flujo y, por lo tanto, funciona mejor con movimientos fluidos. Siempre controla la respiración —empezó a hacer unas formas de combate mientras su alumna la imitaba.

Najib subió a cubierta terminando de revisar las armas, me indicó con una cabezada que todo estaba en orden. Se fue a la armería y regresó con un sable en mano.

                —Es increíble que lo dejaran casi intacto, ¿no lo cree, Capitán? —comentó mientras se situaba a mi lado.

Asentí. La verdad es que me sentía aliviado que el navío estuviera intacto. Salvo por un daño menor al ancla mágica, claro.

Estábamos prácticamente listos para emboscar a nuestras presas cuando divisamos un barco militar llegar. Más bien, era un inmenso buque militar. Lo conocía, era el Vórtice, un barco robado de la flota del rey en Ballena. Lo había enfrentado una vez, con su capitán de ese entonces, era una flota de un solo barco.

                —Capitán, ¿ya vio eso? —me preguntó Najib tragando saliva.

Si el capitán actual era tan bueno como el anterior, era posible que estuviéramos en desventaja.

Los vimos atracar en un muelle pequeño y empezaron a descargar cofres y cajas con montones de mercancía. Era una tripulación de una treintena de hombres, como mínimo. Bajó el capitán seguido de una bruja con la mirada fija al piso. A diferencia del resto de la tripulación, ella tenía una vestimenta muy raída y descuidada. Vi de reojo que Ann se acercó a la barandilla con los puños apretados. Seguramente la tenían cautiva.

                —Noemí —la llamó—, ¿qué dicen?

Noemí se acercó también a la barandilla y lanzó un disco metálico que rodó hasta cerca del capitán. Nos tendió unos alambres a cada uno.

                —Enróllenlos en su dedo y colóquenlo cerca de su oreja —ordenó.

Lo hicimos y en el acto escuchábamos con una claridad como si estuviésemos ahí junto al cabecilla.

El infeliz se estaba regodeando de haber atacado una flota de tres barcos y haber salido victorioso. Se había llevado el botín de dos de ellos, pero al tercero lo hundieron y no pudieron hacerse de sus tesoros. Tomó una copa de licor y la alzó frente a sus hombres.

                —Lo único malo —dijo burlón—, es que nos gastamos casi todo nuestro arsenal en esos pordioseros —se empezó a carcajear.

Najim me miró significativamente. Estábamos pensando lo mismo. Era hora de poner en marcha una distracción y llevarlos a una trampa.

Noemí se ofreció como voluntaria para carnada. Aunque me rehusé al inicio, era la mejor para el trabajo por ser tan menuda. Nos alistamos los demás mientras ella preparaba un encantamiento adecuado.

 

                —Bueno, hay que preparar el atraco de mañana —empezó a decir el capitán—, de todas formas, no creo que nos vayan a detener.

                —Yo podría —dijo Noemí muy altanera alzándose sobre una caja de mercancía—, se ven muy debiluchos, marineros de agua dulce —insultó muy sobrada y tomó un collar de oro que tenía a la mano.

A toda la tripulación la tomó por sorpresa la presencia de la pequeña bruja. El capitán tiró la copa que sostenía por el asombro de ver a una intrusa.

                —¿Quién rayos eres?  —chilló al volver en sí—. ¿Cómo entraste? —exigió saber—. ¿Qué esperan, estultos? ¡Atrápenla!

La tripulación empezó a seguirla mientras ella se escabullía entre las cajas. Parecía una buena idea, hasta que dos de ellos cayeron inconscientes al acercarse demasiado a la chica. Otro más recibió una explosión fétida en la cara y comenzó a hacer arcadas. Los otros que siguieron en persecución súbitamente se hundieron en fango salido de la nada. La chica llegó hasta la orilla y pareció elevarse en el aire como si estuviera subiendo una pasarela invisible. Un cúmulo de flechas voló hacia ella, pero algo las detuvo. El capitán ladeó su cabeza muy confundido.

                —Vaya, veo que no pueden con una niña pequeña —dije apareciendo a la vista de todos, flotando en el aire—. Es una lástima, creí que serían dignos rivales —me encogí de hombros—. Una lástima, en serio —expresé con falsa pena—. Tendré que notificar a las flotas en Delfín para que vengan por ustedes. ¡Nos vemos, próximos presos! —me burlé y di media vuelta.

Me sentía asombrosamente bien, interpretando nuevamente el papel de marino. Era como ponerse un guante de terciopelo a medida. Me sentía perfectamente cómodo. No solo eso, tender una trampa y ser astuto hacía arder una llama en mi interior.

                —¡Azariel! —gritó el Capitán—. ¡Se supone que deberías estar muerto! ¿O acaso eres un fantasma vengativo? —preguntó con la voz cargada de miedo mientras yo flotaba en el aire.

Me di media vuelta para seguir con la teatralidad. Dibujé media sonrisa y expresé muy soberbio:

                —Ah, cierto. Traía un navío digno de una buena batalla —dije orgulloso—, pero ustedes no lo valen —expresé con una seña desdeñosa.

En ese instante, el hechizo de glamur se terminó para revelar al Centella Mortal. El asombro de nuestros enemigos no se hizo esperar. Escuchaba entre los murmullos la extrañeza de ver ahí ese barco.

                —¡Nos vemos, rufianes! Tal vez los visite en la cárcel —me burlé dándoles la espalda.

Escuché como toda la tripulación corría al barco mientras su líder bramaba órdenes a toda prisa. Al llegar al muelle, una fuerte explosión se oyó a mis espaldas y pude ver de reojo cómo salían llamas de una zona del barco. Sin embargo, se extinguieron casi al instante.

                —¡Necesitarás más que eso para vencernos! —gritó mi enemigo.

No me esperaba que hiciera daño, para ser honesto. Estaba midiendo la fortaleza de aquel barco. Ann apareció secándose con magia por un costado mío. Miraba confiada la escena.

                —Buena bomba —la felicité—. Eso me da una idea de qué estrategia usar.

Ella solo asintió sonriendo y se movió a su lugar. Salimos a la luz solar, dejando la cueva detrás y viramos para ocultarnos de la vista de nuestros ahora perseguidores. Corrí al orbe de navegación y sumergí el barco. Vimos cómo el Vórtice surcaba las aguas por encima de nosotros, desplegaba las velas y desaceleraba de golpe al ya no vernos. Se adentró un poco al mar tratando de localizarnos seguramente.

Salimos por un costado de ellos alterando la marea. Su sorpresa fue evidente, vimos un coro de bocas abiertas y al capitán completamente pasmado. Éramos un tiburón que saltaba por su presa.

Najib y Ann dispararon la galería de flechas perforantes y dañamos el estribor de su barco. Estuvieron a la expectativa de mi siguiente orden.

Nos dispararon una ráfaga de saetas incendiarias, pero nos sumergimos en un instante y cruzamos por debajo de ellos. Justo por debajo, accionamos el Disipa Tormentas, un poderoso disparo de vapor que abría los cielos. El barco enemigo crujió, pero resistió el golpe increíblemente. Salimos a superficie y estábamos apuntando a babor. Su tripulación reaccionó con una velocidad asombrosa.

Noemí ya tenía listo su encantamiento y lo lanzó al agua. Un torrente verdoso salió disparado a nuestros rivales y algunos fueron afectados inmediatamente. Las arcadas y mareos no se hicieron esperar y derribaron a la mitad de los arqueros y lanceros. El Capitán fue cubierto por un encantamiento protector y nos miraba con furia. La gelidez de su mirada me hizo sentir incómodo.

Ann, por su parte, tenía listo su propio hechizo, unos cristales de hielo se formaron sobre la superficie del agua y se estrellaron contra el casco del barco con tanta violencia que lo agrietaron sin piedad. Najib accionó una palanca para lanzar los ganchos y nos preparamos para el abordaje. Noemí con su daga, Najib con su sable, Ann con sus guanteletes que ayudaban a moldear la magia y yo con unas espadas dobles. Sus fuerzas estaban mermadas, pero aun así había gente en posición de luchar. Doce contra cuatro. No me gustaban esos números porque era demasiada ventaja para nosotros.

Caímos al unísono con la precisión de un mecanismo de reloj y comenzamos la batalla. Noemí corrió entre tres adversarios y los rozó con sus agujas. Los pobres intentaron golpearla, pero estaban muy difusos, apenas podían mantenerse en pie. Najib se enfrascó en una pelea contra cuatro marineros, blandiendo su sable y repeliendo todos los ataques. Era tan diestro que los alejó de nosotros sin pestañear ni sudar. Ann cargó sus guanteletes con maná y detuvo con facilidad un tajo vertical que venía hacia ella con una sola mano. Hizo crujir la espada y la desvió hacia un lado mientras golpeaba a su portador con la mano libre. Una estocada de frente que detuvo con ambas manos y que después rompió la hoja con esfuerzo. El último sujeto, un inmenso rival, cargó contra ella a puño limpio. Sus manos destellaban maná de color azul, era un hechicero. Lástima para él, no era tan bueno con los puñetazos como Ann. Una combinación al rostro, costillas y pecho. El sujeto cayó noqueado al piso.

El capitán enemigo había retrocedido instintivamente. Llevó su mano al pomo de la espada de forma instintiva. A su izquierda estaba su almirante y a su derecha la bruja que tenía prisionera. El primero en atacar fue el almirante. Su confianza me conmovió un poco. Un tajo en diagonal que rechacé con mi hoja. Un golpe de revés con mi mano libre, un cabezazo a su nariz y una palmada a su oído derecho. Noqueado.

La derrota se veía en su rostro. Su mano temblorosa delataba el nerviosismo que sentía. Me acerqué con cautela, pues no sabía cómo me atacaría. Escuché un chasquido a mi izquierda y esa era mi señal, lo habíamos planeado. Empujó a la bruja por la nuca y ella me miró distraída. Vi que un embrujo se formaba en sus manos gracias a los anillos que portaba. Lo lanzó hacia mí, pero se deshizo como si chocara con una pared invisible. Noemí blandía una varita de madera y la apuntaba primero hacia mi persona para luego dirigirla hacia la bruja. Ella abrió los ojos de par en par intentando correr hacia la chiquilla, pero al dar unos pasos se hincó como víctima de una fatiga repentina. La joven bruja se acercó a ella y la sujetó por los hombros, dándole unas palmaditas en la espalda.

                —Supongo que aquí te rindes —dije dirigiéndome al Capitán, ahora completamente solo.

                —Primero muerto —me respondió con estupidez.

Se lanzó hacia mí blandiendo su espada, pero yo esquivé su embate, le sujeté la muñeca y lo desarmé con facilidad.

                —Te estoy diciendo —dije irritado al tiempo que le daba un puñetazo al rostro— que te rindas.

Trastabilló unos cuantos pasos y volvió al ataque con un puñetazo a profundidad. Le detuve su ataque con mi mano, lo aparté y empecé a golpearlo sin piedad. Al menos tres golpes a su rostro, dos a sus costillas y una patada elevada a su antebrazo. Intentó inútilmente darme dos *rectos, pero me agaché para esquivarlos, yo contesté con dos rectos a su pecho. Cuando intentó recuperarse, lo mandé al piso con un gancho al mentón. Estaba derrotado.

Me desperecé y cuadré los hombros. Estaba un poco cansado, pero extasiado. Miré a mi alrededor y Najib ya había amarrado a todos los tripulantes. Noemí atendía a su colega bruja, que sollozaba en silencio sobre su hombro. Sí, era una prisionera. Ann fue quien se acercó a mí con paso decidido. Levantó al saco de golpes que había sido mi enemigo y lo alzó de los hombros. Vi cómo canalizaba magia hacia él.

                —Ahora me dirás la verdad —recitaba—. ¿Cuál era el objetivo de esta operación? —preguntó sacudiéndolo—. ¿Quién es tu comprador?

                —Queríamos juntar dinero para comprar un islote en Ballena —musitó con un deje de dolor en su voz—. Nuestro comprador es Daigón, de la tripulación de Fets. Lo íbamos a ver en Calamar exactamente dentro de un ciclo —dijo esto último y perdió el conocimiento.

Ann me miró con cautela. Pensaba lo mismo que yo: era la primera pista sobre mi hermano. El viaje había sido más fructífero de lo que esperaba.




  Les comparto el tercer capítulo de la novela ligera que estoy escribiendo. Pueden leer el segundo   aquí . Espero les guste. El navío en e...

 

Les comparto el tercer capítulo de la novela ligera que estoy escribiendo. Pueden leer el segundo  aquí. Espero les guste.

El navío en el que viajábamos era una maravilla. Parecido a un barco pirata de alta velocidad, solo que las velas eran plegables, tenía cabinas de cristal retráctil y contaba con un arsenal mágico por todo el barco. Las armas se recargaban con el maná que absorbía del mar y el poco que tomaba del aire. El navío del padre de Azariel había sido el más temido por los rufianes hasta que se retiró y llegó El Trueno Lejano.

Estaba recostada en un futón junto a una barra en miniatura. Ya la había asaltado y me había servido una buena copa de vino. Veía como Azariel manejaba el navío con pereza mientras revisaba un mapa. Este era de los pocos navíos que podían ir directamente de Martillo a Tortuga sin tener que bordear Tormenta o Piraña. Aún lo recordaba de cuando era niña.

Estaba a punto de hacerle una pregunta cuando mi amigo me habló primero.

                —¿Cómo es que una hechicera es maestra de una bruja? —preguntó por encima del hombro.

Jugué con la copa que tenía en su mano antes de contestar. Casi no hablaba de ese tema.

                —Ella era una bruja en Crepuscular —expliqué—. Tenían su aquelarre ahí y educaban a chicas desde muy temprana edad. Ella era una promesa —dije aclarándome la garganta—, o al menos eso le pareció a la matrona. No tiene familia, no tenía amigos antes de ser formada —bajé la mirada a mi copa y traté de que no se me quebrara la voz.

Tenía una pregunta formándose en él. Podía notarlo por su postura y su actuar. Tenía que dar más explicación antes de llegar a la parte triste.

                —Tiene un talento nato, la chica —continué—. Sin embargo, le cuesta fabricar sus propios embrujos. Dice que la complejidad de algunos es mucho para ella, aun así, superaba ya a algunas de sus maestras. Los contraembrujos son lo suyo. Me ha sorprendido bastante lo rápido que aprende. Respondiendo a tu pregunta inicial, tengo algunos libros de brujería en Tiburón. Le enseño lo teórico y le explico lo que sé del comportamiento de la magia. Las brujas no tienen maná propio, lo toman de la naturaleza y lo usan para sus artes y encantamientos. Poseen afinidad mágica como las hechiceras, pero no cuentan con maná para expulsarlo. Ella practica por su cuenta e intercambia conocimientos conmigo. Ahora yo sé combatir brujas y ella sabe contrarrestar hechiceros.

—¿Qué le pasó al aquelarre? —preguntó. Era la pregunta más obvia.

Suspiré resignada. Me estiré un poco y desvié la mirada porque me pesaba esa respuesta.

                —No lo sabe —sentencié—. No era muy querida por algunas de las brujas superiores, aunque sí tenía una mejor amiga y una madrina. Fue a probar su valía yendo a una misión suicida hacia Noche Eterna. Fue idea de las superiores. Cuando volvió, no encontró a ninguna de sus compañeras. Todas habían desaparecido. No había rastros de violencia. No obstante, todo estaba ahí, es como si se hubieran esfumado. Vagó por la isla sin rumbo tratando de encontrarlas, pero fue en vano. El hecho de no poder despedirse de su mejor amiga o su maestra la devastó. Luego se coló en un barco hacia Delfín, pero no corrió mejor suerte. El capitán del navío la encontró y la noqueó —tragué saliva.

El recuerdo de cómo la encontré me remordió el corazón.

                —En uno de mis viajes a esa isla, la vi pidiendo limosnas en una esquina. Estaba muy maltratada y delgada. Me acerqué a ella y me percaté de que era bruja inmediatamente. La tenían controlada por medio de un sello, evitando que usara algún encantamiento —di un largo sorbo a mi copa y la vacié—. La liberé del sello y me contó lo que le pasó. Era muy chica y flacucha para ser prostituta; y muy débil para ser guardaespaldas. La mandaron a las calles a mendigar. Me llené de rabia y fui a negociar su liberación.

Azariel dejó el orbe de navegación y se fue a sentar junto a mí. Puso torpemente una mano en mi hombro tratando de consolarme y la retiró inmediatamente.

                —Ahí estaba el mandamás y la matrona —expliqué—. Me miraron con altivez en cuanto crucé. Les pedí que me vendieran a la chica, pero se negaron. Por supuesto, sabían el potencial que tenía. Seguramente estaban esperando un postor para venderla a altísimo precio como bruja personal. Les dije que el dinero no era problema, pero me intentaron correr de ahí y a ella me la arrebataron de mis manos para someterla y golpearla —apreté los puños antes de continuar, pero mi amigo me interrumpió.

                —Les diste su merecido —no fue una pregunta.

                —Los fulminé en el acto —confirmé—. También a los infelices que llegaron después. Cuando tengo estos arrebatos de ira —expuse mirando la palma de mi mano—, no controlo mi poder. Cuando acabé con ellos y con el caos rodeándome; el mariscal de Delfín me miró con horror, ni siquiera se acercó a intentar arrestarme. Tomé a la chica y la llevé conmigo a Dorsal, en Tiburón. Ahí la escondí hasta que se recuperó. Ha sido mi aprendiz desde entonces.

                —Tú la amas —comentó él con franqueza.

                —Como si fuera mi hermana —aseveré—, pero no quiero que ella se quede conmigo, tiene que ir a la Universidad, tiene dotes de sanadora. Ella se merece algo mejor que estar con una descarriada como yo.

                —Te juzgas muy duro —dijo poniéndome una mano en el hombro y dándome una palmada. Acto seguido se levantó y fue por una tablilla de bocadillos y la colocó sobre mis piernas—. Eres asombrosa y se nota que también te ama como a una figura familiar. Ya veremos qué pasa en cuanto acabemos este viaje. De momento, hay que buscar el contrato naval más jugoso y reclamarlo.

                —¿Todavía no llegamos y ya estás pensando en oro? —pregunté mientras degustaba un chocolate.

Ya había emergido y estábamos a punto de llegar a Tortuga. El navío seguía siendo tan veloz como recordaba. La sonrisa de mi amigo me llenaba de confianza. Este iba a ser un viaje interesante.




Segundo capítulo de la novela ligera que estoy escribiendo. Pueden leer el primer capítulo aquí . Espero les guste.   Estar de vigía en un d...

Segundo capítulo de la novela ligera que estoy escribiendo. Pueden leer el primer capítulo aquí. Espero les guste.

 

Estar de vigía en un día tan soleado era muy pesado. Sentía mucha flojera el guardia al pie del portón. Caminó un poco por la muralla y se movió hacia una de las bodegas para aprovechar la sombra un momento. Se quitó su estorboso casco y bebió de agua de su ánfora. Dentro vislumbró a dos colegas cuchicheando. Les iba a reclamar, pero no era su trabajo. Eran muy dispares para estar en el mismo rondín. Últimamente desertaban muchos guardias para unirse a la piratería y no podían ponerse exigentes con los nuevos reclutas.

Los dos guardias voltearon a ver al recién llegado y saludaron con una cabezada. Uno era muy bajito y delgaducho. La armadura lo cubría como se supone debería hacerlo, a excepción de un poco de cabello que le sobresalía del casco. Tenía un andar un poco danzarín, seguramente era un niño de mami. El otro era un tipo fornido, lleno de músculos, le sacaba al menos dos cabezas al pequeñín. Su armadura se acoplaba apenas a su corpulencia, parecía como si hubiera tomado la primera que vio.

                —Ustedes son los nuevos, supongo. ¿Ya se acostumbraron al salitre y las aves cagonas? —preguntó tratando de entablar conversación.

El chaparro contestó con una cabezada y el otro con un encogimiento de hombros. No les hizo mucho caso y se fue a sentar un momento. Seguramente su suplencia no tardaría en llegar, de modo que tomó un respiro de sus actividades.

                —El barco que tienen luciendo está bien equipado, ¿verdad? —preguntó el grandulón.

                —¡Uf, es una chulada! —dijo haciendo como que se besaba el pulgar y el índice—. Perteneció a un antiguo mercenario, pero ahora se lo quedó el Gobernante. La verdad es que la historia de su supuesta apuesta no me la creo. Yo pienso que se robó esa nave —dijo con franqueza—. Dicen que nadie puede navegarlo como se debe, por eso no está tan bien vigilado, sería inútil robárselo.

                —Dicen que solo un verdadero marino podría maniobrarlo —concedió el hombretón—. Supongo que ninguno de nosotros podría, ¿no? —preguntó y le dio un ligero codazo a su compañero. Este solo asintió torpemente con su casco—. ¿De verdad no temen que se lo roben? —inquirió inocentemente.

                —Bueno, sí hay guardias alrededor —concedió—, pero bastaría con una ligera distracción para que despejaran el área y…

Lo que iba a decir se vio interrumpido por un estruendo en la muralla sur. El lugar retumbó y casi derriba al guardia que descansaba.

                —¡Guardias armados, vayan al sur! —gritó una voz desde afuera—. ¡Alguien impactó un ariete mágico!

Con ánfora en mano, desenvainó una de sus espadas con soltura y se puso de pie con destreza.

                —¡Rápido, novatos! —urgió—. Tomen sus armas, alguien atacó este muelle, hay que ir a ayudar.

El pequeñín sujetó su espada con torpeza y casi se le cae; pero al momento de incorporarse se le aflojó parte de la armadura, revelando una blusa entallada. Su delgada cintura y contraste con sus caderas se hicieron evidentes. Sus compañeros se le quedaron viendo sin decir palabra por unos instantes.

                —¿Eres una chica? —preguntó sorprendido el guardia aún con cántaro en mano—. ¿Cómo? ¡No se permiten chicas aquí! —alzó la voz.

No pudo alzar su espada cuando una manaza lo estrelló contra la pared. La muchacha se le acercó con cautela.

                —Usted no podrá levantar su espada hoy —musitó la chica acercando una varita de madera—. Me refiero a su arma de metal —dijo sonriente.

Su compañero aflojó la presión y depositó con cuidado al guardia en el piso.

                —Señorita —dijo Najib con cautela—, le dije que se ajustara la armadura.

La chica se encogió de hombros, ajustó su vestimenta y salieron ambos de la bodega.

 

Todo el muelle estaba en movimiento, los arietes mágicos dispersos afuera de las murallas habían sido volteados para apuntar a la edificación. Parecía que alguien los estaba activando desde la colina y ya habían impactado dos.

                —¡Primera fila —gritó uno de los capitanes—, vayan a investigar!

Una cuadrilla de hombres avanzó colina arriba para investigar, cuando un tercer ariete salió disparado.

                —¡Refuerzos! —volvió a vociferar—. ¡Los que no estén en labores de mantenimiento que vengan a ayudar! ¡Quiero rango en lo alto!

Marinos y guaridas corrieron a auxiliar a la entrada principal. Prepararon lanzas para defenderse, pero los arqueros no llegaban. Uno de los arqueros se acercó al capitán para informarle.

                —Señor —dijo casi disculpándose—, estamos montando las cuerdas en los arcos. Todas fueron cortadas, no hay un solo arquero listo ahora.

                —¡¿QUÉ DICES?! —bramó el capitán—. ¡Filipo, estás a cargo! —ordenó y entró a la fortaleza a investigar. Sospechaba que había algún intruso por algún lado.

Por el trayecto no observó nada sospechoso, hasta que vio de reojo a un hombretón entrar a una de las tiendas con suministros. Jamás había visto a ese sujeto.

Apenas entró, reconoció a una persona que examinaba el mapa del muelle. Un hombre que había creído muerto.

                —¡Tú! —gritó—. ¡Malnacido de…! —no terminó de decir su insulto, pues su voz se apagó de golpe.

Una chica menuda salió de las sombras por un costado del capitán, cargaba un frasco con un extraño brebaje. Intentó gritar, pero la voz no acudía a su garganta. Trató de golpear a la muchacha, pero ella se deslizó a un lado y luego fue embestido por el tipo que examinaba el mapa. Lo conocía, sabía de quién se trataba.

                —Espero que no le importe, Capitán —musitó—, pero vengo a recuperar el navío que le robaron a papá.

Desarmó al militar sin esfuerzo y lo golpeó en el rostro. Una patada al estómago que alcanzó a bloquear y se incorporó torpemente.

Se limpió la sangre de la mejilla y se preparó para combatir a puño limpio. Lanzó dos golpes al intruso que este esquivó y luego una patada giratoria que evitó agachándose. Al bajar la pierna recibió una combinación de golpes al tórax que lo dejaron sin aire.

                —Te mereces lo peor, Capitán —murmuró el advenedizo—, pero hoy no cobraré mi venganza contra ti.

Dicho esto, estrelló al militar contra el suelo para hacerle perder el conocimiento.

 

Un marino novato acababa de limpiar el entarimando del muelle donde resguardaban el barco de exposición. El navío en cuestión lo habían dejado atracado porque nadie era capaz de maniobrarlo. Sus suntuosas velas, su carcasa lujosa y el color blanco con remates azules le daban un aspecto imponente al buque. Se limpió el sudor y súbitamente vio a una chica muy bonita correr al lado de un robusto guardia. El sujeto cargaba un mazo muy pesado. Vio que la muchacha arrastraba una especie de raíz por las tablas y estas cambiaban de color. ¿Sería una técnica de barnizado?

Desvió su mirada a algo rojizo en el agua. Parecía una chica pelirroja que se sumergía debajo del barco que nadie podía navegar. Vio a otro hombre encima de este, cerca de donde estaría el timón del barco. ¿Qué estaba pasando?

                —¡Detengan a esos intrusos! —gritó uno de los capitanes con una comitiva detrás.

Sus hombres intentaron correr por el muelle, pero el tipo inmenso golpeó el entarimado y las tablas chirriaron; cuando el capitán y sus refuerzos pisaron la madera se precipitaron al agua. Las cuerdas que sujetaban el barco se soltaron como por arte de magia y este empezó a navegar.

 

                —¿Cómo se supone que se maneja esta cosa? —preguntó Ann, completamente empapada.

                —La manija que giraste debajo del agua sirve para asegurar el barco al lecho marino. Es como un ancla —explicó Azariel—. Y esto —dijo señalando una esfera de color azul de un metal líquido—, es el timón. Metes la mano y le indicas la dirección —explicó haciéndolo.

El barco empezó a moverse. Una serie de ruidos metálicos empezaron a sonar por todo el lugar. Najib subió hasta la cabina de popa, donde estaba su capitán.

                —Aún recuerdo todo sobre esta nave, Capitán —se regocijó.

                —Excelente, Najib —lo felicitó—. Necesito que vayas a la cubierta y prepares el Maremoto. Llévate a Noemí para que se vaya familiarizando.

El par corrió hasta una especie de engrane gigante cerca de la vela central. Le hizo señas a la muchacha para que empezara a girarlo.

                —Creo que preparan una catapulta —señaló Ann tocando el hombro de su amigo.

Azariel ni se inmutó, desvió la mirada a una especie de cañón que estaba detrás de él, en la popa.

                —Apúntales con el Tempestador y dispara dos veces —ordenó—. Una a la catapulta y otra al agua cerca de la orilla. No necesitas magia —aclaró.

El arma en cuestión era un cañón con grabados de olas y viento. La hechicera lo manipuló con facilidad, apuntó y disparó un proyectil invisible. En un instante, la catapulta retrocedió una distancia considerable y se desarmó. El siguiente disparo chocó conta el agua y levantó un chorro altísimo.

Otros navíos empezaron a aproximarse por los costados, estaban preparando sus Magno Escorpiones, unas ballestas gigantes.

                —¿Quieres que les dispare a ellos también? —preguntó Ann decidida.

                —No hace falta —respondió su amigo sonriendo—. ¿Listos? —preguntó a Noemí y Najib.

Ellos asintieron y se prepararon para accionar el arma central. Uno de los barcos estaba prácticamente listo para disparar un proyectil enorme cuando Azariel gritó la orden de accionar el mecanismo. El lecho marino se cimbró y un poderoso oleaje como una onda se precipitó a los barcos. Cuando la marea se calmó un poco, ya no vieron a la Centella Mortal.

 

 

                —Impresionante, Azariel —se asombró Ann mirando al mar por encima de sus cabezas.

                —Este barco es sumergible —explicó—. Tiene todo un arsenal de armas y utensilios. ¿Sabes qué es lo mejor? —preguntó retóricamente—. Esta maravilla solo necesita cuatro personas para operarse.

Noemí subió a la cabina y se reunió con su maestra abrazándola por un costado.

                —No tenemos muchos suministros —anunció mientras se separaba de ella—. Realmente pudimos saquear muy poco. ¿A dónde vamos? —quiso saber.

                —Dicen que a tu hermano lo han visto por Calamar —mencionó Ann—. ¿Vamos para allá? —inquirió.

                —Primero iremos por un contrato naval a Tortuga, porque necesitamos dinero. Después ya veremos —anunció confiado.