Seguimos con la historia de Yan y Maya. Cualquier crítica constructiva es bienvenida
Una semana había pasado desde el incidente
con el director y Maya aún se sentía humillada. La monotonía del sonido de diez
manos tecleando, en servicio social, le ayudaban a distraerse. La oficina
administrativa era un edificio de dos pisos donde ella solía apoyar con labores
de todo tipo. Hacía un encargo de mover todas las boletas de los alumnos de la
mañana —al nuevo archivo—, cuando se topó con las de la Bestia de primer
semestre. Historia, filosofía y geografía con seis de calificación. BORRAO 1 DE
septiembre--
«No es muy listo
que digamos. ¿Cómo se supone que él pasaba los exámenes a los demás?», pensó
ella.
Ojeó las de ciencias exactas y tenía
solo dieces. En algunas simplemente exentó. En todas las de artes y deportes
tenía pase por servicio ejemplar. En su preparatoria, significaba que dominaba
la materia y ayudaba con las actividades que realizaban esas Academias.
Alzó una ceja. Pasó a las de segundo
semestre y el patrón era el mismo, solo que la firma de su tutor había
cambiado. Ya no era una elegante como en las de primero. Era sobria, casi un
garabato y le parecía de lo más familiar. Estaba por revisar las de tercero
cuando escuchó pisadas detrás de ella.
—¿Ya tan pronto vas con lo de los chicos problema? —Era la
voz cálida del coordinador de trabajo social y exprofesor de Administración—.
¡Qué veloz, Maya! Buenas tardes. —Se situó frente a una de las cajas que ya
había clasificado—. Ojalá el estulto del director viera todo tu potencial.
—Buenas
tardes, profe Eric. ¿No le parece mal hablar así de él?
—Es
abogado, debe acostumbrarse a que la gente no lo quiera.
—Profe,
usted también lo es.
—Sí,
pero de los buenos. Los malos solo se dedican a joder a la gente y ya, porque
son pen…
—¡Profe
Eric! —Se tapó la boca.
—Los de mi tipo siempre
buscamos ayudar. Deberías ver lo que pude hacer en esta escuela. Y espérate a
ver lo que haré para cuando te gradúes. Hasta…
—Licenciado Eric, le llaman
por teléfono —dijo la voz de otra de las chicas del servicio.
—Bueno, por hoy ya déjalo,
Maya —ordenó con un suspiro—. Y no te preocupes por lo que diga el imbécil
aquel. Estoy seguro de que encontrarás una buena universidad. —La despidió con
la mano.
Era lunes por la mañana y Maya se dirigía a
llevar unos papeles a los jefes de Academias, al oeste de la escuela, cuando
escuchó un griterío en el aula del grupo C.
—A
ver, Yan, ¿te puedes callar un momento? —gruñó la voz del profesor de Filosofía
de séptimo.
—Si
me callo, van a seguir rebuznando los burros —replicó él con sorna—. Este
sistema no los castiga, por eso voy a seguir hablando.
Maya
se acercó a una de las ventanas para escuchar mejor.
—Espera,
¿me dijiste burro? —habló una tercera voz.
Ella
lo reconoció al instante. Era Oliver, del equipo de beisbol.
—¿Siempre
piensas así? —continuó el profesor— ¿Qué pasaría si todos tuvieran ideas así de
radicales o anarquistas?
—¿“Ideas”
en plural? Si fuera el caso de Oliver, le hablaría a mi jefa. “Hola, mamá. Trae
globos, mesa de dulces y un montón de adornos. Hay que festejar que a mi
‘amiguito’ se le cruzó más de una por la cabeza”. —Se carcajeó.
—¡¡Basta!!
Te me sales del salón ahorita. —Le chasqueó los dedos—. Y si ya no te presentas
tienes un seis. Solo ya no vengas a fastidiar mi clase.
—Siempre
un gusto, profesor. ¡Nos vemos el siguiente semestre!
—Espera
un momento… ¿Me dijiste imbécil? —inquirió Oliver.
«Parece
que después de todo, Oliver sí puede hacer sinapsis», pensó con crueldad Maya.
Se ocultó tras unos casilleros para que la Bestia no la viera.
Yan
suspiró al salir y cerró la puerta sin darse cuenta de la presencia de la chica.
Caminó con las manos sobre la nuca con mucha calma y se dirigió al pasillo
principal de ese edificio en la planta baja. Dio vuelta como si fuese a salir
para ir a la Academia de Deportes. Su andar se detuvo frente al tablón de
rendimiento escolar. Maya lo miró con aprehensión. La Bestia desenvainó un
plumón y garabateó con saña uno de los nombres de ahí. Una sonrisa burlona se
dibujó en su rostro antes de salir al patio.
«¿A
quién andas fastidiando ahora?», pensó la chica. Estaba molesta, ella diseñaba
y adornaba la pizarra donde era nombrado todo ese alumnado.
Ya habían sonado el timbre de salida del
turno matutino y eso significaba que a Maya se le había hecho tarde. Un cuarteto
de cajas apiladas sobre sus brazos le impedían ver por dónde andaba. Justo al
pasar por la salida tropezó con una alumna y casi se cae con todo y carga.
Sintió
que la sujetaron gentil, pero con firmeza. No escuchó el ruido de ninguna caja
contra el piso.
—Con
más calma, ¡caray! Nada en esta escuela amerita que corras.
Maya
reconoció al bully de inmediato. Volteó levemente para observar que él
ya cargaba la mitad de su carga y le dibujaba una sonrisa torcida. Su tez
bronceada contrastaba con su blanca dentadura.
—Dámelas,
yo puedo con ellas, Yan —y lo miró con el ceño fruncido.
—Tranquila,
princesita. Eres ruda, ya lo sé. Esto es mera cortesía. ¿Por qué me miras tan
feo?
—Te
vi que tachaste un nombre del top de aprovechamiento. ¿A quién estabas
jodiendo?
—¿Viste
el nombre que taché?
Ella
negó apenas con la cabeza.
»Tienes
demasiados prejuicios, princesita —habló fingiendo una voz dolida—. Deberías
ser más abierta con la gente, ¿sabes?
—De
seguro era el nombre de Rob, pobrecito, ¿por qué no lo dejas en paz?
—Qué
juzgona eres, princesita. Pero te la paso esta vez. Vamos a tu oficina a dejar
esto y después discutimos.
—No
te tengo miedo. Y no has contestado mi pregunta.
Yan
se inclinó un poco para hablarle, le sacaba al menos una cabeza de altura a
Maya. Unos pocos alumnos presenciaban esa escena. En ese momento apareció Sam, su
amiga, para posar una mano sobre las cajas.
—Bestia,
yo le ayudo a Maya. ¿No se te hace tarde? ¿No quedaste con Robi o el coordi
de Deportes? —Abrió mucho los ojos.
El
muchacho le pasó con cuidado las cajas a ella y se despidió con una cabezada
cuando Maya habló.
—Deberías
dejar de ser un patán. Ya te puse en tu lugar una vez en el campo de beis, ¿no
crees que podría hacerlo de nuevo si te sigues pasando de lanza? —Ella sabía
que había hablado de más, pero la furia le había ganado a su sentido común. Sus
manos temblaban ligeramente.
—Pues
te salió mal, princesita. A mí me gusta que me maltraten. —Se dio media vuelta
y salió por la puerta que daba al patio de entrada—. A la próxima vez, invítame
un café primero. Me sentiría menos usado —gritó por encima del hombro.
Las
risitas de todos los presentes se sintieron como ligeras brasas en su cara. Para
ahorrarse el amargo, pero familiar sabor de la humillación, la chica puso los
ojos en blanco y se apresuró a llegar a su destino junto a su amiga.







Síganos
Si este mundo fuera una llanura sin fin, y navegando hacia el este podríamos alcanzar para siempre nuevas distancias