Nota del autor: Este es el último capítulo que subiré a este sitio web. Gracias por acompañarme en este viaje. Ha sido un placer y espero q...

 Nota del autor: Este es el último capítulo que subiré a este sitio web. Gracias por acompañarme en este viaje. Ha sido un placer y espero que disfruten la novela ya publicada. Este capítulo es el previo a la desgracia personal de Maya, donde el destino es un desgraciado para ella. Y, no muy lejos, la desgracia de Yan y giro principal de tuerca aparece en el capítulo 29. Ahí es donde por fin aparece el secreto en el corazón de la Bestia. Por favor, disfruten la lectura: 

Maya había discutido como una furia con otro de sus profesores el día anterior. La novedad fue que esta vez sucedió afuera del aula. El profesor de geografía la esperó a que saliera de su clase de artes para leerle la cartilla y advertirle que le bajara a sus quejas. La respuesta de la chica fue: “Les pagan demasiado bien por nada. A usted no lo mataría explicar una clase de vez en cuando. Cuando me diga, paso a cobrar mi cheque por las clases que yo di”. El docente tenía la expresión de querer cruzarle una bofetada, pero solo se retiró indignado.

            Para su buena suerte —y su salud mental—, las clases del viernes se suspendieron definitivamente y solo debía de concentrarse en el atuendo que llevaría a la fiesta de Bella y Bestia. Había elegido un disfraz sencillo de vestido blanco, velo y maquillaje de lágrimas negras para emular a la Llorona. Sam había ido temprano a su casa para prestarle una larga peluca negra de los cosplays que ella usaba. Su mejor amiga iba con uno sencillo de Shy Guy de Super-Mario y, lo que le faltaba de largo a su bata roja, lo compensó con unas mallas blancas.

            Una ligera llovizna se apreciaba por fuera del vehículo del señor Vega. Los vidrios empañados y el clima hacían juego con el treinta y uno de octubre, Halloween. Maya solo se concentraba en ver a su mamá en el asiento del copiloto. El velo le permitía esa libertad sin que pareciera evidente. «La he visto más tiempo en estos días que en todo el año», meditó. Se alegraba de poder compartir momentos con ella, pues su labor de capacitadora y sus viajes nunca la dejaban con espacio para su familia.

            Al llegar al domicilio, cerca de las cuatro de la tarde, la madre insistió en acompañarlas hasta la puerta. Apenas tocaron, se oyeron ligeros murmullos al otro lado y una música siniestra.

            —Pasamos por ustedes despuesito de las diez, ¿está bien? Y por favor, sean educa… ¡Ay, Dios mío! Niña, me pusiste un susto —exclamó al ver la figura que le abrió la puerta—. Yo creo que voy a tener pesadillas.

            —El gusto también es mío, madre de Maya —saludó Zaza e hizo una reverencia—. Y le agradezco tan bonito cumplido.

            Maya también contuvo un gritito cuando vio a la Movida. Un disfraz de payasita en blanco y negro que lucía con desenvoltura. Contaba con varios arácnidos pegados al sombrero y redes oscuras que escurrían de este. En su rostro, no había más que negrura en las cuencas de sus ojos y donde terminaban estas, se extendían un poco más unas grietas con forma de telarañas. Cuando sonrió, el maquillaje en la comisura de los labios dibujó más detalles de grietas. La señora se persignó antes de dejar a las muchachas en aquel lugar e irse.

            El aroma de dulces de calabaza y otros bocadillos recibieron a las chicas. Entraron a una salita donde estaban varios muchachos con disfraces sencillos. Había dos luchadores y varias finale girls de películas de miedo con peinados muy estilizados. Zaza los presentó como alumnado y practicantes de la mamá de Gis.

Más adelante se encontraba un comedor amplio con dos mesas enormes, rodeadas de sillas y bancas acojinadas. Las decoraciones de la temporada fueron colocadas en las paredes y en una esquina estaba el aparato de sonido que ambientaba la celebración. En las mesas pudo ver a Mila, caracterizada como una chica vampiro con un largo vestido rojo y unos colmillos relucientes. A su lado se encontraba Kira, quien conversaba muy sonriente con ella. Jugaba con la horquilla de su cabello y se acomodaba distraídamente la manga de su disfraz de maestra de kung-fu. El semblante amable desentonaba con la expresión fría que mantenía en la escuela.

Mila las invitó a sentarse cuando vieron aparecer a Yan junto a Vika cargando unas cajas de refrescos. La Victoriosa lucía sus bíceps gracias a su disfraz de Lara Croft y después de unos momentos, lograron dar con la identidad del de Yan: Fred de Scooby Doo. Sam explicó que su versión era la de un cómic.

Después de bajar las cajas, fueron a saludar. Bestia recibió su felicitación de cumpleaños, abrazó con torpeza a Maya y su excusa fue que no quería maltratarle el vestido, pues se veía caro. La chica puso los ojos en blanco y preguntó dónde dejar los regalos que llevaba.

Cuando iban a tomar asiento, apareció la madre de Gisela, que era como una versión adulta de ella. Con el mismo cabello rojo, semblante sonriente, pero usando concienzudamente el maquillaje. Después de unos saludos efusivos, las recién llegadas preguntaron por la cumpleañera. “Ya debe de bajar, se fue a retocar un poco. Ah, miren, ya viene”, respondió con una sonrisa.

La vista de Maya se dirigió a la escalera, de donde desfilaba Gisela. En la escuela apenas la había observado con muy poco maquillaje, pero lo que presenció, no encontró cabida en sus vocablos. Su disfraz era de Daphne de Scooby Apocalypse, para hacer juego con Yan. Se suponía que debía dar un aspecto duro y letal, pero no era el caso. El delineado de sus ojos los hacía resaltar aún más. Su cabellera de un rojo llameante le caía en cascada y enmarcaba su rostro, que hacía juego con el color de sus labios. La imagen de una modelo, lista para ser plasmada para la posteridad en óleo, cruzó por la mente de la estupefacta. Contuvo el aliento mientras la cumpleañera se desplazaba hasta ellas y solo pudo concentrarse en su cara, que en conjunto le pareció una obra maestra. Le latía el corazón con tanta fuerza que tuvo que desviar la mirada y encontró a Sam, sin la máscara de su disfraz en la misma situación, boquiabierta.

            Gis se abalanzó sobre ella, el perfume frutal y lo cálido de su abrazo le inundó los sentidos a Maya y apenas si pudo reaccionar.

—Cambia esa cara, bonita. La que ha visto un fantasma soy yo. —Hizo alusión al disfraz de la Llorona. Después de apapachar a Sam le susurró—: Por favor, Samicita, cierra la boca. No me vayas a babear las botas —dijo al guiñarle el ojo. La chica enrojeció tanto que volvió a ponerse la máscara.

            —Tu odisea vampírica tercermundista de volvernos a todas lesbianas… ya me empieza a hartar —le susurró Zaza a Gisela cuando pasó a su lado.

            Por fin tomaron asiento y antes de empezar a hablar de cualquier cosa, sacaron varios juegos de mesa para pasar el rato.

—Aún me falta mi invitado personal. Espero que llegue pronto —comentó con esperanza Gisela. Yan le aseguró que vendría o lo pagaría caro el lunes.

Maya se sorprendió de ver a Kira tan sonriente y parlanchina. En varias ocasiones, escuchó que Gis la llamó “panquecito” como cumplido. «Pues sí es muy dulce», pensó.

            Robi no tardó en llegar y después de un gritito agudo, lo vieron siendo arrastrado a la mesa por Zaza. Bella insistió en sentarlo junto a ella y él no podía dejar de mirarla con una cara de bobo. El muchacho lucía un disfraz de Shaggy, para hacer juego con Yan y Gis. “Le dije que viniera de Scooby, pero no quiso. Al cabo todos sabemos que él es mi perro”, bromeó Bestia. A pesar del regaño general, la risa brotó de algunos.

            A media tarde llegó el señor Castillo, quien no se parecía en nada a su hija. Era un hombre bonachón, desgarbado y pálido que, apenas vio a los invitados, subió a disfrazarse de la criatura de Frankenstein. Con la facilidad de quienes trabajan de contratistas, pidió la ayuda de Lucas, quien acababa de llegar disfrazado de Indiana Jones, para instalar otro televisor en el comedor y conectó la consola, que Yan había llevado, para que los jóvenes jugaran algo después de botanear.

            Maya se sorprendió de las facetas de sus amistades que no había visto. En los juegos de rol oculto, jamás pudo saber la identidad de Kira y ganaba con la maestría de una actriz de teatro. En todos los de habilidad, Vika no conoció la derrota. Mila tenía una facilidad para negociar en los juegos de economía y parecía una máquina imparable de acumular recursos. Vega se sentía pequeña al lado de todos esos talentos.

            Después de un rato, pusieron el Just Dance para imitar los pasos de los avatares en pantalla. Yan elegía la canción junto a ella para todos los participantes y conectaron las bocinas para un sonido envolvente. La Victoriosa siempre salió avante en el juego, seguido de Lucas cada que compartían canción. Al no encontrar rival, fue hasta la Llorona para desgarrarle un poco el vestido y pudiera bailar. Pese a siempre estar cerca del puntaje, nunca pudo superar a la más hábil del grupo. Mila no paraba de buscar canciones de k-pop. Yan escuchó con atención sobre esa fascinación y desfilaron nombres de bandas como Shinee, Super Junior y NU’EST. El apogeo de BTS aún no llegaba a este lado del charco.

            La cena fueron unas hamburguesas y discada que el señor Castillo preparó con ayuda de Bestia. Él hacía todos los preparativos desde una mesa y dejaba al padre de Gis maniobrar el fuego. «Se toma muy en serio eso de que no le gusta sudar», pensó Maya.

Mientras transcurría la velada, algunos de los invitados se disculparon para irse y Gisela fue a acompañarlos a la puerta. Zaza aprovechó para preguntarle a Rob desde cuándo le gustaba y por qué. Aunque ella esperaba verle una cara avergonzada, la respuesta de él fue casi automática. Confesó que desde quinto llamó su atención cuando la vio en el equipo de voleibol. Él pensaba que Bella era porrista por todos los ánimos que daba al equipo, pero se quedó boquiabierto cuando la vio jugar. Además, siempre tenía una bella sonrisa para lucir.

—Solo verla aparecer me alegra el día —remató.

—Prácticamente es una diosa del amor griego y, ¿solo te fijas en su sonrisa? —rezongó la Movida y cambió de tema.

 

El momento de abrir los regalos llegó y los invitados que quedaban se reunieron a la mesa. La banda sonora de El Extraño Mundo de Jack sonaba de fondo mientras Bella y Bestia intentaban adivinar de quiénes eran los presentes.

            —Este es de Maya —anunció la cumpleañera—. La vi llegar con él.

            Rompió con premura el envoltorio y descubrió unas cremas para manos y cara. Eran del tipo exacto que ella usaba. Se quedó pasmada un momento.

            —Sam me dijo tu tipo de piel para elegir la crema facial. Y como siempre enmarcas tu rostro con las manos, pensé también en una de ese tipo. Si no te gustan, tengo la nota para que las cambies.

            Bella estaba tan atónita por el detalle que no supo qué decir. Fue hasta Maya para abrazarla. Después de un extenso apapacho solo agregó:

            —¡Ay, bonita! No me lo esperaba. ¡Gracias!

            Cuando Yan abrió el suyo, encontró dos playeras negras con estampados de videojuegos que a él le gustaban. Sam le había dicho a qué solía jugar él y en una tienda de la plaza las encontraron.

            —Casi no uso con imágenes, pero estas se ven chidas. ¡Gracias, Princesa! Me van a servir para compensar la que rompí en nuestra cita…

            —¡Uuuy!... —exclamaron todos.

            —¿No te quedan justas? —preguntó consternada Gis.

            Bestia se levantó para medirlas por encima.

            —No, mira. Extraextragrandes, como las uso. Para así no presumir mis cuadros. —‍Asintió satisfecho y fue a abrazar a su amiga.

            Para Yan hubo tarjetas de regalo, playeras oscuras, una cartera, varios lentes negros y un perfume del tipo que él usaba. Gisela recibió la nueva edición del Just Dance, cuidados para la piel, bufandas, cajas de lápices de colores y unas libretas adornadas en la portada. Hasta ese momento, muchos no sabían que a ella le gustaba escribir y colorear, no solo el chisme.

 

Antes de servir el pastel, los chismorreos de la escuela fulguraron como velas de fantasía en la mesa del comedor. Ya habían servido un montón de bocadillos en distintos platos y charolas.

Kira en efecto estudiaba teatro y lo usaba a diario en su labor. Además, trabajó en la capital del país en una compañía de artes durante una de sus vacaciones. Zaza había tenido un crush con David durante primer semestre, pero se pelearon y desde entonces, él había intentado enmendar las cosas con ella. «Cuánta tenacidad», pensó Maya.

—Eso es muy embarazoso, pero no tanto como lo que le pasó a Mila hace dos años… literalmente —comentó la Movida.

La chica aceptó que había tenido un embarazo psicológico y que estuvo preocupada de verdad. Cuando el muchacho fue a hacerse pruebas, se dieron cuenta que era estéril de nacimiento.

—No me culpen, era buen chico, muy bueno. En todo. Una cosa llevó a la otra y pasaron cositas —explicó la Amada con una sonrisa pícara

            Eso era totalmente inesperado para Vega. Se sonrojó un poco y se abstuvo de indagar, pero las demás asediaron con preguntas subidas de tono. Cuando tocó el turno de Vika, Zaza remarcó que nunca había tenido un novio formal.

—¿Y esperas que tome en serio a alguno de esos cabrones de la escuela? O son debiluchos o son culeros —respondió tajante. Gis le lanzó una mirada llena de intención y no parpadeó hasta que su amiga cedió—. Sí hay alguien, es buen muchacho. Y hasta hace poco me di cuenta, ¡pero nada más!

Todos se abstuvieron de mirar a Lucas, quien no tenía ni idea y se le ocurrió preguntar de quién hablaba. Las risas contenidas hicieron vibrar la mesa.

            En cuanto a Sam, admitió que era muy enamoradiza. Sentía una devoción por un chico de su comunidad gamer que siempre era atento con ella. Habló de él como si fuera el protagonista de un juego de aventuras.

—Y yo pensé que estabas encaprichada con Gisela. Siempre te azota con sus encantos. Siempre, siempre —aclaró Mila. La muchacha no supo qué contestar. Simplemente dijo que no podía dejar de admirarla.

—Admitamos que solo Bella tiene ese nivel de belleza. De entre todas estas ninfas, ella es la que más destaca. Si no hubiera sido Luna, estoy segura de que Gis sí hubiera hecho curiosear a Maya —remató Zaza.

            Ahora el foco estaba en ella. Se sintió abochornada un momento, pero la primera pregunta de Mila sobre su ex, le bajó las defensas con su ternura:

—¿Te trataba bien?

La respuesta fue sincera, sí era una buena novia. Relató cómo se conocieron por el deporte, que Luna tuvo la iniciativa y que un día le sostuvo las manos y se le declaró. Al no saber qué contestar, se fue temprano de la práctica y la duda no hizo más que agobiarla toda la noche. Cosas sencillas de su noviazgo salieron a la luz; desde cómo se ocultaban hasta cada cuánto se veían. El hecho de que de fondo sonara una melodía nostálgica ayudó a que todo fluyera mejor.

            —¿Y solo cortaron porque ella se iba? —soltó Kira de la nada.

            —Pues dijo que se tenía que mudar a California, pero no le gustaban las relaciones a distancia. Decidimos cortar por lo sano. —Suspiró mientras jugaba con el plato de botanas que tenía al frente—. No extraño el noviazgo, pero sí compartir cosas con ella. Eso era lo mejor.

            El silencio inundó el amplio comedor. Yan sonrió para sí. La mamá de Gisela también estaba presente e hizo como que acomodaba cosas en la alacena. El papá estaba afuera, limpiando al asador y guardando la comida.

            —Pero lo que me interesa a mí saber —habló Vika de la nada—, es si Yan se madreó o no al Sebos. Y si lo hizo, ¿quién le ayudó? ¡Yo digo que fue Lucas!

            Ambos muchachos intercambiaron miradas y tanto Sam como Robi se estremecieron en sus lugares. Lucas fue quien habló.

            —Si hubiera tenido la oportunidad, yo mismo lo hubiera puesto una putiza. Pero no fue así —se calló de golpe.

            Todos voltearon a ver a Yan.

            —Si alguien pregunta, digan que sí, que yo me lo madreé de un solo golpe —fanfarroneó—. Que a pesar de lo torote que estaba, no me duró nada.

            —¿Alguien quiere pastel? —ofreció de golpe la madre de Gis.

 

Después de cantar las mañanitas, tocó el ritual de soplar velas y pedir un deseo. “¿El mismo de cada año?”, preguntó Gis y Yan asintió con una sonrisa. La velada transcurría con normalidad tras el pastel y las gelatinas. Después de que pasaran por David y diera su abrazo de despedida, llegó la madre de Bella con unas botellas de distintos licores.

            —A ver, chicas… y grandotes. Lo prometido es deuda. Voy a dejar que tomen, pero solo a los mayores de edad, ¿va? Maya y Mila, a ustedes les falta poco, disculpen.

            —¿Kira ya también tiene dieciocho? —preguntó Sam.

            —Nuestra monarca es la más madura aquí. Cumple el mismo día que sus muñecas —aclaró Zaza.

            —Tomen sus copas, por favor. No se vayan a pasar, ¿eh? Es solo para festejar. Yan, estás en régimen, sí me acuerdo.

            —No te preocupes, mamá. Todo con medida —prometió Gisela.

            Y la promesa y la sobriedad pronto quedaron en el olvido.

 

La botana y el karaoke iban de la mano. Mila interpretó con una voz angelical algunas baladas y Maya no se quedó atrás. Cuando llegaron a las canciones de despecho, Kira y Sam pusieron el alma en ello. Lucas y Yan hicieron un dueto de Pimpinela que sacó risas a todos. Sin embargo, cuando llegó el turno de la cumpleañera, su actuación quedó muy a la par de Christina Aguilera con Pero Me Acuerdo de Ti. Y después de varias copas más, empezó a bailar mientras cantaba. Desgañitar, gruñir y soltar falsetes se volvieron parte de su espectáculo.

            La ebriedad llegó a tal punto que Sam y Yan tuvieron que llevarla a un sofá para que se reclinara un momento. Se quedaron junto a ella mientras le daban de beber agua.

            —Todo un show, ¿verdad? —preguntó Kira con una margarita en la mano.

            —Me tomó por sorpresa, pero fue divertido y no hubo accidentes —sentenció Maya.

            Como si lo hubieran planeado, todos empezaron a hablar de sus proyecciones a futuro. Para nadie era sorpresa que Kira quisiera ser maestra algún día. Zaza admitió que uno de sus planes era maquillar de forma profesional. Vika y Lucas querían dedicarse al deporte, cada uno con aspiraciones diferentes. Mila y su futuro no habían encontrado común acuerdo, pero de momento le gustaba ayudar en el negocio familiar. Para Maya, lo único que tenía en mente era ir a una universidad en Italia, pero aún no elegía alguna en concreto. Le preocupaban el dinero o las influencias que necesitaría. La Reina iba a decirle algo cuando la estridente voz de Bella estalló al otro lado de la habitación.

            —¿Cómo que te vas a Canadá, cabrón? ¿Así nada más?

            Ella estaba apoyada de rodillas en los colchones del sillón, alcanzando la altura de Yan, quien solo alzaba las manos a la defensiva.

            —Dije que lo estaba pensando, no es que realmente…

            —Te vas… ¿Y vas a dejar a tu mamá, a tus amigos…? ¿¡a mí!?

            —Aún no lo decido, Gisela, cálmate.

            —Nada de “Gisela”, ¡carajo! Soy Bella para ti ahorita. ¿Cómo que te vas solo? —remarcó—. Estamos juntos desde los pinches cuatro años. ¡Eres mi hermano!

            —A ver… tampoco pensabas quedarte aquí. Te ibas para Chicago, ¿no? Sabes que el pueblo nos queda muy chico a todos, sobre todo a…

            —¿¡A quién!? ¿A Kira, a Zaza? ¿Es por Maya? Todos sabemos eso, pero no lo tomes de excusa, ¡infeliz egoísta! Si eso es lo que te preocupa, yo misma me encargo de que ella vaya a la uni que quiera.

            —Bella, ya sabes que el dire…

            —El director me vale una mierda. Escúchame, lo juro por mí, Gisela Castillo Mendoza, que a todos los voy a colocar donde se lo merecen. ¿Está claro? —Puso una mano sobre su pecho para remarcarlo.

            —Sí, me queda claro.

            —Si te vas con alguien más, no pasa nada. Si te quieres ir conmigo, está la Universidad de Chicago. ¡Pero no me digas que te vas solo!

            —Ya, ya —repuso de mala gana.

            —¡Júralo! Jura que no me vas a dejar sola por tu egoísmo de mierda.

            —Juro por mi buen nombre que estaré contigo cuanto pueda —aseguró con la mano alzada—. ¿Contenta?

            Maya sintió que la temperatura de la habitación había bajado algunos grados. Su respiración estuvo contenida mientras Bella se alzaba sobre Bestia, con una mirada cargada de ira y de tristeza por igual. Jamás la había escuchado con ese lenguaje. Al cabo de unos instantes, la festejada asintió para sí. Al levantarse del sillón, se disculpó para ir al baño mientras se limpiaba las lágrimas.

            —No me esperaba esta escena —dijo Kira y se levantó de su lugar para ir al lado de Yan.

            —Ay, Maya, —exclamó Zaza con tono dramático— ni me imaginaba que tuvieras que presenciar esto. Tal vez sea incómodo de ver que…

            —Está bien, lo entiendo. Tienen casi catorce años juntos. No quiere que su hermano esté solo, yo creo…

            Un golpe en la lejanía los alertó a todos y solo se escuchó la voz de Bella desde el baño. Decía que no podía levantarse mientras se reía.

            —Yan, con la pena y todo, ¿puedes por favor ir por ella? Mi viejo salió a…

            —No hay que molestar al cumpleañero, señora. Yo voy por ella —ofreció Kira.

            Apareció con la pelirroja haciendo carga de bombero sin esfuerzo aparente.

            —¿La puedes llevar a su habitación? Creo que es mejor que descanse.

            —Yo creo que sí, mamá. Me siento cansada…

            —¿No te pesa mucho, Reina? —preguntó la señora—. Mi hija ha subido de peso desde que…

            —¡¡Mamá!!

            —Es que casi todo es músculo, señora, por el volei. Sí puedo con ella sin problemas.

            Mientras subían las tres, Gisela le palpó una de las extremidades inferiores a Kira. Un gritito de asombro salió de la cargada.

            —¡No mames, Reina! ¡Qué piernón te cargas!

            —Mira quién habla, señorita estrella del equipo. No te muevas, por favor.

            Aunque nadie lo anunciara, la fiesta había llegado a su fin por común acuerdo. Todo mundo ayudó con la limpieza. Pasaron por Lucas y se despidió de Bestia con un golpe amistoso en el abdomen. A los pocos minutos y con baladas de rock de fondo, estaban esperando a que viniera la familia de Maya por ella y por Sam. Todo el Aquelarre se quedaría en la casa Castillo esa noche. Ya habían empezado con las historias de terror cuando llamaron a la puerta. El dúo de Llorona y Shy Guy se despidieron con educación de sus anfitriones y se dirigieron a la puerta. La Reina sujetó a la primera antes de que saliera.

            —Maya, te quiero pedir un favor —habló muy seria—. ¿Podrías dejar de confrontar a los profesores? Es decir, solo en lo que llega el licenciado Eric.

            —Ah, claro. Perdona, es que me habían sacado de quicio, pero trataré de no decirles nada.

            El frío tempestuoso las recibió apenas salieron. La Llorona se ajustó el velo cuando una segunda persona la retuvo con delicadeza.

            —Oye, quiero agradecerte por el regalo, Princesa. En verdad me gustó mucho.

            —No hay de qué, Yan. De verdad.

            —Y me quería disculpar por la escena de Gis, ella…

            —Tranquilo. No pasó a mayores —ladeó la cabeza con ternura—. Es que eres su hermanote, es normal que quiera estar contigo.

Maya le dio un golpe cariñoso a Yan como lo había hecho Lucas y se percató que tenía una pared de músculos en el abdomen. Contuvo su sorpresa y se despidió con una mano. Al entrar al auto, su mamá le sonreía con complicidad y su papá observó al muchacho con fijeza antes de despedirse.

Nunca había disfrutado tanto una fiesta de la preparatoria, pero tampoco había ido a muchas. Como no le gustaba beber alcohol, no les veía mucho sentido. Se acomodó en el asiento trasero mientras se dirigían al hogar. «Kira se veía muy seria, pero no creo que haya razón para preocuparse», pensó mientras observaba el paisaje nocturno.

Sin embargo, como en cualquier historia de Halloween, la estudiante modelo hacía mal en confiarse demasiado.

 Nota del autor: En ánimas del Día de Muertos y de todo el ambiente festivo de octubre, les comparto este texto que está lleno de sabor mexi...

 Nota del autor: En ánimas del Día de Muertos y de todo el ambiente festivo de octubre, les comparto este texto que está lleno de sabor mexicano. Me encantó escribirlo y espero que les guste. Tal vez publique un último capítulo, pero ya veré dependiendo del alcance de este. Por favor, disfruten.

En México no se celebra la muerte, aunque se tenga muy presente todos los días. Recordar y honrar la memoria de los seres queridos es lo que realmente se hace en los últimos días de octubre y primeros de noviembre. Por todo el territorio hay celebraciones para conmemorar a los que se adelantaron en el camino.

            El Festival de las Ánimas era uno de tantos que tenían lugar en todo el país. Fungía como celebración de Día de Muertos, Halloween, festividad de otoño y feria de temporada.

            Apenas llegaron al evento, Gisela se llevó del brazo a Robi y dejó que Mila y Kira jalaran a Vika y Lucas a su propio recorrido. La pareja de simulacros había quedado sola de nuevo.

La media máscara de calavera que lucía Maya —hecha por la Bella— la hacía sentirse en armonía. Yan también fue maquillado con la mitad opuesta del rostro. Él daba un aspecto lúgubre con su conjunto oscuro de camisa negra sin fajar, playera y pantalones con muchos bolsillos. Maya se sentía cómoda con su pantalón de mezclilla. Se ajustó su suéter de botones holgado por lo fresco del viento, mientras se deleitaba con la imagen del festival.

Estuvieron deambulando primero entre los puestos de alfeñiques donde vislumbraron al profe Liam quien colmaba una bolsa con los dulces. “Ustedes ya se habían ido y pensé que no tenía nada que hacer. Así que también me largué de la escuela”. La chica supuso que mentía, pero lo dejó pasar.

            Antes de dejar esos pasillos, Maya fue víctima del atractivo aroma dulzón, se compró también una bolsita que degustó de a poco y compartió con Yan.

            Pasaron al área de cultura, donde había corredores con artesanías, demostraciones de arte y un escenario donde tocaba una banda de rock local. Andaban con lentitud, tan embelesados con la vista en el escenario, que casi chocan con la mamá de Bestia. La señora se llevó las manos a la boca, enternecida de ver a su muchacho en el festival con una chica que no fuera Gisela. Mencionó eso con un exceso de honestidad. La señora García le explicó a Yan que había venido al festival con su novio y algunos familiares y que no esperaba topárselos ahí, menos en un día en que tendrían que estar en la escuela. “Acabamos todo lo que nos encargaron y pasamos a ver a la mamá de Mila”, fue la única explicación del hijo. Ella se despidió de los muchachos con un somero abrazo y le pidió a Yan que pasara a la casa el domingo por su regalo. Antes de dirigirse al área de juegos, Maya tuvo que preguntar.

            —Oye, Yan, ¿acaso…?

            —¿Me molesta que mi jefa tenga novio? Nop. Está joven, que haga su vida. El tipo ese es buena persona.

            Era no era la duda que tenía en mente y decidió no indagar más.

            El área siguiente era inmensa. Al menos tres pasillos de juegos de feria y un espacio aún mayor para los mecánicos. Yan insistió en ganarle una alcancía, un peluche y varias pulseras en todos los puestos en los que jugó. Cuando ella preguntó que cómo pudo ganar en el del rifle de aire, cuando todo mundo sabe que es una estafa, él se limitó a decir: “Me puse de acuerdo con Lucas. Le pegábamos a la misma pieza con ritmo para que él ganara algo para Vika y yo algo para ti”. La chica puso los ojos en blanco. «Tiene sentido que un tramposo le gane a otros», razonó mientras apretaba su oso afelpado.

            El popurrí de todos los aromas del área de comida le hizo gruñir el estómago a la Bestia y se dirigieron para comer algo. Antes de que Yan pudiera decidirse por un puesto en particular, una chica de su misma estatura se abalanzó sobre él con una llave-abrazo sobre el cuello del muchacho. Unas cinco muchachas hicieron corro alrededor de él. Maya iba a intervenir, estaba a punto de sujetar a la chica cuando se dio cuenta que quien le aplicó la llave tenía un aire familiar. Además, Yan no se defendía. «Tiene la misma belleza hosca que él», pensó. Se calmó al instante.

            Después de que Yan se soltara de la llave, insultara a la chica y presentara a todas como sus primas —de ambas familias—, la más alta fue la que habló. Le pidió a Bestia que no se le olvidara ir a su boda en noviembre y que debía llevar a alguien. No quería ver a su guapo primo como un solterón sin esperanza… o con un círculo de chicas que le volaran como moscas.

            —¡Y no se vale invitar a Gisela! Todas las Castillo son mis invitadas porque me van a peinar, arreglar y maquillar ese día.

            —Tranquila, Nanci. ¿Puedo llevar a más gente? —preguntó con tosquedad.

            —Te doy cinco pases si me prometes que vas a ir y bailar. Una pieza, no te pido más. Y me refiero a mi vals, no a estar bailando solo los ojos como siempre haces.

            Yan no respondió enseguida y el silencio pareció tensarse hasta que una de las primas, la más chica, intervino.

            —Es solo una pieza, Yan. Y es para tu primota que ya se casa con el amor de su vida.

            —¿Y vale la pena el vato o nel? —preguntó con mofa.

            —Tantos años que te estuvimos sermoneando cómo queríamos que fueran nuestras citas y nuestras parejas ¿y crees que no las voy a saber elegir? —Nanci puso los ojos en blanco—. No digas mamadas, neta.

            Yan aceptó de mala gana ir, bailar el vals con su prima y llevar a Maya como su acompañante. Ellas los dejaron en paz para que pudieran disfrutar del resto del festival y se despidieron con sonrisas.

            —Eres el consentido de tus primas... y se nota que te quieren un montón.

            —¡Oye, muchacha! —gritó Nanci—. Cuando puedas, consíguete un mejor partido.

            —¡Ese es el plan! —replicaron Maya y Yan al mismo tiempo.

            El muchacho la tomó del brazo con delicadeza y la llevó a otro pasillo de comida. Él se fue a formar a una extensa fila de banderillas y fritangas, mientras ella esperaba cerca de unas mesas. Paseó su vista por la multitud para ver si reconocía a más caras conocidas. «’A quién más nos vamos a encontrar ahora?», razonó divertida.

            Revisó su reloj por segunda vez, cuando al levantar la mirada, pudo ver al inconfundible y vistoso don Barín. Vestía un uniforme azul de seguridad bastante pulcro e iba alisándose una mata blanca de pelo recortada. Su espesa barba impedía que se viera todo su semblante, pero Maya sí notó que le sonreía como un abuelo que acaba de ver a su nieta. Se acercó a ella haciendo sonar sus lujosos botines en los adoquines. Se saludaron con cordialidad.

            —Vaya, siempre me los encuentro de una u otra forma. Hasta parece que los voy siguiendo. El día martes los vi en el parque, pero ibas muy acsorta, o como se diga, en tus pensamientos.

            —¿En serio? Nunca lo había notado, perdón. Ese día sí que me sorprendió Yan, por eso estaba así. —Un escalofrío le recorrió la espalda al acordarse. Observó que el señor veía todo con fascinación—. ¿Es la primera vez que viene aquí?

            —Ustedes, los mexicanos, son muy peculiares. Le tienen mucho amor a la vida y hacen burla de la muerte. Esta tradición está bien interesante.

            Hasta ese entonces, Maya no había pensado que tal vez el señor fuese extranjero.

            —¿Usted de dónde es?

            —Si te soy sincero, ni me acuerdo. —Se encogió de hombros—. Un día aparecí aquí, en el atrio de su santuario. No entendía nada de lo que decían o de las costumbres. El sol era muy caloso y me lastimaba. Fue muy feo de principio.

            —¿Cómo dice? —inclinó la cabeza.

            —¿O cómo se dice cuando te cala mucho y te quema?

            —Ah, le calaba mucho el brillo del sol. A lo mejor de donde viene, está nublado siempre.

            Eso no tenía sentido para ella, porque su piel denotaba un bronceado de años de estar expuesto. El enigma viviente le volvió a sonreír.

            —Tal vez vengo de un lugar que siempre es de noche. O nunca salía de mi casa —se rio.

            El anciano le contó cosas sin importancia a la chica. Le explicó también que tenía trabajo de guardia, pues le gustaba la acción de cuidar y que, ahí mismo, le dejaban dormir y asearse. Ladeó ligeramente la cabeza como si tratara de concentrarse en un sonido y volteó para observar cómo Yan volvía con unas bandejas de comida.

            Se despidió de la pareja con la excusa de que tenía que volver a su trabajo y se encaminó con un andar animado. Su mirada se paseaba en todo como si fuese un niño asombrado.

            Después de que ambos degustaran sus banderillas y él una brocheta de alitas, se quedaron viendo a la nada, mientras una ligera somnolencia los invadía. Ella fue la primera en hablar.

            —Todo este día fue inesperado, Yan, Gracias por todo.

            —No es nada, Maya —le sonrió.

            —Sí es algo. La próxima cita la invito yo. —Él iba a replicar algo, pero ella le acercó una mano a los labios para hacerlo callar—. Eso me dijiste en el café, ¿no? Solo no planees nada hasta después de tu fiesta de cumpleaños.

            —Ah, sí. La fiesta del viernes… —Abrió mucho los ojos—. Sí te invité, ¿verdad?

            —Me invitó Gisela. No te preocupes. Y les llevo regalos a ambos. ¡Ven! Hay que buscar a los demás ya para irnos.

            Ella tomó la mano del muchacho y por un instante él pensó en apartarla. Maya no se dio cuenta del rubor que le surcó las mejillas a la Bestia o de cómo el corazón se le desbocó por un momento.

Quería tomar un momento para reflexionar sobre esta novela. Esta obra la empecé como una tragicomedia. Desde el inicio planteé que la obra i...

Quería tomar un momento para reflexionar sobre esta novela. Esta obra la empecé como una tragicomedia. Desde el inicio planteé que la obra iba a llevar una desgracia y eso no ha cambiado con el tiempo.

    Yan es un personaje que tenía dibujado desde hace mucho y cuyo destino está ahí desde su mismísima concepción. Sí, me he basado en personajes de telenovelas, dramas asiáticos y un poco de héroes míticos. Es un personaje entrañable al que solo le he añadido capas y del que me da mucho gusto presumirlo.

    Maya nació como un personaje ligeramente molesto al que quería que la gente se encariñara con ella. Y dicho sea, me ha gustado cómo ha crecido hasta este momento de la obra. Me dijeron que su tragedia estaba anunciada desde la primera confrontación fuerte con el sistema corrupto de la escuela, pero al igual que el profe Liam, estoy orgulloso de esa evolución. Sí, el camino será tortuoso, pero estoy seguro que ella podrá superarlo.

    Todo el Aquelarre fue diseñado para que Gisela fuera su mandamás, pero debo admitir que ella es, sin miedo a equivocarme, el personaje más difícil de escribir. La complejidad de personalidad y de trasfondo me ha costado mucho. Vanessa Valdés/Claus de la saga Relatos en Prosa. Las Crónicas de James Fixer, Santa Claus, es un personaje relativamente sencillo al lado del coloso que es Gisela en densidad. En la tercera parte se revelan muchas cosas de ella, quien carga demasiado para solo ser una adolescente.

    Lo mejor de los profes Liam y Eric aún está por llegar -ligero spoiler- y lo que tendrán que hacer será igual de doloroso y satisfactorio. Liam es todo un titán de la moralidad y el profesor Eric es el hombre amable del que decía Teccam, de Crónicas del Asesino de Reyes, que debías temer su ira. Todo su arco de cierre es espectacular, aunque tenga que decirlo yo mismo. Espero que lo disfruten cuando la obra sea publicada.

    A diferencia de mis otras obras, donde la acción es precipitada y bien detallada al mero estilo de Brandon Sanderson, lamento decirles que aquí no será así. Si ya leyeron el capítulo veinte y les pareció un poco corto en cuanto a la acción, déjenme disculparme. El propósito del capítulo era darle un cierre a la odisea de Yan de mostrar a la gente lo maravillosa que es Maya y, también, darle al lector una muestra de que "el bien justifica los medios", en la mente del muchacho. Sí, Yan es una Bestia, desde su modo de pelear, hasta las trampas que diseña, no lo creé para que fuera un héroe perfecto. En ese capítulo demostré que es voluble, sacrificado y también un culero y un bravucón en ciernes.

    Si ya leyeron entre líneas, Maya no se da cuenta de la increíble red de protección que tiene a su lado. No es que esté romantizando la pesada carga que es ser un modelo a seguir -que ella no lo es- sino que quiero dar a entender que hay cosas que vale la pena proteger. Personas por las que vale la pena vivir y sacrificarse un poco.

    Los sueños de la mayoría de ellos se terminan de definir más tarde en la obra, pero como dicta el destino, no todos podrán cumplirlos. Así es la vida, pero no todo es negrura en el firmamento. Una tormenta puede ser destructiva, pero la calma y los efectos que traen después pueden ser hermosos también. Espero que lo comprendan.

    Para los que lo hayan adivinado, el giro de la trama es un golpe fulminante al cariño que le tienen a los personajes. Como lo dije, el destino es un desgraciado, porque la vida misma así lo es. Si aún siguen leyendo esto hasta el final, les agradezco en demasía su preferencia.

    Esta es una de las portadas que han quedado como finalistas para la obra final. Parece de un manhwa, porque esa es la intención. (No tiene el título final, por cierto). No se preocupen por las imágenes, trataré de adjuntarlas todas en un anexo de arte al final del libro. Estoy pensando en que todas las ilustraciones tengan un poco de peso y significado para la obra. De nuevo la actriz de voz y artista MerryRain -Emily Díaz- me ayudará con algunas de ellas. Sí, tendrá un framboyán. No, no será una pose romántica. Sí, desde que tomes el libro, verás que las pistas están ahí. El diseño de este libro es un trabajo pesado que espero valga la pena.



    Agradezco todos sus comentarios que se han tomado la molestia de dejar en los diferentes capítulos. Quiero que sepan que los primeros tres que ya adivinaron el giro de la trama, tendrán su libro en pasta dura cuando sea publicado. Pero vamos a divertirnos, ¿de acuerdo? Si conoces a alguien que le fascine el subtexto, mándale este avance para que se quede picado. Aún falta más de un tercio del libro y espero que lo disfruten tanto como yo cuando lo estuve escribiendo.

    Si subo o no más capítulos, lo decidiré pronto. También subiré algunos que no irán en la obra final, pero espero que los lean aquí. Hay una confrontación entre Zaza y Gisela por culpa del secretismo. Uno donde vemos a la subdirectora ser una katana implacable. Y hay uno de Samantha que no aporta a la obra, pero que estoy seguro que será enternecedor como el capitulo de La Mejor Amiga.

    Sin más por el momento, me despido y espero que compartan esto. Como diría el profe Eric, ¿podrán soportarlo? ¡Hasta pronto! 

Nota del autor: este será de los últimos capítulos que suba al sitio. Aún queda mucha novela, así que no hay problema por todo lo publicado....

Nota del autor: este será de los últimos capítulos que suba al sitio. Aún queda mucha novela, así que no hay problema por todo lo publicado.

Ayudar en un altar de muertos era terapéutico para Maya después de que el profesor de Filosofía la sacara de su clase con la amenaza de otro reporte. El gatillo había sido muy injusto, pues llegó con un examen rápido de un tema que no habían visto. Ella apostó con su conocimiento como defensa. “Si yo repruebo, me deja esa calificación en el semestre; pero si lo paso, nos pone esa calificación a todo el grupo”, fueron sus palabras.

Pese a la sonrisa del docente, ella obtuvo un diez y todavía le corrigió dos errores ortográficos. La proeza fue aplaudida por todos, menos por él. La excusa para sacarla fue la alteración del orden en el aula.

Aunque en sí, la única alterada era ella. El día nublado hacía comunión con su humor turbio después de ese percance. La ausencia de su asesor, el licenciado Eric, tampoco ayudaba mucho. “¿No te da pena llevar tantos reportes? ¿Qué le pasó a la alumna ejemplar?”, resonaban en su mente las burlas del docente cuando la vio salir.

Dio un pisotón cuando un costal de aserrín casi se le rompe y muy poco de su contenido se volcó. Resopló con furia hasta que una persona la ayudó a cargarlo con cuidado.

—¡Caray, Maya! ¿Quién te hizo tanto daño?

La figura imponente de Lucas se alzaba ante ella ofreciéndole su sonrisa irónica tan común en él.

—Perdón, amigo. Es que el profesor de Ética es un idiota.

—Idiota le queda corto. Vamos, cambia esa cara. Aquí estamos para ayudar.

            Los alumnos voluntarios se habían repartido en los tres grandes altares que presentaba la escuela. El dedicado a algún maestro ilustre de la localidad, el de los exalumnos o alumnos víctimas de la violencia en el país y el de las figuras famosas de la cultura mexicana. La gran mayoría de los presentes estaban ahí para evitar las clases, mientras que algunos, diestros en las artes, aportaban al plasmar su talento.

            En el altar de los profesores estaban Kira, muchos integrantes de la Mesa del Alumnado y Gisela. En el de los alumnos, Sam, Robi y la gran mayoría de las chicas de Atletismo y voleibol hacían esfuerzo conjunto para terminarlo. Vika, Zaza y Lucas hacían equipo junto a Maya y otros estudiantes de su grado para el último, pues era el más pesado de armar.

            El sudor le escurría de a poco en la frente a Maya cuando terminó el bosquejo del tapete de aserrín. Se desentumeció los dedos de estar sujetando las tizas de colores. Al estirarse se dio cuenta del paradero de Bestia. Su amigo seguía muy de cerca a Mila, quien sujetaba un portapapeles y daba instrucciones mientras andaba. Ella se ajustó las gafas al tiempo que se acomodaba las trenzas con una cabezada y le hizo una seña al muchacho para que se agachara. «Si Yan no se hubiera cortado el pelo, vería tres trenzas ahora mismo», pensó. La Amada le señaló un montón de masa de sal y madera balsa. En breve, el muchacho ya estaba moldeando unas figuras con el material.

            La chica volteaba de vez en cuando a ver al muchacho y cuando parecía que ya había acabado, él se limpió las manos con un trapo y se disponía a irse. Fue interceptado por una chica igual de bajita que Mila quien le empezó a hacer plática.

            —Mira nada más. No pierden el tiempo —habló la Movida desde atrás de Maya.

                —¡Zaza! No te escuché.

            —Es parte de mi encanto, querida. Qué ilusa chiquilla. ¿Sí la ves? —Empezó con aire teatral—‍. Piensa que va a pescar algo con Yan. De seguro busca venturas, riesgos, memorias para relatar a sus amigas. Pobre mosca muerta. ¡Observa! Se peina distraída, balancea su peso entre las piernas, le lanza miradas seductoras y seguramente le sonríe como una boba o le hace una vocecilla ridícula. ¿Y esa falda tan corta?

            —¡Qué mala eres!

            —Así son estas doncellas, Maya. Quieren la experiencia del chico malo solo porque lo ven alto, rudo y fortísimo, pero no es así. Nuestro pobre Yan es una oveja con piel de lobo. No me corrijas, sé lo que dije. Están seguras de que Yan se las va a llevar en su motocicleta —aunque ni tenga—, a un bar de mala muerte, tal vez a tomarse un licor horrendo para después montarlas a la barra y…

            —¡Ya entendí! ¿Se le acercan mucho? —inclinó la cabeza.

            —Por lo general, no. A estas alturas ya estaría Gis espantando a estas molestas para evitarles una decepción. Tiene práctica nuestra Bella. Solo una vez se le escapó una. Pasó el riguroso filtro de Gis, engatusó a nuestro fortachón y después de muchas sandeces, le dejó el corazón roto. —‍Se sujetó el pecho y miró al cielo—. O eso dice el vulgo. No me sé toda la historia y eso me ofende como la más informada de la escuela. Desde entonces, se fija quién se le acerca a su hermanote. ¡Míralo! Aunque ahora parece más incómodo que de costumbre.

            Maya observó el notorio malestar de su amigo y de cómo intentaba escapar de la chica. Sin embargo, por el borde de su visión, alcanzó a vislumbrar una estela roja. Se movía con la lentitud y la peligrosidad de la lava. Gisela apareció en el cuadro como un incendio anunciado y sujetó de forma posesiva el antebrazo de Yan. A pesar de la distancia, se escuchó claramente su voz. “¿Quién es esta chiquilla tan adorable, mi Bestia? Está bien tierna.”, remarcó la última palabra.

            —Ya se había tardado esta cabrona —habló la Victoriosa—. ¿Qué pedo con estas morras? No han de tener ni quince y se andan fijando en el ruco de Yan.

            Gisela se desbordaba en halagos hacia la chica. Diciéndole niña, adorable, lindura y cosita mientras remarcaba que él era de su propiedad y no se le despegaba. Después de unos instantes, la pequeña desistió y se fue de ahí con cara de derrota.

            —Rob y Tomi podrán ser los mejores bateadores —comentó Lucas que también estaba de chismoso—, pero Gisela no les envidia nada a la hora de abanicar.

            —Así de culera llega a ser Gisela y al chile qué bueno —sentenció Vika.

            —No sé cómo a él se las tienen que espantar, si yo también estoy guapo.

            —Sí, claro —masculló y volteó a ver a su amigo para después entornar los ojos. Abrió un poco la boca—. ¡Ay, cabrón! Pues sí estás guapo.

            —¡Te estoy diciendo! Pero estar a la sombra de Yan me quita protagonismo. Espero que no vaya a la misma uni que yo. Me cae bien, pero no me deja brillar.

 

Era media tarde cuando se dio por terminado el montaje de los altares y se anunció que autoridades educativas visitarían la escuela para verlos. Maya vestía un suéter holgado de botones y se acercó a la ofrenda dedicada a los alumnos. Por fin pudo apreciar las figuras que Bestia esculpía. Al inspirar por el asombro, tosió con el humo del copal y se retiró un poco del sahumador. El arte que había plasmado su amigo eran varios alumnos practicando deportes. Dos chicas en voleibol, un bateador y un pitcher, dos artistas marciales y una gimnasta. El nivel de detalle la dejó atónita y perdió la noción del tiempo hasta que alguien se situó a un lado de ella.

            —Y deberías ver las figuras de Kira. Ella las hace mejor —declaró Yan con respeto.

            La chica fue al altar de los maestros sin mediar palabra y vio toda un aula tallada en madera. Estaba representado uno de los salones de la escuela y un maestro al frente de unas butacas. La imagen la enterneció y giró sobre sí misma para apreciar los tres altares que decoraban el patio de la preparatoria, al tiempo que el aroma del cempasúchil le llenaba los pulmones y las luces de las veladoras terminaban de decorar la escena.

 

El Aquelarre, los muchachos, Maya y su mejor amiga estaban reunidos cerca de la entrada, presas del aburrimiento. Una ambulancia sonó en las inmediaciones y Bella y Bestia intercambiaron miradas extrañados. El muchacho sacó su teléfono y se dirigió al acceso para revisar. Regresó al poco rato tranquilizando al grupo. “Es solo por protocolo. Nadie en la escuela la necesita”, explicó.

            —¿Y si ya nos abrimos? —sugirió Vika—. Ya no hay nada que hacer.

            —Podemos ir al Festival de las Ánimas —habló Zaza—. A menos que tengamos prohibido salir. —Le dedicó una mirada cargada de intención a Kira.

            —El reglamento dice que, en los días de actividades libres, podemos retirarnos en cuanto estén terminados los pendientes. Así que no hay problema alguno.

            —Mi Reina nunca me decepciona. Podemos ir a ver a la mamá de Mila antes de ir al festival.

            —Gracias, en serio gracias —contestó la Amada—. Tengo mucho para contarle. ¡Vamos, vamos!

            Maya siguió al grupo. «En tres años que llevo ayudando a Mila, nunca he visto a su mamá. Sam tenía razón, era una egoísta», se reprendió.

 

Cuando los jóvenes llegaron al lugar, el cielo ya se acercaba a los tonos violetas y azules. El perfume floral estaba muy presente y Mila iba a la cabeza de la comitiva. La chica se hincó frente a su madre para presentarle respetos y empezar a arreglar todo frente a ella.

            —Buenas tardes, mamá —dijo con dulzura—. ¡Qué semestre tuvimos en la escuela! ¡Qué semestre! Me volvieron a elegir para el Comité de Eventos. Ya lo hago mejor cada vez. Todo lo que me enseñaste me ha servido mucho pero mucho. Recuerdo que me molesté cuando Gis me nominó al principio, pero nunca me dejó sola. Mis otras amigas también son un amor. ¿Te acuerdas que te platiqué de ellas? Seguro que sí, sí. Además, Maya, la mejor de la escuela, ahora es mi amiga de verdad. Y con ella se nos juntó Samantha. Son muy lindas. Y Bestia sigue pareciendo un tipo grandote y rudo, aunque siempre me ha conmovido. Solo que no se lo digo para cuidar su imagen. Nunca deja a la gente desamparada. Oye, mamá, ¿te molesta si rezamos? Pero tal vez ya lo hiciste con papá y comieron algo. “De la misa a la mesa no se reza”. O algo así decía mi padrino. Pero te voy a cantar. Sí, mejor cantar.

            La Amada recortaba tallos, limpiaba los floreros, pulía el marco con la foto de su madre mientras empezó a entonar La Martiniana.

            El veintiocho de octubre se suele conmemorar a los que perecieron en accidentes, pero debido a las ocupaciones de la chica y todas sus amigas, no pudieron asistir a visitar a su mamá. Todos estaban a una distancia respetuosa de aquel encuentro.

            Maya tenía un nudo en la garganta. Inclinó la cabeza un poco para que las lágrimas no fueran visibles.

            —¿Cuándo pasó? —musitó.

            —Cuando íbamos a entrar a preparatoria —explicó Gisela—. Venía en la troca luego de vender en el mercado y un conductor la embistió de frente. Se nos fue al instante.

            —Nunca supe si te gustaba mi voz, mamá —dijo Mila al terminar de cantar—. Aunque de seguro dirías que sí para no herir mis sentimientos. A lo mejor piensas que soy repetitiva, muy repetitiva, pero gracias por todo lo que me enseñaste en el negocio. Sigo de pie, ¡eh! Ojalá pudieras estar aquí para darme tu abrazo. Voy a seguir bien, no te preocupes. No me esperes pronto, porque pienso vivir como me lo pediste. ¿Está bien? Aquí va otra canción.

            Terminó de preparar todo para sentarse con las piernas cruzadas. Sus amigos se reunieron con ella mientras entonaba Amor Eterno.

 

Kira y Gis se encontraban junto a la Amada ayudándole a recoger todo. Los demás estaban desperdigados por el lugar. Solo Maya observaba la escena sin saber qué decir o hacer. Fue la voz de Yan la que la sacó de su ensimismamiento.

            —Siempre he admirado mucho a Mila.

            —¿Por qué? —preguntó sin voltear a verlo.

            —Cuando le pasó esa desgracia, le dieron la noticia de mala manera, culpando a su mamá. ¡Qué tontería es culpar a la víctima! Pero Mila no se achicopaló. Ayudó a su papá y familiares a levantar el negocio. Y en su primer parcial, pese al dolor, sacó muy buenas notas. En su primer año la nombraron al puesto que tiene.

            —A pesar de todo.

            —Sí. Su día a día era un recordatorio constante de que su mamá ya no estaba. Qué valor el de ella que aprendió a caminar con la muerte tan cerca.

            La luz prácticamente se había extinguido y algunos de los faroles del panteón ya titilaban para encenderse. Por común acuerdo, estaban listos para irse. Maya dio media vuelta y se topó con Gisela de espaldas al ocaso.

            —Bonita, no creerás que vas a ir así a ver a las ánimas, ¿o sí?

Bella sacó algo de su bolsillo y la escasa luz no permitía verle el rostro, salvo por una ancha sonrisa.



Nota del autor: este es el capítulo que muchos esperaban. Aquí pasa lo inevitable por parte de Yan. Todos lo sabemos, él lo sabe, pero Maya ...

Nota del autor: este es el capítulo que muchos esperaban. Aquí pasa lo inevitable por parte de Yan. Todos lo sabemos, él lo sabe, pero Maya no se da cuenta. Acompañen a este joven voluble en este capítulo.

Maya había llegado antes de lo planeado al Parque de los Héroes y el asombro la dejó sin aliento por un instante. El cielo aún pintaba de naranja y rojizo, debido al cambio de horario. Lucas y don Mario le daban los últimos retoques a una jardinera. El muchacho, ancho de hombros, movió toda la herramienta, mientras se despedía de su amigo, ahora de cabellera corta.

            Los tenis tipo botín de Maya hacían que su andar fuera silencioso en ese paisaje tan cuidado. Se sentía como un hada en un bosque encantado, llenó sus pulmones con el aroma festivo del cempasúchil, mientras su vista se deleitaba con los colores de la temporada. Su cita llevaba una camisa abotonada que hacía juego con el paisaje, pues llevaba un estampado de Jack-o'-lantern. No se había dado cuenta de su presencia y cuando lo saludó, dio un ligero respingo.

Él la guio con cuidado hasta la jardinera que se acababa de arreglar. Ahí se podía apreciar una manta a cuadros, una cesta de mimbre y una mochila oscura. Sintió la suavidad de la hierba recién cortada cuando se sentó y, si su nariz no la engañaba, había bocadillos dulces y salados en la canasta. Miró alrededor y había muy pocas personas en el resto del parque. El contorno de arbustos daba la suficiente privacidad. Estaba tan ensoñada que la pregunta más obvia no la había formulado.

            —¿Qué hacemos aquí? ¿Es un picnic nocturno?

            —No, Princesita, vamos a ver el cielo. Hoy, veintiocho de octubre, se unen Ares y Artemisa en el cielo.

            —¿Qué? —se rio.

            —Lo leí así en un libro. Hoy es la conjunción de Marte y la Luna.

            La chica entendió enseguida lo que le había dicho temprano ese día. Observó la mochila que estaba entre los dos.

            —¿Y ese es un telescopio?

            —Es una cámara. Le vamos a tomar fotos.

            El muchacho le indicó a su amiga a dónde mirar. La Luna flotaba baja sobre el horizonte, mostrando apenas un resquicio luminoso. Un poco más abajo, el punto rojo y fijo era Marte, que la acompañaba sin titilar. Ambos sabían cómo manipular la cámara por sus clases de arte y se pusieron de pie para plasmar eternamente la conjunción astronómica.

Cuando decidieron que eran suficientes fotos, empezaron a admirar cómo el anochecer dominaba el cielo y el satélite natural se coloreaba de amarillo, más pegado al horizonte. Ella notó que el alumbrado del parque no encendía y en su lugar había algunas lámparas de jardín diseminadas que apenas ahuyentaban la oscuridad. Contuvo el aliento al darse cuenta de que los edificios aledaños estaban despojados de luz. Ante la pregunta que no salió de su boca, Yan explicó:

—La lluvia de estrellas de octubre ya pasó, pero toda esta semana se reúne gente a ver el cielo.

            Echó un vistazo alrededor y vio varios grupitos que admiraban el paisaje estelar. Cuando ella alzó la mirada, se sorprendió de ver cientos de puntos en el firmamento. Se quedó un rato así hasta que el muchacho le ofreció unas galletas y la invitó a sentarse.

 

Los dos estuvieron platicando de todo y nada mientras más y más estrellas aparecían ante su vista. Ella hizo ademán de reclinarse y él le ofreció una sudadera que sacó de la mochila. Cuando se acostó, un perfume amaderado la hizo sentir muy cómoda. «Esto es característico de él», pensó.

            —Gracias por esto, Yan. De verdad que me obsequiaste la Luna.

            —¿Ya habías visto así el cielo? —habló con un hilo de voz.

            —A veces voy con mis abuelos al rancho y salimos en la noche a ver las estrellas —‍suspiró.

            Un sonido la alertó que él se había recostado también y lo observó que descansaba en sus brazos cruzados sobre la nuca. Tenía los ojos ligeramente entrecerrados y un bostezo acudió a su boca. «De seguro hizo demasiado al arreglar el jardín», pensó.

            —Yo también veía el cielo con mis abuelos. Mi tata se sabía el nombre de las constelaciones, pero yo no me aprendí ninguno.

            —¿El papá de tu mamá? —preguntó con cautela, pues sabía la opinión que tenía de su padre.

            —¡Ná! El papá de mi papá. Mi otro abuelo era de ciudad y no le sabe a esto. Mis cuatro abuelitos me consentían mucho. Recuerdo muy poco de mi tata, pero se sentaba en su troca y me indicaba con paciencia cómo se llamaba cada cosa. Una vez vimos un ovni.

            —Yo también llegué a ver uno. Fue raro, pero en ese tiempo no teníamos una cámara para grabarlo. —Se estiró—. ¿Y por qué no recuerdas mucho de tu abuelito?

            En el borde de la vigilia y el sueño, Yan empezó a hablar sin darse cuenta de que su guardia se desmoronaba.

            —Pues, se fue muy pronto. Era muy bueno el viejo, me cuidó mejor que mi papá. Y es que el culero ese estaba frustrado con todo. Con su vida de casado, con ser padre, con tener mal trabajo, con sentirse menos. Dicen que siempre maldecía, pero yo no lo recuerdo mucho. Mi mamá empezó a sacarme de la casa, porque creía que me maltrataba y así conocí a Gisela. Decían que aquel me gritaba y que me daba pellizcos o pachones, pero a mi madre siempre le decía la excusa de que yo era el que me caía. Un día, a mis ocho, sí se pasó. Me pegó, o sea, a puño cerrado. Una, dos, tres veces. Di contra el piso y fui a dar al hospital. —Rio sin ganas—. Mi padre también hubiera ido, pero huyó, porque mamá lo vio y le acomodó unas cachetadas. Jamás la había visto tan enojada y nunca volví a verla así… Yo recuerdo al doctor y al policía, pero lo demás me lo tuvieron que contar. La neta, todo es borroso para mí.

            El muchacho había estado tan cerca del mundo de los sueños que no notó el silencio a su alrededor. Espabiló un poco y cuando levantó la vista, encontró a Maya mirándolo con una expresión de indignación tal, que lo hizo sentir incómodo.

            —¿Cómo dices?

            —¿Qué cosa?

            —¿Cómo que te pegó? —inquirió apenas audible.

            —Y dicen que varias veces —confirmó. «Ahora viene la parte donde dicen “pobrecito”», meditó.

            —¡Tenías ocho años, Yan!

            —Es que no sabía ser papá el idiota.

            —Pero… ¿Qué…? ¿Qué clase de monstruo le pega a un niño de ocho años? ¿A su propio hijo?

            —Pues…

            —¡No podías defenderte! ¿Y si estuviera aquí ahora? Ni siquiera podría ponerte una mano encima. Maldito abusivo…

            —Era alguien que no quería ser hombre o papá… o útil.

            —¿Y huyó? Dime que al menos está en la cárcel. O que…

            —Yo espero que esté muerto.

            Ella no supo qué contestar. El silencio se instaló entre los dos. La ira, la indignación y el repudio empezaron a menguar en el semblante de la chica.

            —Oye, no todo estuvo mal, Maya. Mi madre siempre estuvo ahí. Mi abuelo me cuidó hasta que su corazón lo derrotó. Carajo, eso debió ser traumático para mí, pero él me ahuyentó ese día para que no lo viera.

            —Yan…

            —Él fue un buen hombre, hasta el final. Mis primas, de ambas familias, me juntaban para todo. Tenía a Gis y a toda la familia Castillo y al menso de Robi. Cuando parecía que el mundo iba a derrumbarse, también llegó mi maestro. Y era muy bueno. Me enseñó a ser más fuerte. Mucho más fuerte que…

            —Más fuerte que aquél —sentenció Maya y suspiró—. No, Yan, ningún niño se merece ese abuso. No tuviste la culpa de nada de lo que le sucedía a él.

            La observó un momento y sonrió para sí. Desvió la mirada a la penumbra y empezó a respirar hondo. A la Bestia, presa de la somnolencia, se le había soltado la boca.

 

La velada siguió su curso y él cambió con habilidad el tema. Tomaron unas últimas fotos del cielo estrellado y pudo convencerla de una selfi para el recuerdo.

            Estaban levantando las cosas y se preparaban para irse. La chica meditó todo lo que le había dicho. «Con razón siempre está enojado», razonó. Ella pensó en que el muchacho cargaba con el corazón roto que le dejó su ex, el maltrato cuando fue niño y las injusticias de las que era testigo a diario en la escuela. Ahora se sentía peor de haberlo juzgado en un inicio. No pudo evitar pensar que tal vez ella se hubiera derrumbado, pero él, a pesar de ser bastante hosco, era alguien que se esmeraba en ser protector. No sabía qué decir cuando un mensaje apareció en su teléfono.

            —Sam dice que se le hizo tarde. Que más al rato sale por mí.

            —Dile que no se preocupe. Yo te acompaño a tu casa, Princesa.

            La chica asintió y mandó el mensaje.

            En el trayecto de regreso, el frío de la noche no alcanzaba a serenarla. Solo podía pensar en el niño que fue a parar al hospital por mano de su propio padre. “Es duro estar en un hospital y que nada diga que vas a mejorar…”, fue lo que le dijo ese día en la tarde. «Hablaba por otros niños y por él», pensó.

La chica estaba tan abstraída en sus pensamientos que apenas si se despidió de su amigo cuando llegó a su casa. Si hubiera estado más atenta, tal vez se hubiera dado cuenta del pequeño, pero significativo cambio que experimentó la Bestia. Él no pensaba demostrarlo, se lo callaría para siempre de ser necesario, pero algo en su persona se rompió para bien esa noche.