Nota del autor: En ánimas del Día de Muertos y de todo el ambiente festivo de octubre, les comparto este texto que está lleno de sabor mexicano. Me encantó escribirlo y espero que les guste. Tal vez publique un último capítulo, pero ya veré dependiendo del alcance de este. Por favor, disfruten.
En México no se celebra la muerte, aunque
se tenga muy presente todos los días. Recordar y honrar la memoria de los seres
queridos es lo que realmente se hace en los últimos días de octubre y primeros
de noviembre. Por todo el territorio hay celebraciones para conmemorar a los
que se adelantaron en el camino.
El
Festival de las Ánimas era uno de tantos que tenían lugar en todo el país.
Fungía como celebración de Día de Muertos, Halloween, festividad de
otoño y feria de temporada.
Apenas
llegaron al evento, Gisela se llevó del brazo a Robi y dejó que Mila y Kira
jalaran a Vika y Lucas a su propio recorrido. La pareja de simulacros había
quedado sola de nuevo.
La media máscara de calavera
que lucía Maya —hecha por la Bella— la hacía sentirse en armonía. Yan también
fue maquillado con la mitad opuesta del rostro. Él daba un aspecto lúgubre con
su conjunto oscuro de camisa negra sin fajar, playera y pantalones con muchos
bolsillos. Maya se sentía cómoda con su pantalón de mezclilla. Se ajustó su
suéter de botones holgado por lo fresco del viento, mientras se deleitaba con
la imagen del festival.
Estuvieron deambulando
primero entre los puestos de alfeñiques donde vislumbraron al profe Liam quien
colmaba una bolsa con los dulces. “Ustedes ya se habían ido y pensé que no
tenía nada que hacer. Así que también me largué de la escuela”. La chica supuso
que mentía, pero lo dejó pasar.
Antes
de dejar esos pasillos, Maya fue víctima del atractivo aroma dulzón, se compró
también una bolsita que degustó de a poco y compartió con Yan.
Pasaron
al área de cultura, donde había corredores con artesanías, demostraciones de
arte y un escenario donde tocaba una banda de rock local. Andaban con lentitud,
tan embelesados con la vista en el escenario, que casi chocan con la mamá de
Bestia. La señora se llevó las manos a la boca, enternecida de ver a su
muchacho en el festival con una chica que no fuera Gisela. Mencionó eso con un
exceso de honestidad. La señora García le explicó a Yan que había venido al
festival con su novio y algunos familiares y que no esperaba topárselos ahí,
menos en un día en que tendrían que estar en la escuela. “Acabamos todo lo que
nos encargaron y pasamos a ver a la mamá de Mila”, fue la única explicación del
hijo. Ella se despidió de los muchachos con un somero abrazo y le pidió a Yan
que pasara a la casa el domingo por su regalo. Antes de dirigirse al área de
juegos, Maya tuvo que preguntar.
—Oye,
Yan, ¿acaso…?
—¿Me
molesta que mi jefa tenga novio? Nop. Está joven, que haga su vida. El tipo ese
es buena persona.
Era
no era la duda que tenía en mente y decidió no indagar más.
El
área siguiente era inmensa. Al menos tres pasillos de juegos de feria y un
espacio aún mayor para los mecánicos. Yan insistió en ganarle una alcancía, un
peluche y varias pulseras en todos los puestos en los que jugó. Cuando ella
preguntó que cómo pudo ganar en el del rifle de aire, cuando todo mundo sabe
que es una estafa, él se limitó a decir: “Me puse de acuerdo con Lucas. Le
pegábamos a la misma pieza con ritmo para que él ganara algo para Vika y yo
algo para ti”. La chica puso los ojos en blanco. «Tiene sentido que un tramposo
le gane a otros», razonó mientras apretaba su oso afelpado.
El
popurrí de todos los aromas del área de comida le hizo gruñir el estómago a la
Bestia y se dirigieron para comer algo. Antes de que Yan pudiera decidirse por
un puesto en particular, una chica de su misma estatura se abalanzó sobre él
con una llave-abrazo sobre el cuello del muchacho. Unas cinco muchachas
hicieron corro alrededor de él. Maya iba a intervenir, estaba a punto de
sujetar a la chica cuando se dio cuenta que quien le aplicó la llave tenía un
aire familiar. Además, Yan no se defendía. «Tiene la misma belleza hosca que
él», pensó. Se calmó al instante.
Después
de que Yan se soltara de la llave, insultara a la chica y presentara a todas
como sus primas —de ambas familias—, la más alta fue la que habló. Le pidió a
Bestia que no se le olvidara ir a su boda en noviembre y que debía llevar a
alguien. No quería ver a su guapo primo como un solterón sin esperanza… o con
un círculo de chicas que le volaran como moscas.
—¡Y
no se vale invitar a Gisela! Todas las Castillo son mis invitadas porque me van
a peinar, arreglar y maquillar ese día.
—Tranquila,
Nanci. ¿Puedo llevar a más gente? —preguntó con tosquedad.
—Te
doy cinco pases si me prometes que vas a ir y bailar. Una pieza, no te pido
más. Y me refiero a mi vals, no a estar bailando solo los ojos como siempre
haces.
Yan
no respondió enseguida y el silencio pareció tensarse hasta que una de las
primas, la más chica, intervino.
—Es
solo una pieza, Yan. Y es para tu primota que ya se casa con el amor de su
vida.
—¿Y
vale la pena el vato o nel? —preguntó con mofa.
—Tantos
años que te estuvimos sermoneando cómo queríamos que fueran nuestras citas y
nuestras parejas ¿y crees que no las voy a saber elegir? —Nanci puso los ojos
en blanco—. No digas mamadas, neta.
Yan
aceptó de mala gana ir, bailar el vals con su prima y llevar a Maya como su
acompañante. Ellas los dejaron en paz para que pudieran disfrutar del resto del
festival y se despidieron con sonrisas.
—Eres
el consentido de tus primas... y se nota que te quieren un montón.
—¡Oye,
muchacha! —gritó Nanci—. Cuando puedas, consíguete un mejor partido.
—¡Ese
es el plan! —replicaron Maya y Yan al mismo tiempo.
El
muchacho la tomó del brazo con delicadeza y la llevó a otro pasillo de comida.
Él se fue a formar a una extensa fila de banderillas y fritangas, mientras ella
esperaba cerca de unas mesas. Paseó su vista por la multitud para ver si
reconocía a más caras conocidas. «’A quién más nos vamos a encontrar ahora?»,
razonó divertida.
Revisó
su reloj por segunda vez, cuando al levantar la mirada, pudo ver al
inconfundible y vistoso don Barín. Vestía un uniforme azul de seguridad
bastante pulcro e iba alisándose una mata blanca de pelo recortada. Su espesa
barba impedía que se viera todo su semblante, pero Maya sí notó que le sonreía
como un abuelo que acaba de ver a su nieta. Se acercó a ella haciendo sonar sus
lujosos botines en los adoquines. Se saludaron con cordialidad.
—Vaya,
siempre me los encuentro de una u otra forma. Hasta parece que los voy
siguiendo. El día martes los vi en el parque, pero ibas muy acsorta, o
como se diga, en tus pensamientos.
—¿En
serio? Nunca lo había notado, perdón. Ese día sí que me sorprendió Yan, por eso
estaba así. —Un escalofrío le recorrió la espalda al acordarse. Observó que el
señor veía todo con fascinación—. ¿Es la primera vez que viene aquí?
—Ustedes,
los mexicanos, son muy peculiares. Le tienen mucho amor a la vida y hacen burla
de la muerte. Esta tradición está bien interesante.
Hasta
ese entonces, Maya no había pensado que tal vez el señor fuese extranjero.
—¿Usted
de dónde es?
—Si
te soy sincero, ni me acuerdo. —Se encogió de hombros—. Un día aparecí aquí, en
el atrio de su santuario. No entendía nada de lo que decían o de las
costumbres. El sol era muy caloso y me lastimaba. Fue muy feo de
principio.
—¿Cómo
dice? —inclinó la cabeza.
—¿O
cómo se dice cuando te cala mucho y te quema?
—Ah,
le calaba mucho el brillo del sol. A lo mejor de donde viene, está nublado
siempre.
Eso
no tenía sentido para ella, porque su piel denotaba un bronceado de años de
estar expuesto. El enigma viviente le volvió a sonreír.
—Tal
vez vengo de un lugar que siempre es de noche. O nunca salía de mi casa —se
rio.
El
anciano le contó cosas sin importancia a la chica. Le explicó también que tenía
trabajo de guardia, pues le gustaba la acción de cuidar y que, ahí mismo, le
dejaban dormir y asearse. Ladeó ligeramente la cabeza como si tratara de
concentrarse en un sonido y volteó para observar cómo Yan volvía con unas
bandejas de comida.
Se
despidió de la pareja con la excusa de que tenía que volver a su trabajo y se
encaminó con un andar animado. Su mirada se paseaba en todo como si fuese un
niño asombrado.
Después
de que ambos degustaran sus banderillas y él una brocheta de alitas, se
quedaron viendo a la nada, mientras una ligera somnolencia los invadía. Ella
fue la primera en hablar.
—Todo
este día fue inesperado, Yan, Gracias por todo.
—No
es nada, Maya —le sonrió.
—Sí
es algo. La próxima cita la invito yo. —Él iba a replicar algo, pero ella le
acercó una mano a los labios para hacerlo callar—. Eso me dijiste en el café,
¿no? Solo no planees nada hasta después de tu fiesta de cumpleaños.
—Ah,
sí. La fiesta del viernes… —Abrió mucho los ojos—. Sí te invité, ¿verdad?
—Me
invitó Gisela. No te preocupes. Y les llevo regalos a ambos. ¡Ven! Hay que
buscar a los demás ya para irnos.
Ella tomó la mano del muchacho y por un instante él pensó en apartarla. Maya no se dio cuenta del rubor que le surcó las mejillas a la Bestia o de cómo el corazón se le desbocó por un momento.





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