Seguimos con la historia de Yan y Maya. Cualquier crítica constructiva es bienvenida Una semana había pasado desde el incidente con el dir...

Seguimos con la historia de Yan y Maya. Cualquier crítica constructiva es bienvenida

Una semana había pasado desde el incidente con el director y Maya aún se sentía humillada. La monotonía del sonido de diez manos tecleando, en servicio social, le ayudaban a distraerse. La oficina administrativa era un edificio de dos pisos donde ella solía apoyar con labores de todo tipo. Hacía un encargo de mover todas las boletas de los alumnos de la mañana —al nuevo archivo—, cuando se topó con las de la Bestia de primer semestre. Historia, filosofía y geografía con seis de calificación. BORRAO 1 DE septiembre--

            «No es muy listo que digamos. ¿Cómo se supone que él pasaba los exámenes a los demás?», pensó ella.

            Ojeó las de ciencias exactas y tenía solo dieces. En algunas simplemente exentó. En todas las de artes y deportes tenía pase por servicio ejemplar. En su preparatoria, significaba que dominaba la materia y ayudaba con las actividades que realizaban esas Academias.

            Alzó una ceja. Pasó a las de segundo semestre y el patrón era el mismo, solo que la firma de su tutor había cambiado. Ya no era una elegante como en las de primero. Era sobria, casi un garabato y le parecía de lo más familiar. Estaba por revisar las de tercero cuando escuchó pisadas detrás de ella.

            —¿Ya tan pronto vas con lo de los chicos problema? —Era la voz cálida del coordinador de trabajo social y exprofesor de Administración—. ¡Qué veloz, Maya! Buenas tardes. —Se situó frente a una de las cajas que ya había clasificado—. Ojalá el estulto del director viera todo tu potencial.

            —Buenas tardes, profe Eric. ¿No le parece mal hablar así de él?

            —Es abogado, debe acostumbrarse a que la gente no lo quiera.

            —Profe, usted también lo es.

            —Sí, pero de los buenos. Los malos solo se dedican a joder a la gente y ya, porque son pen…

            —¡Profe Eric! —Se tapó la boca.

—Los de mi tipo siempre buscamos ayudar. Deberías ver lo que pude hacer en esta escuela. Y espérate a ver lo que haré para cuando te gradúes. Hasta…

—Licenciado Eric, le llaman por teléfono —dijo la voz de otra de las chicas del servicio.

—Bueno, por hoy ya déjalo, Maya —ordenó con un suspiro—. Y no te preocupes por lo que diga el imbécil aquel. Estoy seguro de que encontrarás una buena universidad. —La despidió con la mano.

 

Era lunes por la mañana y Maya se dirigía a llevar unos papeles a los jefes de Academias, al oeste de la escuela, cuando escuchó un griterío en el aula del grupo C.

            —A ver, Yan, ¿te puedes callar un momento? —gruñó la voz del profesor de Filosofía de séptimo.

            —Si me callo, van a seguir rebuznando los burros —replicó él con sorna—. Este sistema no los castiga, por eso voy a seguir hablando.

            Maya se acercó a una de las ventanas para escuchar mejor.

            —Espera, ¿me dijiste burro? —habló una tercera voz.

            Ella lo reconoció al instante. Era Oliver, del equipo de beisbol.

            —¿Siempre piensas así? —continuó el profesor— ¿Qué pasaría si todos tuvieran ideas así de radicales o anarquistas?

            —¿“Ideas” en plural? Si fuera el caso de Oliver, le hablaría a mi jefa. “Hola, mamá. Trae globos, mesa de dulces y un montón de adornos. Hay que festejar que a mi ‘amiguito’ se le cruzó más de una por la cabeza”. —Se carcajeó.

            —¡¡Basta!! Te me sales del salón ahorita. —Le chasqueó los dedos—. Y si ya no te presentas tienes un seis. Solo ya no vengas a fastidiar mi clase.

            —Siempre un gusto, profesor. ¡Nos vemos el siguiente semestre!

            —Espera un momento… ¿Me dijiste imbécil? —inquirió Oliver.

            «Parece que después de todo, Oliver sí puede hacer sinapsis», pensó con crueldad Maya. Se ocultó tras unos casilleros para que la Bestia no la viera.

            Yan suspiró al salir y cerró la puerta sin darse cuenta de la presencia de la chica. Caminó con las manos sobre la nuca con mucha calma y se dirigió al pasillo principal de ese edificio en la planta baja. Dio vuelta como si fuese a salir para ir a la Academia de Deportes. Su andar se detuvo frente al tablón de rendimiento escolar. Maya lo miró con aprehensión. La Bestia desenvainó un plumón y garabateó con saña uno de los nombres de ahí. Una sonrisa burlona se dibujó en su rostro antes de salir al patio.

            «¿A quién andas fastidiando ahora?», pensó la chica. Estaba molesta, ella diseñaba y adornaba la pizarra donde era nombrado todo ese alumnado.

 

Ya habían sonado el timbre de salida del turno matutino y eso significaba que a Maya se le había hecho tarde. Un cuarteto de cajas apiladas sobre sus brazos le impedían ver por dónde andaba. Justo al pasar por la salida tropezó con una alumna y casi se cae con todo y carga.

            Sintió que la sujetaron gentil, pero con firmeza. No escuchó el ruido de ninguna caja contra el piso.

            —Con más calma, ¡caray! Nada en esta escuela amerita que corras.

            Maya reconoció al bully de inmediato. Volteó levemente para observar que él ya cargaba la mitad de su carga y le dibujaba una sonrisa torcida. Su tez bronceada contrastaba con su blanca dentadura.

            —Dámelas, yo puedo con ellas, Yan —y lo miró con el ceño fruncido.

            —Tranquila, princesita. Eres ruda, ya lo sé. Esto es mera cortesía. ¿Por qué me miras tan feo?

            —Te vi que tachaste un nombre del top de aprovechamiento. ¿A quién estabas jodiendo?

            —¿Viste el nombre que taché?

            Ella negó apenas con la cabeza.

            »Tienes demasiados prejuicios, princesita —habló fingiendo una voz dolida—. Deberías ser más abierta con la gente, ¿sabes?

            —De seguro era el nombre de Rob, pobrecito, ¿por qué no lo dejas en paz?

            —Qué juzgona eres, princesita. Pero te la paso esta vez. Vamos a tu oficina a dejar esto y después discutimos.

            —No te tengo miedo. Y no has contestado mi pregunta.

            Yan se inclinó un poco para hablarle, le sacaba al menos una cabeza de altura a Maya. Unos pocos alumnos presenciaban esa escena. En ese momento apareció Sam, su amiga, para posar una mano sobre las cajas.

            —Bestia, yo le ayudo a Maya. ¿No se te hace tarde? ¿No quedaste con Robi o el coordi de Deportes? —Abrió mucho los ojos.

            El muchacho le pasó con cuidado las cajas a ella y se despidió con una cabezada cuando Maya habló.

            —Deberías dejar de ser un patán. Ya te puse en tu lugar una vez en el campo de beis, ¿no crees que podría hacerlo de nuevo si te sigues pasando de lanza? —Ella sabía que había hablado de más, pero la furia le había ganado a su sentido común. Sus manos temblaban ligeramente.

            —Pues te salió mal, princesita. A mí me gusta que me maltraten. —Se dio media vuelta y salió por la puerta que daba al patio de entrada—. A la próxima vez, invítame un café primero. Me sentiría menos usado —gritó por encima del hombro.

            Las risitas de todos los presentes se sintieron como ligeras brasas en su cara. Para ahorrarse el amargo, pero familiar sabor de la humillación, la chica puso los ojos en blanco y se apresuró a llegar a su destino junto a su amiga.




 Seguimos con esta tragicomedia sobre Yan. Espero les guste. Su entrevista con el director fue todo un desastre. Esa era la única idea que...

 Seguimos con esta tragicomedia sobre Yan. Espero les guste.

Su entrevista con el director fue todo un desastre. Esa era la única idea que pasaba por la cabeza de Maya después de que el mandamás de la escuela prácticamente se burlara en su cara. Caminaba sin rumbo fijo por la preparatoria mientras cada paso dispersaba la carga que llevaba. El rojo de un framboyán le inundó la vista y la ayudó a tranquilizarse. Tal vez lo hubiese conseguido, pero un escándalo en el campo de béisbol la devolvió a su caótica realidad.

            «¿Quién hace tanto desmadre a esta hora en la escuela?», pensó molesta.

            Desvió su vista al origen del caos y una trifulca ahuyentaba el silencio académico. Un chavo de vestimenta oscura y cabello largo se estaba despachando a golpes a todo el equipo de béisbol. Ella lo conocía de vista, era Yan, del grupo C. Le había jalado la chamarra a uno del equipo y se la hizo pasar por la cabeza antes de estrellarlo contra la reja.

            —¡Ey! ¡Déjalos en paz, abusivo! —gritó Maya desde donde estaba.

            Su andar se aceleró e hizo honor a su título de capitana del equipo de atletismo, pues saltó la reja sin esfuerzo y llegó hasta el perímetro del campo en un instante.

            —Alguien que le pegue a la Bestia, ¡maldita sea!

            Maya lo reconoció enseguida, el que gritó era el capitán del equipo y un bully en toda regla. «¿Ni siquiera él podía con aquel otro bravucón?», pensó fugaz.

            Yan saltó con un giro y le reventó una bofetada tan sonora que hizo estremecer a la chica y desplomó a su víctima hasta el suelo.

            —Como esas te faltaron de tu papá. Para que se te quite lo…

            Un agarre con mucha técnica le cortó su insulto y lo propulsó contra la reja. Abrió mucho los ojos y se llevó su mano derecha al pecho. Alzó la mirada para ver a una chica con el uniforme de deportes. Tenía el cabello lacio hasta el cuello y los ojos entrecerrados. Se colocó en una pose de boxeo que no envidiaría ningún profesional.

            —Ya déjalos, ¿no? ¿Por qué a todos te los estás m…?

            —A ver, princesita. ¡Si no sabes, no opines! —explotó—. Todos estos animales estaban de montoneros con el pobre de Rob. ¡Míralo! El pobre idiota está ahí que ni puede hablar.

            Un muchacho que vestía un uniforme manchado, estaba en cuclillas viendo toda la escena. Tenía las manos alzadas y una cara de miedo. Quiso murmurar algo, pero el sonido de un silbato los alertó a todos.

            —¿Qué pasa aquí? —inquirió el coordinador de Deportes—. ¡Otra vez tú, Yan!

            —¡Estos montoneros que no dejaban a Rob en paz! A ver, de a uno a ver si…

            —¡No quiero excusas! A mi oficina, ¡ahora! Y ustedes, bola de zánganos, a dar veinte vueltas. A ver si eso les quita las ganas de golpear en grupo. Es la segunda vez esta semana. ¡Rob, párate tú también!, porque no pudiste defenderte. ¡Ya, ya, ya!

            —Yo, perdón… —intentó decir Maya—. No sabía que…

            Yan se volteó, se puso unos lentes oscuros y habló con sorna por encima del hombro.

            —Nos vemos, princesita, a la próxima mira bien a quién ayudas.

            Otro silbido lo hizo apresurarse hasta el coordinador y este le dio un ligero zape en la cabeza cuando pasó a su lado. Maya no sabía qué decir. Quería explicarle al profesor que ella se metió porque confundió la situación. Él la miró por encima de sus lentes.

            —Señorita, ¿qué hace entre estos salvajes? ¿No tiene clase de estadística?

            La campana de las 11 le recordó que se dirigía a su salón en el segundo piso. Ya no vio a Yan por ningún lado y corrió para que no se le hiciera tarde.

 

Durante toda la clase, no pudo apartar su mente de lo que había visto. Sabía muy poco del que llamaban la Bestia: «un bully que vestía de negro que tenía muy mal carácter. Siempre se andaba peleando y le cargaba la mano al pobre de Rob. Era su acosador personal», eso pensaba.

            —Oye, ¿supiste lo del equipo de beis? —preguntó su amiga que se sentaba detrás de ella mientras revisaba su teléfono—. Dicen que el mamón de Yan los fue a golpear a todos. Si me lo preguntas, se lo merecían. Todos son unos p…

            —A ver, allá atrás. ¿Están poniendo atención? —habló el profesor—. Ah, son Maya y compañía. Ustedes ya podrían saltarse la clase hasta el examen. —Se llevó una mano a la barbilla—. Me enteré de tu entrevista de hace rato… Mejor salgan por hoy, ¿va? Sirve que no me distraen a los demás.

            Nadie objetó, era sabido que ellas solo tomaban la clase por trámite. Solo una chica en el lado opuesto del salón las observó con pereza al salir.

 

El calor en el edificio era tolerable a finales de agosto. Maya y Sam habían bajado del segundo piso y caminaban sin rumbo fijo.

—Llevabas toda la clase distraída. ¿Estás bien, Maya?

            —Estoy bien, Sam, es solo que… lo que contaste de Yan, ¿sabías que él defendía a Rob del equipo?

            —Ah, ¿siempre sí entró? ¡Qué bien por Robi! Llevaba desde primero queriéndose unir. Pero los del equipo son unos idiotas.

            —O sea, lo raro es que Yan lo defendía.

            —Pues es que es como su perro, pero mal educado. Lo molesta siempre y nunca se le despega.

            —De seguro le copia las tareas y los exámenes. O le quita su lonche al pobre.

            —¿De qué hablas? Rob suele copiarle en los exámenes al mamón aquél. Y no lo hace porque no sepa. Yan hace estrategias para rolar el examen solo para demostrar que puede hacerlo.

            Maya se detuvo en seco y levantó una palma.

            —Espera, ¿me dices que ese bruto es el que pasa los exámenes?

            —Ay, amigui, desde secundaria ha mostrado ser muy listo. Sobre todo, en ciencias exactas como las mates y física. Él nunca ha reprobado, aunque… —se quedó callada de golpe—‍. Bueno, tú y él nunca coinciden ni por horario, así que es normal que ni lo topes. ¿Vamos a la cafe? Tengo hambre y solo desayuné medio changüich que te robé. —Se sobó la panza y alisó su uniforme que remarcaba su delgada figura.

            Mientras la seguía, se dio cuenta que sabía realmente poco de aquel bully.

 

El timbre del final de clases tranquilizó a Maya. Ahora debía ir a ayudar a servicio social. El viento de la temporada estaba por calmarla cuando vio a Rob y Yan caminando frente a ella.

            —Entonces, ¿te ayudo a entrenar o qué? —preguntó la Bestia y dio un golpe al hombro de Rob.

            —No me siento fuera de forma, solo un poco debilucho en comparación del resto del equipo.

            —¿Siempre dices tantas estupideces? Entonces, ¿cómo aguantas mis madrazos? —lo volvió a golpear.

            —O sea, no puedo lanzar bien. Tal vez no debí haber entrado… ¡Ay! ¿Qué te pasa? —‍inquirió con el ceño fruncido, pues seguía siendo maltratado en el hombro.

            —Eres zurdo, por eso te golpeo en el otro brazo. —Le hizo una llave al cuello a modo de juego—. Hoy no tenemos tarea, pocos huevos, vamos al parque a que practiques.

            Maya estuvo a punto de intervenir, pero cuando Rob fue soltado, estaba sonriendo.

            —Va, va. Hay que apurarnos, para que a ti no se te haga tarde.

            —Ey, tampoco, que no me gusta correr sin motivo.

            Ambos muchachos salieron en dirección al parque más cercano, dejando a Maya con una ceja levantada. «Sí parece un perro, pero uno muy molesto», pensó ella sin despegar la vista de Yan.



Les comparto el capítulo 0 de la novela de tragicomedia que estoy escribiendo. Espero les guste. En la Heroica Preparatoria Bachiller Igna...

Les comparto el capítulo 0 de la novela de tragicomedia que estoy escribiendo. Espero les guste.

En la Heroica Preparatoria Bachiller Ignacio Zaragoza, estudiaba un alumno apodado por todos como la Bestia. Conocido por la mayoría como un bravucón peleonero, por los maestros como un insolente, por sus asesores como un flojo y sus amigos lo idealizaban muy rudo y… peculiar. Todas estas imágenes distorsionaban la verdadera personalidad de ese alumno.

            Maya, la mejor alumna de la escuela, nunca se había topado de frente con él, pero el destino a veces es un desgraciado y, justo en su penúltimo semestre de la preparatoria, sus caminos se cruzaron.

Ella lo miró por primera vez como la mayoría lo veían: un buscapleitos demasiado fuerte.

            Sin embargo, la Bestia tiene mucho más en su corazón de lo que ella puede apreciar a primera vista… y la intriga la lleva a cambios en su realidad que no esperaba vivir ese último año de preparatoria.

El muchacho problemático y la estudiante modelo cruzaron sus caminos cuando toda su mente era un caos de preocupaciones y decisiones...




  Se dice que las deidades no deben interferir con los humanos, pero en la búsqueda de respuestas y propósitos, a veces no pueden evitarlo. ...

 

Se dice que las deidades no deben interferir con los humanos, pero en la búsqueda de respuestas y propósitos, a veces no pueden evitarlo.

Una muchacha estaba al borde de un peñasco, desde donde se veían las nubes abajo. Ella podía ver mucho más lejos. Su mirada se centraba en un chico que montaba en un dragón. Llevaba muchas armas consigo y una armadura demasiado ligera.

            Ella suspiró y dejó caer los hombros cuando una voz se oyó a sus espaldas.

            —Veo que no lo pierdes de vista. Qué humana te has vuelto, Quali.

            —No estoy de humor, hermanito.

            Un muchacho con un aspecto juvenil caminó hacia ella con un andar muy despreocupado.

El diosecillo se situó junto a ella. Su cabellera blanca y desarreglada le tapaba la frente. Iba vestido con una camisa clara y unos pantalones holgados. Iba descalzo y no hacía ruido alguno cuando pisaba.

            —Las cosas allá abajo se están moviendo, ¿verdad?

            —Y todo por mi culpa.

            —Hermana, seguramente padre lo desaprobaría, pero yo te entiendo. Tuviste que intervenir, aunque no debamos. Solo que ahora, va a haber un choque y no podrás evitarlo.

            —¿Y qué podía hacer? Con todo lo que sabemos. Tenía que hacer algo. Un niño que perdió a su padre por salvarlo a él, el dolor de perder a su madre por cosas que el pequeño no fue responsable. Era demasiado, le ayudé un poco para que su vida no acabara en esa tragedia y…

            —Y, por otro lado, una persona que ha vivido una eternidad de dolor. No ha tenido el consuelo de perecer e irse a la otra vida. No, no es fácil, hermana. Tenías que ayudar. Te entiendo. Sobre todo, porque cumple el mandato de madre.

La diosa no pudo contener más las lágrimas y apartó la vista. Le dio la espalda al peñasco y miró al cielo esperando una respuesta que no vendría.

            —Tal vez no debí actuar en primer lugar. Creo que el pequeño debió morir en ese momento.  Se hubiera acabado su linaje. Yo…

            —¿Lo dices en serio? Él ha hecho más bien que la persona promedio. —Señaló al horizonte—. Ha evitado tantas desgracias que no lo creería si no lo observara. Ha llevado justicia a donde ninguna autoridad podría haber intervenido. Te dignifica tan bien que parece que sabe que tú le ayudaste.

Su hermana no respondió. Suspiró y se acercó a ella con cautela.

»De todos los que quedamos, tú eres la que mejor entendía a nuestra madre Aionia. Estoy seguro de que ella te apoyaría.

            La chica volteó un momento y su mirada se dirigió al sur del continente.

            —Temo que las cosas se pongan muy violentas.

            —Oh, hermanita, esto será muy interesante de ver. Y lo que sea que decidas, o a quién apoyes, yo te respaldaré.

            La diosa no respondió. Su hermano iba a decir algo más, pero de pronto el borde de sus iris empezó a fulgurar de un blanco muy intenso.

            »Quali, no te quiero presionar, pero si quieres evitar una tragedia mayor de nuestros hermanos, los humanos, debes ir ya a los Reinos Gemelos.

            Los ojos de la chica voltearon a ver al norte del continente, se llevó las manos a la boca y tras unos segundos se aventó al vacío. Un dragón que surcaba los cielos la recogió al vuelo. La diosa materializó una espada y le indicó al dragón a donde dirigirse.

            El diosecillo se quedó a la orilla del peñasco. Esperaba que su hermana encontrara una respuesta, así como también la persona que decidiera bendecir.

            

  Estaba muy orgulloso de mi trabajo. El profe Edgardo me había hecho varias correcciones durante el año y ahora mi texto estaba listo. Era ...

 

Estaba muy orgulloso de mi trabajo. El profe Edgardo me había hecho varias correcciones durante el año y ahora mi texto estaba listo. Era una belleza, aunque lo tenga que decir yo mismo.

                Mi obra contaba con giros de tuerca, personajes elocuentes, ningún deus ex machina. Cada detalle que mencionaba era un ejemplo perfecto del arma de Chéjov. Contaba con introspecciones que te llegaban a tu núcleo y sacudían tu consciencia. En clase nos habían explicado la importancia de todo esto. Le había añadido sustancia, alma, pasión. No necesitaba cumplir con ridículas agendas como Carlos Cuauhtémoc Sánchez, ¡No, señor! Mi obra era emotiva y épica de título a punto final.

Tomé aire para seguir leyendo el capítulo final ante todo el alumnado. El profe Edgardo se acomodó sus mancuernillas y se sacudió una pelusa de la manga izquierda de su traje impecable. Llevaba sus zapatos italianos bien lustrados y estaba sentado al borde del escritorio. Ese día noté que se había peinado a la perfección sin usar una sola gota de gel.

A mi libro le había quitado seis capítulos innecesarios, que no conducían a un carajo. Los diálogos eran peleas sin cuartel, el final inesperado fue una idea de mi mejor amigo Luis. Le añadí letra capital al inicio de cada texto y, aunque el profe decía que no puliéramos tanto el escrito, pues la editorial lo haría de todas formas en caso de ser publicado, le añadí el carácter especial ligadura para que los puntos y comas no se saltaran de línea después de la raya.

                —¡Eres un capo, Mark! —me susurró Luis cuando vio cómo la sonrisa del profe se abría. Yo creo que ya aprobaste.

                No, yo estaba seguro de que pasaría con honores. El maestro nos había insistido en que estudiáramos sobre los signos de puntuación y reforzar nuestra lectura con obras maestras de literatura. “Nunca defiendan a estultos políticos en una columna de cuarta. Quiero que escriban textos de verdad”, algo así nos decía. Palabras más, palabras menos.

                Estaba en el párrafo final y lo leí con solemnidad, pues encajaba con el primero de la obra. Supongo que el profesor lo notó, porque fue a leer el principio de mi novela que estaba sobre su maletín y sonrió al tiempo que asentía con la cabeza. No solo eso, había hecho que el capítulo cero y el epílogo hicieran comunión. Mi obra era tan buena que seguramente Octavio Paz me hubiera prohibido publicarla. Incluso Gabriel García Márquez se la hubiera rob… Es decir, le habría hecho un homenaje. Suspiré al leer la última línea y dejé caer las hojas sobre mi pupitre como si hubiese hecho un drop the mic de un músico consagrado. Levanté la vista y el profe aplaudió mientras hablaba.

                —¡Chingón, cabrón! Chin-gón. De pinche diez tu trabajo pitero del principio. ¡Nambre, Marcos! Y yo que pensé que te iba a regresar a putazos a kínder para que te enseñaras a leer. Ahora sí me mostrastes que eres la última coca del desierto, eres la gran cagada, la que tapa el baño.

                Sonreí, era lo que esperaba.

                »Otss, a ver si esta pinche bola de pendejos te aprende algo en vez de estar tragando moscas. Sale pues, banda. Ahí nos vemos en el examen final. El trabajo del Marquitos me puso de buenas y ya no van a tener que mostrarme más. Tampoco ando de ánimos para leerme sus mierdas. Nos vemos el viernes, culeros. ¡Se lo lavan! Excepto tú, mi chipocludo. Tú ya ni vengas. Ya tienes tu cien y mi respeto.

                Nuestro ilustre maestro salió del aula y nos hizo la seña de amor y paz.



¡OTRO CUENTO QUE LES DEJO! Un pequeño y tétrico hombre de nieve se deslizaba temeroso por una banqueta. Venía huyendo de su cazador y no enc...

¡OTRO CUENTO QUE LES DEJO!

Un pequeño y tétrico hombre de nieve se deslizaba temeroso por una banqueta. Venía huyendo de su cazador y no encontraba como despistarlo. Un bastón de caramelo le rozó la cabeza y se desvió a un callejón para salir a una calle de los suburbios.

                Miró por la ventana de una casa y trató de hacerse escarcha para entrar por el borde del marco, pero le cortaron la inspiración cuando una shuriken de juguete le cortó su fea bufanda. El muñeco se frotó la nariz para pedir ayuda y corrió al frente de la casa.

                —¿A dónde crees que vas, espantajo? —gritó la chica que lo perseguía.

                El pequeño monstruo de nieve forzó la puerta y entró a una salita. En ella había dos sofás grandes, uno reclinable y un fuego de hogar a un costado. Además de una mesita de centro y un televisor enorme. En el lugar había tres niños jugando (dos muchachos y una niña). La más pequeña de ellas gritó a voz en cuello:

                —¡Son adefesios mágicos! ¡Vayamos por la abuela!

                Corrieron escaleras arriba y se perdieron de vista. El muñeco de nieve intentó ocultarse en algún lugar, pero la chica entró rápida como un guepardo y le aventó una tonfa que le atravesó el pecho. Al tiempo que se disolvía, el muñeco de nieve giró su cabeza 180°, tocó de nuevo su nariz y amenazó a su depredadora.

                —Vienen más, hija de los Claus. No podrás con tantos, aún eres una novata.

                Vanessa se ajustó el gorro de elfina de color negro y le espetó:

                —Puedo con toda la basura que me traigas.

                Apenas terminó de replicar cuando la puerta se abrió de par en par y la ventisca formó a una docena de monstruos de escarcha. Todos gruñeron al tiempo que se abalanzaron sobre la chica. Ella saltó sobre uno de los sofás y le dio una patada doble a uno de sus rivales. Dos más fueron vencidos cuando ella descendió con un split y los golpeó con sus tonfas.

                —¡No duden, mis muchachos! —gritó uno de ellos justo cuando la chica le aventó rompope caliente de su cantimplora y lo disolvió.

La lucha siguió por toda la sala y ella saltó a la escalera cuando uno de ellos intentó subir. Lo envolvió con papel de regalo y lo aventó al fuego de la salita. Por suerte, el papel era biodegradable y no soltó humo tóxico. Vanessa se sacudió las manos y se iba a guardar las tonfas en sus costalitos sin fondo cuando una señora de etnia hindú apareció en el rellano. Blandía una lanza con motivos navideños muy parecidos a los que tenían sus armas.

La tomó totalmente desprevenida, no tuvo tiempo de reaccionar cuando el arma se dirigió a su cabeza y le pasó por un lado. Un estallido de escarcha a sus espaldas la sorprendió y se dio la vuelta para ver cómo (ahora sí) el último muñeco de nieve se disolvía. Este levantó el dedo en medio antes de desaparecer.

La chica volteó a ver a su salvadora. Tenía un aspecto imponente, pese a estar en pijama con motivos navideños. La miró de arriba bajo y se detuvo en su rostro ahora amable.

—Yo te conozco… —dijo mientras enfocaba el rostro de su salvadora.

—Traje de elfina negro, incluido el gorro. Mexicana, ruda y chaparrita—. Soltó su arma y se llevó las manos a la boca asombrada—. ¡Oh, por todos los renos! Eres la pequeña de los Claus.

—¡¡Leya!! —gritó la chica y abrió los ojos de par en par.

La mencionada corrió a apapacharla y luego se apartó un poco mientras le sujetaba los hombros a Vanessa.

—Tu papá me manda fotos, pero no te hacen justicia. ¡Eres una monada, hija mía!

—No puedo creerlo —contestó Vanessa mientras una lágrima corría por su mejilla—. Eres la antecesora de mi padre. ¡Por Dios, qué bonita eres!

—Gracias. Pero, antes que nada, dime, ¿te encuentras bien?

—De maravilla. Sobre todo, después de que me salvaras.

—¡Bah! Eso no fue nada. Mis sobrinos me advirtieron del peligro y bajé tan pronto como pude. Tú ya habías solucionado casi todo. Dime, ¿quieres un chocolate caliente?

La antigua Claus invitó a Vanessa a la cocina y antes de empezar a hablar de su vida diaria llegaron los sobrinos. Ella, de hecho, era la tía abuela de estos. Después de presentarse, pasaron el rato hasta que los peque empezaron a cabecear.

 

Ya cuando los mandaron a dormir. Ellas se quedaron un rato a la barra degustando bebidas.

—Dime, haces esto todo el tiempo —quiso saber Leya.

—Siempre ayudo a papá. Estos rufianes que perseguí intentaron secuestrar familias en la parte de atrás de la plaza comercial. Como la chamba ha crecido, yo me encargo de las cosas que él no tiene tiempo de solucionar.

Leya la miró con ojo crítico, pero no dijo nada.

Vanessa empezó a contar anécdotas de todas sus aventuras y ya entrada la madrugada se disculpó para retirarse.

—Muchacha, antes de que te vayas —dijo Leya en el pórtico—, quiero aconsejarte que no se te olvide vivir tu vida. También es importante.

—No se preocupe. Antes de ser la sucesora de papá me preocuparé por eso.

—No te tardes mucho. Si me aceptas otro consejo, sugiero que también uses más tus puños y que uses los costalitos como método de defensa. Puedes devolver hechizos con ellos. Te servirá para tus peleas. Espero verte de nuevo.

Vanessa agradeció el detalle, prometió volver y se despidió a la carrera antes de subirse al trineo.

»Ay, muchacha —dijo Leya para sí—. Es muy evidente que tu papá no te dejará ser Santa Claus, porque ya dedicas mucho de tu tiempo. Espero que aprendas que la vida es más que solo deber.

Se ciño la pijama y se adentró a su hogar con una sonrisa en su rostro.



 Continúo con la saga de Relatos en Prosa con este cuento que espero les guste. Estaban por empezar los festejos decembrinos y Darien estaba...

 Continúo con la saga de Relatos en Prosa con este cuento que espero les guste.

Estaban por empezar los festejos decembrinos y Darien estaba preocupado por su ahora mejor amiga. Miró su reloj por segunda vez y ya era tarde. Se supone que ella no tardaría en arreglar lo de la beneficencia. Suspiró preocupado e intentó relajar sus anchos hombros cuando la puerta de la bodega se abrió.

            —Vaya, ¿me sigues esperando? Qué amable de tu parte, Darien —dijo Beca Russo—. Tranquilo, amigote, no me va a pasar nada.

            Ella iba vestida con un traje de Santa Claus de color verde y un gorro de color negro.

            —¿Cómo no me voy a preocupar? ¡El Coco anda afuera!

            —Y está humillado y roto. El pobre fue abatido por la mano derecha del anterior Santa. Apenas si se puede transformar.

            Darien negó con la cabeza y volteó a ver el trineo que seguía apagado.

            —¿Quieres irte ya? Tenemos que ir a checar la lista de niños buenos.

            —Pero solo nos falta Canadá. Será sencillo y rápido.

            Darien sonrió y le ayudó a subir a Beca para después encender el trineo motorizado.

            —Tu gorro me trae bonitos recuerdos, ¿sabes?

            —Lo sé. Lo uso en honor a Vanessa. Ella es mi heroína y quiero igualarla.

            La chica arregló su cabello castaño y se ajustó sus anteojos redondos.

            —Sabes que te puedes arreglar la vista con la magia de Claus, ¿verdad?

            —La Navidad no es perfecta, Darien. También los humanos somos imperfectos y eso es lo más bello para mí.

            Salieron del lugar en su trineo volador para enfrentarse al frío invernal.

 

Llevaban una media hora de trayecto cuando sintieron un golpe por debajo del vehículo. Darien presionó un botón de su pulsera y un traje verde parecido al de Beca lo cubrió por completo. Alistó su lanza con punta de cristal de hielo cuando vio aparecer a una chica de cabello platinado, con atuendo formal y cara monstruosa.

            —¿Quién eres tú, adefesio? —gritó Beca que inclinó el timón para descender a un bosquecillo.

            La criatura siseó como única respuesta y salió volando debido al cambio de trayectoria.

            —¿Descendemos? ¿Y si es una trampa? —preguntó Darien.

            —Estoy segura de que es una trampa, pero quiero enfrentarlo.

            El muchacho asintió. Sabía de quién se trataba y sujetó su lanza a una mano listo para atacar.

            —¿Vas a sacar tus armas? —quiso saber el muchacho a escasos metros del suelo.

            —Estoy segura de que contigo basta.

            El trineo se detuvo de la nada en posición vertical. El par de navideños bajó como si nada y sin previo aviso, Darien arrojó su lanza a la penumbra.

            Se escuchó un alarido de dolor y un hombre blanco con un abrigo felpudo salió con la lanza clavada en la pierna.

            —¡¿Qué rayos te pasa?! ¿No saludas ni nada? —gritó enojado el tipejo con cara de nefasto.

            De nuevo soy yo, su confiable narrador navideño.

            —Un gusto conocerte, Coco. ¿Es diminutivo de Socorro?

            —No empieces, muchachito —siseó el monstruo—. Se creen mucho por ser los sucesores de Santa.

El Coco creció al menos tres metros y estaba por lanzar un rugido cuando Darien lo alcanzó con el costado de su lanza y lo estrelló contra la pared.

—Vaya, tenías razón, Beca. Del Coco solo queda esta piltrafa. Soren sí que le hizo mucho daño cuando lo enfrentó.

—Tú eres el músculo y la estrategia, Darien. Te dije que no hacía falta que yo participara.

El Coco se carcajeó a duras penas y se levantó de entre la nube de polvo.

—¿Crees que con esos músculos y esa arma me podrás hacer algo? —dijo al tiempo que escupía un poco de sangre—. Te hacen falta muchos años para igualarte a…

Darien aproximó su lanza a la entrepierna del Coco y lo alzó dibujando un arco por encima de él para estrellarlo contra el suelo.

—Ay, Darien, no sé por qué tenía que fanfarronear —dijo sincera la chica.

El muchacho no perdió el tiempo y cuando el Coco se quiso levantar, lo clavó a la tierra del bosque con varios golpes de su lanza. El monstruo intentó murmurar algo, pero se quedó quieto mientras los muchachos subían de nuevo al trineo.

            Cuando vio que se alejaban, el monstruo alzó su mano y salieron del suelo en tropel una manada de sus timoribi, sus aliados que representan el miedo. Alcanzaron el carruaje a máxima velocidad y le pegaron por debajo. Uno de los esquís se soltó y el vehículo se sacudió con violencia.

            —¡Siempre son los esquís! —se quejó Darien y volteó por encima de su hombro—-. ¡No inventes, son demasiados!

            —Yo reparo el trineo. Si algo pasa, sigue al Polo Norte y allá nos vemos.

            Darien asintió, tomó el timón y la chica se colgó del de un costado del trineo para repararlo.

            Le tomó solo un instante pegar el esquí y cuando estaba por reincorporarse, un timoribus se sujetó de su brazo y la tiró a la nada.

            Darien volteó a verla, pero la chica solo asintió para recordarle su promesa y se precipitó al suelo. Los timoribi volaron hacia ella y detuvo su caída al desenvainar uno de sus sables de su vestimenta y clavarlo en el suelo. Se mantuvo erguida, de cabeza, a una sola mano hasta que los escuchó caer. Giró sobre sí misma como un trompo letal y se despachó a varios con un segundo sable que se había materializado en su otra mano. Se postró en el piso y sacó su arma del suelo. Se puso en guardia cuando el Coco se apareció frente a ella.

            —¿No le temes al Coco, novata?

            Beca se desvaneció y apareció frente a uno de los timoribus del monstruo y lo cortó por la mitad haciéndolo polvo.

            —Seré una novata, pero he aprendido mucho de las notas que me dejó la hija de James Fixer.

            Se precipitó contra el Coco y él alcanzó a ver un aura verde de pura magia alrededor de la chica y un fulgor naranja en sus ojos justo cuando desenvainó sus sables gemelos.

 

            Darien intentó comunicarse con ella una vez que llegó al Taller y estacionó con pericia el trineo. Soren se acercó con premura y lo miró preocupado.

            —¡Hola! ¿Me escuchas, Beca? Dime que estás bien —gritaba Darien a su comunicador.

            Del dispositivo no se escuchó nada. Ni siquiera estática. Darien estaba por subirse al trineo cuando escuchó una voz femenina a su espalda.

            —Tranquilo, amigo. Estoy más que bien.

            Beca estaba detrás de él. Se zafó de una sombra que estaba a sus pies y se le veía manchada de barro, pero sonriente.

            Darien y Soren la miraron con asombro. ¡Había salido de las penumbras!

            —Es un truco que aprendí del manual de Santa y sus aliados. A Jack-o'-Lantern le funciona muy bien.