Nota del autor: En ánimas del Día de Muertos y de todo el ambiente festivo de octubre, les comparto este texto que está lleno de sabor mexi...

 Nota del autor: En ánimas del Día de Muertos y de todo el ambiente festivo de octubre, les comparto este texto que está lleno de sabor mexicano. Me encantó escribirlo y espero que les guste. Tal vez publique un último capítulo, pero ya veré dependiendo del alcance de este. Por favor, disfruten.

En México no se celebra la muerte, aunque se tenga muy presente todos los días. Recordar y honrar la memoria de los seres queridos es lo que realmente se hace en los últimos días de octubre y primeros de noviembre. Por todo el territorio hay celebraciones para conmemorar a los que se adelantaron en el camino.

            El Festival de las Ánimas era uno de tantos que tenían lugar en todo el país. Fungía como celebración de Día de Muertos, Halloween, festividad de otoño y feria de temporada.

            Apenas llegaron al evento, Gisela se llevó del brazo a Robi y dejó que Mila y Kira jalaran a Vika y Lucas a su propio recorrido. La pareja de simulacros había quedado sola de nuevo.

La media máscara de calavera que lucía Maya —hecha por la Bella— la hacía sentirse en armonía. Yan también fue maquillado con la mitad opuesta del rostro. Él daba un aspecto lúgubre con su conjunto oscuro de camisa negra sin fajar, playera y pantalones con muchos bolsillos. Maya se sentía cómoda con su pantalón de mezclilla. Se ajustó su suéter de botones holgado por lo fresco del viento, mientras se deleitaba con la imagen del festival.

Estuvieron deambulando primero entre los puestos de alfeñiques donde vislumbraron al profe Liam quien colmaba una bolsa con los dulces. “Ustedes ya se habían ido y pensé que no tenía nada que hacer. Así que también me largué de la escuela”. La chica supuso que mentía, pero lo dejó pasar.

            Antes de dejar esos pasillos, Maya fue víctima del atractivo aroma dulzón, se compró también una bolsita que degustó de a poco y compartió con Yan.

            Pasaron al área de cultura, donde había corredores con artesanías, demostraciones de arte y un escenario donde tocaba una banda de rock local. Andaban con lentitud, tan embelesados con la vista en el escenario, que casi chocan con la mamá de Bestia. La señora se llevó las manos a la boca, enternecida de ver a su muchacho en el festival con una chica que no fuera Gisela. Mencionó eso con un exceso de honestidad. La señora García le explicó a Yan que había venido al festival con su novio y algunos familiares y que no esperaba topárselos ahí, menos en un día en que tendrían que estar en la escuela. “Acabamos todo lo que nos encargaron y pasamos a ver a la mamá de Mila”, fue la única explicación del hijo. Ella se despidió de los muchachos con un somero abrazo y le pidió a Yan que pasara a la casa el domingo por su regalo. Antes de dirigirse al área de juegos, Maya tuvo que preguntar.

            —Oye, Yan, ¿acaso…?

            —¿Me molesta que mi jefa tenga novio? Nop. Está joven, que haga su vida. El tipo ese es buena persona.

            Era no era la duda que tenía en mente y decidió no indagar más.

            El área siguiente era inmensa. Al menos tres pasillos de juegos de feria y un espacio aún mayor para los mecánicos. Yan insistió en ganarle una alcancía, un peluche y varias pulseras en todos los puestos en los que jugó. Cuando ella preguntó que cómo pudo ganar en el del rifle de aire, cuando todo mundo sabe que es una estafa, él se limitó a decir: “Me puse de acuerdo con Lucas. Le pegábamos a la misma pieza con ritmo para que él ganara algo para Vika y yo algo para ti”. La chica puso los ojos en blanco. «Tiene sentido que un tramposo le gane a otros», razonó mientras apretaba su oso afelpado.

            El popurrí de todos los aromas del área de comida le hizo gruñir el estómago a la Bestia y se dirigieron para comer algo. Antes de que Yan pudiera decidirse por un puesto en particular, una chica de su misma estatura se abalanzó sobre él con una llave-abrazo sobre el cuello del muchacho. Unas cinco muchachas hicieron corro alrededor de él. Maya iba a intervenir, estaba a punto de sujetar a la chica cuando se dio cuenta que quien le aplicó la llave tenía un aire familiar. Además, Yan no se defendía. «Tiene la misma belleza hosca que él», pensó. Se calmó al instante.

            Después de que Yan se soltara de la llave, insultara a la chica y presentara a todas como sus primas —de ambas familias—, la más alta fue la que habló. Le pidió a Bestia que no se le olvidara ir a su boda en noviembre y que debía llevar a alguien. No quería ver a su guapo primo como un solterón sin esperanza… o con un círculo de chicas que le volaran como moscas.

            —¡Y no se vale invitar a Gisela! Todas las Castillo son mis invitadas porque me van a peinar, arreglar y maquillar ese día.

            —Tranquila, Nanci. ¿Puedo llevar a más gente? —preguntó con tosquedad.

            —Te doy cinco pases si me prometes que vas a ir y bailar. Una pieza, no te pido más. Y me refiero a mi vals, no a estar bailando solo los ojos como siempre haces.

            Yan no respondió enseguida y el silencio pareció tensarse hasta que una de las primas, la más chica, intervino.

            —Es solo una pieza, Yan. Y es para tu primota que ya se casa con el amor de su vida.

            —¿Y vale la pena el vato o nel? —preguntó con mofa.

            —Tantos años que te estuvimos sermoneando cómo queríamos que fueran nuestras citas y nuestras parejas ¿y crees que no las voy a saber elegir? —Nanci puso los ojos en blanco—. No digas mamadas, neta.

            Yan aceptó de mala gana ir, bailar el vals con su prima y llevar a Maya como su acompañante. Ellas los dejaron en paz para que pudieran disfrutar del resto del festival y se despidieron con sonrisas.

            —Eres el consentido de tus primas... y se nota que te quieren un montón.

            —¡Oye, muchacha! —gritó Nanci—. Cuando puedas, consíguete un mejor partido.

            —¡Ese es el plan! —replicaron Maya y Yan al mismo tiempo.

            El muchacho la tomó del brazo con delicadeza y la llevó a otro pasillo de comida. Él se fue a formar a una extensa fila de banderillas y fritangas, mientras ella esperaba cerca de unas mesas. Paseó su vista por la multitud para ver si reconocía a más caras conocidas. «’A quién más nos vamos a encontrar ahora?», razonó divertida.

            Revisó su reloj por segunda vez, cuando al levantar la mirada, pudo ver al inconfundible y vistoso don Barín. Vestía un uniforme azul de seguridad bastante pulcro e iba alisándose una mata blanca de pelo recortada. Su espesa barba impedía que se viera todo su semblante, pero Maya sí notó que le sonreía como un abuelo que acaba de ver a su nieta. Se acercó a ella haciendo sonar sus lujosos botines en los adoquines. Se saludaron con cordialidad.

            —Vaya, siempre me los encuentro de una u otra forma. Hasta parece que los voy siguiendo. El día martes los vi en el parque, pero ibas muy acsorta, o como se diga, en tus pensamientos.

            —¿En serio? Nunca lo había notado, perdón. Ese día sí que me sorprendió Yan, por eso estaba así. —Un escalofrío le recorrió la espalda al acordarse. Observó que el señor veía todo con fascinación—. ¿Es la primera vez que viene aquí?

            —Ustedes, los mexicanos, son muy peculiares. Le tienen mucho amor a la vida y hacen burla de la muerte. Esta tradición está bien interesante.

            Hasta ese entonces, Maya no había pensado que tal vez el señor fuese extranjero.

            —¿Usted de dónde es?

            —Si te soy sincero, ni me acuerdo. —Se encogió de hombros—. Un día aparecí aquí, en el atrio de su santuario. No entendía nada de lo que decían o de las costumbres. El sol era muy caloso y me lastimaba. Fue muy feo de principio.

            —¿Cómo dice? —inclinó la cabeza.

            —¿O cómo se dice cuando te cala mucho y te quema?

            —Ah, le calaba mucho el brillo del sol. A lo mejor de donde viene, está nublado siempre.

            Eso no tenía sentido para ella, porque su piel denotaba un bronceado de años de estar expuesto. El enigma viviente le volvió a sonreír.

            —Tal vez vengo de un lugar que siempre es de noche. O nunca salía de mi casa —se rio.

            El anciano le contó cosas sin importancia a la chica. Le explicó también que tenía trabajo de guardia, pues le gustaba la acción de cuidar y que, ahí mismo, le dejaban dormir y asearse. Ladeó ligeramente la cabeza como si tratara de concentrarse en un sonido y volteó para observar cómo Yan volvía con unas bandejas de comida.

            Se despidió de la pareja con la excusa de que tenía que volver a su trabajo y se encaminó con un andar animado. Su mirada se paseaba en todo como si fuese un niño asombrado.

            Después de que ambos degustaran sus banderillas y él una brocheta de alitas, se quedaron viendo a la nada, mientras una ligera somnolencia los invadía. Ella fue la primera en hablar.

            —Todo este día fue inesperado, Yan, Gracias por todo.

            —No es nada, Maya —le sonrió.

            —Sí es algo. La próxima cita la invito yo. —Él iba a replicar algo, pero ella le acercó una mano a los labios para hacerlo callar—. Eso me dijiste en el café, ¿no? Solo no planees nada hasta después de tu fiesta de cumpleaños.

            —Ah, sí. La fiesta del viernes… —Abrió mucho los ojos—. Sí te invité, ¿verdad?

            —Me invitó Gisela. No te preocupes. Y les llevo regalos a ambos. ¡Ven! Hay que buscar a los demás ya para irnos.

            Ella tomó la mano del muchacho y por un instante él pensó en apartarla. Maya no se dio cuenta del rubor que le surcó las mejillas a la Bestia o de cómo el corazón se le desbocó por un momento.

Quería tomar un momento para reflexionar sobre esta novela. Esta obra la empecé como una tragicomedia. Desde el inicio planteé que la obra i...

Quería tomar un momento para reflexionar sobre esta novela. Esta obra la empecé como una tragicomedia. Desde el inicio planteé que la obra iba a llevar una desgracia y eso no ha cambiado con el tiempo.

    Yan es un personaje que tenía dibujado desde hace mucho y cuyo destino está ahí desde su mismísima concepción. Sí, me he basado en personajes de telenovelas, dramas asiáticos y un poco de héroes míticos. Es un personaje entrañable al que solo le he añadido capas y del que me da mucho gusto presumirlo.

    Maya nació como un personaje ligeramente molesto al que quería que la gente se encariñara con ella. Y dicho sea, me ha gustado cómo ha crecido hasta este momento de la obra. Me dijeron que su tragedia estaba anunciada desde la primera confrontación fuerte con el sistema corrupto de la escuela, pero al igual que el profe Liam, estoy orgulloso de esa evolución. Sí, el camino será tortuoso, pero estoy seguro que ella podrá superarlo.

    Todo el Aquelarre fue diseñado para que Gisela fuera su mandamás, pero debo admitir que ella es, sin miedo a equivocarme, el personaje más difícil de escribir. La complejidad de personalidad y de trasfondo me ha costado mucho. Vanessa Valdés/Claus de la saga Relatos en Prosa. Las Crónicas de James Fixer, Santa Claus, es un personaje relativamente sencillo al lado del coloso que es Gisela en densidad. En la tercera parte se revelan muchas cosas de ella, quien carga demasiado para solo ser una adolescente.

    Lo mejor de los profes Liam y Eric aún está por llegar -ligero spoiler- y lo que tendrán que hacer será igual de doloroso y satisfactorio. Liam es todo un titán de la moralidad y el profesor Eric es el hombre amable del que decía Teccam, de Crónicas del Asesino de Reyes, que debías temer su ira. Todo su arco de cierre es espectacular, aunque tenga que decirlo yo mismo. Espero que lo disfruten cuando la obra sea publicada.

    A diferencia de mis otras obras, donde la acción es precipitada y bien detallada al mero estilo de Brandon Sanderson, lamento decirles que aquí no será así. Si ya leyeron el capítulo veinte y les pareció un poco corto en cuanto a la acción, déjenme disculparme. El propósito del capítulo era darle un cierre a la odisea de Yan de mostrar a la gente lo maravillosa que es Maya y, también, darle al lector una muestra de que "el bien justifica los medios", en la mente del muchacho. Sí, Yan es una Bestia, desde su modo de pelear, hasta las trampas que diseña, no lo creé para que fuera un héroe perfecto. En ese capítulo demostré que es voluble, sacrificado y también un culero y un bravucón en ciernes.

    Si ya leyeron entre líneas, Maya no se da cuenta de la increíble red de protección que tiene a su lado. No es que esté romantizando la pesada carga que es ser un modelo a seguir -que ella no lo es- sino que quiero dar a entender que hay cosas que vale la pena proteger. Personas por las que vale la pena vivir y sacrificarse un poco.

    Los sueños de la mayoría de ellos se terminan de definir más tarde en la obra, pero como dicta el destino, no todos podrán cumplirlos. Así es la vida, pero no todo es negrura en el firmamento. Una tormenta puede ser destructiva, pero la calma y los efectos que traen después pueden ser hermosos también. Espero que lo comprendan.

    Para los que lo hayan adivinado, el giro de la trama es un golpe fulminante al cariño que le tienen a los personajes. Como lo dije, el destino es un desgraciado, porque la vida misma así lo es. Si aún siguen leyendo esto hasta el final, les agradezco en demasía su preferencia.

    Esta es una de las portadas que han quedado como finalistas para la obra final. Parece de un manhwa, porque esa es la intención. (No tiene el título final, por cierto). No se preocupen por las imágenes, trataré de adjuntarlas todas en un anexo de arte al final del libro. Estoy pensando en que todas las ilustraciones tengan un poco de peso y significado para la obra. De nuevo la actriz de voz y artista MerryRain -Emily Díaz- me ayudará con algunas de ellas. Sí, tendrá un framboyán. No, no será una pose romántica. Sí, desde que tomes el libro, verás que las pistas están ahí. El diseño de este libro es un trabajo pesado que espero valga la pena.



    Agradezco todos sus comentarios que se han tomado la molestia de dejar en los diferentes capítulos. Quiero que sepan que los primeros tres que ya adivinaron el giro de la trama, tendrán su libro en pasta dura cuando sea publicado. Pero vamos a divertirnos, ¿de acuerdo? Si conoces a alguien que le fascine el subtexto, mándale este avance para que se quede picado. Aún falta más de un tercio del libro y espero que lo disfruten tanto como yo cuando lo estuve escribiendo.

    Si subo o no más capítulos, lo decidiré pronto. También subiré algunos que no irán en la obra final, pero espero que los lean aquí. Hay una confrontación entre Zaza y Gisela por culpa del secretismo. Uno donde vemos a la subdirectora ser una katana implacable. Y hay uno de Samantha que no aporta a la obra, pero que estoy seguro que será enternecedor como el capitulo de La Mejor Amiga.

    Sin más por el momento, me despido y espero que compartan esto. Como diría el profe Eric, ¿podrán soportarlo? ¡Hasta pronto! 

Nota del autor: este será de los últimos capítulos que suba al sitio. Aún queda mucha novela, así que no hay problema por todo lo publicado....

Nota del autor: este será de los últimos capítulos que suba al sitio. Aún queda mucha novela, así que no hay problema por todo lo publicado.

Ayudar en un altar de muertos era terapéutico para Maya después de que el profesor de Filosofía la sacara de su clase con la amenaza de otro reporte. El gatillo había sido muy injusto, pues llegó con un examen rápido de un tema que no habían visto. Ella apostó con su conocimiento como defensa. “Si yo repruebo, me deja esa calificación en el semestre; pero si lo paso, nos pone esa calificación a todo el grupo”, fueron sus palabras.

Pese a la sonrisa del docente, ella obtuvo un diez y todavía le corrigió dos errores ortográficos. La proeza fue aplaudida por todos, menos por él. La excusa para sacarla fue la alteración del orden en el aula.

Aunque en sí, la única alterada era ella. El día nublado hacía comunión con su humor turbio después de ese percance. La ausencia de su asesor, el licenciado Eric, tampoco ayudaba mucho. “¿No te da pena llevar tantos reportes? ¿Qué le pasó a la alumna ejemplar?”, resonaban en su mente las burlas del docente cuando la vio salir.

Dio un pisotón cuando un costal de aserrín casi se le rompe y muy poco de su contenido se volcó. Resopló con furia hasta que una persona la ayudó a cargarlo con cuidado.

—¡Caray, Maya! ¿Quién te hizo tanto daño?

La figura imponente de Lucas se alzaba ante ella ofreciéndole su sonrisa irónica tan común en él.

—Perdón, amigo. Es que el profesor de Ética es un idiota.

—Idiota le queda corto. Vamos, cambia esa cara. Aquí estamos para ayudar.

            Los alumnos voluntarios se habían repartido en los tres grandes altares que presentaba la escuela. El dedicado a algún maestro ilustre de la localidad, el de los exalumnos o alumnos víctimas de la violencia en el país y el de las figuras famosas de la cultura mexicana. La gran mayoría de los presentes estaban ahí para evitar las clases, mientras que algunos, diestros en las artes, aportaban al plasmar su talento.

            En el altar de los profesores estaban Kira, muchos integrantes de la Mesa del Alumnado y Gisela. En el de los alumnos, Sam, Robi y la gran mayoría de las chicas de Atletismo y voleibol hacían esfuerzo conjunto para terminarlo. Vika, Zaza y Lucas hacían equipo junto a Maya y otros estudiantes de su grado para el último, pues era el más pesado de armar.

            El sudor le escurría de a poco en la frente a Maya cuando terminó el bosquejo del tapete de aserrín. Se desentumeció los dedos de estar sujetando las tizas de colores. Al estirarse se dio cuenta del paradero de Bestia. Su amigo seguía muy de cerca a Mila, quien sujetaba un portapapeles y daba instrucciones mientras andaba. Ella se ajustó las gafas al tiempo que se acomodaba las trenzas con una cabezada y le hizo una seña al muchacho para que se agachara. «Si Yan no se hubiera cortado el pelo, vería tres trenzas ahora mismo», pensó. La Amada le señaló un montón de masa de sal y madera balsa. En breve, el muchacho ya estaba moldeando unas figuras con el material.

            La chica volteaba de vez en cuando a ver al muchacho y cuando parecía que ya había acabado, él se limpió las manos con un trapo y se disponía a irse. Fue interceptado por una chica igual de bajita que Mila quien le empezó a hacer plática.

            —Mira nada más. No pierden el tiempo —habló la Movida desde atrás de Maya.

                —¡Zaza! No te escuché.

            —Es parte de mi encanto, querida. Qué ilusa chiquilla. ¿Sí la ves? —Empezó con aire teatral—‍. Piensa que va a pescar algo con Yan. De seguro busca venturas, riesgos, memorias para relatar a sus amigas. Pobre mosca muerta. ¡Observa! Se peina distraída, balancea su peso entre las piernas, le lanza miradas seductoras y seguramente le sonríe como una boba o le hace una vocecilla ridícula. ¿Y esa falda tan corta?

            —¡Qué mala eres!

            —Así son estas doncellas, Maya. Quieren la experiencia del chico malo solo porque lo ven alto, rudo y fortísimo, pero no es así. Nuestro pobre Yan es una oveja con piel de lobo. No me corrijas, sé lo que dije. Están seguras de que Yan se las va a llevar en su motocicleta —aunque ni tenga—, a un bar de mala muerte, tal vez a tomarse un licor horrendo para después montarlas a la barra y…

            —¡Ya entendí! ¿Se le acercan mucho? —inclinó la cabeza.

            —Por lo general, no. A estas alturas ya estaría Gis espantando a estas molestas para evitarles una decepción. Tiene práctica nuestra Bella. Solo una vez se le escapó una. Pasó el riguroso filtro de Gis, engatusó a nuestro fortachón y después de muchas sandeces, le dejó el corazón roto. —‍Se sujetó el pecho y miró al cielo—. O eso dice el vulgo. No me sé toda la historia y eso me ofende como la más informada de la escuela. Desde entonces, se fija quién se le acerca a su hermanote. ¡Míralo! Aunque ahora parece más incómodo que de costumbre.

            Maya observó el notorio malestar de su amigo y de cómo intentaba escapar de la chica. Sin embargo, por el borde de su visión, alcanzó a vislumbrar una estela roja. Se movía con la lentitud y la peligrosidad de la lava. Gisela apareció en el cuadro como un incendio anunciado y sujetó de forma posesiva el antebrazo de Yan. A pesar de la distancia, se escuchó claramente su voz. “¿Quién es esta chiquilla tan adorable, mi Bestia? Está bien tierna.”, remarcó la última palabra.

            —Ya se había tardado esta cabrona —habló la Victoriosa—. ¿Qué pedo con estas morras? No han de tener ni quince y se andan fijando en el ruco de Yan.

            Gisela se desbordaba en halagos hacia la chica. Diciéndole niña, adorable, lindura y cosita mientras remarcaba que él era de su propiedad y no se le despegaba. Después de unos instantes, la pequeña desistió y se fue de ahí con cara de derrota.

            —Rob y Tomi podrán ser los mejores bateadores —comentó Lucas que también estaba de chismoso—, pero Gisela no les envidia nada a la hora de abanicar.

            —Así de culera llega a ser Gisela y al chile qué bueno —sentenció Vika.

            —No sé cómo a él se las tienen que espantar, si yo también estoy guapo.

            —Sí, claro —masculló y volteó a ver a su amigo para después entornar los ojos. Abrió un poco la boca—. ¡Ay, cabrón! Pues sí estás guapo.

            —¡Te estoy diciendo! Pero estar a la sombra de Yan me quita protagonismo. Espero que no vaya a la misma uni que yo. Me cae bien, pero no me deja brillar.

 

Era media tarde cuando se dio por terminado el montaje de los altares y se anunció que autoridades educativas visitarían la escuela para verlos. Maya vestía un suéter holgado de botones y se acercó a la ofrenda dedicada a los alumnos. Por fin pudo apreciar las figuras que Bestia esculpía. Al inspirar por el asombro, tosió con el humo del copal y se retiró un poco del sahumador. El arte que había plasmado su amigo eran varios alumnos practicando deportes. Dos chicas en voleibol, un bateador y un pitcher, dos artistas marciales y una gimnasta. El nivel de detalle la dejó atónita y perdió la noción del tiempo hasta que alguien se situó a un lado de ella.

            —Y deberías ver las figuras de Kira. Ella las hace mejor —declaró Yan con respeto.

            La chica fue al altar de los maestros sin mediar palabra y vio toda un aula tallada en madera. Estaba representado uno de los salones de la escuela y un maestro al frente de unas butacas. La imagen la enterneció y giró sobre sí misma para apreciar los tres altares que decoraban el patio de la preparatoria, al tiempo que el aroma del cempasúchil le llenaba los pulmones y las luces de las veladoras terminaban de decorar la escena.

 

El Aquelarre, los muchachos, Maya y su mejor amiga estaban reunidos cerca de la entrada, presas del aburrimiento. Una ambulancia sonó en las inmediaciones y Bella y Bestia intercambiaron miradas extrañados. El muchacho sacó su teléfono y se dirigió al acceso para revisar. Regresó al poco rato tranquilizando al grupo. “Es solo por protocolo. Nadie en la escuela la necesita”, explicó.

            —¿Y si ya nos abrimos? —sugirió Vika—. Ya no hay nada que hacer.

            —Podemos ir al Festival de las Ánimas —habló Zaza—. A menos que tengamos prohibido salir. —Le dedicó una mirada cargada de intención a Kira.

            —El reglamento dice que, en los días de actividades libres, podemos retirarnos en cuanto estén terminados los pendientes. Así que no hay problema alguno.

            —Mi Reina nunca me decepciona. Podemos ir a ver a la mamá de Mila antes de ir al festival.

            —Gracias, en serio gracias —contestó la Amada—. Tengo mucho para contarle. ¡Vamos, vamos!

            Maya siguió al grupo. «En tres años que llevo ayudando a Mila, nunca he visto a su mamá. Sam tenía razón, era una egoísta», se reprendió.

 

Cuando los jóvenes llegaron al lugar, el cielo ya se acercaba a los tonos violetas y azules. El perfume floral estaba muy presente y Mila iba a la cabeza de la comitiva. La chica se hincó frente a su madre para presentarle respetos y empezar a arreglar todo frente a ella.

            —Buenas tardes, mamá —dijo con dulzura—. ¡Qué semestre tuvimos en la escuela! ¡Qué semestre! Me volvieron a elegir para el Comité de Eventos. Ya lo hago mejor cada vez. Todo lo que me enseñaste me ha servido mucho pero mucho. Recuerdo que me molesté cuando Gis me nominó al principio, pero nunca me dejó sola. Mis otras amigas también son un amor. ¿Te acuerdas que te platiqué de ellas? Seguro que sí, sí. Además, Maya, la mejor de la escuela, ahora es mi amiga de verdad. Y con ella se nos juntó Samantha. Son muy lindas. Y Bestia sigue pareciendo un tipo grandote y rudo, aunque siempre me ha conmovido. Solo que no se lo digo para cuidar su imagen. Nunca deja a la gente desamparada. Oye, mamá, ¿te molesta si rezamos? Pero tal vez ya lo hiciste con papá y comieron algo. “De la misa a la mesa no se reza”. O algo así decía mi padrino. Pero te voy a cantar. Sí, mejor cantar.

            La Amada recortaba tallos, limpiaba los floreros, pulía el marco con la foto de su madre mientras empezó a entonar La Martiniana.

            El veintiocho de octubre se suele conmemorar a los que perecieron en accidentes, pero debido a las ocupaciones de la chica y todas sus amigas, no pudieron asistir a visitar a su mamá. Todos estaban a una distancia respetuosa de aquel encuentro.

            Maya tenía un nudo en la garganta. Inclinó la cabeza un poco para que las lágrimas no fueran visibles.

            —¿Cuándo pasó? —musitó.

            —Cuando íbamos a entrar a preparatoria —explicó Gisela—. Venía en la troca luego de vender en el mercado y un conductor la embistió de frente. Se nos fue al instante.

            —Nunca supe si te gustaba mi voz, mamá —dijo Mila al terminar de cantar—. Aunque de seguro dirías que sí para no herir mis sentimientos. A lo mejor piensas que soy repetitiva, muy repetitiva, pero gracias por todo lo que me enseñaste en el negocio. Sigo de pie, ¡eh! Ojalá pudieras estar aquí para darme tu abrazo. Voy a seguir bien, no te preocupes. No me esperes pronto, porque pienso vivir como me lo pediste. ¿Está bien? Aquí va otra canción.

            Terminó de preparar todo para sentarse con las piernas cruzadas. Sus amigos se reunieron con ella mientras entonaba Amor Eterno.

 

Kira y Gis se encontraban junto a la Amada ayudándole a recoger todo. Los demás estaban desperdigados por el lugar. Solo Maya observaba la escena sin saber qué decir o hacer. Fue la voz de Yan la que la sacó de su ensimismamiento.

            —Siempre he admirado mucho a Mila.

            —¿Por qué? —preguntó sin voltear a verlo.

            —Cuando le pasó esa desgracia, le dieron la noticia de mala manera, culpando a su mamá. ¡Qué tontería es culpar a la víctima! Pero Mila no se achicopaló. Ayudó a su papá y familiares a levantar el negocio. Y en su primer parcial, pese al dolor, sacó muy buenas notas. En su primer año la nombraron al puesto que tiene.

            —A pesar de todo.

            —Sí. Su día a día era un recordatorio constante de que su mamá ya no estaba. Qué valor el de ella que aprendió a caminar con la muerte tan cerca.

            La luz prácticamente se había extinguido y algunos de los faroles del panteón ya titilaban para encenderse. Por común acuerdo, estaban listos para irse. Maya dio media vuelta y se topó con Gisela de espaldas al ocaso.

            —Bonita, no creerás que vas a ir así a ver a las ánimas, ¿o sí?

Bella sacó algo de su bolsillo y la escasa luz no permitía verle el rostro, salvo por una ancha sonrisa.



Nota del autor: este es el capítulo que muchos esperaban. Aquí pasa lo inevitable por parte de Yan. Todos lo sabemos, él lo sabe, pero Maya ...

Nota del autor: este es el capítulo que muchos esperaban. Aquí pasa lo inevitable por parte de Yan. Todos lo sabemos, él lo sabe, pero Maya no se da cuenta. Acompañen a este joven voluble en este capítulo.

Maya había llegado antes de lo planeado al Parque de los Héroes y el asombro la dejó sin aliento por un instante. El cielo aún pintaba de naranja y rojizo, debido al cambio de horario. Lucas y don Mario le daban los últimos retoques a una jardinera. El muchacho, ancho de hombros, movió toda la herramienta, mientras se despedía de su amigo, ahora de cabellera corta.

            Los tenis tipo botín de Maya hacían que su andar fuera silencioso en ese paisaje tan cuidado. Se sentía como un hada en un bosque encantado, llenó sus pulmones con el aroma festivo del cempasúchil, mientras su vista se deleitaba con los colores de la temporada. Su cita llevaba una camisa abotonada que hacía juego con el paisaje, pues llevaba un estampado de Jack-o'-lantern. No se había dado cuenta de su presencia y cuando lo saludó, dio un ligero respingo.

Él la guio con cuidado hasta la jardinera que se acababa de arreglar. Ahí se podía apreciar una manta a cuadros, una cesta de mimbre y una mochila oscura. Sintió la suavidad de la hierba recién cortada cuando se sentó y, si su nariz no la engañaba, había bocadillos dulces y salados en la canasta. Miró alrededor y había muy pocas personas en el resto del parque. El contorno de arbustos daba la suficiente privacidad. Estaba tan ensoñada que la pregunta más obvia no la había formulado.

            —¿Qué hacemos aquí? ¿Es un picnic nocturno?

            —No, Princesita, vamos a ver el cielo. Hoy, veintiocho de octubre, se unen Ares y Artemisa en el cielo.

            —¿Qué? —se rio.

            —Lo leí así en un libro. Hoy es la conjunción de Marte y la Luna.

            La chica entendió enseguida lo que le había dicho temprano ese día. Observó la mochila que estaba entre los dos.

            —¿Y ese es un telescopio?

            —Es una cámara. Le vamos a tomar fotos.

            El muchacho le indicó a su amiga a dónde mirar. La Luna flotaba baja sobre el horizonte, mostrando apenas un resquicio luminoso. Un poco más abajo, el punto rojo y fijo era Marte, que la acompañaba sin titilar. Ambos sabían cómo manipular la cámara por sus clases de arte y se pusieron de pie para plasmar eternamente la conjunción astronómica.

Cuando decidieron que eran suficientes fotos, empezaron a admirar cómo el anochecer dominaba el cielo y el satélite natural se coloreaba de amarillo, más pegado al horizonte. Ella notó que el alumbrado del parque no encendía y en su lugar había algunas lámparas de jardín diseminadas que apenas ahuyentaban la oscuridad. Contuvo el aliento al darse cuenta de que los edificios aledaños estaban despojados de luz. Ante la pregunta que no salió de su boca, Yan explicó:

—La lluvia de estrellas de octubre ya pasó, pero toda esta semana se reúne gente a ver el cielo.

            Echó un vistazo alrededor y vio varios grupitos que admiraban el paisaje estelar. Cuando ella alzó la mirada, se sorprendió de ver cientos de puntos en el firmamento. Se quedó un rato así hasta que el muchacho le ofreció unas galletas y la invitó a sentarse.

 

Los dos estuvieron platicando de todo y nada mientras más y más estrellas aparecían ante su vista. Ella hizo ademán de reclinarse y él le ofreció una sudadera que sacó de la mochila. Cuando se acostó, un perfume amaderado la hizo sentir muy cómoda. «Esto es característico de él», pensó.

            —Gracias por esto, Yan. De verdad que me obsequiaste la Luna.

            —¿Ya habías visto así el cielo? —habló con un hilo de voz.

            —A veces voy con mis abuelos al rancho y salimos en la noche a ver las estrellas —‍suspiró.

            Un sonido la alertó que él se había recostado también y lo observó que descansaba en sus brazos cruzados sobre la nuca. Tenía los ojos ligeramente entrecerrados y un bostezo acudió a su boca. «De seguro hizo demasiado al arreglar el jardín», pensó.

            —Yo también veía el cielo con mis abuelos. Mi tata se sabía el nombre de las constelaciones, pero yo no me aprendí ninguno.

            —¿El papá de tu mamá? —preguntó con cautela, pues sabía la opinión que tenía de su padre.

            —¡Ná! El papá de mi papá. Mi otro abuelo era de ciudad y no le sabe a esto. Mis cuatro abuelitos me consentían mucho. Recuerdo muy poco de mi tata, pero se sentaba en su troca y me indicaba con paciencia cómo se llamaba cada cosa. Una vez vimos un ovni.

            —Yo también llegué a ver uno. Fue raro, pero en ese tiempo no teníamos una cámara para grabarlo. —Se estiró—. ¿Y por qué no recuerdas mucho de tu abuelito?

            En el borde de la vigilia y el sueño, Yan empezó a hablar sin darse cuenta de que su guardia se desmoronaba.

            —Pues, se fue muy pronto. Era muy bueno el viejo, me cuidó mejor que mi papá. Y es que el culero ese estaba frustrado con todo. Con su vida de casado, con ser padre, con tener mal trabajo, con sentirse menos. Dicen que siempre maldecía, pero yo no lo recuerdo mucho. Mi mamá empezó a sacarme de la casa, porque creía que me maltrataba y así conocí a Gisela. Decían que aquel me gritaba y que me daba pellizcos o pachones, pero a mi madre siempre le decía la excusa de que yo era el que me caía. Un día, a mis ocho, sí se pasó. Me pegó, o sea, a puño cerrado. Una, dos, tres veces. Di contra el piso y fui a dar al hospital. —Rio sin ganas—. Mi padre también hubiera ido, pero huyó, porque mamá lo vio y le acomodó unas cachetadas. Jamás la había visto tan enojada y nunca volví a verla así… Yo recuerdo al doctor y al policía, pero lo demás me lo tuvieron que contar. La neta, todo es borroso para mí.

            El muchacho había estado tan cerca del mundo de los sueños que no notó el silencio a su alrededor. Espabiló un poco y cuando levantó la vista, encontró a Maya mirándolo con una expresión de indignación tal, que lo hizo sentir incómodo.

            —¿Cómo dices?

            —¿Qué cosa?

            —¿Cómo que te pegó? —inquirió apenas audible.

            —Y dicen que varias veces —confirmó. «Ahora viene la parte donde dicen “pobrecito”», meditó.

            —¡Tenías ocho años, Yan!

            —Es que no sabía ser papá el idiota.

            —Pero… ¿Qué…? ¿Qué clase de monstruo le pega a un niño de ocho años? ¿A su propio hijo?

            —Pues…

            —¡No podías defenderte! ¿Y si estuviera aquí ahora? Ni siquiera podría ponerte una mano encima. Maldito abusivo…

            —Era alguien que no quería ser hombre o papá… o útil.

            —¿Y huyó? Dime que al menos está en la cárcel. O que…

            —Yo espero que esté muerto.

            Ella no supo qué contestar. El silencio se instaló entre los dos. La ira, la indignación y el repudio empezaron a menguar en el semblante de la chica.

            —Oye, no todo estuvo mal, Maya. Mi madre siempre estuvo ahí. Mi abuelo me cuidó hasta que su corazón lo derrotó. Carajo, eso debió ser traumático para mí, pero él me ahuyentó ese día para que no lo viera.

            —Yan…

            —Él fue un buen hombre, hasta el final. Mis primas, de ambas familias, me juntaban para todo. Tenía a Gis y a toda la familia Castillo y al menso de Robi. Cuando parecía que el mundo iba a derrumbarse, también llegó mi maestro. Y era muy bueno. Me enseñó a ser más fuerte. Mucho más fuerte que…

            —Más fuerte que aquél —sentenció Maya y suspiró—. No, Yan, ningún niño se merece ese abuso. No tuviste la culpa de nada de lo que le sucedía a él.

            La observó un momento y sonrió para sí. Desvió la mirada a la penumbra y empezó a respirar hondo. A la Bestia, presa de la somnolencia, se le había soltado la boca.

 

La velada siguió su curso y él cambió con habilidad el tema. Tomaron unas últimas fotos del cielo estrellado y pudo convencerla de una selfi para el recuerdo.

            Estaban levantando las cosas y se preparaban para irse. La chica meditó todo lo que le había dicho. «Con razón siempre está enojado», razonó. Ella pensó en que el muchacho cargaba con el corazón roto que le dejó su ex, el maltrato cuando fue niño y las injusticias de las que era testigo a diario en la escuela. Ahora se sentía peor de haberlo juzgado en un inicio. No pudo evitar pensar que tal vez ella se hubiera derrumbado, pero él, a pesar de ser bastante hosco, era alguien que se esmeraba en ser protector. No sabía qué decir cuando un mensaje apareció en su teléfono.

            —Sam dice que se le hizo tarde. Que más al rato sale por mí.

            —Dile que no se preocupe. Yo te acompaño a tu casa, Princesa.

            La chica asintió y mandó el mensaje.

            En el trayecto de regreso, el frío de la noche no alcanzaba a serenarla. Solo podía pensar en el niño que fue a parar al hospital por mano de su propio padre. “Es duro estar en un hospital y que nada diga que vas a mejorar…”, fue lo que le dijo ese día en la tarde. «Hablaba por otros niños y por él», pensó.

La chica estaba tan abstraída en sus pensamientos que apenas si se despidió de su amigo cuando llegó a su casa. Si hubiera estado más atenta, tal vez se hubiera dado cuenta del pequeño, pero significativo cambio que experimentó la Bestia. Él no pensaba demostrarlo, se lo callaría para siempre de ser necesario, pero algo en su persona se rompió para bien esa noche.

Nota del autor: A mis lectores, les debía este capítulo, pero creo que este era el mejor momento para explicar este por qué. Sin más preámbu...

Nota del autor: A mis lectores, les debía este capítulo, pero creo que este era el mejor momento para explicar este por qué. Sin más preámbulos. Un interludio muy profundo.

La escuela se sentía un poco vacía sin la presencia de Yan. El lunes no se había presentado a clases y Maya supo, gracias a la chismosa de Zaza, que presentó sus dos exámenes de Educación Física en la tarde.

            A ella solo le faltaba un examen y quería estar segura de sacar nota perfecta como siempre. El viento le mecía el cabello mientras se resguardaba a la sombra de la biblioteca. Sus apuntes la mantuvieron abstraída y no se dio cuenta de la persona que se sentó junto a ella. Por el borde de su visión, notó que un muchacho de camisa blanca, cabello corto y ancho de hombros la observaba. Soltó una risita tranquila que le molestó un poco a la chica.

            Se volteó para darle la espalda y el joven no mostró intención de moverse. Ella escuchó que se reclinó para observarla mejor. Sintió malestar en el estómago y un ligero nudo en la garganta. Cerró con fuerza su libreta y antes de meterla a su mochila, un hablar con enojo salió de su boca.

            —¿Se te perdió algo?

            —Andaba buscando a la más aplicada de la escuela. ¿La has visto?

            Reconoció la voz de Yan y lo miró de lleno. Llevaba solo la camisa reglamentaria con el resto del uniforme, estaba desposeído de sus lentes oscuros y su cabellera larga. La imagen la dejó sin habla por un instante. Llevaba un estilo despeinado con una línea marcada por la navaja, como dictaba la moda.

            —¿Qué… qué le pasó a tu cabello?

            —Lo doné. Ya era hora, Maya. Tres años con los cuidados estrictos de Bella… ¡N’ambre, no te lo recomiendo!

            Hizo memoria de todas las veces que Gisela, hija de una estilista profesional, le cuidó del cabello a Yan. «Eras como su muñeca», pensó divertida. Se asomó un poco y pudo ver la piel sin broncear de la nuca.

            —No, espera, ¿de verdad lo donaste?

            —A mí no me sirve una greña tan larga. Tal vez a una chica o a un morrillo que sufre la quimio le sirva más. Es duro estar en un hospital y que nada diga que vas a mejorar. El cabello da algo de alivio… ¡Y, no es por nada, pero te presumo que alcanzaron a salir cinco trenzas bastante decentes!

            «Sigues sorprendiéndome», pensó para sí. Estaba conmovida al punto de que las palabras quedaron solo en su mente.

            —¡Espera! Por eso no tengo memoria de ti en segundo semestre. Traías el cabello corto, ¿no?

            —Lo acababa de donar esa vez e iba un poco rapado de los costados. Y el idiota de David me acomodó un zape… ¡Maldito pen…!

            —No lo sabía. Oye, pero… ¿la trenza o el molote no eran parte de tu encanto?

            —Ya te lo he dicho, ¡soy súper especial! Con o sin mi greña. Si el cabello era mi fuerza como en la historia de Sansón, ojalá que quién lo reciba lo haga tan fuertote como yo.

            —Te ves muy distinto. Pero luces bien.

            Ella no pudo negar que el muchacho le parecía atractivo con o sin cabellera. No sabía qué cumplido decir sin incomodarlo. O sin sonar chocante.

            —Oye, por cierto, no hagas planes al rato. Te veo en el Parque de los Héroes a eso de las seis y media, Princesita.

            —¿Tan tarde? —alzó una ceja.

            —Le puedo pedir permiso a tus papás. No tengo problema.

            «Estoy segura de que mi mamá tampoco los tendría», pensó antes de inquirir.

            —¿Qué planeas? ¿Es sorpresa? —Ladeó la cabeza.

            —Ya verás. Tu pretendiente te tiene que obsequiar la Luna. Acuérdate de eso. ¡Nos vemos en la tarde!

            «No creo que me sorprenda más que esto», razonó.

            Y ella no sabía lo equivocada que estaba.

Nota del autor: Aquí notamos la devoción que le tiene Sam a su amiga y remarco la actitud protectora de Yan en todo su esplendor. Sam había ...

Nota del autor: Aquí notamos la devoción que le tiene Sam a su amiga y remarco la actitud protectora de Yan en todo su esplendor.

Sam había acelerado a tope, pese a que su cuerpo le pedía tregua. La imagen de su amiga desfalleciendo hicieron explotar la adrenalina. Se sintió mal porque no pudo llegar en el momento justo y presenció con horror cómo la cabeza de la chica chocaba con la banqueta y su cuerpo producía un golpe seco al impactar en el asfalto. La sostuvo entre sus brazos como pudo y cuando intentó ponerse en pie para llevarla a la tienda médica, las fuerzas no dieron para más y tuvieron que ir a auxiliarla.

    El retrato de su amiga inconsciente, con las mejillas rojas estarían plasmadas en su mente por mucho tiempo. Hacía juego con el uniforme de los brigadistas y tanto color le produjo un ligero mareo. El traslado hasta la clínica, pese a ser la más cercana al evento y a su escuela, fue un mar de preocupaciones para la pobre Sam. Aún resonaban las palabras del paramédico: «Hay que tomarle unas radiografías de su cráneo y del costado derecho».

    Tenía las manos frente a ella como si rezara mientras observaba a su amiga tendida en la sala de urgencias. La luz blanca artificial no le proporcionaba alivio alguno. Había varios sensores conectados al cuerpo de la paciente que hacían sonar un dispositivo a un costado de Sam. La capitana había estado inconsciente por tres minutos, pero debido al impacto, debió ser trasladada a estudios y observación. Maya tenía su mano libre de aparatos posada sobre su cara, incapaz de ver a su sombra y mejor amiga.

    A pesar de haber sido primero y segundo lugar, no se sentía para nada bien. «¿Y si la perdía?», se reprochó enseguida por pensar eso. El habla no acudía a su boca para decirle lo que fuese, y es que tampoco estaba segura de cómo se sentía. Llenó sus pulmones del aroma común de desinfectante y cuando intentó decir algo, un alboroto en el pasillo le llamó la atención.

    —¿Dónde está? Solo díganme en dónde está, ¡¡carajo!!

    —Yan, ¿quién te dio permiso? —era la voz de una de las enfermeras.

    —Estoy en horario de visita. Sala cinco… sala…

    —¡Eso es entre semana!

    En el umbral apareció Bestia con un semblante preocupado y la señorita entornando la vista detrás de él. Lo dejó pasar y cerró las cortinas mientras resoplaba molesta. El andar de ella resonó en la pequeña sala de urgencias y el pasillo.

    —Maya, ¿estás consciente? —preguntó con un tacto tan medido que sorprendió a Sam.      La chica asintió como única respuesta.

    —Estamos esperando los resultados, Yan —susurró Sam.

    El muchacho saludó con una cabezada y se situó al lado de la chica, para retirarle con delicadeza la mano del rostro, pero ella evitó sostenerle la mirada.

    —Me dijiste que estabas bien —comentó apenas audible—. Me lo aseguraste y mírate —el reproche en su voz era muy leve.

    —No pasa nada, Yan, tranquilo. Yo…

    —¡No digas que no pasa nada si no es así! No es justo para ti y tampoco lo es para tus… —se quedó callado a medio discurso. Apenas si había alzado la voz.

—Se pasó del lado de Sam para observar la máquina y, después de ver los números en esta, asintió para sí. Se inclinó un poco para observarle el semblante a la paciente. La chica por fin volteó a verlo y se apreciaron los surcos de las lágrimas en las mejillas.

    —No quiero que piensen que soy débil.

    Yan enmudeció un instante. Inspiró profundo antes de replicar.

    —Nadie te está diciendo que seas débil, Maya. Acabar una carrera pese a tu estado, ya es bastante fortaleza. ¿Te pegaste del lado derecho?

    Se fue a asomar, pero se retractó enseguida y la muchacha llevó su mano a la sábana como acto reflejo.

    —Yo me fijo —ofreció Sam y fue a observar las curaciones que tenía Maya en una pierna y en el codo—. Pues las enfermeras lo hicieron bastante bien.

    Bestia se había dado la vuelta y comentó aún de espaldas.

    —Se me olvida el pudor que tienes sobre tu cuerpo. Perdón, Princesita.

    De pronto el espacio se sintió diminuto pese a que solo había una cama, un banquito, la bandeja del material y una cajonera miniatura. La tensión se iba acumulando hasta que otra persona corrió la cortina.

    —¡Yan! No entres así a mi turno. —Era el jefe de enfermeros. Se había presentado con Sam apenas llegaron—. ¡Maldita sea! Tenemos mucho ajetreo por la carrera y todos los heridos. No encuentro los formularios de cobro y lo que menos necesito es a la Bestia rondando por aquí.

    —¿Ya revisaste el cuarto cajón a tu derecha? Tu jefa siempre los deja ahí. Te acompaño.

    Salieron de la habitación y el muchacho evitó ver a Maya y su mirada de confusión. Sam le dedicó una sonrisa a su amiga antes de hablarle despreocupada.

—Se toma muy en serio su papel de brigadista de primeros auxilios. ¿O no, amigui?

    Una sonrisa se dibujaba en su capitana. Al momento de asentir, habló con la risa asomando en su semblante.

    —No comí mucho en la mañana, Sam. Solo espero que aun así no me vea llenita en las radiografías.

    Ambas rieron y la tensión desapareció por completo. Maya fue sorprendida por unas palmaditas llenas de ternura por parte de su amiga y sombra.

    Las cortinas se corrieron una tercera vez y una señora con el cabello rubio cenizo entró a la sala. Llevaba una blusa beige holgada y colgaba de su brazo un bolso a juego.

    —¡Hija! ¡Ay, mijita! Mira cómo te dejó el piso.

    —Y debió ver cómo quedó, señora. —Bromeó Sam—. No se fue limpio, eh.

    —Ay, mi pequeña Samantha. Gracias por siempre cuidar a mi muchacha. —La besó en la frente.

    La chica dio un paso hacia atrás y dejó que madre e hija se encontraran en un abrazo, disculpas y palabras reconfortantes. Maya intentó explicar por qué se había extenuado toda esa semana. Además, tuvo que admitir que esa mañana no se alimentó como era debido. La señora nunca le alzó la voz, miraba de cuando en cuando la venda en la cabeza y el monitor de signos vitales. Al final, se sentó en el banquito a un costado de su pequeña para seguir platicando.

    Sam estaba aliviada por el semblante cada vez más luminoso de su amiga. El dolor de lo que presenció ya solo era una molestia sorda que acompañaba a su cansancio. Iba a disculparse para salir cuando se volvió a correr la cortina.

    —Liam me pasó tu póliza de seguro estudiantil, Princesita. —Yan entró alzando una bolsa con medicinas—. Me dieron esto y ahorita te pasan tu re… ¡Buenas tardes, señora!

    —Buenas tardes… Yo te conozco, ¿no? —habló dubitativa la mamá de Maya—. ¿No eres el ahijado de las Castillo? Las de la estética.

    —Ya quisiera yo, señora. El negocio les va rebien. —Se aclaró la garganta—. Le dejo la medicina. Permiso.

    Cuando salió de la habitación, ella le dedicó una mirada cargada de intención a su hija.

    —Ay, Mayita. ¡Por fin los eliges bien!

    —¡Mamá! Es mi amigo. ¡No empieces!

    —De acuerdo, prin-ce-si-ta.

    Sam se disculpó también mientras madre e hija se enfrascaban en su conversación. El alivio había llegado a su mente y se retiró al pasillo para despejarse un poco. Caminó unos metros por completo abstraída  y no se había dado cuenta de la presencia de Yan hasta que casi choca con su espalda. Escuchó conversación la sin pretenderlo.

    —…te fuiste así sin más, muchacho. Nunca te había visto correr, por eso me preocupé. Hasta tomaste un tapsi.

    —Es taxi, señor. Estoy bien, de verdad, don Barín.

    El adulto frente a su amigo tenía un bronceado remarcado que contrastaba con la blancura de cabello y barba. Él le sostuvo la mirada al joven y la bajó por un leve instante.

    —¿Estás seguro?

    —Muy seguro. Por favor, regrese al comedor comunitario. ¿A poco se va a perder el pozolito el día de hoy?

    —Tienes razón... ¡Nos vemos luego!

    El señor ajustó su traje gastado de color azul y se retiró haciendo resonar sus botines. Bestia y Sam se recargaron en el pasillo sin decir nada, mientras el ajetreo del hospital sepultaba su silencio. Ella no tuvo el valor de hacerle preguntas y se quedó viendo a la nada en lo que daban de alta a su amiga. Se distrajo al juguetear con la pulsera de pixel-art que le había regalado Maya.

 

La señora salió un momento para pagar la cuenta de su hija y encontrarse con su marido, quien firmaba la documentación del seguro. Sam entró para verla sentada en la camilla y le hizo señas para que fuera junto a ella. Apenas se acomodó, Maya la sorprendió con un abrazo por el costado. Le pidió disculpas de forma sincera y Sam dejó que unas pocas lágrimas le humedecieran el hombro. “No pasa nada”, repitió como un arrullo y empezaron a hablar de cosas sin importancia.

    —Oye, pero qué intensito se puso Yan, ¿no? —dijo la capitana de súbito y la miró.

    —Pues, supongo que está estresado. Fue una semana pesada planeando sus citas y ayudando en Deportes. También viene la semana de Día de Muertos y su cumpleaños. Yo también estaría así.

    Su amiga parpadeó varias veces y la pregunta acudió a su boca.

    —¿Cuándo es su cumpleaños?

    —Este jueves, el treinta. Y el de Bella es el treinta y uno. El mero Halloween. Tan cercanos son que hasta cumplen años seguidos —se rió.

    —Ah, no sabía. No estoy invitada.

    —A lo mejor… —Se apresuró a decir Sam y sacó su teléfono a escondidas—, se les olvidó por todo el ajetreo, como dije.

    El teléfono de su amiga no tardó en sonar. «Fiesta conjunta de mi Bestia y de tu Bella, bonita. No hace falta que traigas regalo, solo disfraz», rezaba el mensaje.

    —¡Oye! Le acabas de avisar.

    —¡Pues claro! No iría sin mi mejor amiga.

    Las chicas se alistaron para salir de la clínica y cuando estaban por subirse al auto del señor Vega, su hija le pidió ir a la plaza más cercana. El mensaje decía que no era necesario llevar un presente, pero Maya no se sentiría cómoda si llegara sin uno.

    —¿Me acompañas, Sam?

    —Hasta que te hartes de mí —confirmó con una amplia sonrisa.


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