La verdadera naturaleza de Kira se muestra en este capítulo.   Kira llevaba el paso apurado de la gente ocupada mientras trataba de mante...

 La verdadera naturaleza de Kira se muestra en este capítulo. 

Kira llevaba el paso apurado de la gente ocupada mientras trataba de mantener el papel que encarnaba en la escuela. Los alumnos al verla pasar rehuían de su mirada o se comportaban mejor. Se dirigía de la biblioteca a las Academias y su andar hacía eco con el silencio que dejaba atrás.

El día anterior, miércoles veintidós de octubre, había hecho que la alumna modelo presentara el examen a título de suficiencia de Ética. Obtuvo puntuación perfecta como era de esperarse, y la Reina misma la había subido a la plataforma como calificación global. Pasó cerca de una muchacha que bailaba junto a una bocina el tema Shake It Off con el timbre inconfundible de Taylor Swift.

—Compañera, o la apagas o te pones audífonos —le habló en un tono neutral.

La chica volteó molesta, pero su semblante cambió apenas vio de quién se trataba.

—Sí, presidenta. —Apagó la música y se metió a los salones de quinto.

Siguió con su trayecto, pues tenía demasiados pendientes. Las semanas de evaluaciones se llenaban de reportes tanto de alumnado como de personal docente y debía resolverlos a la brevedad posible. Que si un alumno hizo trampa, que si un profesor puso un tema que no vieron… Todo eso debía juzgarse bajo reglamento y escuchando ambas partes para después, con toda la frialdad posible, dar un veredicto.

Aunque ella agradecía la recomendación de Gisela para aceptar el puesto, a veces odiaba el personaje que debía interpretar, frío y calculador. Y hablando de odiar, una de las personas que más detestaba se le apareció en su campo de visión. Incluso la luz parecía cambiar de color cuando vislumbró al profesor de Ética acercarse con su sonrisa y cabello falso. «Ojalá se le caiga ese feo peluquín un día de estos», pensó.

—Señorita Kira, buenos días. Me da mucho gusto verla —saludó mientras una sonrisa fingida remarcaba sus arrugas—. ¿Puedo hablar de algo con usted? Es sobre una de las chiquillas de mi clase.

—Buen día, profesor Arturo. ¿Qué sucede? —habló con una monotonía que no denotaba nada.

—Verá, espero me pueda ayudar y yo después le ayudo. Acabo de checar las calificaciones de mis alumnos y resulta que Maya Vega tiene calificación global de diez. Yo la expulsé de mi clase y el examen a título de suficiencia debió ser aplicado hasta finales de…

—En circunstancias normales, se aplica al terminar el semestre, pero no es el caso. La subdirectora autorizó que fuera en estas fechas.

—Ah, veo que se pasan el reglamento por alto. ¡Qué descaro de…!

—Según los derechos de los estudiantes, cuando hubo un caso de indisciplina tanto del docente y alumno, la evaluación debe aplicarse por una persona externa a la Academia y evaluarse por una ajena a la institución. Esto para evitar represalias o resultados subjetivos. Artículo quince, pero usted ya sabía, porque es abogado.  «Uno muy malo, por cierto», pensó.

El profesor enrojeció un instante y dio un ligero paso hacia atrás. Intentaba decir algo, pero solo pudo balbucear. Un par de muchachos, a su derecha en una banca, bajaron la voz para escuchar sin disimulo la conversación.

—No sé de qué me hable, señorita.

—A varios de sus alumnos les pidió dinero, favores y sobornos en especie, profesor Arturo. Eso solo de lo que tenemos constancia. Hay testigos que dicen que Maya Vega lo señaló de corrupto frente a la clase —dijo mientras le clavaba la mirada, y «también lo tachó de estúpido, pero no hace falta remarcar lo obvio», pensó—. Por eso se aplicó el artículo quince.

El profesor torció el gesto y se sacudió su saco claramente ofendido. El tufo a perfume barato le llegó a Kira. Ese acto hizo que el repudio creciera más.

—¿Ah, sí? Yo siento que estuvo mal. Como aquí toda la bola de burros hace lo que quiere, tendré que llamarle a mi amigo, el secretario de Educación del Estado.

Kira alzó el rostro y lo miró por encima de la nariz, pues el docente intentaba ponerla en jaque.

—Cuando guste, yo misma le puedo llamar a mi padrino para que venga a hablar con usted. Indíqueme, por favor, ¿cuál sería el momento más oportuno para agendar esa reunión?

La Reina no reaccionaba bien ante esas jugadas. El profesor le había colmado la paciencia y a ella le estaba costando mantener su máscara. Debido a su osadía, ahora él se veía acorralado. El color de su semblante empezó a desvanecerse y se ajustó el peluquín con nerviosismo.

—Bueno, tal vez no haga falta que venga. Solo se trata de la alumna “modelo” —‍entrecomilló con las manos—, sus diez reportes y su descaro. —Se aclaró la garganta—. Solo le advierto, señorita Cuevas, que no debería ponerse en mi contra. Recuerde que el director…

Ella alzó la mano con una rapidez que pareció un bofetón e hizo callarlo. Dio un paso al frente y habló en un susurro teatral bastante audible.

—Usted llega a creer que el director lo protege, pero no es así. Le tiene lástima. Y no piense que él es todo poderoso aquí. Él podrá tocar o escribir la sinfonía, pero quién dirige la orquesta soy yo. —Se señaló con petulancia—. Él podrá tener el terreno, pero yo soy la guardabosques. Yo tengo que lidiar con los estultos que no saben guiarse. No sé si me entienda, pero los problemas los soluciono por mi cuenta, solo que a veces heredo errores con los que tengo que convivir.

—¿Me estás diciendo error? —la tuteó con coraje.

—Usted vino aquí a quererme amedrentar, sobornar o asustar, no tengo idea qué trataba de hacer, pero yo no soy alguien que reaccione bien ante sus intentos ridículos de dominio.

—¡Oye, muchachita…!

Kira le lanzó una mirada tan siniestra y llena de odio que hubiera hecho palidecer a su amiga Zaza. El profe Arturo enmudeció enseguida.

—Le sugiero que cuando se vaya y se refugie en su miserable existencia, solo quiero que piense en algo: usted no da miedo. Nada. Y al recordar este fatídico encuentro, solo le llegue esta palabra a su mente. —Se inclinó un poco sin dejar de mirarlo—. ¡Bu!

El profesor tragó saliva y se dio media vuelta con torpeza para apresurar el paso y perderse entre los edificios.

—¡Pinche cobarde! ¿Lo viste? —hablaron los alumnos que presenciaron el duelo de voluntades, pero enmudecieron y se retiraron en cuanto Kira volteó a verlos con la misma expresión que mantuvo con su rival.

A la chica aún le temblaba el puño que había apretado durante su discusión y retomó camino. Había aprendido de Bestia a serenarse mediante la respiración y su papel de la Reina volvía a asentarse en ella. Se dirigió hasta el perímetro de la escuela para que nadie pudiera ver cómo se desmoronaba. Cuando por fin pudo reunir los pedazos y reincorporarse, vio a Maya que de seguro daba su tercera vuelta a toda la institución. Su sombra la seguía muy de cerca con evidente cansancio. «Diez reportes», repitió en su mente.

Trató de no pensar en lo que le había dicho el profesor de su compañera y subordinada de la Mesa del Alumnado. «Si el profesor Eric estuviera aquí, me sería todo más fácil», caviló. Sin embargo, él llevaba varios días fuera de la escuela.

Demasiadas preocupaciones tenían abrumada a la Reina, tanto que le hizo interpretar un momento innecesario de fanfarronería. Ella pensaba que podía dominar en su tablero, pero la amenaza sobre la alumna Vega la hizo dudar. Además, tenía una pregunta muy apremiante en su cabeza: «¿Quién me está ocultando los reportes sobre ella?».

Este es uno de los últimos capítulos que publicaré de la novela. A menos que ustedes pidan más. Vamos con el capítulo 22. Maya iba a la ca...

Este es uno de los últimos capítulos que publicaré de la novela. A menos que ustedes pidan más. Vamos con el capítulo 22.

Maya iba a la carrera para su cita del veintiuno de octubre. Yan le había dicho que se vieran afuera del Cine Deluxe. Su suéter le atajaba el frío y sus botas altas eran lo bastante cómodas para correr. Apenas tuvo a la vista el lugar, aminoró el paso para serenarse. Tropezó con la banqueta en mal estado y antes de trastabillar, alguien la sujetó por el antebrazo.

            —Con lo que se paga de impuestos están bien feas las calles, ¿no? —El muchacho tenía una sonrisa dibujada y la reincorporó con mesura.

            —Hola, Yan, buenas tardes.

            —Siempre te andas tropezando, Maya. Buenas tardes.

            —Pues, es que me caigo de buena, Yan. —Se quedó viéndolo expectante.

            Él soltó una carcajada después de parpadear.

            —¡No me esperaba ese chiste! Menos de ti que… como sea. ¿Pasamos? —Su mirada se paseó por el semblante de Maya un instante—. Oye, ¿te encuentras bien? Te ves un poco molida.

            Maya tardó en decidir si ofenderse o no. Su chamarra con estoperoles le daba un aspecto de tipo rudo, pero desentonaba con su cara de preocupación.

            —Ah, es que estuve entrenando toda la mañana y un poco en la tarde. Me dijiste que no me necesitabas con don Mario y aproveché para practicar otro rato. ¡Pero todo bien! ¿No me crees capaz de conocer mis límites? —Ladeó la cabeza.

            —Si dices que estás bien, te creo. ¡Vamos adentro!

En el recibidor del cine reinaba el rojo en los muros y en la alfombra que cubría casi todo el piso. Había carteles de películas pasadas o clásicas distribuidas en todas las paredes, pues era lo que siempre proyectaban. La taquilla tenía el aspecto antiguo con ventana de vidrio, una rendija para hablar y una impresora dedicada únicamente para los boletos. La dulcería tenía de todo tipo de palomitas, refrescos y dulces. El aroma de las botanas saladas como los nachos y el queso predominaban sobre el de la mantequilla artificial.

            Yan tenía ya los boletos comprados y, a pesar de la gente, salieron rápido de la fila de dulcería. Le indicó la sala de su función y caminaron por el largo pasillo de luces rojas para dirigirse a sus asientos numerados. El aspecto de tipo galería del lugar le pareció inusual a Maya. Una barra separaba las dos secciones de la sala y ellos se sentaron en la fila más baja de la parte de arriba.

            Las luces se atenuaron y los comerciales empezaron a desfilar en pantalla. Cuando estaban por llegar a su fin, a ella se le ocurrió la pregunta más obvia.

            —¿Qué película vamos a ver?

            —Una que me dijiste que no habías visto —contestó él sin dejar de ver al frente.

            En cuanto el nombre del estudio apareció con el niño y la Luna, llegó a su mente el recuerdo y la respuesta. Se recostó en su lugar para disfrutar de la obra que no pudo en su fecha de lanzamiento.

            La risa, la ternura y la expectación la invadían a medida que avanzaba la película. Yan le hacía comentarios o chistes de forma tan tácita que debía inclinarse para escucharlo.

            —Esto lo haces para poder oler mi perfume, ¿verdad? —bromeó ella.

            —Estoy seguro de que toda la fila puede percibirlo.

            Le dio un codazo amistoso y se volvió a acomodar en su asiento. Las palomitas solo llegaron hasta la mitad del filme y el refresco fue ignorado casi al final cuando el gas le dejó un sinsabor. En la escena donde el protagonista ayuda a restaurar la creencia de un niño, Maya no pudo evitar soltar unas lágrimas. Yan le extendió un pañuelo sin voltear a verla y ella lo agradeció. Cuando el final estaba cerca, ella estaba al borde del asiento contemplando maravillada el desenlace. Se relajó un poco cuando empezaron los créditos.

            —Estuvo muy bonita —susurró—. Te lo agradezco mucho, amigo.

            —Espera, hay escenas en los créditos.

            Maya no pudo evitar reír ante los gags finales y después conmoverse de nuevo por la canción con letra que sonaba. Las luces empezaron a encenderse y Yan le ofreció un brazo para ayudar a levantarse. Se encaminaron fuera de la sala sin decirse mucho y ella se disculpó para ir al baño. En los lavabos se topó con una figura reconocida envuelta en una hoodie.

            —Buenas noches —saludó la chica, sin mostrar del todo su rostro.

            Maya se dio cuenta de quién se trataba y la saludó con torpeza. Al salir, se dirigió con su amigo para hablar sobre la función.

            —¡No puedo creer que me haya perdido El Origen de los Guardianes! —habló emocionada—. Excepto por el diseño de los niños, ¡todo es hermoso!

            —Como para sacarte una lágrima.

            —No te estás burlando de mí, ¿o sí? —Lo miró de reojo.

            —Nah, Maya. Puedes llorar, reír, suspirar, para eso son las películas. Que no te cisquen unos idiotas por lo que piensan.

            Ella recordó la escena en concreto que la descompuso un poco y le surgió una duda.

            —¿A ti qué escena te conmueve? Porque sí hay una, ¿no?

            El empezó a andar mientras cavilaba. Se llevó una mano a la barbilla antes de contestar.

            —La parte donde Jack va a jugar con su hermana y después tiene que salvarla. Yo diría que es mi parte favorita y la que más me mueve algo.

            La chica abrió mucho los ojos, no esperaba esa respuesta. Pensaba que iba a responder la escena final, donde escuchó la mayoría de los sollozos.

            —Esa es la parte donde él…

            —Se convierte en Guardián, sí. Me encanta.

            —Pero él…

            —Era algo que tenía que hacerse y era el único que podía hacerlo. Fue el costo más alto para Jack, pero la pinche recompensa… creo que lo valía.

            A pesar de las diferencias físicas, Maya pudo ver por un instante a Jack reflejado en su cita. Quiso preguntar algo, pero las palabras no salieron. Se quedaron en su mente, al borde de su habla. «¿Tú hubieras hecho lo mismo?»

 

Salieron al frío de octubre y ella se caló su gorro para cubrirse las orejas. Yan le ofreció unos guantes, pero ella se negó. Anduvieron en la calle sin decirse palabras. La gente entraba y salía de la plaza que estaba a pocos metros del cine y donde habían tenido su cita en la cafetería. A Maya le afectaba el frío más de lo que quería admitir, estaba por aceptar la oferta de su cita cuando algo llamó su atención. Alzó la mirada cuando escuchó la voz suave de Mila que conversaba con alguien.

            —¡La más bonita de Navidad! Todavía no estamos en fechas, pero me encanta, me encanta.

            —Yo creo que solo otra animada va a superarla —comentó Gis al lado de ella.

            Iban con paso lento por enfrente de Yan y Maya. Ambas lucían atuendos similares, de abrigos ligeros, solo que el de Mila era de un rojo intenso que combinaba con la cabellera de su amiga. Voltearon justo a tiempo para cruzar miradas.

            —¡Holis, holis, amiguis! —Saludó Mila—. ¿De dónde vienen los actores de citas?

            —Del cine. Creo que vimos la misma película —contestó Maya.

            —¿En serio? —Se abalanzó sobre ella mientras la sujetaba con delicadeza de los brazos—. ¿No te parece hermosa? El Hada, Santa, el Conejo, ¡todos!

            La emoción con la que Mila repasó detalles del filme le conmovió más a Maya que la obra en sí. Hacía mímicas, voces y efectos de sonido. Tal vez la conversación se hubiera extendido una hora, hasta que Bestia se aclaró la garganta.

            —Su campeona ha llegado por usted, Princesita —anunció Yan al señalar a su izquierda.

            Los saludos y despedidas fueron efímeras. Antes de que se dieran el último adiós finale ultimo, Yan fue sorprendido por un comentario.

            —Creí que nuestra primera cita de ensayo sería en el cine, pero me gustó que fuera hasta este momento.

            —Una primera cita en el cine no es tan buena idea, porque durante la peli no puedes hablar mucho. Además, en gustos se rompen géneros.

            —Y elegir una película sería mucho relajo —meditó ella—. Pues sí. O tardarías mucho tiempo en la fila de los boletos o de dulcería… tienes razón, no es tan buena idea.

            Bestia asintió satisfecho.

            —Adiós, chicas. ¡Buenas noches!

            Cuando Yan estaba por encaminarse sin rumbo fijo a la placita para ver las decoraciones de la temporada, o sumergirse en el aburrimiento creativo, notó que don Barín lo observaba desde la entrada del edificio. Engalanado con el mismo uniforme de guardia con el que lo vio la última vez, tenía en su cara la misma expresión enternecida que un abuelo le dedicaría a su nieto. El muchacho sonrió para sí, mientras su mente se paseaba entre las imágenes conmovedoras que le habían dejado tanto el filme como sus amigas, y el cansancio que asomaba en el cuerpo de Maya.

«Me imaginé que iba a estar más encabronado », fue lo que pensó Yan después de salir del despacho del coordinador de Deportes y se dirigía...


«Me imaginé que iba a estar más encabronado», fue lo que pensó Yan después de salir del despacho del coordinador de Deportes y se dirigía a la oficina del director. El profesor Liam se estuvo carcajeando de que Maya enfrentara al “cochino” profesor de Historia. “Se merece que lo expusieran como el mirón que es. Me da mucho gusto”, le había dicho. Incluso la secretaria ahí presente se estaba riendo.

    La tensión había bajado un poco. Sin embargo, Yan sospechaba que el asesor de Maya, el profesor Eric, no estaría tan contento. “Yo me encargo de él en cuanto vuelva de su compromiso”, fue lo que el coordinador dijo y le dio anuncio de que el director lo requería. Liam, Gisela y la secretaria se quedaron platicando de otros asuntos cuando el joven cerró la puerta del despacho.

 

Cuando entró a la ostentosa dirección, Yan dejó de sentir frío, pero no todo el nerviosismo abandonó su cuerpo. Se calentó las manos con el aliento mientras andaba por el pasillo y al pasar junto a la recepcionista general, esta lo ignoró. Ella cantaba a todo pulmón una canción de Ana Gabriel mientras acomodaba unos documentos. La pasión con la que entonaba Simplemente amigos relajó un poco al muchacho.

    La caoba de la sala de espera del director reinaba todo el interior. Un nuevo cuadro de él mismo se alzaba a la izquierda con una sonrisa que mostraba demasiados dientes. Su amiga, quien fungía como asistente en dirección, estaba sentada en el escritorio debajo de la foto, lo miró con complicidad y le indicó con una seña que guardara silencio. Yan se colocó unos audífonos retro de diadema con esponja color naranja, al tiempo que simulaba estar escuchando música en el walkman sin pila del profe Liam. Se acomodó en una silla afelpada mientras escuchaba la discusión al otro lado de la pesada puerta de madera.

    —…no viste la ceremonia de premiación ni el discurso del secretario de Educación —comentaba con un deje de regaño la subdirectora—. ¿Al menos viste las fotos?

    Pues no, Karla, tenía y tengo cosas que hacer. Y ya habían anunciado al ganador. Era el muchacho Bestia como había quedado.

    —¿Lo forzaste a que ganara? —esta vez el enojo se sentía a través de la puerta.

    Yo no le dije que tenía que ganar, le dije que estaría bien si pudiera ganar. Era buena imagen para la escuela y podemos pedir más presupuesto el año que viene.

    Tanta presión es mala para los jóvenes. ¿Cuántos lesionados crees que tuvimos?

    ¿Cuatro…? No tengo ni idea ¡Teníamos paramédicos y la Brigada Escolar! Nada pasó, Karlita. Y si pasaba algo malo, el profe Eric lo podría solucionar.

    Pues de todos los abogados que juntaste aquí, es el único que parece hacer bien su trabajo.

    ¿Cómo que de todos…?

    Me retiro, Osvaldo, yo también tengo cosas que hacer —dijo con burla al director.

    La puerta se abrió y la subdirectora salió con aire resuelto. Se acomodó el fleco hacia la derecha y miró a Yan por encima de sus gafas. Él se quitó los audífonos antes de saludarla.

    —Buen día, sub.

    —A mí no me engañas, Yan —musitó antes de señalar su walkman que no funcionaba—‍. Sé por qué hiciste lo del torneo, pero estás pisando hielo quebradizo.

    Yan palideció un momento. «Supongo que alguien tenía que darse cuenta además de Liam y mis amigas», razonó.

    —Maestra, de verdad que no sé de qué hable. —Su expresión era una cara de póker.

    —No porque siempre vivas con riesgos… —Se aclaró la garganta para recomponerse—‍. Solo digo que seas más cuidadoso.

    —Yo vivo con mucho cuidado siempre.

    Se sostuvieron la mirada un momento hasta que la subdirectora se despidió con educación. Yan dejó caer los hombros para relajarse. Su respiración tuvo que regularla hasta que el mundo le pareció nítido de nuevo.

    —El director te espera, Yan —le habló su amiga Zaza—. Puedes entrar.

    Él le sonrió y pasó al despacho del mandamás.

 

El montón de alabanzas y felicitaciones que recibió Yan fueron protocolarias. Era la cuarta vez que así sucedía después del Abierto de Artes Marciales, aunque no siempre lo ganara. La laptop al frente del director desplegaba fotos que el joven no alcanzaba a ver, pero supo de cuáles se trataba, pues tenía conectada la memoria que él mismo le dio a Pedro, el fotógrafo asignado para esos eventos. El dispositivo de color rojo en forma de robot contrastaba con el equipo blanco al que estaba enchufado.

    Nada en la oficina había cambiado desde la última vez que estuvo ahí, salvo por un aromatizante que al muchacho le pareció empalagoso como la personalidad del dueño del lugar. El director no mencionó en momento alguno el discurso del secretario de Educación ni la nota en el periódico local con la foto de Maya en ella.  

    —Bueno, García, dime, ¡pero piénsale bien! ¿Qué quieres? Lo que prometiste lo cumpliste, incluidas las fotos. ¡Tú pide! —Chasqueó los dedos.

    Yan esperaba esa pregunta al reacomodarse en la silla. Respiró hondo para dejar de sentir un poco la tensión.

    —Había unas becas de excelencia y de “Promesas del Mañana” que antes daban aquí en el Estado. Quiero una de esas, dire. La de treinta mil es la que me interesa.

    —Eso es poco para una beca, ¿no? ¿O es mucho? La verdad es que yo no sé nada de esas cosas.

    «¡No me jodas con este cabrón que no sabe un carajo!», razonó Yan. Se relajó más en la comodidad de su asiento antes de contestar.

    —Pues es lo suficiente, creo. Quiero estudiar en una universidad en la capital y son como dos horas de viaje. Me voy a comprar una carcacha para ir y venir los fines de semana.

    —Ah, cierto, muchacho. Una universidad de aquí… ¡Pues me parece bien! Ahí tengo unos formatos con su guía de llenado y todo. Permíteme… —Se giró para buscar en unas carpetas a su derecha. Habló después de unos instantes—. Mira, este ya tiene la firma de la subdirectora y sin fecha. Es casi como un cheque en blanco. ¡Tómalo!

    Yan aceptó con una visible serenidad el documento, pero su pecho casi dio un vuelco. «No puedo creer lo fácil que fue. Ahora ella tiene una piedra menos en el camino», meditó.

    —Se lo agradezco, dire. Aprovechando que los tiene ahí, ¿me rola otro? Solo por si en este la cago. Es que soy muy torpe para la burrocracia.

    —Claro, muchacho, ¡faltaba más! —Sonrió de forma exagerada.

    Cuando Yan salió del despacho del mandamás, pasó junto a Zaza y le sonrió con complicidad. Quería salir corriendo del lugar y dar saltos, pero sería muy mala idea. Pasó junto a la secretaria que, al verlo, se quedó callada a medio coro de Quién como tú de Ana Gabriel.

    —No se fije de mí —le aconsejó Yan—, ¡cántele!

    Salió al fresco de octubre, mientras le hacía segunda voz a la secretaria que entonaba con todas sus fuerzas el tema. El aroma de las flores de cempasúchil, del próximo evento escolar, le llenaron los pulmones cuando tomó rumbo a la salida. El tramposo excepcional le había ganado al restrictivo juego del director.

Yan tenía su mente enfocada en la nada, aunque no era ese el punto de reunirse. En la última hora del lunes veinte de octubre, la mayoría de...

Yan tenía su mente enfocada en la nada, aunque no era ese el punto de reunirse. En la última hora del lunes veinte de octubre, la mayoría de los profesores dieron su clase para que los alumnos pudieran prepararse. El grupo improvisado de Kira, Mila, Gisela, Vika, Lucas y él habían tomado las bancas junto a la pista de atletismo para estudiar.

     —¡Qué mamada es esto! —vociferó Vika mientras azotaba su libreta contra el pasto—. Para empezar, nadie en prepa lleva deportes como materia y nosotros sí. ¿A quién se le ocurrió? Y todavía tenemos un examen teórico de esto.

    Kira suspiró sonoramente e hizo que Vika se callara en el acto.

    —Fue el “flamante” plan de estudios que pidió el exgobernador —explicó con serenidad—. Llevamos deportes, especialidades, lectura obligada y artes como ninguna otra escuela. Debo suponer que es mera vanidad.

       —O sea, nos quiere guapos, listos pa’ chambear, letrados y artísticos para enaltecer su imagen —añadió Gisela que tenía su vista clavada en la libreta.

       —¿Por eso la biblioteca tiene tres pinches pisos? —preguntó Vika.

     —También los talleres —observó Yan—. Todo en esta escuela es largo o grande. A lo mejor es para compensar algo.

      —Yan, por favor —volteó a verlo Kira.

       —Ay, no creo que sea el único que lo haya pensado del exgobernador.

      —Si le importara de verdad —comentó Vika—, tendríamos mejores maestros, algunos son unos reverendos…

    —Lo sé —afirmó Kira—, pero la mayoría son muy buenos y expertos en su materia. Por favor, concéntrense.

    Siguieron estudiando unos minutos más hasta que escucharon el trotar de dos personas en la pista. Fue Mila quien se dio cuenta de quiénes eran.

    —¿Mayita y Sam están practicando?

    Bestia alzó la vista extrañado, pues sabía que el profesor de Historia no había cancelado su clase. Según le informaron, nadie de humanidades. La Amada les hizo una seña para que se acercaran.

    —¿No deberías estar en clase, bonita? —preguntó Gis con una sonrisa, pero su voz tenía un deje de preocupación.

    —Debería —habló entre inspiraciones—, pero el profesor dijo que me podía retirar de su materia para siempre. Ahora tengo dos clases libres.

    La calma con lo que lo dijo le causó un vacío en el estómago a Yan. Maya parecía de lo más tranquila y hasta sonreía. Sam, detrás de ella, tenía la misma cara de angustia que él debía tener.

    —¿Te expulsó? ¿Por qué?

    —Los comentarios sobre la ropa de las chicas debería guardárselos. ¿Qué le importa que Zaza lleve una falda larga? Le pagan por dar clases, no por vernos las piernas.

    —A mí el cabrón nunca me ha visto mis monumentales piernas —bromeó Lucas—. ¡Me siento indignado!

    —Lo enfrenté como lo harías tú, Yan, y cuando le dije que si podía grabar su postura, me sacó de la clase y me amenazó de reportarme. Pero no me han citado para eso, tampoco a mi papá. —Se encogió de hombros.

    —¿Quieren juntarse a estudiar? —ofreció Gis para calmar la situación.

    —Les puedo prestar mis notas si quieren. Y Sam va a estudiar conmigo en la tarde. O sea, si no tengo que ayudarte, Yan.

    Él tardó en reaccionar. Ahora su amiga acumulaba dos expulsiones de clases. Le pesaron las palabras de aquel profesor, sobre que juntarse con ella le afectaría. Tragó saliva intentando pasarse también la culpa mientras apretaba los puños.

    —No, amiga. Ya se acerca el final del año, el hijo de la panadera ya volvió y nos echa la mano. No hace falta que vengas hoy.

    —Ah, bien. Si me necesitas, solo avísame. Nos vemos, chicos. ¡Hay que practicar para la carrera de la ciudad!

    Antes de que levantara más polvo de la pista, Kira la sujetó de la manga.

    —Maya, ¿quieres tomar el examen que dijimos este miércoles? En tu hora libre. Puede venir un catedrático de la universidad a revisarte y te lo aplicaría alguien de otra Academia.

    —Me parece bien. Me dices en qué lugar lo aplico.

    Se despidió con una cabezada y empezó a correr dejando el alma y a Sam atrás.

    Yan volteó a ver a su mejor amiga. Ella revisó su teléfono a toda prisa para responder a la pregunta implícita.

    —Con este sería su octavo reporte —susurró.

    —Pues yo me alegro de que alguien le bajara de huevos al degenerado ese —comentó Lucas sin despegar la vista de sus notas.

    Kira tenía la mano sobre la barbilla. Sacudió la cabeza para comentar.

    —¿Ocho…? Eso no puede ser… —musitó—. Me retiro, debo revisar algo.

    Yan tuvo que tomar asiento, pues la impresión de esa noticia le había caído de golpe. Se llevó una mano al pecho y habló indignado.

    —¿Pueden creer a ese pendejo? —Volteó a ver a sus amigos—. Solo le dijo…

    Sonó una notificación y hasta entonces notó que su teléfono tenía una ola de mensajes; casi todos eran de la Movida. Mientras leía, iba palideciendo cada vez más: “El idiota del profe sí me veía las piernas”. “Le dijo a Maya que se saliera”. “La intentó detener después, pero ella lo ignoró”. “Sam salió detrás de ella”. “Ya se fue el profe a la mierda”. “Oye, se juntó con las otras víboras de humanidades”. “Se fueron todos a la Academia”. “Voy a mi puesto, al rato les informo más”.

    Intentó respirar hondo para calmarse y llegó un último mensaje, del profesor Liam. “A mi oficina en este momento”.

    Bella alcanzó a leer el texto. Lo miró con preocupación y se ofreció a acompañarlo. Cuando se retiraron, fue Vika quien habló.

    —No mames… ¿Creen que se vaya a armar la gorda con esos dos?

    —¡Ay, no, no! Me preocupa más que la Reina se fue sin explicar nada —habló Mila con un hilo de voz.


Continúa con otro interludio AQUÍ

  El molote de Yan le hacía ver menos imponente. Bañado y con su peinado de siempre, a Maya le parecía su familiar Caballero Negro. Estaban ...

 El molote de Yan le hacía ver menos imponente. Bañado y con su peinado de siempre, a Maya le parecía su familiar Caballero Negro. Estaban por recibir el sol y fresco del mediodía de otoño cuando se toparon con Sam y Robi. Ellos explicaron que la arena estaba tan llena que se quedaron en los pasillos.

            Se encaminaban por mutuo acuerdo a las afueras de la Ciudad Deportiva cuando David, ya recuperado, aminoró el paso para hablar.

          —Yo… tengo unos pendientillos, así que… los veo luego —desvió su vista a todos lados, para evitar mirar al grupo.

            —Me parece bien —contestó Zaza con hosquedad.

            El muchacho asintió y se retiró con el andar de un perro pateado. Maya buscó con la mirada a Gisela, pero ella se le adelantó.

            —Tema complicado —dijo apenas en un susurro.

            Yan había explicado que los llevaría a una fuente de sodas, como las que llegaron a ver sus papás o abuelos y cuando les iba a dar indicaciones, Robi los interrumpió.

            —Ah, pero yo no soy del equipo, no creo que…

            —Tú nunca tienes tiempo para nada —le respondió Gis al sujetarlo del brazo—. ¡Vamos! No se te quita nada. Yo te invito.

            El rojo en la cara del muchacho fue tan evidente que algunos tuvieron que disimular sus risas. Excepto por Lucas, quien se carcajeó sin pena alguna.

 

Apenas llegaron al lugar, Yan les dijo que pidieran lo que quisieran, al cabo ya estaba pagado su consumo.

            —Liam y el sensei no tuvieron de otra —murmuró para sí.

            Había varias mesas con bancas acolchadas por todo el lugar de color rojo. Una barra al frente era atendida por un señor de poblado bigote y un rostro afable. En los bancos altos había un solo cliente. Zaza se adelantó para admirar el mosaico blanco y negro que conformaba el piso.

            —Me agrada, tiene estilo. Casi como yo —dijo mientras admiraba el lugar.

            Sam no perdió tiempo y corrió a la izquierda del local donde había varias arcadias.

            —¡Tienen maquinitas clásicas! —habló mientras le hacía señas a Mila.

            Lucas, por su parte, se encaminó al lado opuesto donde había unas rocolas de vinilo, de CD y digitales de MP3. Uno de los dispositivos tocaba Johnny B. Goode. La mirada del muchacho se paseó por todos los detalles de las consolas. Se reincorporó para preguntarle al señor de la barra.

            —Es gratis con su consumo —respondió el señor a la cuestión sin formular.

            Maya se sentía en una película retro. Los tonos blancos y beige de las paredes le parecieron reconfortantes. Había visto lugares así en los filmes que veía con su padre. Respiró el aroma de la comida asada en la barra y de los batidos que preparaban por un costado.

            —Eres un anciano, Yan —se mofó—. Siempre tienes estos…

            —¿Gustos de abuelo? Seh. —La guio con delicadeza con la palma hasta una mesa, cerca de las arcadias—. Aquí vengo desde niño. De hecho, aquí me dio mi primer frío cerebral por tomarme muy rápido una malteada.

            Gisela se encargó de colocar a todos apartados de aquella pareja. Lucas, Vika, Kira y dos muchachos del karate estaban sentados junto a las rocolas; Mila, Zaza y las otras chicas de karate habían elegido sentarse a la barra, junto a Sam, mientras la veían jugar; un poco más al centro, Bella había logrado que Roberto se situara a su lado mientras trataba de sacarle plática.

            Maya lo notó y le sonrió a Yan.

            —Esta es una lección, ¿verdad, maestro? —inclinó la cabeza riéndose.

            —Así es, mi pequeña saltamontes. —Esbozó una sonrisa.

 

Las entradas como papas fritas, nachos y aros de cebolla ya estaban siendo degustadas por los jóvenes y Maya aprovechó para hacerle preguntas sobre el torneo a su amigo. El trataba de responder mientras batallaba con su cabello. Después de varios intentos de acomodar su peinado, Gisela se desesperó y fue hasta su mesa.

            —¡Déjate las greñas, caray! —exclamó al tiempo que sacaba una peineta de su bolsita de mano y le arreglaba el molote a Yan—. Pareces nuevo.

            —Perdón, soy idiota.

            La pena asomaba al semblante del muchacho cuando ella acabó y se regresó a su lugar. A Maya le dio una ternura desmedida ver esa escena. Había una pregunta que quería salir desde hacía un tiempo.

            —¿Siempre han estado juntos?

            —Desde que tengo memoria. O sea, literalmente. El recuerdo más antiguo que tengo es de mi mamá llevándome a su casa mientras decía “ve a jugar con tu amiguita”, y ahí estaba Gis. Cada que mamá iba a la estética o me llevaba al mandado, me dejaba en su casa…

            La chica notó que él hablaba de eso con la misma añoranza con la que hablarías de una hermana. «Prácticamente es su familia», pensó.

            —¡Qué tierno! Tuviste una infancia feliz, ¿no?

            —Pues, maso… Con ella, mi madre y mis primas sí fue muy chida. Mis abuelos me consentían un montón también. Pero siempre hay piedras en el camino. Ya sabes, mi papá era un pendejo.

            —Ah, perdón. Yo no…

            —Nah, está bien, Maya. No se puede esperar mucho de alguien que no quiso ser papá. O que ni hombre era. —Le quitó importancia con una mano.

            Maya se sintió un poco mal al tocar el tema cuando disfrutaban de la comida, la música y el ambiente. La culpa la embargó brevemente.

            —Bueno, hablábamos del torneo. ¡Fue mucha gente! Siempre se llena así, ¿no?

            —Todos los años hay un chingo de gente, pero este año fueron más. Supongo que se corrió la voz que Pepe y Vic se retiraban. O todos los políticos y sus lamebotas que llegaron abarrotaron de más. Sepa la madre, pero sí. Hubo otras personas que no quería ver.

            —Yan, ¿hablas de tu ex? —preguntó con tiento.

            —Pues, a decir verdad, hubiera preferido que viniera tu ex y no la mía.

            —¡Oye! —Casi escupe su malteada.

            Su mirada se endureció por un instante y el calor del enojo le coloreó las mejillas.

            —¡No! O sea, hubiera preferido que Luna se presentara, era bien chingona para pelear. El año que estuvo, ella ganó el femenil. Luna era calmada como una hoja al viento, pero pegaba como una rama que cae. Algo así dijo el sensei esa vez. A ella se le notaba que llevaba el karate en la vida como yo. —Hizo una seña de juntar las palmas.

            Maya se acordó de que Luna sí decía eso de llevar el karate en todo. “Desde que te levantas de la cama hasta los otros deportes que practicas”, solía decirle. Fue cuando se acordó del partido de beisbol donde Yan conectó tres outs sin problemas.

            —Oye, hasta en beisbol usaste karate, ¿verdad?

            —¿Lo notaste? Sí, hasta para lanzar lo aplico.

            —Ah, bueno… —Todo el partido le cobró sentido en ese momento—. ¿Y te divertiste en el torneo?

            —Pese a todo, sí. Hasta parecía de esas pelis deportivas con un buen de drama. Lucas perdió, Vika se alzó como la promesa en los combates de equipos, quedamos en segundo lugar en femenil, aunque nuestra amiga tuviera una mano vendada. ¡Eso es ponerle ovarios! —‍Rio—‍. Lo de Axel estaba como para historia de superación. Fue el más sacrificado de todo el torneo. Gracias a él pude pelear con Vic…

            —¿Por qué sacrificado?

            Él enmudeció de la nada. Tenía la cara de quienes han hablado de más. Tardó un momento en elegir sus palabras.

            —Cuando Zaza fue a chismear, supo que él entrenó a toda su escuela el día anterior. Valió el esfuerzo, pero quedó todo madreado para el mero día. Pobre chavo.

            Ella hizo memoria de los resultados. En equipos, los de kung-fu habían llegado al segundo lugar en equipos, en femenil se había alzado una de ellas con la victoria. Además, aunque pudo eliminar a Daniel y sacar a los de casaca roja de la contienda.

            —Él quería combatir contigo, ¿no?

            —Seh, todo eso me dijo la Movida.

            —Pues qué bien se informa, la verdad.

            —¡De nada! —gritó la aludida desde su lado de la barra.

            «No puede ser que esté en todo», pensó Maya.

Cuando una mesera les llevó sus hamburguesas, la conversación se detuvo. Yan comía con prisas, mientras que su amiga degustaba con lentitud cada bocado. La chica notó que él tenía mejor aspecto que cuando acabó el torneo. «Hasta recuperó el color. Tal vez solo le faltaba comer», pensó.

            Maya paseó la vista por el lugar y vio que Vika hablaba de música con Kira con la misma pasión con la que hablaba de deportes. La Reina mantenía su semblante siempre serio. En la barra, Rob seguía un poco nervioso de estar sentado junto a Bella. Más allá, Mila era instruida por Sam sobre cómo jugar a la arcadia de disparos. Las otras chicas estaban enfrascadas en su propia conversación sobre el torneo. En ese momento, Maya se dio cuenta de la ausencia de su amiga silente como una sombra. Aprovechó para hablar en voz baja.

            —Oye, ¿David y Zaza están peleados o algo?

            Bestia tardó un momento en contestar, pues estaba a medio bocado de su segunda hamburguesa.

            —Es que David es un pendejo.

            —Actuaré sorprendida —habló Maya.

            —Antes eran amigos, pero pasó algo entre ellos. No sé exactamente qué y tampoco he preguntado. Me dan flojera los vatos que no saben tratar con mujeres. David, sobre todo, me da más hueva de la habitual, Princesita.

            La chica ya se había acostumbrado a que le dijera así y también a que la nombrara amiga. Sin embargo, recordaba que, al principio, el apodo le llegó a incomodar. Al apartar su plato, preguntó con más franqueza de la que quiso.

            —Yan, ya no me molesta que me digas así, ¿pero por qué “Princesita”?

            Él le dio un largo sorbo a su bebida antes de inclinarse y contestar.

            —Porque todo mundo en la escuela te trata como una.

            —¡Ah! ¿Cómo que me tratan de princesita?

            —O sea, ¡perdón! Soy idiota para hablar. Todo mundo te da trato preferencial porque te lo has ganado. ¿Y cómo no? Haces más que ninguna otra alumna, salvo por Kira. O sea, ese trato es solo para ti. Al inicio sí te lo dije como burla, pero… Pues ya no.

            —Yo no siento que tenga trato preferencial. —Se cruzó de brazos.

            Yan empezó a enumerar con los dedos.

            —Te permiten faltar a clases, te dejan llegar tarde, has contestado exámenes a destiempo y tienes acceso a mucha información que la mayoría no tendría. Excepto por las chismosas de Gisela y Zaza —agregó en voz baja.

            Maya recordó que el profesor Eric no la regañó cuando se quedó dormida el día que tuvo migraña, ni tampoco cuando la expulsaron de la clase de Ética. Pudo recordar otro tanto de situaciones similares.

            —Bueno, sí. Pero…

            —Todo eso te lo has granjeado —interrumpió con calma—. Nadie más tiene promedio perfecto, ni ayuda en servicio social, ni ayuda a los profesores con sus pendientes ni forma parte en la Mesa del Alumnado. Solo tú, Maya. Y, aunque te den ese trato especial, es porque eres una alumna especial.

            Maya sintió el rubor ascender a su cara y desvió la mirada.

            —Tampoco exageres, amigo…

El señor de la barra, que se presentó como el dueño del local, fue con cada grupo de chicos para preguntarles qué les había parecido la comida. Cuando llegó a la mesa del simulacro de cita, Maya notó la amabilidad que derrochaba aquel hombre. Ofreció a la feliz pareja una malteada especial de la casa y se retiró a la cocina.

            La chica saboreaba su segunda bebida cuando Yan se disculpó para ir al baño. Cavilaba sobre lo que le había dicho su amigo de su papá. «…ni hombre era», recordó la expresión que usó. Se estiró para tomar una servilleta y una persona se sentó en el lugar de Yan. Era un muchacho que le pareció más grande que ella. Tenía una barba de un día y una expresión confiada que le desagradó. La saludó como si nada e intentó tomarle la mano, pero la retiró por acto reflejo. Un recuerdo amargo le cruzó por su mente, tenía la misma actitud que uno de sus exes. Lo que el desconocido le decía le pareció lejano. La incomodidad y la repulsión habían tomado de rehén a su mente. Quiso levantarse o hablar o encarar a aquel sujeto de cabello corto y facha de maloso, pero su cuerpo no reaccionaba por el desagrado.

Con la mirada entornada, quiso levantarse de su lugar cuando vio que una mano se posó sobre el hombro de aquel joven. Yan había vuelto del baño y su cara reflejaba la dureza de los que son jueces y verdugos al mismo tiempo.

—Oye, vato, estás sentado en mi lugar —dijo con una voz gélida.

La expresión del tipo enmudeció al recorrer la altura de Yan, a su costado.

Ella quedó atónita, Yan apretaba el puño y se inclinó ligeramente sobre el muchacho. El dueño del lugar habló desde la barra.

—¡Tú! El recién llegado. ¿Vas a pedir algo? —dijo sin la más mínima señal de simpatía—. No me estés espantando a los clientes.

Con los brazos cruzados y sosteniendo un largo cuchillo de cocina daba la imagen de un guardia bien armado.

—No, tranquilo —alcanzó a decir el muchacho mientras tragaba saliva—. Solo quería saludar a la chica. Me pareció conocida.

Se ajustó su chamarra al cuello y salió del restaurante. Cuando se cerró la puerta, Maya recobró el sentido de la realidad y vio que Vika y Lucas se habían levantado de su lugar. Zaza ya se encontraba junto a la puerta con el teléfono en la mano. De reojo vio que Gisela le hacía un asentimiento de cabeza a Yan, como un capitán que da una orden.

—¿Te encuentras bien, Maya? —preguntó Bestia.

—Sí, perdón. Solo fue un mal rato. —Tragó saliva y vio la expresión de su amigo mientras ladeaba la cabeza—. No lo ibas a golpear, ¿verdad?

—No creo. Ya te lo dije, me dan hueva los vatos que no saben hablar con mujeres. Y ese que se fue estaba más perdido que nada. Tampoco creo que me aguantara ni un zape.

 

Ya habían salido de la fuente de sodas y empezaron a despedirse afuera del local. Mila sugirió si iban a alguna de las plazas o al Parque de los Héroes hasta que Kira les recordó que la semana de los Juegos Interescolares había llegado a su fin. Todos la tacharon de aguafiestas y la culparon por recordarle el inevitable reto que los aguardaba.

            La expresión de sus compañeros se volvió desanimada y Maya tuvo que preguntar qué pasaba.

            —Tenemos que acabar las evaluaciones antes de la semana de Día de Muertos —‍anunció Kira.

            —Para ti no es necesario, Princesita —agregó Yan—, pero los plebeyos tenemos que estudiar.


Maya estaba alistándose para ir al Abierto de Artes Marciales del Estado cuando un mensaje llegó a su teléfono. Se acabó su tostada con pris...

Maya estaba alistándose para ir al Abierto de Artes Marciales del Estado cuando un mensaje llegó a su teléfono. Se acabó su tostada con prisas, pues tenía que ir a arreglarse para una foto que le pedía Gisela. «Ponte bonita para unas selfies después del torneo», rezaba el texto.

            Llegó con prisa al Gimnasio Central de la Ciudad Deportiva. El recinto servía como lugar de entrenamiento y como arena competitiva. El fresco de la mañana hizo que se ajustara la bufanda y se formó donde había una gran fila para acceder. Se asombró de la cantidad de personas que se habían concentrado ahí. El muchacho al frente de ella, con una trenza vikinga, tenía un aspecto imponente. «Si todos los competidores son así, la escuela la tendrá difícil», pensó.

            —Hola, amigo. ¿Cobran la entrada para ver el torneo?

            —Si dices que me conoces, es gratis. —Se dio la vuelta—. Maya, esta es la fila para los competidores.

            —¡Yan! Perdón, no te reconocí con ese peinado.

            —Fue idea de Gis. Llegó a mi casa muy temprano para peinarme. Dijo que así apantallo más.

            —Pues la verdad es que sí —comentó en voz baja—. Ah, ya vi a Gis, nos vemos en un momento.

 

Apenas entró al recinto, el frío abandonó su cuerpo. Se retiró la bufanda y empezó a buscar un lugar para sentarse. Al norte del lugar, había unas gradas de concreto, donde había varios lugares reservados. Al este, oeste y sur, las gradillas eran de metal. Cuando se acercó al centro, le llegó el aroma de equipo nuevo. En las dos canchas había repartidos dos tatamis al poniente y seis al oriente. El asombro que le causó ese nivel de preparación fue tal que olvidó buscar a Gisela.

            —Te quita el aliento, ¿verdad? —dijo Vika por detrás de ella—. Sígueme, nuestros asientos están casi al frente.

            —Hola. Es la primera vez que vengo. —Ocupó un lugar y observó que su amiga se ajustaba la casaca y empezaba a hacer ejercicios de respiración.

            —Casi me lo pierdo. Lo bueno que ese imbécil me convenció.

            Maya notó que dirigía su vista a Yan, quien hablaba con el sensei Martín. Ella tenía un aire soñador en su semblante.

            —Vika, ¿él llegó a ser tu maestro?

            —¿Quién?, ¿Yan? Nah. Pero desde que tenía diez años lo he visto competir. Por él y por mi jefa es que quise ser deportista. Siempre me ha gustado cómo pelea. O sea, Yan.

            Ya faltaban quince minutos para que la ceremonia comenzara y el gimnasio estaba casi lleno. Los lugares al frente, donde había asientos reservados, estaban ya ocupados.

            —Vienen muchas personas a ver el torneo —comentó Maya.

            —Pues me dijo Kira que gente pesada y prestigiosa de Educación del Estado vino a ver a los cuatro grandes competir: Axel, Daniel, Víctor y Yan. Todos ellos siempre llegan a cuartos de final. —Carraspeó—. Agh, mira lo que trajo el viento —masculló.

            Maya buscó de quién hablaba y vio a una chica de cabello castaño claro que se arreglaba el peinado y que tenía la postura y porte de una dama.

            —¿Es tu rival o…?

            —Es la ex de Yan. Wacha como lo ve. Si las miradas pudieran herir, ella ya tendría a Yan en el piso.

            Siguió la mirada de la ex y notó la aprehensión con la que lo observaba. Hizo memoria de los varios chistes que hacía Yan de su expareja.

            »Nos vemos en un rato, Maya. Espero sea en el podio y no en una camilla si me noquean. —Sonrió y fue a reunirse con su equipo.

 

La ceremonia dio inicio y el espacio entre las gradas y los tatamis permitieron que los más de cien participantes pudieran agruparse ahí. Todas las escuelas fueron presentadas y mientras daban tiempo para que se prepararan para el concurso de formas, Maya se percató de que Yan mantenía una conversación con una persona que vestía un hoodie gris y ropa holgada. Escuchó la plática sin querer.

            —…está aquí, pero no me gusta tu plan. Te arriesgas mucho. —Era la voz de Kira.

            —Tranquila, Reina, vivir con riesgos es mi pan de diario.

            Ella resopló al mirar las gradas al norte. Al ajustar su capucha, se retiró al pasillo que daba a la salida.

            Un presentador explicó que el torneo se dividía en tres fases: las rutinas, donde se presentaban las formas tradicionales de cada arte marcial; el combate por equipos con participación mixta; y el combate individual, dividido en categoría por sexo. De los Ocelotes, la escuela de Yan, solo Vika y David no participarían en la primera fase. Se habían quedado cerca de la banca para calentar.

            —El año pasado había casi tantas chicas como chicos compitiendo, pero el premio en efectivo es una basura —dijo una chica gótica que se había sentado al lado de Maya—. Yo no arriesgaba el físico por tan poco dinero.

            Ella tenía un maquillaje claro en la cara con detalles de mariposas que nacían en los ojos y se difuminaban a los costados. Su fleco se lo arregló cuando volteó para sonreír. Maya tardó en saber de quién se trataba.

            —Ay, Zaza, no te reconocí. Y tampoco te vi cuando llegaste.

            —Así soy, Mayita. Silente y escurridiza. Misteriosa como una obra de Poe. Me alegro que la maestra de ayer venga a ver el combate de hoy. Los vi en el gimnasio —aclaró al ver la duda en el semblante de su amiga.

            —En serio que eres silenciosa. Perdona, no imaginaba que fueras…

            —¿Atractiva o siniestra? Soy una niebla, una sombra… ¡¡Soy Batman!! O la novia de Drácula, lo que gustes.

            La chica observó el recinto como un vigía y le señaló a su derecha. Una señora estaba hablando con Mila. Maya la reconoció enseguida.

            —¿Ves a la doña de allá? —musitó Zaza—. Ella…

            —Es la mamá de Yan. La conocí el jueves. No sabía que conocía a Mila.

            —Conoce a todo el Aquelarre y, aunque no fuera el caso, la Amada tiene mucho ángel. Seguramente hablaría con ella de todas formas. Okay, ya calenté el lugar. —Se levantó—. Ya viene Bella. Voy a chismear un rato por el lugar.

            —¿El Aquelarre? —Había tirado de la falda de encaje de su amiga e inclinó la cabeza.

            —Así nos llamó Gis. Ahora, si me disculpas…

            Maya vio cómo Bella, destellando porte, llegó a su asiento y la saludó con un beso en la mejilla.

 

El concurso de formas fue un despliegue de técnica pura. Yan hizo toda la rutina con la fluidez de una serena melodía y Maya se dio cuenta que terminó en el punto exacto donde inició. Le otorgaron el primer lugar y la audiencia estalló en vítores. Su mamá chifló y aplaudió como buen público y fan que era. Un muchacho con bastón, el segundo lugar, se acercó a él para felicitarlo y abrazarlo. Maya no se dio cuenta hasta ese momento que era invidente. «¡Qué bien lo hizo él también!».

            —Es su antiguo compañero de competencias —explicó Gis—. Creo que es la segunda vez que Yan le gana en katas. ¿Quieres acercarte a escuchar?

            Aunque Maya no acostumbrara a hacerlo, le dio mucha curiosidad saber de qué hablaban. Llegaron al límite de los tatamis para oír.

            —…solo tú podrías vencerme, amigo —dijo aquel muchacho de bastón—. Ojalá pudiera verte, pero pude escuchar cómo la arena se calló y tu casaca y pisadas revelaron que te movías como el viento.

            —Gracias, Pepe. Tal vez el próximo año te vuelva a ganar. ¿Quién sabe?

            —No lo veré ni figurativa ni literalmente. —Se rio—. Es mi último torneo. También el de Víctor. Ojalá fuera el de Daniel porque lo odio.

            —Ah, menos mal, creí que era el único. ¿De verdad se va Vic?

            —Son sus últimos meses aquí, compita. El año que viene se muda al gabacho.

            Yan observó al otro lado de la arena y vio a Víctor, el finalista de casi todos los certámenes. Se cruzó de brazos y su vista quedó fija en él.

            »Dice que se preparó todo el año solo para vencerte —musitó a Yan—, pero… no sé si llegue. Aún queda el odioso de Dani como piedra en el camino.

            —Juega muy sucio, tal vez lo expulsen antes… Como sea, reverencia, amigo.

            Ambos luchadores se inclinaron y se despidieron después con un abrazo. Yan caminó hasta el borde del tatami y justo cuando saludaba a Gis, notó que el profe Liam había llegado con una casaca, pero sin cinturón. Se encaminó a él y le presentó respetos para disponerse a hablar.

            Vika llegó hasta sus amigas y las abrazó con fuerza. Después se dispuso a saltar emocionada.

            —¿Vieron a Yan? ¡Estuvo de huevos! Quién lo viera que el día de ayer se humilló ante mí el pendejo. ¡Ay! —Gruñó—. Casi le doy una patada por su pinche acto sumiso. ¡Pero míralo! Todo imponente, el cabrón. Ahora sí parece una bestia.

            —Ajá, Vika. ¿Hay algo que nos quieras decir? —bromeó Gis.

            —Sabes a qué me refiero. Es que… no hay deportista de nuestra edad como él. Parece un pinche vago en la escuela, pero cuando se aplica, ¡carajo! Lo admiro mucho, la neta. ¡Y ahora estoy compitiendo junto a él! —Se llevó una mano a la boca.

            —¿Siempre es así de… bueno? —quiso saber Maya.

            —¡Sí! Tengo videos de él de torneos pasados. En la semana ven a mi casa y te los muestro. —Un altavoz empezó a llamar a los competidores para la fase de peleas—. ¡Ya me tengo que ir! ¡Échenme porras!

            Gis invitó a su amiga a tomar asiento, pero el profe Liam les hizo señas para que se sentaran justo detrás de él. Les comentó que, desde ese lugar, podrían ver los combates por equipos e individuales.

 

Un oficial explicó las reglas del torneo. Cada asalto tenía una duración de dos minutos con descansos de un minuto. Para el combate individual, eran tres rounds con dos descansos y en la categoría de equipos era uno por integrante, dando un total de cuatro.

Los puntos se determinaban de la siguiente forma: un punto por golpe claro en zona permitida —cabeza, pecho, espalda y costados—. Dos puntos por patada en la caja torácica. Tres puntos por patadas a la cabeza o al cuello, o cualquier técnica puntuable realizada sobre un oponente derribado.

Todo contacto excesivo era penalizado y los golpes muy cercanos al hombro no contaban. Los impactos a las demás articulaciones o la zona genital restaban puntos.

La victoria se declaraba por mayor puntaje al final del duelo, por una diferencia de ocho puntos o por expulsión o retiro del rival.

—Te ves confiado, bambino —dijo el profe Liam—. Y eso que tu “fan” no te despega los ojos de encima.

—No me fijo de los puercos como Dani. Yo debo estar confiado porque pienso llegar a la final. Ya sabes cómo es esto.

—Lucas y David pudieron haber competido sin ti, muchacho —habló el sensei Martín—‍. Tú ya ganaste una medalla por tu kata.

—No, sensei. Es mi responsabilidad ganar la otra para que sigan las clases en la escuela. Me eché solito la soga al cuello. Los demás no tienen que pagar por mis estupideces de abrir el hocico.

—¿No crees que el director se conforme con la medalla que llevas? —Liam y Bestia rieron al unísono—. Sí, tienen razón. De a huevo nos va a exigir la individual. —Suspiró.

—Como seguimos hablando de puercos, ¿ya vieron allá a nuestro querido director? —‍Señaló Yan con una cabezada.

            Los tres miraron al mencionado que estaba en las gradas mientras conversaba con autoridades gubernamentales.

Uno de los oficiales, anunció por las bocinas que la fase de luchas ya estaba por comenzar. Yan buscó a alguien en las gradas y cuando dio con Zaza le pidió que se acercara. Maya alcanzó a escuchar que le pidió el reglamento del torneo.

 

Una pantalla desplegó los brackets de ambas competiciones. En el torneo individual, Lucas, Yan y David estaban muy separados. Tal vez los dos últimos se enfrentarían hasta la cuarta ronda. Mientras que, en el torneo por equipos, los Ocelotes estaban en la ronda inicial. Las ocho participantes femeninas de la rama individual competirían hasta que en el masculino llegaran a octavos. Maya notó que su compañera que tenía la mano vendada el día anterior estaba anotada en los combates. Los tambores que marcaban el inicio de las peleas retumbaron en todo el recinto.

            Maya no alcanzaba a alternar la vista entre los dos torneos. Fue testigo de cómo Vika dejó fuera de combate a su contrincante con solo dos puntos. La chica, después de dar contra la lona con un agarre, ya no se levantó. El resto del equipo hizo lo suyo para avanzar a la siguiente ronda.

            En los individuales, Bestia había empezado su pelea con una guardia alta, como un boxeador profesional. Desvió dos patadas y cuando dejó caer el golpe, lo hizo limpio y certero. Su rival se recuperó al instante y cuando arremetió con un puñetazo, Bestia le aplicó el mismo agarre que Maya le había enseñado para conectar tres puntos. Después de muchos intercambios, Yan se alzó vencedor cinco a uno. Entre cada descanso, reposaba hincado y con una respiración profunda, como si fuera el retrato de un sensei.

Sus compañeros también se lucieron. David, pese a su tosquedad, pudo vencer a su rival por diferencia de dos. Lucas derribó a su primer oponente con tres patadas a la cabeza. Un total de nueve a cero le permitió avanzar a la siguiente ronda.

Gis aprovechaba los descansos para presentar a los más sobresalientes. Víctor, de casaca gris, practicaba kenpo al igual que Daniel, que vestía uniforme rojo. El primero tenía muy buena reputación como subcampeón constante, mientras que el otro, era un peleador abusivo que impartía mucho dolor y que odiaba a Yan. Axel, la otra leyenda, tenía una relación de amigos y rivales con Yan. Dos años atrás, Bestia fue eliminado por el dominio del kung-fu de ese muchacho.

—Pelea como mujer. Ya verás, bonita.

—¿O sea que suelta cachetadas asesinas como Yan? —preguntó David quien estaba de metiche.

—David, cierra la boca y ponte a calentar —ordenó el profesor Liam.

—Al igual que con David —musitó Gisela—, Yan no le cae bien al papá de Kira.

 

Para la tercera ronda, el público ya coreaba el nombre de Vika del lado de los equipos, al oeste. La chica acabó su combate con una sucesión rápida de patadas que sacaron a su rival del tatami y quien se negó a volver. El estilo de Vika asemejaba a un felino en cacería. A Maya le pareció correcto que alternaran por sorteo el orden de chicos y chicas.

            En el lado de los individuales, costaba seguir el ritmo, pues eran seis combates al mismo tiempo. Sin embargo, Maya alcanzó a escuchar algunos comentarios sobre su amigo. Las múltiples voces habían notado que Yan era más fluido que otros años, que tenía mejor dominio de la fuerza del rival y que parecía un monje cada que descansaba con los ojos cerrados.

            «Sí parece todo un maestro», razonó ella. Iba a preguntarle algo a Bella cuando varias personas ahogaron un grito. David yacía en la lona y un médico lo atendía con eficacia. Se escuchó el murmullo de voces que criticaban a su rival, quien solo sonreía.

            —Son esos tramposos otra vez —murmuró Gis y señaló a los de casaca roja—. El dojo López, de donde viene Dani. Siguen alegando que practican kenpo, pero el mismo maestro dijo que es una mezcla de estilos.

            El muchacho no presentó respetos a su rival cuando dijeron que no podría continuar. Se acercó con un andar petulante y se situó junto al que Gis le presentó como Daniel. En una voz muy audible, comentó:

            —Eso pasa por traer pinches novatos.

            Cuando Maya volvió la vista a donde había estado David, Bestia ya lo cargaba con ayuda de un paramédico y Zaza los seguía. Después de otra ligera revisión, sentaron al vencido en una de las bancas para competidores y Yan se cruzó de brazos mientras le murmuraba algo al sensei. Gis le señaló la pantalla a su amiga para que viera que el siguiente combate era de Yan contra aquel irrespetuoso.

            —Óscar se va a enfrentar a Yan, pobre desgraciado… No quisiera ser él.

Dani, Axel, Lucas y Víctor pasaron a la cuarta ronda como vaticinó Gis y la pelea que más esperaba Maya era la de Yan. Los combates individuales de la categoría femenil también dieron inicio.

La cercanía del tatami del duelo de Bestia a su banca le permitió apreciar mejor a su amigo. En su cara no se reflejaba la serenidad de los otros combates. Solo había una máscara rígida de odio que miraba en dirección a la escuela de casaca roja. Antes de ponerse de pie, Maya escuchó una voz sobre su hombro.

            —¿Han visto los combates de Dani? Pelea como una máquina de matar. —La voz de Zaza tomó a Maya por sorpresa—. No quisiera que llegara a la final, pero si llega, espero que Yan lo muela a golpes, igual que como pasará con este tonto.

            Tanto Bella como Zaza estaban seguras de que Yan vencería, pero Maya consideró que David tenía muy mal aspecto después de su pelea y eso que solo duró un asalto.

            El combate dio inicio y la lluvia de patadas y golpes no acertaban a Yan. Bloqueo tras bloqueo evitaban que marcara puntos. Le hizo burla de que, si habían cambiado de maestro, pues peleaba como un trapo zarandeado al viento. Bestia, por su cuenta, había dado golpes certeros a los brazos, piernas y hombros que tampoco sumaban al marcador. Acabó el primer asalto y Yan pasó a descansar a su lado del tatami. Liam se acercó para llamarle la atención de su actitud y Gisela aprovechó para arreglarle un poco la trenza.

—Recuerda lo que practicaste con Maya, por favor —susurró—. Fluye y acaba la pelea.

Cuando el combate reanudó, Óscar habló para burlarse.

            —¿Te enseñó una chica? Qué mamadas. Aparte, ¿tu noviecita te viene a peinar como muñeca? Qué lin…

            Un salto con giro hizo que Yan le reventara una cachetada a su rival. El muchacho se dobló por la cintura y sus brazos casi tocan el suelo dando el primer punto.

            —Esto es por maltratar a mi compañero.

            Se plantó de frente y con un solo movimiento le dio un revés apenas se reincorporó su rival. El muchacho no alcanzó a caer, pues Yan lo sostuvo de la casaca y le dio un golpe cercano al hombro que no contó punto, pero lo hizo sujetarse la clavícula.

            »Esto es por burlarte de mi mejor amiga.

            Yan cambió de lado de guardia y el muchacho pescó el anzuelo, al avanzar queriendo dar un golpe, Bestia lanzó el embate de pierna y codo que Maya le había enseñado el día anterior. Óscar se desplomó doliéndose de todo el costado derecho.

»Y nunca te vuelvas a burlar de mis maestros.

Bestia no esperó el veredicto cuando entró el paramédico. Volteó a ver cómo Daniel lo miraba con desprecio y con un susurro teatral le espetó:

»¿Qué miras?, si sigues tú.

El muchacho fue hasta su lugar junto a sus maestros, se hincó y no hizo ninguna señal de victoria. Maya notó que hacía respiraciones más profundas. Desvió la mirada solo para presenciar que la ex de Yan tenía una expresión indescifrable y se retiraba del recinto. Los combates no se reanudarían hasta que valoraran a Óscar. Axel, el muchacho que practicaba kung-fu se acercó para hablar con Yan, pero el profesor Liam evitó que se le acercara.

—Tranquilo, viejo. Solo dígale a Yan que yo me encargo de Dani, lo veré en la final para nuestra revancha de hace dos años.

Se retiró con una reverencia y con el paso lento de los que confían en salir victoriosos.

—Ese chico de kung-fu va a eliminar a Dani. —Habló Gis muy confiada—. Se lo merece, bo… ¿estás molesta?

—No me gustó que Yan “jugara con su comida”. El pobre muchacho no iba a ganar. Desde el primer round fue obvio. ¿Por qué su maestro no detuvo la pelea?

—Ay, bonita. Estuvo mal todo, pero aquel menso sí se merecía un estatequieto.

            La conversación iba a seguir, cuando dio inicio el combate de Dani y Axel. El estilo circular del kenpo contra la economía del movimiento del kung-fu atrajo la atención de todos.

            —¡Era wing chun! —Dedujo Maya—. Por eso decías que combatía como mujer. ¡Es el estilo del maestro de Bruce Lee!

            —Y no le da nada de tregua.

            Todos los golpes y agarres que intentaba Daniel eran desviados por la guardia-ataque de Axel. Una llave que se ejecutó mal terminó en un puñetazo cerrado contra el abdomen del de casaca roja. Cambió de estrategia al dar varias patadas, pero todas fueron bloqueadas para ser rematado por una del chico de kung-fu. Como último recurso, hizo un agarre del que se soltó Axel y que le costó una patada a profundidad al estómago.

            »Por lo general es más rápido —susurró Gisela—. Yan no siempre le seguía el paso.

            —Es que está lastimado. Desde que vino a hablar tenía un dolor en la pierna.

            Bella no se había dado cuenta de eso. El combate siguió su curso hasta que terminaron ocho a seis. Daniel tenía varios golpes visibles en la cara y en el orgullo. En su semblante solo se reflejaba el dolor de una persona al borde de la derrota. Axel se retiró a su esquina para ejercitar las piernas y tomar un sorbo de agua.

            El segundo asalto fue una avalancha de superioridad y golpes de Axel sobre Daniel, quien solo se desplomó. El sifu de kung-fu entró a la arena para pedir que terminaran la pelea. El joven se retiró con una cojera evidente, pero sonriendo, mientras que los muchachos de casacas rojas sacaron a su amigo. Los segundos pasaban mientras los jueces tomaban una decisión. Maya notó que Yan se había levantado para acercarse a su amigo y rival. Le dijo unas palabras y se dieron un apretón de manos.

            —Pobrecillo —comentó Gisela—, tiene derecho a llorar. Sí quería combatir con Yan.

            Los jueces dieron el veredicto de que ninguno podría continuar. Justo en ese momento, el último combate dejaba como vencedor a Víctor y eliminaba a Lucas de la competencia. El joven de casaca gris era el primer finalista. Cuando Yan se retiró a su lugar, Zaza lo alcanzó para murmurarle algo. Él solo sonrió y le agradeció con una reverencia.

 

Los combates masculinos dieron un espacio, mientras los femeniles eran un despliegue de patadas con técnica y velocidades de pesadilla que a Maya le costaba seguir. Ya estaban en semifinales y su compañera con el brazo vendado fue elegida primera finalista. «Qué bueno que decidió participar», pensó Maya.

La final de equipos y de chicas se disputarían al mismo tiempo. Vika en su división y su otra compañera eran una tempestad de golpes. Terminaron casi al mismo tiempo y ese espectáculo hizo que todo el público se pusiera de pie a aplaudir. «Con razón Gis le dice la Victoriosa», pensó Maya, mientras preparaban los podios de aquel lado y su compañera se alzaba orgullosa con el segundo lugar.

 

La semifinal de Yan fue todo un despliegue de economía del movimiento. Él consiguió ocho puntos limpios sin recibir uno solo. Maya fue a su lugar antes de que comenzara la final y se sentó junto a él.

            —No te me acerques, Princesita, estoy todo sudado.

            —Por eso nunca corres, ¿verdad? No te gusta sudar.

            —¿Solo vienes a decirme apestoso? —Sonrió.

            —Vine a desearte buena suerte. Aunque tal vez no la necesites.

            —Tal vez sí. Vic venció a Lucas y él es mi hermano de técnicas.

            Ella observó que lucía un poco pálido y que su mirada recorría todo el recinto. Una sombra de cansancio se dibujaba apenas en su rostro.

            »No me digas que tienes pánico escénico. ¡Vamos! Respira hondo y serénate. ¡Ya estás en la final! —Le dio una palmadita en el hombro.

            Inhaló profundamente antes de contestar:

            —Gracias, ya me siento mejor.

 

Yan entró al tatami y presentó respetos a los jueces, a la audiencia y a su rival. Víctor hizo lo mismo y se plantó frente a él. Ambos luchadores optaron por una guardia media y se lanzaron al ataque mientras el público mantenía el silencio. Bestia dejaba que los golpes llegaran a él para desviarlos y usar la naturalidad del aikido. Su oponente no sabía manejar el estilo de Yan y recibió dos golpes al abdomen.

            Una patada alta llegó a la cabeza de Yan y él se inclinó para que el impacto fuera menor. Ese tres a dos puso en tensión a toda la arena. En el siguiente intercambio de golpes no hubo puntuación hasta que acabó el asalto. La tensión en el aire aflojó en ese momento.

            Maya notó que los rectos de la mano izquierda de Víctor salían sin fuerza. Su cansancio le era evidente. Supuso que, aunque se saltó una pelea, el combate con Lucas había hecho mella en su físico.

            En el siguiente asalto, Yan fue directo con fintas y logró conectar un punto. Cuando su rival se lanzó con una patada, fue bloqueado e hizo el movimiento con el codo que Maya le enseñó. Apenas se separó, una patada giratoria atravesó la guardia para dejar un seis a tres. Bestia hizo distancia para serenarse.

            A los ojos de Maya, no habría un tercer asalto, pues la diferencia era muy notoria. Yan pecaba de educado contra un rival que se sostenía por mero orgullo.

            —Mi Bestia se ve muy cansado —comentó Gisela.

            «Vic está mucho peor», pensó Maya.

            El usuario de kenpo avanzó con una serie de puñetazos que Yan bloqueó y con el último hizo la técnica de aikido para derribarlo. Justo en el momento que azotó contra la arena, una patada, como un Ave María, conectó a la cabeza de Yan y lo derribó. Aunque Víctor se arqueaba víctima del dolor, Bestia yacía inmóvil.

            Todo el gimnasio quedó silente. Ambos luchadores estaban tendidos sobre el tatami mientras los murmullos se empezaron a acrecentar.

            —¡¡Yan!! —gritó su madre.

            El primero en entrar a la duela fue el sifu de Víctor, quien trató de ayudarlo. Gisela se levantó de su lugar, con las manos cubriéndole la boca. El sensei Martín caminó hasta Yan, quien ya era atendido por uno de los paramédicos.

            Maya lo vio, era evidente lo que había ocurrido. Volteó a ver la expresión del profesor Liam y se veía tranquilo. Vika estaba al borde del tatami, indecisa sobre entrar, pues era contra las reglas. «Muy pocos lo notamos», razonó Maya.

            Después de unos angustiosos minutos, el paramédico que atendía a Yan lo reincorporó y anunció que no podría continuar. El sifu de Víctor hizo lo mismo. Los jueces, al ver que no podría haber un asalto de muerte súbita, anunciaron el empate. Los aplausos hicieron eco en el recinto.

            La madre de Yan tomó asiento en cuanto su hijo sonrió a sus compañeros. Maya se puso de pie y oteó el gimnasio. Al frente, el director de la escuela se despidió para encaminarse a la salida. En otras gradas y cerca de las salidas estaban unos pocos docentes y compañeros de la preparatoria. Algunas de las mujeres que Yan ayudaba los domingos también estaban presentes, así como la nieta de la dueña de la panadería. Buscó a Gis, pero ella ya se encontraba justo a su lado, abrazándolo. Llamaron a Maya para que se uniera al festejo. En el camino, incluso vio al viejo Barín en una de las gradas, quien lucía muy aseado y con botas relucientes.

 

El podio ya estaba listo para los galardones de las tres competencias. El tercer lugar se decidía por mejor puntaje en las semifinales, de modo que se evitaba otro combate.

            Mientras Vika agradecía por el lugar que le dieron en el equipo, Maya se acercó a Yan, quien tenía una bandita en la cabeza.

            —Vi lo que hiciste, Yan —susurró—. Sobreactuaste ese último golpe.

            —Oye, sí me pegó. Y es verdad que no podía continuar.

            —¿Por moral o por cansancio? —Entornó los ojos y se dio cuenta que él respiraba pausadamente—. Ah, disculpa, yo…

            —Pero tienes razón, Maya. ¿Qué podía hacer? —murmuró—. Era su último torneo en el país. Nada fue ilegal, Zaza me lo confirmó —Le guiñó el ojo.

            La chica campeona terminaba de dar una breve entrevista cuando pasaron al último premio, Yan y Víctor estaban en sitio del primer lugar, con una medalla cada uno. Debido a la peculiar situación de las últimas rondas, Axel subió junto al chico que Yan eliminó en las semifinales. Daniel se negó a recibir premio y ya se había retirado toda su escuela.

            La entrevista de Víctor fue acompañada de lágrimas. Agradeció a su sifu por la paciencia y a sus compañeros por todo su apoyo. Le dio las gracias a Yan por ser un rival formidable y dijo sentirse bendecido por haber ganado su último torneo en la ciudad que lo vio nacer.

            Después del mar de aplausos, le pasaron el micrófono a Yan. Tomó aire y miró a toda la gente presente antes de hablar.

            —Mi rival me venció en toda regla. Si la pelea se hubiera prolongado, habría perdido de todas formas. Quiero agradecer al sensei Martín por esta formación durante casi cuatro años. Gracias al apoyo que recibimos en la prepa es que estamos aquí hoy. Espero que continúe para futuras generaciones. A mis amistades que siempre me han aguantado y a la gente que vino hoy a vernos, quiero decirles que me siento honrado por su apoyo. —Suspiró.

»Hoy me vieron luchar diferente y llegué hasta la final gracias a unas técnicas que aprendí ayer. —Señaló a alguien antes de agregar—: Quiero agradecer a mi amiga Maya, una maestra muy paciente y la mejor alumna de nuestra escuela…

Se quedó pasmada, sintió que todas las miradas se centraban en ella y Gis ayudó a que más gente la notara.

»…a pesar de la dureza de nuestro estilo, ella nos mostró como fluir para poder vencer. Gracias, Maya. Espero que llegues muy lejos.

Un montón de flashes cubrieron la sala cuando las fotos empezaron a llover sobre los ganadores y Maya. Ella vio todo en cámara lenta hasta que vislumbró a un caballero de barba recortada y traje posar en las tomas. Tardó en reconocerlo, era el secretario de Educación del Estado. Posó sonriente antes de dar un discurso que para la chica se sintió lejano.

—… siempre hemos forjado estudiantes de bien. Continuaremos haciéndolo bajo mi gestión. —Le hizo una seña a ella para que se acercara.

Gis la empujó, no sin antes arreglarle un poco el cabello.

»Permiso, pondré una mano en tu hombro —le dijo el funcionario—. Sonrían, por favor. —otro aluvión de fotos llovió sobre ellos.

El barullo había acabado y la gente ya se retiraba de la arena, el secretario aún los quiso retener para hacerles más promesas a los muchachos. Liam habló con Bestia antes de que eso pasara.

            —Eso fue pasarse de la raya. ¿Sabes en qué te estás metiendo, bambino?

            —¡Ay, no manches! ¿Tú no hubieras hecho lo mismo?

            El coordinador entornó la mirada.

            —Eres más cabrón que chulo, caray —dijo después de un momento. Le dio un zape antes de empujarlo a hablar con el funcionario—. Ve y acaba lo que empezaste.

 

—Eres toda una bestia, muchacho —halagó sin reparos a Yan—. Casi me pierdo esto, qué bueno que fui invitado. Fluyes como un canal y pegas como un tsunami. ¡Tremendo! ¿has pensado en una beca deportiva? Pide lo que quieras, joven, sin problemas. En términos de educación, claro.

            —Tengo que pensarlo —respondió Yan—. ¿Podemos contar con su apoyo este año y el que viene?

            —No tengo tema, chico. Y tú —habló dirigiéndose a Maya—, promedio perfecto y maestra de artes marciales. ¡Eres una navaja suiza! ¿Cómo no te había conocido antes en persona? Como sea, estoy orgulloso de ustedes.

            Les terminó por estrechar la mano y fue a hablar con el sensei Martín y el profesor Liam. Había un hombre que lo había seguido cual sombra, el padre de Kira. Maya respiró hondo cuando una voz la sacó de su aturdimiento.

            —Tranquila, chica. Era broma lo de la denuncia —había dicho el sifu de Axel—. Solo quería acercarme a felicitar a su escuela y a sus dos senseis. No es ilegal que tengan dos, solo es raro.

            —Disculpe, es que no me gustan esas bromas —era Kira quien discutía con él.

            —Me retiro, dales mis felicitaciones. Se ven ocupados.

            «Yan sí parece otro maestro», meditó Maya.

            —¿Lista para irnos? —preguntó Bestia a sus espaldas—. Liam dijo que, si ganábamos, nos invitaba a todos una malteada. Nos llevamos cuatro preseas, ni modo que se raje.

            —Claro que sí, a-mi-go —respondió Maya.

            —¿Por qué lo pronuncias así?

            —Es la segunda vez que me dices amiga. —Soltó una risita.

            —Ah, ¿no te había dicho así? Claro que eres mi amiga, Maya. Si no lo mencioné antes me disculpo.

            —Te perdono. Por eso y por ponerme en el foco del evento.

            —No, Maya —negó con la cabeza—. Te merecías el crédito. Es verdad que gracias a ti llegamos a los primeros lugares. Entonces, ¿nos vamos?

            Todo el Aquelarre estaba ahí junto a los chicos de karate esperando para ir a comer algo. La madre de Yan le dio la bendición antes de irse. Yan fue a las duchas para alistarse y salir junto a sus compañeros al fresco aire otoñal con una victoria que les llenaba el alma.