Una conversación entre dos amigos. Espero les siga gustando. La calma que hay cuando la escuela se encuentra sola era de los momentos más ab...

Una conversación entre dos amigos. Espero les siga gustando.

La calma que hay cuando la escuela se encuentra sola era de los momentos más aburridos para el profesor Liam. Estaba recargado sobre el barandal afuera del campo de béisbol. Había dado ya dos sorbos a su licorera cuando escuchó pasos detrás de él.

—No sé si deba reportarte por traer alcohol a la escuela.

La voz de su amigo lo hizo voltear.

—Sabes que no tomo, Eric. No quiero ni debo. —Olfateó el recipiente como para cerciorase de sus palabras—. Esto, es jugo de manzana. —Sacó una cajetilla de cigarros de un rosa chillón y se la tendió a su amigo—. ¿Quieres uno?

—¡¿Qué te pasa, Liam?!

—Son de chocolate. Tú te lo pierdes. No traes buenas noticias. O sí, ¿bambino?

—No me gusta que tu muchacho se junte con mi muchacha.

El coordinador se desperezó y miró al cielo antes de replicar.

—Si por mí fuera, nunca se hubieran conocido, pero el destino es tan culero como David es pendejo.

—¿Cómo dices?

—A inicios del semestre, Maya se topó con Bestia después de ir a hablar con el director, tu amigo...

—¡El tuyo!

—... según entiendo, iba como alma en pena y escuchó el desmadre que había iniciado David en el diamante. Ahí vio que Yan intentaba calmarlo, solo que no lo sabía. Ella solo vio a Bestia despacharse a toda la bola. ¡Caray!, alcancé a ver cómo tu prodigio le hacía una llave y lo lanzaba contra esta reja. No sé quién estaba más sorprendido, si el muchacho o yo. No, ¡qué va! Cuánta técnica tiene la condenada.

—¿O sea que todo esto lo provocó David?

—Hey, colega.

—Me relleva con ese pendejo.

—Lo hecho, hecho está, ¿no? —Se dio la vuelta—. Pero mira lo que ha pasado con ambos. Él tiene menos ira, llega temprano a la escuela… y ella ya por fin encaró a aquellos.

—Y se ganó un reporte.

—Y bien ganado, ¡carajo! Me llena de orgullo la jodida influencia de mi muchacho. Así debería ser. Ni me mires así, Eric. —Le lanzó una sonrisa burlona—. Tú puedes arreglar esto. Siempre lo haces. Todo lo bueno en esta escuela es porque tú lo sabes resolver.

A pesar de ser un halago y la verdad, ese comentario le pesó al licenciado. Se cruzó de brazos, tratando de pensar.

»Tanto que me costó que Yan no se acercara a tu alumna modelo. Tiene a Gis y su Aquelarre y ellas lo mantenían al margen. Pero así es esto. Ojalá tu muchacha lo cambie para bien. Ojalá toda la condenada existencia de Yan retumbe.

—Es un poco voluble.

Un cigarro de chocolate fue llevado a su boca antes de que el coordinador replicara.

—¡Que llore, ría, se exalte y se conmueva! Que viva y deje atrás su pinche cáscara de odio. Ya le hace falta.

—Ajá, ¿y tu campeón podrá soportarlo?

Liam desvío la mirada. No dijo nada y sacó un segundo cigarro de chocolate. El silencio estaba por estancarse en ese lugar de la escuela.

»Te pido perdón, Liam. No quise decir eso.

—No, está bien. Él hace comentarios peores, créeme.

Después de un momento, el licenciado supo qué decir.

—Qué feo es el destino, colega. ¿Podemos hacer algo?

—¿Cómo qué, separarlos? ¿Para qué? Eso sería peor ahora. Que el destino sea el culero, no nosotros.

—Solo te pido que… —Suspiró.

—Te voy a hacer una oferta que no podrás rechazar. —Habló en una pésima imitación de Vito Corleone—. Yo les echo un ojo, para que a ti no se te suban los huevos a la garganta de tantos nervios. ¿Capisci?

Eric sonrió a su pesar y se relajó un tanto.

Después de despedirse, en ese solitario y silencioso rincón de la escuela, la aburrición del coordinador fue opacada por la preocupación que le oprimía de a poco las entrañas.



Era la cuarta vez que Yan bostezaba mientras esperaba la hora de karate. Acababa de dejar el taller y estaba sentado en el suelo junto a las...



Era la cuarta vez que Yan bostezaba mientras esperaba la hora de karate. Acababa de dejar el taller y estaba sentado en el suelo junto a las gradas del circuito de atletismo. Aunque el cielo estaba nublado, él se sentía seguro de que no llovería. Con su laptop sobre las piernas, se desperezó para concentrarse.

            Mila le hacía compañía. La jefa del Comité de Eventos tenía de frente también su equipo y esperaba que Yan le ayudara con su encargo.

            —¡Bestia, por favor! Quítate la laptop de ahí. ¿Que no sabes que te puede dejar estéril?

            Él sonrió antes de pasarse su computadora personal por todo el regazo.

            —Con la suerte que tengo, de seguro ya lo soy.

            Ella puso los ojos en blanco, pero sonrió antes de continuar revisando listas. Se acomodó sus dos trenzas a la espalda para después rascarse ligeramente detrás de la oreja.

            —Entonces… según los profesores, nos faltan uno o dos alumnos en los equipos de fut, beis, básquet y la delegación de karate.

            Yan bostezó antes de contestar. El letargo estaba afectándolo un poco.

            —Apúntame en todos.

            Mila se inclinó un poco con la boca ligeramente abierta y los ojos entornados.

            —¿Estás seguro?

            Él empezó a enumerar con los dedos.

            —Puedo tirar penales o entrar los últimos diez minutos a golear, puedo ser pitcher, jugaría solo el cuarto tiempo en básquet y de karate no te preocupes.

            —¿Todo eso? ¿Cómo que no me preocupe de karate?

            —Yo los entreno. Puedo pelear si les falta alguien.

            —Ah, cierto, cierto. Disculpa, Yan, se me pasa. —Se llevó una pluma a la boca—. Ojalá eso y tu labor en Brigada Escolar no te dejen exhausto. Dice el profe Liam que al equipo de atletismo le falta una persona. ¿A quién podemos poner?

            —Fácil. Manda a Robi, él puede.

            —¿No está en el equipo de beisbol?

            —Apúntalo. Y si no quiere, lo obligo.

            —No, no. ¿Y si le sufre por tanta actividad?

            —Mila, no manches, sufrí más yo con mi ex y aquí sigo.

            Ella hizo caso omiso del comentario y apuntó al muchacho a la vacante de atletismo. Se acomodó el fleco y notó que Yan tenía la mirada detrás de ella. Él se puso de pie de un solo impulso mientras mandaba la laptop a hibernar. Dio unos pasos de forma distraída.

            —Oye, ¿qué le pasa a la Princesita? —Tenía los ojos entornados para ver a la distancia que Maya caminaba arrastrando un poco los pies.

            —Creo que su profesor de Ética le levantó un reporte. —Sonrió con malicia sin que él la viera—. Dicen que le pondrá un cero y que tal vez le retiren la beca.

            La mirada de Yan ardía como una fragua al darse vuelta. Apretó los dientes antes de hablar.

            —¿Qué le pasa a aquel imbécil? No puede hacer eso. ¿Por qué se emperró?

            La chica había palidecido mientras daba un paso atrás.

            —Era broma, Yan, tranquilo. —Revisó su teléfono para leer un mensaje—. Lo encaró por corrupto y prepotente y… la expulsó de la clase. Tal vez solo está un poco perdida. Yo creo, creo que nunca le habían puesto un reporte. Se recuperará, puede presentar un examen para toda la materia. ¿Vamos con ella?

—No te preocupes. La clase de karate la animará o la calmará. Yo me encargo de eso.

Bestia relajó los hombros y respiró hondo varias veces.

            —Ay, Yan, que nadie lo sepa, pero me conmueves.

            Él solo gruñó y se sentó en la banca donde su amiga había estado. Concentrarse de nuevo le iba a costar mucho. Se rindió después de un instante.

            —Mándame todo lo faltante, por favor. Ahorita voy con Liam para encargarnos de esto. Mila, ¿crees que lo de Maya se resuelva? ¿Y si vamos y hablamos con…?

            Su amiga le dio una palmada en el hombro antes de sonreírle. Su calidez hizo que se calmara por completo.

—Estoy segura de que ya se adelantó. En el ajedrez y en esta escuela, siempre debes tenerle confianza a la Reina.



  La semana del seis de octubre empezó bien. Maya había ayudado a Yan en la panadería y en el Parque de los Héroes. El mal humor de Bestia l...

 La semana del seis de octubre empezó bien. Maya había ayudado a Yan en la panadería y en el Parque de los Héroes. El mal humor de Bestia le parecía razonable por momentos y conversaban más, sobre todo de la escuela. Ella creyó que su influencia obró para bien en su persona y tal vez dejara de ser tan bravucón. Todo fluía mejor, incluso él le hizo una broma sobre la clase que ella preparó el viernes. “Sé que no fue tu intención azotar a David dos veces, pero un estatequieto más suave lo hubiera hecho emperrar”.

            Y hablando de eso, así se sentía Maya en ese momento. El director la había mandado llamar para el segundo módulo y de nuevo ella recibió una respuesta negativa a su petición de un papel membretado con firma. Ya en la quinta clase, el maestro de Filosofía se había enfrascado en una discusión educada, pero tenaz sobre la mejor manera de repasar la clase. Él insistía en plasmar en planas muchas veces las respuestas incorrectas y ella prefería que estudiaran en grupos, con correcciones de colega a colega. El docente salió echando llamas por los ojos, pues había perdido por unanimidad. El maestro de Ética, sin embargo, parecía estar preparado para una revuelta.

 

Él había llegado con premura y apenas terminó de pasar lista, se alació su tupé y miró, con la maldad asomando su semblante, a todo su alumnado.

            Una lluvia de preguntas con respuesta ambigua hizo caer a los más listos del salón. Ignoró a Maya y a su mejor amiga, pese a que levantaban la mano. Cuando Zaza fue señalada, ella lo miró con aburrimiento y un encogimiento de hombros.

            —No cabe duda, son una bola de jumentos. ¿Así quieren participar en los Juegos? Salta a la vista que van a reprobar si no pueden responder unas simples preguntas. Una mente podrida, en un cuerpo holgazán… ¡Qué desperdicio de juventud!

            —Profe, ¿no cree que pasemos el examen? —preguntó un muchacho al frente.

—Si quisieran pasar, pues mi auto requiere de unos rines nuevos. O si se cooperan entre todos para una buena botella de vino… digo, por si quieren… Ah, Maya, veo que tienes la respuesta. —Cedió por fin y la señaló al fondo del salón.

            Ella se había puesto de pie en una reacción provocada por la ira. La gelidez en su voz le pareció extraña cuando habló. Ya había tenido suficiente por ese día.

            —Los sobornos están prohibidos, profesor.

            —Era una broma, tranquila. Las mujeres siempre exageran. Dime, ¿tienes la respuesta?

            Maya Apretó los puños y endureció su mirada antes de contestar.

            —Kant…

            —Ni cerca. ¡Ja! Si la mejor alumna no tiene ni idea, no me imagino cómo estarán el resto de as…

            —Kant decía que una acción es moralmente correcta si se hace por sentido del deber y no por interés propio o egoísmo.

            —¿Eso qué tiene que ver con…?

            —No veo el objetivo de que usted nos esté enseñando mientras nos humilla. Y la verdad, no nos interesa que no tenga rines nuevos o una botella de alcohol.

            —Siéntate, Maya —dijo y se dio la vuelta—. Esta generación ya no aguanta una bromita.

            —Esta generación vino aquí a estudiar porque se pagó una colegiatura, no a recibir los insultos y los desplantes de un licenciado frustrado.

            El profesor dejó caer el plumón que tenía en la mano y se negaba a voltear. Todo mundo alternaba miradas entre los dos frentes.

            —No te oigo, Maya. Una niña como tú qué va a saber de nada. Poco me importa la opinión de una chiquilla consentida.

            —“Un pedante es un estúpido adulterado por el estudio”, decía Miguel de Unamuno.

            Como si le hubieran aventado una pedrada, el profesor volteó con los ojos muy abiertos y sus labios dibujados en una línea delgada.

            —¿Me llamaste estúpido? —dijo apenas con un hilo de voz.

            —Y frustrado —agregó Sam—. No se le olvide que…

            —¡Cortés! ¡Sálgase del salón y vaya a Coordinación ahora mismo! ¡Vega! —El fuego y la rabia en sus ojos brillaban al enfocar a Maya—. ¡Vaya por su reporte y queda expulsada de mi clase!

            Con el orgullo en la cara y el marchar de una fiera, la mejor estudiante abandonó el salón. Zaza la miraba de reojo mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa.

 

Ya afuera, con el viento azotando su rostro, la ira no era más que una llama leve que chisporroteaba en el pecho de Maya. Sam prácticamente la iba jalando. «¿Mi primer reporte y me expulsan de la clase?», era el pensamiento que azotaba la mente de la alumna con historial impecable.

            No tardaron en llegar a la prefectura, en el primer piso de Coordinación. Sam la ayudó a sentarse en un sofá viejo y el caos en su mente no le permitió escuchar a la secretaria, a su izquierda, hasta que una voz la sacó de su ensimismamiento.

            —Caray, bonita, ¿qué haces aquí?

            Maya tardó en darse cuenta de que la voz le pertenecía a Gis sentada justo a un lado. Ella revisó su celular apenas un mensaje lo hizo vibrar.

»¿Te peleaste con el idiota de Ética?

            —Le reclamó por corrupto y lo llamó estúpido. —Sam tenía los brazos cruzados y una sonrisa de oreja a oreja.

            Maya no atinaba a decir palabra. Su cuerpo se sentía desconectado de su mente. Después de un momento de meditar, pudo dar con el habla.

            —Me harté de que nos tratara como basura y le alcé la voz.  

            —Ay, bonita. ¡Qué bueno! Mira, aquí, cerca de los huesos de tu cadera, están tus ovarios. ¿Ubicas? Te los presento, acabas de usarlos para encarar al profe.

            Aunque sabía que estaba bromeando, a Maya le costó encontrarle gracia. La carcajada de Gis estalló e hizo eco en la prefectura. La secretaria tampoco tuvo éxito en fingir seriedad. Después de un rato, la señora puso suma atención para redactar el reporte y tenerlo listo para imprimir. En ese momento llegó el siempre arreglado profesor Eric. La secretaria habló primero.

            —Buen día, licenciado. Llega temprano a sus deberes.

            —Buen día, Rosita. ¿Qué acontece?

            —No mucho. Solo que a su protegida le levantaron un reporte.

            Su mirada se posó en Maya cuando dio vuelta. No se inmutó.

            —¿Qué pasó? ¿Por qué están ellas aquí?

            —Maya está aquí por decirle licenciado frustrado y estúpido al profesor de Ética.

            —¿La reportaron por decirle la verdad?

            —¡Profesor Eric! —gritaron todas a coro.

            —De acuerdo. ¿Puedo ver el reporte antes de que lo imprimas?

            La calma con la que el profesor leyó todo y luego se incorporó desesperaron a Maya.

            —¿Qué le van a hacer a mi bonita? —La voz de Gis sonaba crispada, como un cristal que se acaba de romper. Su cara no denotaba nada.

            El profesor se giró hacia Maya y al acomodarse las gafas habló.

            —Pues expulsada estás, pero no te preocupes, hija. El temario te lo sabes de memoria. Un examen a título de suficiencia debería bastarte. ¡Caray!, no me esperaba ver a tres alumnas aquí. En mis tiempos las mujeres eran serias, no había punk.

            —Licenciado, entendí su referencia, pero ¡por favor! Para nuestra edad, en esos tiempos solo había punk.

            —Es verdad, Rosita. En fin. —Se arregló las mancuernas de su traje—. Maya, Sam, Gis, se pueden ir.

            —La señorita Castillo está aquí por otra razón. Igual de absurda, si me lo permite.

            —Gracias por la aclaración. Ahorita hablamos, Gisela. —Carraspeó ligeramente—. Maya, prepara al equipo y el plan para los Juegos. Nos vemos aquí al rato.

Maya había estallado, la influencia de Bestia también había tenido efecto en ella. Se despidió con una seña de mano mientras Sam la guiaba hacia fuera del edificio.

 

El profesor Eric se quedó plantado frente a la puerta para ver a su asesorada desaparecer de su vista. La voz de la asistente lo devolvió a la realidad.

            —¡Bueno, ahora sí se lio! ¿Qué vamos a hacer?

            —De momento, llámale a la subdirectora. —Se ajustó el traje para después llevarse una mano a la sien.

            —Ya llamé a la caballería, profe. —Era la voz cantarina de Gis, quien seguía esperando su reporte.

            —Ese pelmazo va a hacerle perder la beca y la racha perfecta a la niña. ¿Tiene algún plan, licenciado?

            Mientras su mente maquinaba a toda prisa, le llamó la atención que se acercaba Kira, la presidenta de la Mesa del Alumnado. El paso y el porte de los que saben mandar la acompañaban.

            —Sí, Rosita. Se me acaba de ocurrir uno.



El reloj marcaba las seis de la mañana y Yan ya se había levantado. Hizo toda su rutina de ejercicios de ese día y antes de meterse a bañar,...

El reloj marcaba las seis de la mañana y Yan ya se había levantado. Hizo toda su rutina de ejercicios de ese día y antes de meterse a bañar, revisó sus signos y los anotó en su bitácora. Cuando estuvo satisfecho, entró a ducharse con agua helada para estar alerta.

            El trabajo en la cocina sonaba como un campo de batalla y cuando terminó, metió dos almuerzos al refrigerador con una nota pegada. Sacó su teléfono para mandarle un mensaje a su mamá y salió de la casa con el aire matutino que saluda a los madrugadores sabatinos.

            En el camino vio en la otra acera una centella pasar y dedujo que era Sam. Por la velocidad que llevaba, supuso que ya estaba lista para competir en los Juegos Interescolares. La sola idea de correr a esa velocidad le causó disgusto y continuó con su caminar relajado para llegar a su compromiso del fin de semana.

           

Se colocó la redecilla y se ajustó su gorra. La sombra de los árboles cobrizos le daban una imagen de postal de otoño al santuario donde repartían la comida. Cuando se acercó a acomodar las ollas al atrio trasero, chocó con alguien y se disculpó.

            —No te preocupes, Yan, estoy fuertota. —Maya hizo resaltar sus bíceps y continuó con sus deberes.

            —¿A qué hora llegaste? —Inquirió con un deje de sorpresa y miró a las pocas personas que deambulaban entre las jardineras.

            —Hace como una hora, más menos —contestó mientras se limpiaba las manos en su delantal e iba por más cazuelas.

            La eficiencia con la que Maya trabajaba lo dejó sorprendido. Podía cargar cosas pesadas, limpió a conciencia el área y ayudó a sazonar algunos platillos. Ya tenían todo listo cuando empezaron a llegar los primeros beneficiados de la caridad para el desayuno.

 

Yan había jalado a su mesa a Maya para que se sentara con las mujeres con las que él se llevaba mejor. Ahí, a la sombra de los árboles, la empezaron a bombardear de preguntas. Varias veces tuvo que aclarar que no tenía novio, a qué escuela iba y por qué empezó a auxiliar ahí.

            —La estudiante modelo siempre está dispuesta ayudar —aclaró Yan a medio bocado.

            —Pus qué bueno que vino —comentó la matrona del grupo—, porque don Barín nunca se acerca a hablar o comer mucho y con ella hasta se formó dos veces.

            La señora señaló con una cabezada a un adulto mayor con el cabello totalmente blanco. Yan observó que aquel individuo se levantó a tomar agua, alzó sin esfuerzo el garrafón a una mano y con la otra retiró el que estaba vacío. Cuando acomodó el que estaba lleno, se limpió las manos en un chorrito de agua y se peinó sus pobladas cejas. Antes de volverse a sentar, miró de reojo a donde estaban ellas.

            De entre todas sus peculiaridades del señor, Bestia llegó a notar que rara vez se formaba para la comida, pues siempre llegaba al final para pedir lo que sobraba y no hablaba con nadie. Al menos hasta ese día, cuando con un mar de conversación, inundó de palabras a Maya. La señora encargada, le tuvo que recordar que avanzara.

            —Bueno, Mayita, ¿qué todo haces en tu tiempo libre? —preguntó Sara, la más joven de esa mesa.

            Yan se sorprendió de todo lo que no sabía de su compañera. Su mamá casi no estaba en casa, así que ella, junto a su padre, experimentaban en la cocina o veían deportes; leía decenas de libros de literatura cuando se lo proponía; se le facilitaba aprender idiomas; era fanática de dibujar, pero no de colorear —eso lo hacía Sam—; el pop y las baladas a todo volumen en su cuarto le alegraban las noches y se consideraba buena bailarina; la pera de boxeo de su habitación la había cambiado dos veces mientras estaba en la prepa y, para finalizar, declaró que se lamentaba de no poder acompañar a su mejor amiga a los videojuegos en su tiempo libre. Ese listado le pareció tan abrumador que sintió una ligera incomodidad en el pecho.

            —¿A poco te queda tiempo en el día? —inquirió la matrona—. Bueno, gracias al cielo estás aquí ayudando.

            «La juzgué muy pronto», aceptó Yan de mala gana. A pesar de que había etiquetado a Maya de prejuiciosa, él también se había guiado de los chismes y de la imagen escolar de ella. El nudo en la garganta evitó que se sirviera más y se levantó de la mesa después de excusarse.

 

En menos de tres horas, habían dejado limpio y preparado el lugar para la hora de la comida. El político en turno que se hacía propaganda fuera de época de campaña ya había llegado. Traía consigo un montón de platillos de los que se jactó que un chef los había cocinado. Su equipo escogió a la gente sin hogar que se vería mejor para la foto y los acercó a él para su imagen pública. Yan se sintió asqueado.

            —Pues ya acabamos aquí, princesita —habló con enfado—. Si quieres…

            —Yo me la llevo —terminó Gis, que lo había sorprendido—. Toda su gente va a limpiar, ¿no? —musitó y señaló al grupo que había llegado.

            Yan dio un sobresalto y casi tira una de las sillas.

            —¡¿Qué te pasa?! —gruñó Bestia. —Casi me…

            —Perdón, fortachón. No fue mi intención. —Jaló a Maya de un brazo y le ayudó a quitarse la redecilla—. Si me permites, tenemos cosas de chicas para hacer hoy.

            —Nos vemos, Yan. Buenas tardes —se despidió Maya.

            —Buenas tardes —alcanzó a decir—. Nos vemos mañana… si quieres —musitó.

            Observó a su mejor amiga llevarse a su colega hasta que se perdieron de vista entre las jardineras del santuario.

            Se caló la gorra y se colocó como atalaya para evitar que los lamebotas del político rompieran algo o, en el peor de los casos, se embolsaran alguna cosa.

 

La rutina del domingo fue parecida al del día anterior, solo que esta vez se empecinó en estar más temprano que Maya. Y pese a todo, no lo consiguió. La chica ya llevaba un cuarto de hora en labores cuando él llegó con la redecilla ya puesta.

            Ese día, don Barín fue el primero en formarse a la fila y Maya, que repartía el pan o las tortillas, se enfrascó en una conversación involuntaria con él. Yan vigiló desde su lugar al inicio de las mesas.

El anciano le inquietaba, se había aparecido la última semana de agosto y nadie en el pueblo le conocía. A pesar de que ahora hablaba con Maya con soltura, al inicio de su estadía parecía que ni siquiera dominaba el idioma. Antes de retirarse a comer a una jardinera, se fijó en que su piel estaba bronceada, pero limpia, hasta sus uñas parecían pulcras. Cuando se sentó y cruzó las piernas, un detalle le pareció peculiar a Bestia y lo hizo dudar de su indigencia: el calzado del señor era unas botas marrones demasiado pasadas de moda y de aspecto lujoso.

Formado para la repartición de fruta, Don Barín se quedó de nuevo a platicar con Maya. El enfado de la matrona era evidente y se disculpó con torpeza antes de agregar:

—¿Seguirás viniendo, muchacha? —sonrió y las arrugas surcaron su rostro.

—Solo si usted promete ya no rezagarse cuando repartan comida.

—Desde hoy prometo por mi corazón que ya me formaré en cuanto pueda. —Se despidió con una sonrisa al ver que la matrona se acercaba con paso presuroso.

 

Maya estaba a punto de empezar a limpiar cuando vio que decenas de manos se sumaban a ayudar. Una marea de gente había aparecido en el atrio y antes de poder reaccionar, Yan la tomó del antebrazo con sutileza.

            —Hoy es domingo, princesita, el día más ajetreado para esto —explicó él—. Mucha gente viene por tradición, culpa o deber espiritual.

            Ella entendió al instante y se quitó su delantal y red del cabello. Yan fue a despedirse de la señora y se marchó con su compañera mientras aumentaba el mar de gente.

            —La última vez, te quedaste hasta la comida. —Inclinó la cabeza para verlo mientras andaban.

            —Esa vez iba a pasar mi madre por mí y me quedé hasta entonces. Cambiando de tema, se la jugaste al viejo. Ahora, estés o no, va a formarse siempre.

            —Yo creí que nos íbamos a quedar para la otra ronda para ver que cumpliera su promesa.

 

Andaban bajo un cielo nublado y una posible amenaza de precipitación. Aún no se presentaba el aroma a petricor, pero Yan estaba seguro de que llovería. El agua no le preocupaba, pero lo que había visto en esa semana junto a su compañera, lo desconcertaba ligeramente.

            Yan sentía la presión de una disculpa queriendo salir de su boca. En sus primeros encuentros no le había dado un buen trato. Inspiró hondo, pero Maya habló primero.

            —Oye, debo decirte algo. —Ella lo detuvo con el dorso de la mano—. Quiero disculparme. Aún hay algo sobre ti que no puedo descifrar. Yo… —tragó saliva— tenía muy mala imagen de ti. No quería ofenderte, pero estaba tan enojada. Pensé que eras un bravucón, desalmado y grosero.

            Yan se quedó pasmado. Él también estaba a punto de decir algo parecido. Relajó los hombros antes de replicar.

            —Que no se te quite esa idea de la cabeza, princesita. Me rebajas mi imagen de chico duro. —Una alarma sonó en su teléfono y abrió los ojos—. Y no dejes ir ese enojo, te servirá para la escuela y lo que tengas que hacer.

            Ideaba una excusa para ir con su madre cuando la voz de Sam interrumpió sus pensamientos.

            »¡Qué puntual es tu sombra! Bueno, nos vemos mañana.

            —En la escuela tú también pareces mi sombra en las mañanas —dijo y chocó su hombro con él. Le sonrió sincera y se despidió con una mano—. ¡Nos vemos! Nada de que no estás de humor y no vas.

            Ese día, pese a estar tan alerta, Bestia no esperaba ese gesto o que le alegrara la idea de un lunes de escuela. 



 ¿Sabían que una migraña puede quitarse el sueño? Yo no... Capítulo 11   La mañana había sido especialmente difícil. El dolor de cabeza del ...

 ¿Sabían que una migraña puede quitarse el sueño? Yo no...

Capítulo 11

 

La mañana había sido especialmente difícil. El dolor de cabeza del día anterior la atenazó de nuevo en la noche y la dejó dormir poco. Trató de despertar con dos tazas de té que no le ayudaron en lo absoluto. Se había preparado el almuerzo y dejado listo el de su papá cuando salió de su casa. Su andar en la escuela era pesado y arrastraba los pies. Solo pensaba en lo difícil que se le haría el día.

            El croar de una rana, su sonido para los mensajes, la despertó.

            «TGIF, amiga! Quita esa cara de momia», rezaba el mensaje.

            Estaba por alzar la vista para buscar a Sam cuando la sorprendió con un abrazo por el costado.

            —Qué raro es verte sin tu Caballero Negro. No me les acercaba para no hacer mal tercio —aclaró una pregunta que Maya no había hecho.

            —Perdón, no estoy de humor.

            —Lo sé. Ayer me contaste de tu cliente “predilecto”. Pinche gente jodida que…

            Maya la cortó con un ademán, pues le molestaba que dijera groserías.

            —Creo que iré al rato con la trabajadora social. No me siento bien. Te alcanzo en el salón.

            Sam la miró preocupada, pero se despidió con la mano y se adelantó. Maya acomodó las cosas de su casillero y no vio a Yan por ningún lado.

«Si está tan mal como yo, espero que ya haya ido por una pastilla», pensó en su compañero y azotó la puerta de su casillero para seguir con su andar convaleciente.

 

Para la tercera hora, era obvio hasta para el profesor de Lengua Extranjera que Maya no se encontraba bien. Detuvo la clase y le pidió a ella que se dirigiera con la trabajadora social para que la revisara. Todo el alumnado volteó a ver cómo se retiraba del salón.

            “De tarea, página ochenta del libro, Maya”, alcanzó a escuchar a sus espaldas.         

Sus piernas la llevaron en automático hasta donde debía. Para su jaqueca recibió la tradicional pastilla de empaque verde con blanco. Se retiró para andar por la escuela sin rumbo. Apenas había dado unos pasos al norte cuando sintió en su muñeca la sujeción firme y delicada de una mano.

            —Oí que estabas mal, pero no tanto.

            —Sí me siento peor de lo que creí.

            —Acompáñame al gimnasio principal.

            Maya no se había dado cuenta que Vika la guiaba de la mano hasta que alzó la vista. No protestó y caminó hasta su destino.

            Apenas llegaron, la capitana de Voleibol dejó la puerta un poco abierta para que entrara luz natural y fue a apagar todas las luces del gimnasio para que la oscuridad brindara alivio. Regresó con dos tapetes para ejercicios que acomodó juntos. Se quitó los tenis y le indicó a Maya que hiciera lo mismo con una seña.

            —¿Me puedo recostar ahí? —preguntó con voz monocorde.

Plantada en el centro de uno de ellos, Vika habló con una firmeza casi marcial.

            —No aprietes los párpados, Maya. —Le dio un golpecito en la frente con un dedo—. Relaja esas cejas y suelta la quijada. —Le tocó con tiento la mandíbula y la sostuvo de los hombros—. Dice Yan que practicabas aikido, ¿no? Entonces sigue mi guía.

            Vika empezó con movimientos circulares como si el aire fuera palpable. Su compañera la siguió con una paciencia casi ritual. Hicieron movimientos pretendiendo que desviaban golpes, patadas, flechas y un sinfín de amenazas que no estaban ahí. Maya se dejó llevar por esas formas hasta que lo hizo casi en automático.

            »Respira con calma. Si tienes sinusitis o te empieza a doler la frente, me avisas.

            Siguieron con la forma marcial hasta que Maya empezó a sentir alivio en su cabeza, la calma se extendió hacia su abdomen y al final hasta sus piernas. Estaba por terminar cuando notó que Vika fluía como el viento.

            —Gracias. Ya me siento…

            —Pinche Yan, ¡que no mame! —Habló con furia mientras sostenía su teléfono—. No le entiendo a su pendejo video. No sé qué sigue.

            Toda la gracia que había despedido la capitana se desvaneció en ese momento.

            »Como sea. ¿Sabes estirarte en el piso? A ver, imítame.

            Se sentaron y pusieron sus piernas al frente, flexionaron la izquierda para que la planta del pie tocara la rodilla de la derecha e inclinaron sus torsos hacia adelante hasta que sus cabezas descansaron.

            —Y ahora respiro hondo —dedujo Maya y así lo hizo.

            Contó varias veces mientras inhalaba y exhalaba hasta que el mundo onírico le dio la bienvenida y se sumergió en una paz reconfortante.

 

Unas voces la devolvieron a la realidad. Reconoció al instante los zapatos lustrados del profesor Eric cuando abrió los ojos.

            —¿Y qué changos esperaba que hiciera? —alzó la voz Vika—. La Llorona tenía mejor aspecto que ella.

            —No te estoy regañando, Vika. Te estoy diciendo que me hubieras avisado.

Maya se reincorporó y vio que a su lado estaba Gis, cruzada de piernas y con una sonrisa gentil.

            —Dormida eres más bonita, amigui.

            Se llevó una mano a la frente y se preguntó cómo es que había estado recostada de espaldas. La capitana de voleibol respondió a la pregunta que formaba su mente.

            —Cuando te quedaste dormida, esta mensa estaba de chismosa en las gradas. —Vika señaló a Bella—. Y dijo que te recostáramos como se debe. Yo le dije que una puede estar así por horas, pues el cuerpo está relajado. Nada más que aquí el licenciado Preocupón se sacó de pedo porque te dejamos dormir.

            —Solo digo que quería saber dónde estaba —trató de excusarse el profesor.

            —Como sea, ¿ya como nueva?

            Maya no alcanzó a contestar cuando Gis le acercó una pastilla de menta. Dejó que refrescara su aliento antes de hablar.

            —Sí. Me siento bastante mejor.

            —Ah, qué bien. —Se relajó el profesor—. Sam ya está ayudando en tu lugar. Solo que el profesor Liam te está buscando para que suplas a Yan.

            —¿No vino a la escuela? —Alzó una ceja.

            —No estaba de humor y no quiso venir —contestó Bella con la cara apoyada en una mano.

—No tienes que hacerlo si no quieres, Maya —continuó el maestro—. De todas formas, Liam me debe…

            —No. Sí puedo. Tengo buena memoria. —Se reincorporó sin esfuerzos—. Observé toda la sesión y puedo ejercitarlos en lo que llega su sensei. ¡Esperen! ¿Qué hora es?

            Los tres se miraron cuales cómplices. Vika puso los ojos en blanco, Gis lucía una sonrisa divertida y se tapó la boca. El profesor carraspeó antes de contestar.

            —Dormiste tres horas, Maya. Tienes una hora para comer.

 

El gimnasio estaba preparado para recibir a todos los karatecas. Lucas, la mano derecha de Yan, había ayudado a Maya para dejar todo en su lugar. A ella le habían facilitado una casaca limpia que tenía el maestro Liam. Vestida con el uniforme y con los ánimos renovados, estaba lista para suplir a Bestia en sus dominios.

            Los aprendices estaban a punto de practicar las primeras llaves cuando la serenidad la cortó la irrupción del profesor Liam. Llevaba casi a rastras a David quien le discutía algo. Lo empujó al centro de la lona y se cruzó de brazos.

            —No le veo caso a estar aquí si no está Bestia —gruñó el muchacho—. Se supone que practico para partirle la cara.

            —Eso quisieras —replicó el profesor—. Bambino, estás aquí para aprender control. Ahora sigue las instrucciones de la chica para que no te agarre frío el sensei.

            —Pfft. ¿Qué me va a enseñar esa morra?

            —¡David! —gritó Lucas—. Ya que estamos en una clase normal, ¿no vas a retar como de costumbre al sustituto del maestro? En este caso a la maestra Maya. —Un brillo de maldad se asomó a sus ojos.

            —No hace falta una pelea —empezó a decir ella—. Además, no creo que…

            —Dale, niñita. —Se movió al centro de la duela y empezó a sacudir las piernas para calentar.

            El profesor Liam le lanzó una mirada de conformidad a Maya y dio una cabezada para alentarla. Lucas le indicó a ella que avanzara y él se fue a un costado a fungir como réferi. Toda la clase se movió al perímetro para observar. Ella no alcanzó a hacer la reverencia cuando David se fue de frente con un puñetazo a profundidad.

            Los aprendices contuvieron la risa cuando la parte alta de la espalda del muchacho azotó contra la lona y sus piernas se levantaron en el aire. Lucas alzó la voz.

            —Bueno, David, espero que eso te enseñe a…

            —¡No he terminado! —bramó y se lanzó al ataque ahora con una patada.

            El retador dio tantas vueltas que alcanzó a tocar el suelo de la duela. Se levantó sujetándose la cabeza y con un tambaleo en su andar. Dos chicas lo empujaron de nuevo al ruedo.

            —Yo no me arriesgaba a una tercera, amigo —sugirió Lucas que estaba listo con la mano levantada para indicar otro combate.

            David se dio dos palmadas en la cara para conectar de nuevo con su mente cuando vio a Maya, en la misma postura que Yan lo retaba. Alzó una mano para pedir tregua y se derrumbó. Con la calma de un verdugo ceremonial, el coordinador de Deportes se acercó al muchacho que yacía derrotado y con la humillación en la cara.

            —Mira, muchacho, te recuerdo que la última vez no pudiste conectarle ni un golpe a Yan. Pero esa chica —musitó y señaló con un pulgar— le hizo una llave y lo lanzó contra la reja sin que pudiera levantar guardia. Así que te vas a portar bien, ¿capisci?

            Lucas lo ayudó a levantarse cuando el profesor se despidió. Maya no dijo nada, solo puso los ojos en blanco. Iba a continuar con la clase cuando escuchó una risa cantarina en las gradas. Zaza, la chica que siempre observaba con ojo crítico en su salón, estaba cruzada de piernas mientras el resto de su cuerpo se sacudía con una carcajada que amenazaba con estallar.

 

La clase ya había terminado y Maya se dirigió a la parte trasera del gimnasio para lavar y devolver su uniforme. Rara vez había escuchado a Zaza formular palabra, pero ahora no dejaba de burlarse de los desplantes y errores de David mientras la acompañaba.

            Pasaron junto al profesor Liam que tenía corriendo a Rob sobre una caminadora mientras se quitaba una mascarilla de oxígeno.

            —No le veo caso a todo esto —refunfuñó, pero no se detuvo—. ¿Para qué tantas cosas, profe?

            —Los deportistas de alto rendimiento se monitorean lo más posible. Deberías conseguirte una de estas. —Señaló una pulsera inteligente en su muñeca—. Es más útil de lo que crees.

            Rob resopló y colocó sus manos en los sensores de la máquina para que marcara sus signos. Maya se admiró que la caminadora marcaba diez kilómetros y él no relajaba la marcha.

 

El fresco de la tarde lo sintió en la cara y en las piernas apenas salió del gimnasio. Zaza seguía listando todo lo que le pareció gracioso de la sesión de karate. Maya asentía a cada comentario o se reía ligeramente.

            —Ay, Maya. Últimamente eres más divertida. —Zaza negó y agachó la cabeza—. Esta nueva cara tuya me cae mejor.

            Ella no se sentía muy diferente. Pensó que seguía siendo la misma chica.

            —¿Gracias? O sea que antes te caía mal.

            —¡No es eso! Okay, vine a agradecerte por lo que dijiste en…

            Un croar les cortó la conversación. Maya revisó su teléfono para ver un mensaje de un número desconocido: “Mañana nos vemos en el santuario, princesita. Lleva redecilla de cabello”. “PD. No te enojes con Sam, me pasó tu num”, rezaba un segundo mensaje.

            Maya sonrió y Zaza a su lado se tapó la boca, pero la risa asomaba en sus ojos. Le dio un empujoncito con el hombro.

            —Me tengo que ir. —Se despidió con la mano y echó a andar con un paso ligero.

            —¡Nos vemos el lunes! ¡Y sigue así, chica! —gritó Zaza a sus espaldas.

            Ese viernes, que amenazaba con ser difícil, había sido aligerado de la mejor manera para ella.



Un encontronazo en el salón de clases y la ayuda en la librería.   Era jueves por la mañana y el ajetreo previo a los Juegos Interescola...

Un encontronazo en el salón de clases y la ayuda en la librería.

 

Era jueves por la mañana y el ajetreo previo a los Juegos Interescolares ya había tomado por rehén a la escuela. La Academia de Deportes llamó a todos los capitanes por separado a que alistaran a sus equipos para el torneo entre preparatorias. Maya se sentía preparada para todo y tenía una lista preliminar con los alumnos —seis chicos y siete chicas— que participarían en las diferentes distancias.

            Sam acordó concursar en dos de las justas, pero de momento su atención estaba centrada en Gisela, quien las había invitado a la terraza de la cafetería. Era la segunda vez que compartían el almuerzo con ella. Incluso comiendo, Bella deslumbraba porte. Estaba degustando una gelatina cuando Vika, sentada a su derecha, la interrumpió.

            —Hasta para comer un postre luces perfecta —habló con un fastidio fingido.

            —Mira quién habla —contestó después de su bocado—. Tú todo el tiempo pareces un michi.

            Su amiga se les había unido para hablar de las seleccionadas para el equipo de voleibol. La capitana ya tenía preparada la alineación y solo esperaba que Gis confirmara. A los ojos de Maya, todo movimiento de Vika parecía grácil y el delineado de sus ojos le daba un aire felino.

            —No te vayas a poner fuera de forma. No quiero pedirle a Bestia que te entrene de nuevo.

            —Tú tranquila, minina, sí practico en casa. Y mi Bestia siempre tiene tiempo para mí si se me olvida. —La apaciguó con una seña—. ¿Ustedes ya tienen a su equipo completo? —Se dirigió a Sam.

            —Si. —Tardó en espabilar—. Casi. Tenemos ya a casi todo el equipo. Solo nos falta un chavo, pues nuestro relevista estrella se lastimó y estamos buscando a un reemplazo.

            —Dile a Yan que les ayude a buscarlo. O al profe Liam ya de últimas. Ni modo que no tenga una lista el flojo ese —masculló Vika.

            —Andas muy molesta, amigui. ¿Quieres que le diga a nuestra amiga Movida que te ayude con lo que te falta? —sugirió Gis.

            —No. Y tampoco le digas a la Amada o a la Reina. Andan muy ocupadas con todo. Solo yo tengo tiempo porque mi estrella —remarcó y señaló a Gis— me aliviana las cosas, mensa. —‍Le sacó la lengua.

            Maya supuso que tal vez esos eran apodos de las otras tres chicas que faltaban en su círculo.

            —Siempre leal, amigui. Tú tranquila. Estaré lista para el torneo o me dejo de llamar Bella.

            —Te llamas Gisela Castillo, mamona.

            Todas se rieron. Compartir mesa con ellas tres fue la calma antes de la tormenta de ese 2 de octubre.

 

Maya había pensado que ayudar en la librería sería sencillo, pero ahora batallaba con un dolor que le taladraba la cabeza. El cúmulo de problemas que la saturaron ese día acababan de darle un capítulo catastrófico. En el transcurso de sus clases discutió —con la mayor calma posible— con dos de sus profesores. Ellos querían aplicar un examen sorpresa con un valor de un cuarto de la calificación del periodo. Ese acto ilegal hizo que alzara la voz y los amenazó con ir a revisar el reglamento. Aunque fue una batalla ganada, sentía que la guerra iba a ser extensa. Y justo hace un momento había librado otra.

            Un cliente imposible les había soltado una monserga, como granizo, a ella y a Yan. Sus frases parecían sacadas de un panfleto de compradores fastidiosos: “por mí tragas”, “el cliente siempre tiene la razón”, “en otros lados lo he visto más barato”, “háblale a tu gerente porque yo no discuto con los gatos”.

            Maya se sorprendió de la tranquilidad con la que Bestia tomaba cada frase. El gerente bajó apenas acabó de comer y trató de lidiar con el comprador en potencia, pero este solo soltó más ofensas para al final largarse.

            Desmoronada en un escalón, Maya trató de alcanzar la calma. Nunca había sentido una migraña, pero estaba segura de que estaba experimentando una en ese momento. Creía que ella era la única que lo había pasado mal, pero un instante antes había visto a Yan tambalearse y buscar una silla. Pensó que se había mareado y cuando iba a ir a auxiliarlo, el encargado llegó con un vaso de agua. Su compañero se tomó una pastilla y se bebió el líquido de golpe.

            «No fui la única que la pasó mal con ese idiota», razonó. El sobrino del dueño llegó a media tarde como un enviado celestial y les ayudó a llevar el negocio por el resto de la jornada.

 

La noche ya había cubierto la ciudad cuando los dos muchachos iban a sus casas. El pesar y el dolor en su cabeza ya casi se habían esfumado. Maya respiró hondo para llenar sus pulmones de la esencia estival. Se estiró antes de preguntar.

            —¿Siempre es así el servicio al cliente? —Quiso bromear y le sonrió a Bestia.

            Con el andar de un alma en pena y con una mano en la frente, se tomó un momento para contestar.

            —Solo los jueves. —Inspiró hondo para continuar—. Don Raúl accedió a que su librería fuera parte de los productos de la marca del estado. Le ayuda a tener prestigio, pero está obligado a que los jueves den algunas promociones.

            —Eso… No lo sabía.

            —Y está bien para los estudiantes o los adultos mayores. Pero luego viene gente abusiva que quiere todo malbaratado. ¡Qué odiosos!

            Ella quería cuestionarle algo más. Saber si estaba bien, pero en el silencio que reinaba, se oyó el grito de Sam a la distancia. Levantó la mano con pereza a modo de saludo y antes de poder continuar con su indagación, Yan interrumpió.

            »Quisiera explicarte más, pero no estoy de humor, Maya. ¡Nos vemos! —Se despidió y para encaminarse calle abajo, sin esperar respuesta, para dirigirse a su hogar.

            Ella creyó que se sentía preparada para todo, pero no para ver a Bestia despojado de vida o sin espíritu de batalla.