Maya estaba alistándose para ir al Abierto de Artes Marciales del Estado cuando un mensaje llegó a su teléfono. Se acabó su tostada con pris...

Maya estaba alistándose para ir al Abierto de Artes Marciales del Estado cuando un mensaje llegó a su teléfono. Se acabó su tostada con prisas, pues tenía que ir a arreglarse para una foto que le pedía Gisela. «Ponte bonita para unas selfies después del torneo», rezaba el texto.

            Llegó con prisa al Gimnasio Central de la Ciudad Deportiva. El recinto servía como lugar de entrenamiento y como arena competitiva. El fresco de la mañana hizo que se ajustara la bufanda y se formó donde había una gran fila para acceder. Se asombró de la cantidad de personas que se habían concentrado ahí. El muchacho al frente de ella, con una trenza vikinga, tenía un aspecto imponente. «Si todos los competidores son así, la escuela la tendrá difícil», pensó.

            —Hola, amigo. ¿Cobran la entrada para ver el torneo?

            —Si dices que me conoces, es gratis. —Se dio la vuelta—. Maya, esta es la fila para los competidores.

            —¡Yan! Perdón, no te reconocí con ese peinado.

            —Fue idea de Gis. Llegó a mi casa muy temprano para peinarme. Dijo que así apantallo más.

            —Pues la verdad es que sí —comentó en voz baja—. Ah, ya vi a Gis, nos vemos en un momento.

 

Apenas entró al recinto, el frío abandonó su cuerpo. Se retiró la bufanda y empezó a buscar un lugar para sentarse. Al norte del lugar, había unas gradas de concreto, donde había varios lugares reservados. Al este, oeste y sur, las gradillas eran de metal. Cuando se acercó al centro, le llegó el aroma de equipo nuevo. En las dos canchas había repartidos dos tatamis al poniente y seis al oriente. El asombro que le causó ese nivel de preparación fue tal que olvidó buscar a Gisela.

            —Te quita el aliento, ¿verdad? —dijo Vika por detrás de ella—. Sígueme, nuestros asientos están casi al frente.

            —Hola. Es la primera vez que vengo. —Ocupó un lugar y observó que su amiga se ajustaba la casaca y empezaba a hacer ejercicios de respiración.

            —Casi me lo pierdo. Lo bueno que ese imbécil me convenció.

            Maya notó que dirigía su vista a Yan, quien hablaba con el sensei Martín. Ella tenía un aire soñador en su semblante.

            —Vika, ¿él llegó a ser tu maestro?

            —¿Quién?, ¿Yan? Nah. Pero desde que tenía diez años lo he visto competir. Por él y por mi jefa es que quise ser deportista. Siempre me ha gustado cómo pelea. O sea, Yan.

            Ya faltaban quince minutos para que la ceremonia comenzara y el gimnasio estaba casi lleno. Los lugares al frente, donde había asientos reservados, estaban ya ocupados.

            —Vienen muchas personas a ver el torneo —comentó Maya.

            —Pues me dijo Kira que gente pesada y prestigiosa de Educación del Estado vino a ver a los cuatro grandes competir: Axel, Daniel, Víctor y Yan. Todos ellos siempre llegan a cuartos de final. —Carraspeó—. Agh, mira lo que trajo el viento —masculló.

            Maya buscó de quién hablaba y vio a una chica de cabello castaño claro que se arreglaba el peinado y que tenía la postura y porte de una dama.

            —¿Es tu rival o…?

            —Es la ex de Yan. Wacha como lo ve. Si las miradas pudieran herir, ella ya tendría a Yan en el piso.

            Siguió la mirada de la ex y notó la aprehensión con la que lo observaba. Hizo memoria de los varios chistes que hacía Yan de su expareja.

            »Nos vemos en un rato, Maya. Espero sea en el podio y no en una camilla si me noquean. —Sonrió y fue a reunirse con su equipo.

 

La ceremonia dio inicio y el espacio entre las gradas y los tatamis permitieron que los más de cien participantes pudieran agruparse ahí. Todas las escuelas fueron presentadas y mientras daban tiempo para que se prepararan para el concurso de formas, Maya se percató de que Yan mantenía una conversación con una persona que vestía un hoodie gris y ropa holgada. Escuchó la plática sin querer.

            —…está aquí, pero no me gusta tu plan. Te arriesgas mucho. —Era la voz de Kira.

            —Tranquila, Reina, vivir con riesgos es mi pan de diario.

            Ella resopló al mirar las gradas al norte. Al ajustar su capucha, se retiró al pasillo que daba a la salida.

            Un presentador explicó que el torneo se dividía en tres fases: las rutinas, donde se presentaban las formas tradicionales de cada arte marcial; el combate por equipos con participación mixta; y el combate individual, dividido en categoría por sexo. De los Ocelotes, la escuela de Yan, solo Vika y David no participarían en la primera fase. Se habían quedado cerca de la banca para calentar.

            —El año pasado había casi tantas chicas como chicos compitiendo, pero el premio en efectivo es una basura —dijo una chica gótica que se había sentado al lado de Maya—. Yo no arriesgaba el físico por tan poco dinero.

            Ella tenía un maquillaje claro en la cara con detalles de mariposas que nacían en los ojos y se difuminaban a los costados. Su fleco se lo arregló cuando volteó para sonreír. Maya tardó en saber de quién se trataba.

            —Ay, Zaza, no te reconocí. Y tampoco te vi cuando llegaste.

            —Así soy, Mayita. Silente y escurridiza. Misteriosa como una obra de Poe. Me alegro que la maestra de ayer venga a ver el combate de hoy. Los vi en el gimnasio —aclaró al ver la duda en el semblante de su amiga.

            —En serio que eres silenciosa. Perdona, no imaginaba que fueras…

            —¿Atractiva o siniestra? Soy una niebla, una sombra… ¡¡Soy Batman!! O la novia de Drácula, lo que gustes.

            La chica observó el recinto como un vigía y le señaló a su derecha. Una señora estaba hablando con Mila. Maya la reconoció enseguida.

            —¿Ves a la doña de allá? —musitó Zaza—. Ella…

            —Es la mamá de Yan. La conocí el jueves. No sabía que conocía a Mila.

            —Conoce a todo el Aquelarre y, aunque no fuera el caso, la Amada tiene mucho ángel. Seguramente hablaría con ella de todas formas. Okay, ya calenté el lugar. —Se levantó—. Ya viene Bella. Voy a chismear un rato por el lugar.

            —¿El Aquelarre? —Había tirado de la falda de encaje de su amiga e inclinó la cabeza.

            —Así nos llamó Gis. Ahora, si me disculpas…

            Maya vio cómo Bella, destellando porte, llegó a su asiento y la saludó con un beso en la mejilla.

 

El concurso de formas fue un despliegue de técnica pura. Yan hizo toda la rutina con la fluidez de una serena melodía y Maya se dio cuenta que terminó en el punto exacto donde inició. Le otorgaron el primer lugar y la audiencia estalló en vítores. Su mamá chifló y aplaudió como buen público y fan que era. Un muchacho con bastón, el segundo lugar, se acercó a él para felicitarlo y abrazarlo. Maya no se dio cuenta hasta ese momento que era invidente. «¡Qué bien lo hizo él también!».

            —Es su antiguo compañero de competencias —explicó Gis—. Creo que es la segunda vez que Yan le gana en katas. ¿Quieres acercarte a escuchar?

            Aunque Maya no acostumbrara a hacerlo, le dio mucha curiosidad saber de qué hablaban. Llegaron al límite de los tatamis para oír.

            —…solo tú podrías vencerme, amigo —dijo aquel muchacho de bastón—. Ojalá pudiera verte, pero pude escuchar cómo la arena se calló y tu casaca y pisadas revelaron que te movías como el viento.

            —Gracias, Pepe. Tal vez el próximo año te vuelva a ganar. ¿Quién sabe?

            —No lo veré ni figurativa ni literalmente. —Se rio—. Es mi último torneo. También el de Víctor. Ojalá fuera el de Daniel porque lo odio.

            —Ah, menos mal, creí que era el único. ¿De verdad se va Vic?

            —Son sus últimos meses aquí, compita. El año que viene se muda al gabacho.

            Yan observó al otro lado de la arena y vio a Víctor, el finalista de casi todos los certámenes. Se cruzó de brazos y su vista quedó fija en él.

            »Dice que se preparó todo el año solo para vencerte —musitó a Yan—, pero… no sé si llegue. Aún queda el odioso de Dani como piedra en el camino.

            —Juega muy sucio, tal vez lo expulsen antes… Como sea, reverencia, amigo.

            Ambos luchadores se inclinaron y se despidieron después con un abrazo. Yan caminó hasta el borde del tatami y justo cuando saludaba a Gis, notó que el profe Liam había llegado con una casaca, pero sin cinturón. Se encaminó a él y le presentó respetos para disponerse a hablar.

            Vika llegó hasta sus amigas y las abrazó con fuerza. Después se dispuso a saltar emocionada.

            —¿Vieron a Yan? ¡Estuvo de huevos! Quién lo viera que el día de ayer se humilló ante mí el pendejo. ¡Ay! —Gruñó—. Casi le doy una patada por su pinche acto sumiso. ¡Pero míralo! Todo imponente, el cabrón. Ahora sí parece una bestia.

            —Ajá, Vika. ¿Hay algo que nos quieras decir? —bromeó Gis.

            —Sabes a qué me refiero. Es que… no hay deportista de nuestra edad como él. Parece un pinche vago en la escuela, pero cuando se aplica, ¡carajo! Lo admiro mucho, la neta. ¡Y ahora estoy compitiendo junto a él! —Se llevó una mano a la boca.

            —¿Siempre es así de… bueno? —quiso saber Maya.

            —¡Sí! Tengo videos de él de torneos pasados. En la semana ven a mi casa y te los muestro. —Un altavoz empezó a llamar a los competidores para la fase de peleas—. ¡Ya me tengo que ir! ¡Échenme porras!

            Gis invitó a su amiga a tomar asiento, pero el profe Liam les hizo señas para que se sentaran justo detrás de él. Les comentó que, desde ese lugar, podrían ver los combates por equipos e individuales.

 

Un oficial explicó las reglas del torneo. Cada asalto tenía una duración de dos minutos con descansos de un minuto. Para el combate individual, eran tres rounds con dos descansos y en la categoría de equipos era uno por integrante, dando un total de cuatro.

Los puntos se determinaban de la siguiente forma: un punto por golpe claro en zona permitida —cabeza, pecho, espalda y costados—. Dos puntos por patada en la caja torácica. Tres puntos por patadas a la cabeza o al cuello, o cualquier técnica puntuable realizada sobre un oponente derribado.

Todo contacto excesivo era penalizado y los golpes muy cercanos al hombro no contaban. Los impactos a las demás articulaciones o la zona genital restaban puntos.

La victoria se declaraba por mayor puntaje al final del duelo, por una diferencia de ocho puntos o por expulsión o retiro del rival.

—Te ves confiado, bambino —dijo el profe Liam—. Y eso que tu “fan” no te despega los ojos de encima.

—No me fijo de los puercos como Dani. Yo debo estar confiado porque pienso llegar a la final. Ya sabes cómo es esto.

—Lucas y David pudieron haber competido sin ti, muchacho —habló el sensei Martín—‍. Tú ya ganaste una medalla por tu kata.

—No, sensei. Es mi responsabilidad ganar la otra para que sigan las clases en la escuela. Me eché solito la soga al cuello. Los demás no tienen que pagar por mis estupideces de abrir el hocico.

—¿No crees que el director se conforme con la medalla que llevas? —Liam y Bestia rieron al unísono—. Sí, tienen razón. De a huevo nos va a exigir la individual. —Suspiró.

—Como seguimos hablando de puercos, ¿ya vieron allá a nuestro querido director? —‍Señaló Yan con una cabezada.

            Los tres miraron al mencionado que estaba en las gradas mientras conversaba con autoridades gubernamentales.

Uno de los oficiales, anunció por las bocinas que la fase de luchas ya estaba por comenzar. Yan buscó a alguien en las gradas y cuando dio con Zaza le pidió que se acercara. Maya alcanzó a escuchar que le pidió el reglamento del torneo.

 

Una pantalla desplegó los brackets de ambas competiciones. En el torneo individual, Lucas, Yan y David estaban muy separados. Tal vez los dos últimos se enfrentarían hasta la cuarta ronda. Mientras que, en el torneo por equipos, los Ocelotes estaban en la ronda inicial. Las ocho participantes femeninas de la rama individual competirían hasta que en el masculino llegaran a octavos. Maya notó que su compañera que tenía la mano vendada el día anterior estaba anotada en los combates. Los tambores que marcaban el inicio de las peleas retumbaron en todo el recinto.

            Maya no alcanzaba a alternar la vista entre los dos torneos. Fue testigo de cómo Vika dejó fuera de combate a su contrincante con solo dos puntos. La chica, después de dar contra la lona con un agarre, ya no se levantó. El resto del equipo hizo lo suyo para avanzar a la siguiente ronda.

            En los individuales, Bestia había empezado su pelea con una guardia alta, como un boxeador profesional. Desvió dos patadas y cuando dejó caer el golpe, lo hizo limpio y certero. Su rival se recuperó al instante y cuando arremetió con un puñetazo, Bestia le aplicó el mismo agarre que Maya le había enseñado para conectar tres puntos. Después de muchos intercambios, Yan se alzó vencedor cinco a uno. Entre cada descanso, reposaba hincado y con una respiración profunda, como si fuera el retrato de un sensei.

Sus compañeros también se lucieron. David, pese a su tosquedad, pudo vencer a su rival por diferencia de dos. Lucas derribó a su primer oponente con tres patadas a la cabeza. Un total de nueve a cero le permitió avanzar a la siguiente ronda.

Gis aprovechaba los descansos para presentar a los más sobresalientes. Víctor, de casaca gris, practicaba kenpo al igual que Daniel, que vestía uniforme rojo. El primero tenía muy buena reputación como subcampeón constante, mientras que el otro, era un peleador abusivo que impartía mucho dolor y que odiaba a Yan. Axel, la otra leyenda, tenía una relación de amigos y rivales con Yan. Dos años atrás, Bestia fue eliminado por el dominio del kung-fu de ese muchacho.

—Pelea como mujer. Ya verás, bonita.

—¿O sea que suelta cachetadas asesinas como Yan? —preguntó David quien estaba de metiche.

—David, cierra la boca y ponte a calentar —ordenó el profesor Liam.

—Al igual que con David —musitó Gisela—, Yan no le cae bien al papá de Kira.

 

Para la tercera ronda, el público ya coreaba el nombre de Vika del lado de los equipos, al oeste. La chica acabó su combate con una sucesión rápida de patadas que sacaron a su rival del tatami y quien se negó a volver. El estilo de Vika asemejaba a un felino en cacería. A Maya le pareció correcto que alternaran por sorteo el orden de chicos y chicas.

            En el lado de los individuales, costaba seguir el ritmo, pues eran seis combates al mismo tiempo. Sin embargo, Maya alcanzó a escuchar algunos comentarios sobre su amigo. Las múltiples voces habían notado que Yan era más fluido que otros años, que tenía mejor dominio de la fuerza del rival y que parecía un monje cada que descansaba con los ojos cerrados.

            «Sí parece todo un maestro», razonó ella. Iba a preguntarle algo a Bella cuando varias personas ahogaron un grito. David yacía en la lona y un médico lo atendía con eficacia. Se escuchó el murmullo de voces que criticaban a su rival, quien solo sonreía.

            —Son esos tramposos otra vez —murmuró Gis y señaló a los de casaca roja—. El dojo López, de donde viene Dani. Siguen alegando que practican kenpo, pero el mismo maestro dijo que es una mezcla de estilos.

            El muchacho no presentó respetos a su rival cuando dijeron que no podría continuar. Se acercó con un andar petulante y se situó junto al que Gis le presentó como Daniel. En una voz muy audible, comentó:

            —Eso pasa por traer pinches novatos.

            Cuando Maya volvió la vista a donde había estado David, Bestia ya lo cargaba con ayuda de un paramédico y Zaza los seguía. Después de otra ligera revisión, sentaron al vencido en una de las bancas para competidores y Yan se cruzó de brazos mientras le murmuraba algo al sensei. Gis le señaló la pantalla a su amiga para que viera que el siguiente combate era de Yan contra aquel irrespetuoso.

            —Óscar se va a enfrentar a Yan, pobre desgraciado… No quisiera ser él.

Dani, Axel, Lucas y Víctor pasaron a la cuarta ronda como vaticinó Gis y la pelea que más esperaba Maya era la de Yan. Los combates individuales de la categoría femenil también dieron inicio.

La cercanía del tatami del duelo de Bestia a su banca le permitió apreciar mejor a su amigo. En su cara no se reflejaba la serenidad de los otros combates. Solo había una máscara rígida de odio que miraba en dirección a la escuela de casaca roja. Antes de ponerse de pie, Maya escuchó una voz sobre su hombro.

            —¿Han visto los combates de Dani? Pelea como una máquina de matar. —La voz de Zaza tomó a Maya por sorpresa—. No quisiera que llegara a la final, pero si llega, espero que Yan lo muela a golpes, igual que como pasará con este tonto.

            Tanto Bella como Zaza estaban seguras de que Yan vencería, pero Maya consideró que David tenía muy mal aspecto después de su pelea y eso que solo duró un asalto.

            El combate dio inicio y la lluvia de patadas y golpes no acertaban a Yan. Bloqueo tras bloqueo evitaban que marcara puntos. Le hizo burla de que, si habían cambiado de maestro, pues peleaba como un trapo zarandeado al viento. Bestia, por su cuenta, había dado golpes certeros a los brazos, piernas y hombros que tampoco sumaban al marcador. Acabó el primer asalto y Yan pasó a descansar a su lado del tatami. Liam se acercó para llamarle la atención de su actitud y Gisela aprovechó para arreglarle un poco la trenza.

—Recuerda lo que practicaste con Maya, por favor —susurró—. Fluye y acaba la pelea.

Cuando el combate reanudó, Óscar habló para burlarse.

            —¿Te enseñó una chica? Qué mamadas. Aparte, ¿tu noviecita te viene a peinar como muñeca? Qué lin…

            Un salto con giro hizo que Yan le reventara una cachetada a su rival. El muchacho se dobló por la cintura y sus brazos casi tocan el suelo dando el primer punto.

            —Esto es por maltratar a mi compañero.

            Se plantó de frente y con un solo movimiento le dio un revés apenas se reincorporó su rival. El muchacho no alcanzó a caer, pues Yan lo sostuvo de la casaca y le dio un golpe cercano al hombro que no contó punto, pero lo hizo sujetarse la clavícula.

            »Esto es por burlarte de mi mejor amiga.

            Yan cambió de lado de guardia y el muchacho pescó el anzuelo, al avanzar queriendo dar un golpe, Bestia lanzó el embate de pierna y codo que Maya le había enseñado el día anterior. Óscar se desplomó doliéndose de todo el costado derecho.

»Y nunca te vuelvas a burlar de mis maestros.

Bestia no esperó el veredicto cuando entró el paramédico. Volteó a ver cómo Daniel lo miraba con desprecio y con un susurro teatral le espetó:

»¿Qué miras?, si sigues tú.

El muchacho fue hasta su lugar junto a sus maestros, se hincó y no hizo ninguna señal de victoria. Maya notó que hacía respiraciones más profundas. Desvió la mirada solo para presenciar que la ex de Yan tenía una expresión indescifrable y se retiraba del recinto. Los combates no se reanudarían hasta que valoraran a Óscar. Axel, el muchacho que practicaba kung-fu se acercó para hablar con Yan, pero el profesor Liam evitó que se le acercara.

—Tranquilo, viejo. Solo dígale a Yan que yo me encargo de Dani, lo veré en la final para nuestra revancha de hace dos años.

Se retiró con una reverencia y con el paso lento de los que confían en salir victoriosos.

—Ese chico de kung-fu va a eliminar a Dani. —Habló Gis muy confiada—. Se lo merece, bo… ¿estás molesta?

—No me gustó que Yan “jugara con su comida”. El pobre muchacho no iba a ganar. Desde el primer round fue obvio. ¿Por qué su maestro no detuvo la pelea?

—Ay, bonita. Estuvo mal todo, pero aquel menso sí se merecía un estatequieto.

            La conversación iba a seguir, cuando dio inicio el combate de Dani y Axel. El estilo circular del kenpo contra la economía del movimiento del kung-fu atrajo la atención de todos.

            —¡Era wing chun! —Dedujo Maya—. Por eso decías que combatía como mujer. ¡Es el estilo del maestro de Bruce Lee!

            —Y no le da nada de tregua.

            Todos los golpes y agarres que intentaba Daniel eran desviados por la guardia-ataque de Axel. Una llave que se ejecutó mal terminó en un puñetazo cerrado contra el abdomen del de casaca roja. Cambió de estrategia al dar varias patadas, pero todas fueron bloqueadas para ser rematado por una del chico de kung-fu. Como último recurso, hizo un agarre del que se soltó Axel y que le costó una patada a profundidad al estómago.

            »Por lo general es más rápido —susurró Gisela—. Yan no siempre le seguía el paso.

            —Es que está lastimado. Desde que vino a hablar tenía un dolor en la pierna.

            Bella no se había dado cuenta de eso. El combate siguió su curso hasta que terminaron ocho a seis. Daniel tenía varios golpes visibles en la cara y en el orgullo. En su semblante solo se reflejaba el dolor de una persona al borde de la derrota. Axel se retiró a su esquina para ejercitar las piernas y tomar un sorbo de agua.

            El segundo asalto fue una avalancha de superioridad y golpes de Axel sobre Daniel, quien solo se desplomó. El sifu de kung-fu entró a la arena para pedir que terminaran la pelea. El joven se retiró con una cojera evidente, pero sonriendo, mientras que los muchachos de casacas rojas sacaron a su amigo. Los segundos pasaban mientras los jueces tomaban una decisión. Maya notó que Yan se había levantado para acercarse a su amigo y rival. Le dijo unas palabras y se dieron un apretón de manos.

            —Pobrecillo —comentó Gisela—, tiene derecho a llorar. Sí quería combatir con Yan.

            Los jueces dieron el veredicto de que ninguno podría continuar. Justo en ese momento, el último combate dejaba como vencedor a Víctor y eliminaba a Lucas de la competencia. El joven de casaca gris era el primer finalista. Cuando Yan se retiró a su lugar, Zaza lo alcanzó para murmurarle algo. Él solo sonrió y le agradeció con una reverencia.

 

Los combates masculinos dieron un espacio, mientras los femeniles eran un despliegue de patadas con técnica y velocidades de pesadilla que a Maya le costaba seguir. Ya estaban en semifinales y su compañera con el brazo vendado fue elegida primera finalista. «Qué bueno que decidió participar», pensó Maya.

La final de equipos y de chicas se disputarían al mismo tiempo. Vika en su división y su otra compañera eran una tempestad de golpes. Terminaron casi al mismo tiempo y ese espectáculo hizo que todo el público se pusiera de pie a aplaudir. «Con razón Gis le dice la Victoriosa», pensó Maya, mientras preparaban los podios de aquel lado y su compañera se alzaba orgullosa con el segundo lugar.

 

La semifinal de Yan fue todo un despliegue de economía del movimiento. Él consiguió ocho puntos limpios sin recibir uno solo. Maya fue a su lugar antes de que comenzara la final y se sentó junto a él.

            —No te me acerques, Princesita, estoy todo sudado.

            —Por eso nunca corres, ¿verdad? No te gusta sudar.

            —¿Solo vienes a decirme apestoso? —Sonrió.

            —Vine a desearte buena suerte. Aunque tal vez no la necesites.

            —Tal vez sí. Vic venció a Lucas y él es mi hermano de técnicas.

            Ella observó que lucía un poco pálido y que su mirada recorría todo el recinto. Una sombra de cansancio se dibujaba apenas en su rostro.

            »No me digas que tienes pánico escénico. ¡Vamos! Respira hondo y serénate. ¡Ya estás en la final! —Le dio una palmadita en el hombro.

            Inhaló profundamente antes de contestar:

            —Gracias, ya me siento mejor.

 

Yan entró al tatami y presentó respetos a los jueces, a la audiencia y a su rival. Víctor hizo lo mismo y se plantó frente a él. Ambos luchadores optaron por una guardia media y se lanzaron al ataque mientras el público mantenía el silencio. Bestia dejaba que los golpes llegaran a él para desviarlos y usar la naturalidad del aikido. Su oponente no sabía manejar el estilo de Yan y recibió dos golpes al abdomen.

            Una patada alta llegó a la cabeza de Yan y él se inclinó para que el impacto fuera menor. Ese tres a dos puso en tensión a toda la arena. En el siguiente intercambio de golpes no hubo puntuación hasta que acabó el asalto. La tensión en el aire aflojó en ese momento.

            Maya notó que los rectos de la mano izquierda de Víctor salían sin fuerza. Su cansancio le era evidente. Supuso que, aunque se saltó una pelea, el combate con Lucas había hecho mella en su físico.

            En el siguiente asalto, Yan fue directo con fintas y logró conectar un punto. Cuando su rival se lanzó con una patada, fue bloqueado e hizo el movimiento con el codo que Maya le enseñó. Apenas se separó, una patada giratoria atravesó la guardia para dejar un seis a tres. Bestia hizo distancia para serenarse.

            A los ojos de Maya, no habría un tercer asalto, pues la diferencia era muy notoria. Yan pecaba de educado contra un rival que se sostenía por mero orgullo.

            —Mi Bestia se ve muy cansado —comentó Gisela.

            «Vic está mucho peor», pensó Maya.

            El usuario de kenpo avanzó con una serie de puñetazos que Yan bloqueó y con el último hizo la técnica de aikido para derribarlo. Justo en el momento que azotó contra la arena, una patada, como un Ave María, conectó a la cabeza de Yan y lo derribó. Aunque Víctor se arqueaba víctima del dolor, Bestia yacía inmóvil.

            Todo el gimnasio quedó silente. Ambos luchadores estaban tendidos sobre el tatami mientras los murmullos se empezaron a acrecentar.

            —¡¡Yan!! —gritó su madre.

            El primero en entrar a la duela fue el sifu de Víctor, quien trató de ayudarlo. Gisela se levantó de su lugar, con las manos cubriéndole la boca. El sensei Martín caminó hasta Yan, quien ya era atendido por uno de los paramédicos.

            Maya lo vio, era evidente lo que había ocurrido. Volteó a ver la expresión del profesor Liam y se veía tranquilo. Vika estaba al borde del tatami, indecisa sobre entrar, pues era contra las reglas. «Muy pocos lo notamos», razonó Maya.

            Después de unos angustiosos minutos, el paramédico que atendía a Yan lo reincorporó y anunció que no podría continuar. El sifu de Víctor hizo lo mismo. Los jueces, al ver que no podría haber un asalto de muerte súbita, anunciaron el empate. Los aplausos hicieron eco en el recinto.

            La madre de Yan tomó asiento en cuanto su hijo sonrió a sus compañeros. Maya se puso de pie y oteó el gimnasio. Al frente, el director de la escuela se despidió para encaminarse a la salida. En otras gradas y cerca de las salidas estaban unos pocos docentes y compañeros de la preparatoria. Algunas de las mujeres que Yan ayudaba los domingos también estaban presentes, así como la nieta de la dueña de la panadería. Buscó a Gis, pero ella ya se encontraba justo a su lado, abrazándolo. Llamaron a Maya para que se uniera al festejo. En el camino, incluso vio al viejo Barín en una de las gradas, quien lucía muy aseado y con botas relucientes.

 

El podio ya estaba listo para los galardones de las tres competencias. El tercer lugar se decidía por mejor puntaje en las semifinales, de modo que se evitaba otro combate.

            Mientras Vika agradecía por el lugar que le dieron en el equipo, Maya se acercó a Yan, quien tenía una bandita en la cabeza.

            —Vi lo que hiciste, Yan —susurró—. Sobreactuaste ese último golpe.

            —Oye, sí me pegó. Y es verdad que no podía continuar.

            —¿Por moral o por cansancio? —Entornó los ojos y se dio cuenta que él respiraba pausadamente—. Ah, disculpa, yo…

            —Pero tienes razón, Maya. ¿Qué podía hacer? —murmuró—. Era su último torneo en el país. Nada fue ilegal, Zaza me lo confirmó —Le guiñó el ojo.

            La chica campeona terminaba de dar una breve entrevista cuando pasaron al último premio, Yan y Víctor estaban en sitio del primer lugar, con una medalla cada uno. Debido a la peculiar situación de las últimas rondas, Axel subió junto al chico que Yan eliminó en las semifinales. Daniel se negó a recibir premio y ya se había retirado toda su escuela.

            La entrevista de Víctor fue acompañada de lágrimas. Agradeció a su sifu por la paciencia y a sus compañeros por todo su apoyo. Le dio las gracias a Yan por ser un rival formidable y dijo sentirse bendecido por haber ganado su último torneo en la ciudad que lo vio nacer.

            Después del mar de aplausos, le pasaron el micrófono a Yan. Tomó aire y miró a toda la gente presente antes de hablar.

            —Mi rival me venció en toda regla. Si la pelea se hubiera prolongado, habría perdido de todas formas. Quiero agradecer al sensei Martín por esta formación durante casi cuatro años. Gracias al apoyo que recibimos en la prepa es que estamos aquí hoy. Espero que continúe para futuras generaciones. A mis amistades que siempre me han aguantado y a la gente que vino hoy a vernos, quiero decirles que me siento honrado por su apoyo. —Suspiró.

»Hoy me vieron luchar diferente y llegué hasta la final gracias a unas técnicas que aprendí ayer. —Señaló a alguien antes de agregar—: Quiero agradecer a mi amiga Maya, una maestra muy paciente y la mejor alumna de nuestra escuela…

Se quedó pasmada, sintió que todas las miradas se centraban en ella y Gis ayudó a que más gente la notara.

»…a pesar de la dureza de nuestro estilo, ella nos mostró como fluir para poder vencer. Gracias, Maya. Espero que llegues muy lejos.

Un montón de flashes cubrieron la sala cuando las fotos empezaron a llover sobre los ganadores y Maya. Ella vio todo en cámara lenta hasta que vislumbró a un caballero de barba recortada y traje posar en las tomas. Tardó en reconocerlo, era el secretario de Educación del Estado. Posó sonriente antes de dar un discurso que para la chica se sintió lejano.

—… siempre hemos forjado estudiantes de bien. Continuaremos haciéndolo bajo mi gestión. —Le hizo una seña a ella para que se acercara.

Gis la empujó, no sin antes arreglarle un poco el cabello.

»Permiso, pondré una mano en tu hombro —le dijo el funcionario—. Sonrían, por favor. —otro aluvión de fotos llovió sobre ellos.

El barullo había acabado y la gente ya se retiraba de la arena, el secretario aún los quiso retener para hacerles más promesas a los muchachos. Liam habló con Bestia antes de que eso pasara.

            —Eso fue pasarse de la raya. ¿Sabes en qué te estás metiendo, bambino?

            —¡Ay, no manches! ¿Tú no hubieras hecho lo mismo?

            El coordinador entornó la mirada.

            —Eres más cabrón que chulo, caray —dijo después de un momento. Le dio un zape antes de empujarlo a hablar con el funcionario—. Ve y acaba lo que empezaste.

 

—Eres toda una bestia, muchacho —halagó sin reparos a Yan—. Casi me pierdo esto, qué bueno que fui invitado. Fluyes como un canal y pegas como un tsunami. ¡Tremendo! ¿has pensado en una beca deportiva? Pide lo que quieras, joven, sin problemas. En términos de educación, claro.

            —Tengo que pensarlo —respondió Yan—. ¿Podemos contar con su apoyo este año y el que viene?

            —No tengo tema, chico. Y tú —habló dirigiéndose a Maya—, promedio perfecto y maestra de artes marciales. ¡Eres una navaja suiza! ¿Cómo no te había conocido antes en persona? Como sea, estoy orgulloso de ustedes.

            Les terminó por estrechar la mano y fue a hablar con el sensei Martín y el profesor Liam. Había un hombre que lo había seguido cual sombra, el padre de Kira. Maya respiró hondo cuando una voz la sacó de su aturdimiento.

            —Tranquila, chica. Era broma lo de la denuncia —había dicho el sifu de Axel—. Solo quería acercarme a felicitar a su escuela y a sus dos senseis. No es ilegal que tengan dos, solo es raro.

            —Disculpe, es que no me gustan esas bromas —era Kira quien discutía con él.

            —Me retiro, dales mis felicitaciones. Se ven ocupados.

            «Yan sí parece otro maestro», meditó Maya.

            —¿Lista para irnos? —preguntó Bestia a sus espaldas—. Liam dijo que, si ganábamos, nos invitaba a todos una malteada. Nos llevamos cuatro preseas, ni modo que se raje.

            —Claro que sí, a-mi-go —respondió Maya.

            —¿Por qué lo pronuncias así?

            —Es la segunda vez que me dices amiga. —Soltó una risita.

            —Ah, ¿no te había dicho así? Claro que eres mi amiga, Maya. Si no lo mencioné antes me disculpo.

            —Te perdono. Por eso y por ponerme en el foco del evento.

            —No, Maya —negó con la cabeza—. Te merecías el crédito. Es verdad que gracias a ti llegamos a los primeros lugares. Entonces, ¿nos vamos?

            Todo el Aquelarre estaba ahí junto a los chicos de karate esperando para ir a comer algo. La madre de Yan le dio la bendición antes de irse. Yan fue a las duchas para alistarse y salir junto a sus compañeros al fresco aire otoñal con una victoria que les llenaba el alma.



Era viernes pasado el mediodía y Maya disfrutaba de la calma que le había dejado atrás el fin de los Juegos Interescolares. Se encontraba re...

Era viernes pasado el mediodía y Maya disfrutaba de la calma que le había dejado atrás el fin de los Juegos Interescolares. Se encontraba recostada en una banca, cerca de la cafetería mientras disfrutaba de un fresco día nublado. El sonido distante de los festejos en los salones y del abarrotado comedor se vieron interrumpido por la carrera de alguien.

            —Maya, ¡hola! —Era una de las chicas de karate—. Oye, qué bueno que andas libre. El otro sensei te está buscando.

            Ella tardó en comprender de quién se trataba.

            —Hola. Sí, dile que ahorita voy. ¿Dónde lo veo?

            —Te espera entre los dos gimnasios. —La chica dio un saltito emocionada—. Dijo que cuando aceptaras, te diera esto. —Le tendió una casaca limpia en una bolsa—. Muchas pero muchas gracias, Maya.

 

Llegó con el uniforme de karate puesto y el cabello amarrado a donde Yan la esperaba. Los saludos fueron breves y ella notó que él tenía una cara de molestia.

            —No me has contado cómo derribaste a David en la clase que no pude asistir. ¿Crees que me puedas enseñar? —preguntó él con ligera urgencia.

            —Sí, eso creo. ¿Es para el torneo? No creo que sea buena idea que uses movimientos de aikido en un torneo de karate, Yan.

            —Es el Abierto de Artes Marciales del Estado.

            Ella no tardó en comprender a qué se refería. Pensó que variar las técnicas le daría más ventaja. Cuando iba a replicar, él habló primero.

            »Antes que nada, necesito que me ayudes a enlistar a una persona.

 

—¡No mames, Yan! —estalló Vika—. ¿Por qué vienes a mí para eso? Yo juego voli, acabamos de ganar el primer lugar.

            Se encontraba recostada en la reja del campo de beisbol y tenía los brazos cruzados mirando a Yan con furia.

            —Pues, ¡felicidades! Antes practicabas muay thai, creo que sí puedes con esto.

            —¡Tiene años que no lo hago! Estoy fuera de forma, imbécil. ¿Qué tal si me lastiman? No… ¿qué tal si lastimo a alguien por no saber controlarme?

            —Pues no le sujetes la cabeza a tu rival y lo muelas a rodillazos, pero sí te lo tengo que pedir. —‍Hizo una reverencia hasta el piso. Era la viva imagen del respeto.

            Ella torció la boca y se inclinó hacia el frente.

            —No hagas eso, Yan —habló con un hilo de voz—. ¡Levántate! No me siento en forma para esto. Pídeselo a alguien más. No hay nada que me convenza de…

            —¿Ni siquiera el hecho de que tu antigua rival de gimnasia va a estar ahí?

            Vika se quedó callada. Endureció su semblante mientras Yan volteaba a ver a su compañera. Maya se hincó frente a ella y antes de hacer la reverencia Vika exhaló con fuerza.

            —¡No empieces tú también! —gruñó—. Le entro, pero ya dejen sus pinches teatritos. —Se puso de pie para seguirlos al segundo gimnasio.

 

Apenas llegaron, Maya vio el panorama que habían dejado todos los torneos de la semana. Solo estaban otros cuatro chicos de karate, incluyendo a David y a Lucas. De las chicas, había dos, pero una de ellas llevaba un brazo vendado. Parecían los remanentes de una batalla.

            Después de los saludos y de empezar el calentamiento, Maya pasó al centro de la duela junto a Yan. Él le pidió con respeto que le mostrara los dos agarres que le aplicó a David en aquella ocasión. Ella indicó que primero se acercara con patadas y después con golpes.

Yan había caído cuatro veces contra la lona y se levantó aparatosamente. Se puso de pie para empezar a cavilar. Después se lanzó con golpes como ella le había pedido y en el último embate, él se protegió con rapidez el pecho. Se levantó con un fluido movimiento y empezó a respirar hondo.

—¿Fui muy lejos? —preguntó ella preocupada.

—Perdón. Es la costumbre. Quiero llegar lo más entero al torneo. Ahora necesito que me los expliques.

Ella detalló cada una de las técnicas y llevó a Yan por pasos sobre cómo aplicarlas. Expuso dónde aplicar la fuerza y cómo fluir. Eran un retrato perfecto de sensei y discípulo.

—Con esto podemos salir muy bien parados de ahí —declaró Yan—. Esto les facilitará la vida a toda la clase. Gracias, amiga.

—Ay, Yan. —Maya sonrió y se le quedó mirando.

—¿Qué pasa?

—Nada. Continúa con la clase, yo te apoyo.

Ella no quería decirlo, pero ambos gestos se le hicieron de lo más enternecedor. Él se preocupaba genuinamente por sus estudiantes.

Como sensei, les mostró las técnicas con ayuda de ella. Los puso a entrenar por parejas. Vika consiguió hacer los movimientos a la primera y empezó a practicar con Lucas y después con las chicas. Yan detalló quiénes irían a la pelea por equipos y quiénes al torneo individual.

La chica que estaba lastimada dijo que se presentaría al torneo, pero que veía difícil competir. Vika se ofreció al torneo en grupo y Lucas acompañaría a Yan al otro, junto a David.

—Yo me siento listo, Bestia —habló este último—. No creas que por ser un novato me voy a rajar.

Las puertas del gimnasio se abrieron y el sensei en regla observó a su clase hacer los agarres que Maya les había enseñado. La sonrisa asomó a su rostro antes de que el habla acudiera a él.

—Vaya, pero ¿qué tenemos aquí?

—Es algo que pensamos Maya y yo, maestro —habló Yan—. Con esto podemos ganar sin arriesgar más el físico.

—¡Bien hecho, hijo! Contundencia y fluidez, el estilo de mi escuela. ¿No tienen otro movimiento, solo por si acaso?

Yan volteó a ver a Maya con genuina curiosidad. Ella fue al centro con la determinación de los verdaderos maestros. Con el mismo ímpetu, pidió que la observaran.

—Esta técnica es para parar en seco al rival. Se debe hacer un solo movimiento. —‍Avanzó con un paso fuerte y dio un codazo al mismo tiempo—. La rodilla va flexionada y el brazo es guardia y ataque a la vez. Ven, Yan, te muestro.

Cuando Yan avanzó, el maestro le tendió un peto enseguida.

—Debes llegar entero al torneo, hijo. No te arriesgues.

Yan se puso la protección y cuando quiso avanzar para atacar, el codazo de Maya lo sentó en un parpadeo. Él sonrió y lo intentó de nuevo, esta vez Maya le aplicó el otro de los agarres para sorprenderlo y cayó de espaldas, pero con suavidad contra la lona. Maya le aplicó la misma fuerza como la que se usaría contra un principiante.

—Y aquí haces punto —explicó y le sonrió, inclinada junto a él.

Yan se levantó y le estrechó la mano a su compañera.

—Sensei, creo que ya estamos listos.

 

Se habían puesto a entrenar en parejas y Vika tuvo que hacer dueto con el maestro o con Lucas, pues solo ellos le seguían el paso a su tempestad de violencia. Iban cubiertos con todo el equipo de protección mientras la chica no les daba tregua. Una incesante lluvia de golpes y agarres cada que atacaba la hacían lucir como un felino batallando.

            David gritó eufórico, cuando después de una decena de intentos, pudo derribar a Maya. Se tendió sobre la lona y respiraba exhausto.

            Maya fue junto a Yan para ver al resto de la clase seguir practicando. Tenía otra pregunta más acumulada en su mente.

            —Oye, amigo —sonrió—, ¿por qué le pediste a Vika que viniera? Ella es de voleibol.

            —Se ve que no la conoces. ¿Cuándo has visto que un equipo donde ella esté pierda?

            Empezó a hacer memoria. Desde que ayudaba en la escuela, ella había visto los resultados de todas las justas y el nombre de Vika estaba junto al primer lugar de las competiciones. Cuando la miró, el asombro se dibujaba en su semblante. La chica que fluía como un río y que parecía tener una gracia felina, no aparentaba cansancio pese a que llevaba una hora entrenando.

            —Entonces, ¿estás seguro de que le irá bien en el torneo?

            —¿Por qué crees que Bella le dice la Victoriosa? El apodo no es de gratis, Maya.

            Yan sonrió para sí mientras los gritos de su compañera hacían eco en todo el gimnasio.



  Llevaban casi un cuarto de hora discutiendo sobre las dos justas que aún quedaban de atletismo y Maya se sentía frustrada. El calor en la ...

 Llevaban casi un cuarto de hora discutiendo sobre las dos justas que aún quedaban de atletismo y Maya se sentía frustrada. El calor en la pista que rodeaba la cancha ya había hecho acto de presencia y no ayudaba a que ella se concentrara. Sam, quien era la más rápida, quería competir pese a su lesión del día anterior. Sonia, la chica de quinto que tenía una prótesis tipo cuchilla para correr, estaba segura de que podría disputar los ochocientos metros, pese a que no había descansado ninguno de los días anteriores de competencia.

            La capitana no había sopesado la opción de que Sonia corriera el circuito, pues el desgaste ya asomaba a su físico. Además, consideró que ella misma debería correr la media maratón, aunque eso la dejara agotada, pues era la líder del equipo. «Tampoco le puedo pedir a David que compita, está jugando en el de basket», razonó.

            Sam tenía las piernas llenas de cintas kinesiológicas. Maya no pudo evitar pensar en una pintura de arte moderno cuando bajó la vista para observarlas. Sonia, por otro lado, no tenía ninguna lesión y la capitana pensó que tal vez quería lucir su nuevo implante con los colores de la escuela. Consideró todo aquello mientras sus dos compañeras discutían hasta que la chica de quinto alzó la voz:

            —A ver, capitana, lo piensas un chingo, ¡yo puedo correr! Además —agregó mientras se daba una palmada en la pierna y señalaba su prótesis—, solo me puedo lastimar una pierna.

            La carcajada de Yan interrumpió su réplica. La capitana volteó para ver al muchacho llegar junto a Pedro, el fotógrafo que cubría los Juegos Interescolares.

            —Me caes bien, Sonia —habló Bestia—. Tienes buen sentido del humor.

            —No siempre, Yan. A veces cojea.

            Otra carcajada más y le dio unas palmadas a Pedro.

            —¡Déjala competir, Maya! Está muy segura.

            —Y se me hace tarde para prepararme. —Se ajustó el jersey de su uniforme y echó a correr a los vestidores—. ¡Deséenme suerte! —dijo a la lejanía.

            —¡Rómpete una pierna! —gritó Yan.

            —Ojalá. ¡La prótesis es más cara!

Maya puso los ojos en blanco y suspiró fuertemente.

            —Bueno, eso solo me deja a mí para correr la media maratón —decidió y empezó a estirar.

            —Hasta crees. —La sonrisa de Yan tenía un deje de burla—. Mi mero gallo acaba su partido y viene a prepararse para el maratón. —Se adelantó a la réplica de la chica—. Además, tú tienes que estar entera para la carrera de la ciudad.

            —Está bien, Yan. —Admitió mientras el peso de la responsabilidad dejaba de agobiarla—. Si confías en Robi, que él compita la media maratón.

            —Que él gane la media maratón. —Se dio la vuelta y empezó a darle indicaciones a su compañero que cargaba una cámara.

 

El sol pegaba muy fuerte en la avenida al oeste de la escuela. Maya vestía una gorra para cubrirse mientras esperaba a los corredores de la última justa del día. La mayoría de los alumnos y algunos padres de familia presenciaban desde la acera contraria. Había varios puestos de fruta y aguas frescas que perfumaban el ambiente.

            Ella aguzó el oído cuando escuchó a varias personas emocionarse al final de la calle. Divisó que Robi venía al frente, seguido de un muchacho que apenas le aguantaba el paso y que tenía cascadas de sudor por toda la cabeza. Sin embargo, al observar mejor, notó que su compañero llevaba un andar muy peculiar. «Le pasó algo al pobre», pensó y corrió para observar mejor.

            —Robi, ¿te encuentras bien? —Lo había alcanzado y empezó a trotar al lado de él.

            —Es el pie derecho. Me molesta. No sé si pueda terminar.

            Maya observó que no había dejado de correr y que le llevaba ventaja al segundo lugar, quien parecía ya un tomate bajo el grifo.

            —¡Vamos, Robi! Tú puedes.

            —No creo, capitana. No debí competir.

            Maya empezó a aumentar sus palabras de aliento, pero el muchacho daba negativas a cualquiera. Así estuvieron varios pasos hasta que Robi estalló.

            —Es que no importa cómo pise, ¡me duele!

            Lo observó más a detalle y notó que apenas si sudaba. Hizo memoria del día anterior y se dio cuenta hasta ese momento que los halagos no funcionaban con el muchacho. Apretó la mandíbula antes de soltarle lo que pensaba.

            —Si no importa cómo pisas, ¡pues pisa normal! El dolor no se va a ir, ¡caray!

            Rob soltó un bufido y apretó más el paso. Echó un poco el cuerpo hacia delante cuando empezó a pisar con fuerza.

            »¿Eso es todo? Mi abuela camina más rápido cuando va al mandado. Con razón Bestia no confía en ti, lento.

            El flujo de ofensas no paró hasta convertirse en un torrente. Maya iba de espaldas mientras le sostenía la mirada.

            »En el cuento de La tortuga y la Liebre tú podrías ser el caracol de lo lento que estás hoy.

            Robi empezó a correr en serio y Maya se dio la vuelta para ser dos guepardos emparejados. Estaban a doscientos metros de la meta cuando ella notó que justo a un lado, en la otra acera, Pedro se había colocado para tomar una foto.

            —¡Ya no puedo, Maya! —alcanzó a gritar Robi.

            —¡Corre! Maldita sea, ¡no te detengas hasta que rompas el listón!

            Ambos cruzaron la línea de meta al mismo tiempo. Maya saltó a la calle para sostener a su compañero por un costado y Yan apareció del otro para guiarlo a la acera. Una chica de la Brigada Escolar los esperaba para quitarle el calzado y revisarle el pie. Al cabo de un momento, les mostró la causa del dolor.

            —La bandita que tenías en el talón se soltó y andaba bailando en todo tu tenis junto al calcetín que se bajó. No hay nada de que preocuparse. —Sacó un aerosol y lo agitó—. Esto lo vas a sentir frío.

            La cara de Robi le sacó una sonrisa a Maya y se puso en pie gracias a Bestia. En ese momento, unos aplausos como granizos se escucharon por toda la avenida. Su compañero había llegado en primer lugar y algunos alumnos lo levantaron en brazos. Se sintió satisfecha, pero culpable de haberle dicho todo aquello. Levantó la vista a la otra esquina, donde estaba la reja del estacionamiento de la escuela y vio a la subdirectora que presenciaba el final de la carrera. Estaba por ir a pedirle una disculpa cuando alguien tocó a su hombro.

            —Maya, tenemos que hablar.

            Ella volteó con lentitud, pues ya sabía de quién se trataba. Era Kira, su jefa en la Mesa de Alumnos. Tenía la expresión gélida de siempre.

            —Presidenta, ¡buenos días! —Tragó saliva y sintió la culpa caer en todo su cuerpo. Estaba lista para el anuncio de un reporte.

            —Necesito que me pienses qué día de la siguiente semana puedes presentar tu examen a título de suficiencia. Necesito tener listo todo para que te lo apliquen —habló muy seria.

            —¿No debería aplicarse a fin de semestre? —Relajó por completo el cuerpo y soltó un silencioso suspiro. Sabía que hablaba de la clase de Ética.

            —Si hacemos eso, podrías perder la beca del Estado —dijo con calma—, pues actualmente tienes un cero en este parcial. Además, la subdirectora ya autorizó.

            —Está bien. Lo tomaré en una de esas horas libre que tengo. Yo te aviso.

            —Gracias, Maya. Estamos en contacto. —dijo para despedirse, dando unos pasos antes de voltear y sonreír con calidez—. ¡Ah!, también quiero agregar… ¡Muchas gracias por tu liderazgo y felicidades por todas las victorias!

            Se quedó atónita ante tal escena. En contadas ocasiones había visto esa expresión en Kira y ese gesto le proporcionó serenidad. Miró al cielo y sintió un cálido aire de otoño tan poco común para la época mientras veía todo el festejo que se llevaba en la avenida y que ahora se encaminaba a la preparatoria. Cuando bajó la mirada, Yan la observaba y gesticuló para que pudiera entenderle: «Nos vemos al rato». Ella no pudo evitar sonreír.

 

Eran casi las cinco de la tarde cuando Maya se paró en la acera de enfrente de la librería donde ayudaba Yan. Llevaba el cabello suelto, pues el viento se sentía frío. Se alisó la blusa sin mangas para después ajustarse el suéter de botones que llevaba encima. Su pantalón de tiro alto le pareció fuera de moda, pero Gisela había insistido por mensaje que la haría ver bien. Dio varios pasitos nerviosa, pues no veía a Bestia desde donde estaba. Sus botas negras hacían un ligero eco al andar.

            —Qué diferente se ve la gente cuando se baña.

            Maya volteó para ver a Yan que aparecía sonriéndole. Llevaba una playera negra holgada y se ajustó la solapa de su camisa morada apenas la vio. Sacó algo de uno de los muchos bolsillos de sus pantalones oscuros y se plantó frente a ella.

            —Buenas tardes, Yan. —Saludó con la mano.

            —Tú siempre te ves bien, Maya. Tal vez es un don tuyo.

            Ella quiso responder al cumplido, pero las palabras no salieron.

»Permíteme. —Alzó la mano para pasarle un pañuelo de tela por la sien—. Listo. Creo que era una hoja que se te quedó en el cabello. ¿Pasamos? —Hizo un ademán con la mano y señaló la plaza a sus espaldas.

 

La cafetería era el lugar que ella había elegido para espiarlo en aquella ocasión que lo siguió. Se sentaron a una mesa junto a la ventana y ella eligió rápidamente algo del menú. Él se tardó un rato en decidirse por una bebida de chocolate blanco.

            —¿No te gusta el café?

            —Ya vivo muy alterado sin cafeína. El chocolate me gusta más. —Se reclinó un poco sobre su silla—. Dime, ¿desde aquí me veía guapo o por qué elegiste este lugar?

            —¡Qué pesado! —Sonrió—. Pues, desde aquí te apreciaba bien, pero en mi defensa…

            —Querías descifrar qué pedo conmigo. Sí, está bien. Disculpa la pregunta. A ver, Maya, dime por qué una cafetería es un buen lugar para las primeras citas.

            Ella recorrió el lugar con la mirada. El sitio tenía un decorado en tonos pastel y beige, además de varios cuadros pintados a mano. La mayoría de las mesas eran de la misma altura. En cambio, las sillas solo parecían del mismo juego para cada mesa.

            —Te permite hablar, ¿no? Conocer a la otra persona y hacerle preguntas. Y justo eso quiero hacer ahorita. La vez pasada no tuve oportunidad de hablarte mucho.

            —Adelante —concedió él con una sonrisa—. Pregunta lo que quieras.

            En esos pocos minutos, Maya aprendió que él jugaba videojuegos como pasatiempo, leía un poco, estudiaba en las horas libres que se había ganado a base de reportes y discutir con los profesores. También le dijo que escuchaba todo tipo de música rock y que le gustaba la escultura. Además, le contó que no tenía papá, pues había huido de casa y que pasaba el domingo con su mamá en lo que ella decidiera.

            Ese comentario la hizo sentir extraña, Maya y su madre pasaban muy poco tiempo juntas debido a que viajaba por trabajo. En cambio, Yan parecía llevarse demasiado bien con la suya. Sintió un deje de nostalgia. Además, se arrepintió de haber indagado sobre su vida con otras personas y no con él.

            Pidieron el postre y en el siguiente ciclo de preguntas, ella descubrió que Yan practicaba karate todos los días, pues le confesó que era parte de su vida diaria. Lo había llevado consigo desde los ocho años y que el estilo que entrenaba tenía el enfoque que requería.

—¿Goju Ryu? —preguntó ella.

—Es la escuela de mi maestro. Tengo casi diez años practicando y… —Se quedó callado porque la discusión en otra mesa sonaba en todo el café.

Unos metros más allá, un comensal estaba regañando sin piedad a un joven mesero. Se disculpó varias veces y apenado, fue hasta la mesa de Maya y Yan con una bandeja de postres. Un tiramisú un poco aguado y un pastel de chocolate con la cubierta maltratada.

—Disculpen la demora —habló el chico—. Tuvimos un desastre en la cocina.

—Oye, amigo. Perdón, pero esto no fue lo que pedimos. Fue una tarta de manzana para ella y una carlota de durazno para mí. No te preocupes si tarda, esperaremos. Gracias.

—Gracias, joven. —Revisó sus órdenes y las acomodó en la bandeja—. Ya lo traigo.

            —Supongo que esto es otra lección, ¿verdad? —Alzó ella una ceja mientras le daba un sorbo a su bebida.

            —Aprendes mucho de los hombres por cómo tratan a sus mamás o a la gente de servicios. Si ves que a alguno de ellos los trata con prepotencia o groseramente, ¡corre!

            Maya pensó en dos de sus pretendientes que eran precisamente así. Se sintió apenada de recordarlos y no dijo nada.

            »¿Ves a ese tipo gritón de allá? Si ella es lista, esta es la última vez que salen juntos.

            La cita continuó cuando llegaron sus postres y los degustaron con lentitud. Maya le empezó a contar a Yan que a veces le costaba divertirse, sobre todo en este último año. Las responsabilidades habían llegado a un punto donde había que posponer muchas cosas que ella disfrutaba hacer. Él dijo que tal vez necesitaba ayuda del Guardián de la Diversión.

            —¿El qué? —Sonrió ella extrañada.

            —¿Nunca viste El Origen de los Guardianes? La produjo Guillermo del Toro. Salió hace dos años cuando se “acabó el mundo”.

            —No la conozco, Yan. Casi no veo películas animadas. Es que… pasó algo en secundaria. Conté que todavía veía Plaza Sésamo con una de mis sobrinitas y se burlaron de mí.

            —No por eso vas a dejar de disfrutar la vida, princesita. La secundaria ya quedó muy atrás. Mucho, pensando que nuestra prepa dura cuatro años. ¿A quién se le ocurre que todavía podría funcionar ese esquema? Como sea, no dejes de disfrutar la vida por eso, ¿de acuerdo?

            Maya asintió mientras en la otra mesa, la de los gritos, el sujeto se levantó, resopló sobre su amplio bigote y salió del lugar muy enfurruñado. Ella lo siguió discretamente con la mirada.

            —Supongo que, como dices, ya no habrá segunda cita para ella.

            —Y hace bien. —Volteó a ver a la chica, que aparentaba ser un poco mayor que ellos—‍. Amiga, de la que te salvaste.

            La muchacha sonrió y pidió algo más antes de irse.

            Cuando estaban por retirarse ella sacó dinero de su cartera, pero él la detuvo con un ademán. Él insistió en que era la primera cita formal y que el pretendiente debía pagar en ese momento.

            —Me siento mal, Yan. No creas que no sé que pagaste por todo el material de la salida anterior.

            —Somos estudihambres, Maya. Ahorita sí es posible que tengan que irse micha y micha, pero en cuanto empiezan a salir, tal vez deban hablar cómo serían las salidas. Tú pagas una y él paga la otra, se van a mitades siempre, el que invita paga todo. Cosas así hay que hablarlas. Ya tú decidirás qué aceptas. No te vayas a topar con tacaños extremos o con dadivosos muy sospechosos. Además, con esta economía… —Se encogió de hombros.

 

Salieron a la plaza y estaba abarrotada, el murmullo de cientos de conversaciones inundaba el ambiente. No dieron ni dos pasos cuando el olor de la zona de comida les hizo olvidar el aroma del café. Anduvieron sin rumbo por el lugar y cuando ella iba a mencionar que ya era hora de retirarse, notó que una mujer con el cabello rubio entornaba la vista en su dirección. Se abrió paso entre el gentío para llegar hasta ellos.

            —¡Hijo! Destacas entre la multitud con esa trenza. Los muchachos casi no la usan así.

            —Mamá, ¿qué haces aquí? Creí que estarías trabajando. Además, fue idea de Gis lo de mis greñas.

            La señora desvió la mirada hacia Maya y le sonrió, por un momento, cuando volvió hacia su hijo, juntó ligeramente las cejas.

            —¿No me presentas?

            —Ah, sí. Maya, mi mamá. Mamá, ella es Maya. Salimos por un café.

            —¿Maya Vega? Sí he oído hablar de ti.

            Ambas se saludaron y estrecharon la mano. La chica notó que la madre de Yan era muy joven. Se preguntó qué edad tendría. Después de unos segundos de conversación, ella le sonrió con ternura y se llevó la mano a la boca.

            —Me alegro de que mi muchachote salga un rato en las tardes a otras cosas. Y mira nomás, con la señorita del cuadro de honor.

            La mencionada se ruborizó y agradeció con pena.

            —Nos tenemos que ir, mamá. Ya es tarde para ella.

 

Las despedidas fueron breves y ellos ya estaban afuera de la plaza. El viento del otoño le hizo ondear el cabello a Maya y Yan sacó un gorro de color gris de otro de sus bolsillos y se lo ofreció a ella.

            —Gracias. Oye… tu mamá se ve muy joven. —No supo cómo continuar.

            —Es que me tuvo cuando estaba terminando la uni. De hecho, tuvo primero mi acta de nacimiento que su título. —Se rio—. Aquí sería el momento en que te acompaño a tu casa, pero ya vi a tu sombra en la otra esquina. Nos vemos mañana, Maya.

            —Nos vemos, Yan. Muchas gracias por todo.

 

Yan iba en camino a su casa cuando le sonaron algunas notificaciones de golpe. No había revisado su teléfono en la cita por respeto a la chica. Cuando encendió la pantalla, vio varios mensajes de la Movida en calidad de urgente. El que más le llamó la atención era el que rezaba: «El dire quiere que lleves dos medallas el sábado. La de equipos y la individual. Mañana te dan la noticia».

Él hizo memoria de todos sus compañeros que habían salido lastimados durante la semana y no alcanzarían a participar en las dos divisiones. Maldijo para sus adentros todo el camino de regreso.