Nota del autor: este es el capítulo que muchos esperaban. Aquí pasa lo inevitable por parte de Yan. Todos lo sabemos, él lo sabe, pero Maya no se da cuenta. Acompañen a este joven voluble en este capítulo.
Maya había llegado antes de lo planeado al Parque de los Héroes y el asombro la dejó sin aliento por un instante. El cielo aún pintaba de naranja y rojizo, debido al cambio de horario. Lucas y don Mario le daban los últimos retoques a una jardinera. El muchacho, ancho de hombros, movió toda la herramienta, mientras se despedía de su amigo, ahora de cabellera corta.
Los
tenis tipo botín de Maya hacían que su andar fuera silencioso en ese paisaje
tan cuidado. Se sentía como un hada en un bosque encantado, llenó sus pulmones
con el aroma festivo del cempasúchil, mientras su vista se deleitaba con los
colores de la temporada. Su cita llevaba una camisa abotonada que hacía juego
con el paisaje, pues llevaba un estampado de Jack-o'-lantern. No se había dado
cuenta de su presencia y cuando lo saludó, dio un ligero respingo.
Él la guio con cuidado hasta
la jardinera que se acababa de arreglar. Ahí se podía apreciar una manta a
cuadros, una cesta de mimbre y una mochila oscura. Sintió la suavidad de la
hierba recién cortada cuando se sentó y, si su nariz no la engañaba, había
bocadillos dulces y salados en la canasta. Miró alrededor y había muy pocas
personas en el resto del parque. El contorno de arbustos daba la suficiente
privacidad. Estaba tan ensoñada que la pregunta más obvia no la había
formulado.
—¿Qué
hacemos aquí? ¿Es un picnic nocturno?
—No,
Princesita, vamos a ver el cielo. Hoy, veintiocho de octubre, se unen Ares y
Artemisa en el cielo.
—¿Qué?
—se rio.
—Lo
leí así en un libro. Hoy es la conjunción de Marte y la Luna.
La
chica entendió enseguida lo que le había dicho temprano ese día. Observó la
mochila que estaba entre los dos.
—¿Y
ese es un telescopio?
—Es
una cámara. Le vamos a tomar fotos.
El
muchacho le indicó a su amiga a dónde mirar. La Luna flotaba baja sobre el
horizonte, mostrando apenas un resquicio luminoso. Un poco más abajo, el punto
rojo y fijo era Marte, que la acompañaba sin titilar. Ambos sabían cómo
manipular la cámara por sus clases de arte y se pusieron de pie para plasmar
eternamente la conjunción astronómica.
Cuando decidieron que eran
suficientes fotos, empezaron a admirar cómo el anochecer dominaba el cielo y el
satélite natural se coloreaba de amarillo, más pegado al horizonte. Ella notó
que el alumbrado del parque no encendía y en su lugar había algunas lámparas de
jardín diseminadas que apenas ahuyentaban la oscuridad. Contuvo el aliento al
darse cuenta de que los edificios aledaños estaban despojados de luz. Ante la
pregunta que no salió de su boca, Yan explicó:
—La lluvia de estrellas de
octubre ya pasó, pero toda esta semana se reúne gente a ver el cielo.
Echó
un vistazo alrededor y vio varios grupitos que admiraban el paisaje estelar.
Cuando ella alzó la mirada, se sorprendió de ver cientos de puntos en el
firmamento. Se quedó un rato así hasta que el muchacho le ofreció unas galletas
y la invitó a sentarse.
Los dos estuvieron platicando de todo y
nada mientras más y más estrellas aparecían ante su vista. Ella hizo ademán de
reclinarse y él le ofreció una sudadera que sacó de la mochila. Cuando se
acostó, un perfume amaderado la hizo sentir muy cómoda. «Esto es característico
de él», pensó.
—Gracias
por esto, Yan. De verdad que me obsequiaste la Luna.
—¿Ya
habías visto así el cielo? —habló con un hilo de voz.
—A
veces voy con mis abuelos al rancho y salimos en la noche a ver las estrellas —suspiró.
Un
sonido la alertó que él se había recostado también y lo observó que descansaba
en sus brazos cruzados sobre la nuca. Tenía los ojos ligeramente entrecerrados
y un bostezo acudió a su boca. «De seguro hizo demasiado al arreglar el
jardín», pensó.
—Yo
también veía el cielo con mis abuelos. Mi tata se sabía el nombre de las
constelaciones, pero yo no me aprendí ninguno.
—¿El
papá de tu mamá? —preguntó con cautela, pues sabía la opinión que tenía de su
padre.
—¡Ná!
El papá de mi papá. Mi otro abuelo era de ciudad y no le sabe a esto. Mis
cuatro abuelitos me consentían mucho. Recuerdo muy poco de mi tata, pero se
sentaba en su troca y me indicaba con paciencia cómo se llamaba cada cosa. Una
vez vimos un ovni.
—Yo
también llegué a ver uno. Fue raro, pero en ese tiempo no teníamos una cámara
para grabarlo. —Se estiró—. ¿Y por qué no recuerdas mucho de tu abuelito?
En
el borde de la vigilia y el sueño, Yan empezó a hablar sin darse cuenta de que
su guardia se desmoronaba.
—Pues,
se fue muy pronto. Era muy bueno el viejo, me cuidó mejor que mi papá. Y es que
el culero ese estaba frustrado con todo. Con su vida de casado, con ser padre,
con tener mal trabajo, con sentirse menos. Dicen que siempre maldecía, pero yo
no lo recuerdo mucho. Mi mamá empezó a sacarme de la casa, porque creía que me
maltrataba y así conocí a Gisela. Decían que aquel me gritaba y que me daba
pellizcos o pachones, pero a mi madre siempre le decía la excusa de que yo era
el que me caía. Un día, a mis ocho, sí se pasó. Me pegó, o sea, a puño cerrado.
Una, dos, tres veces. Di contra el piso y fui a dar al hospital. —Rio sin
ganas—. Mi padre también hubiera ido, pero huyó, porque mamá lo vio y le
acomodó unas cachetadas. Jamás la había visto tan enojada y nunca volví a verla
así… Yo recuerdo al doctor y al policía, pero lo demás me lo tuvieron que
contar. La neta, todo es borroso para mí.
El
muchacho había estado tan cerca del mundo de los sueños que no notó el silencio
a su alrededor. Espabiló un poco y cuando levantó la vista, encontró a Maya
mirándolo con una expresión de indignación tal, que lo hizo sentir incómodo.
—¿Cómo
dices?
—¿Qué
cosa?
—¿Cómo
que te pegó? —inquirió apenas audible.
—Y
dicen que varias veces —confirmó. «Ahora viene la parte donde dicen
“pobrecito”», meditó.
—¡Tenías
ocho años, Yan!
—Es
que no sabía ser papá el idiota.
—Pero…
¿Qué…? ¿Qué clase de monstruo le pega a un niño de ocho años? ¿A su propio
hijo?
—Pues…
—¡No
podías defenderte! ¿Y si estuviera aquí ahora? Ni siquiera podría ponerte una
mano encima. Maldito abusivo…
—Era
alguien que no quería ser hombre o papá… o útil.
—¿Y
huyó? Dime que al menos está en la cárcel. O que…
—Yo
espero que esté muerto.
Ella
no supo qué contestar. El silencio se instaló entre los dos. La ira, la
indignación y el repudio empezaron a menguar en el semblante de la chica.
—Oye,
no todo estuvo mal, Maya. Mi madre siempre estuvo ahí. Mi abuelo me cuidó hasta
que su corazón lo derrotó. Carajo, eso debió ser traumático para mí, pero él me
ahuyentó ese día para que no lo viera.
—Yan…
—Él
fue un buen hombre, hasta el final. Mis primas, de ambas familias, me juntaban
para todo. Tenía a Gis y a toda la familia Castillo y al menso de Robi. Cuando
parecía que el mundo iba a derrumbarse, también llegó mi maestro. Y era muy
bueno. Me enseñó a ser más fuerte. Mucho más fuerte que…
—Más
fuerte que aquél —sentenció Maya y suspiró—. No, Yan, ningún niño se merece ese
abuso. No tuviste la culpa de nada de lo que le sucedía a él.
La
observó un momento y sonrió para sí. Desvió la mirada a la penumbra y empezó a
respirar hondo. A la Bestia, presa de la somnolencia, se le había soltado la
boca.
La velada siguió su curso y él cambió con
habilidad el tema. Tomaron unas últimas fotos del cielo estrellado y pudo
convencerla de una selfi para el recuerdo.
Estaban
levantando las cosas y se preparaban para irse. La chica meditó todo lo que le
había dicho. «Con razón siempre está enojado», razonó. Ella pensó en que el
muchacho cargaba con el corazón roto que le dejó su ex, el maltrato cuando fue
niño y las injusticias de las que era testigo a diario en la escuela. Ahora se
sentía peor de haberlo juzgado en un inicio. No pudo evitar pensar que tal vez
ella se hubiera derrumbado, pero él, a pesar de ser bastante hosco, era alguien
que se esmeraba en ser protector. No sabía qué decir cuando un mensaje apareció
en su teléfono.
—Sam
dice que se le hizo tarde. Que más al rato sale por mí.
—Dile
que no se preocupe. Yo te acompaño a tu casa, Princesa.
La
chica asintió y mandó el mensaje.
En
el trayecto de regreso, el frío de la noche no alcanzaba a serenarla. Solo
podía pensar en el niño que fue a parar al hospital por mano de su propio
padre. “Es duro estar en un hospital y que nada diga que vas a mejorar…”, fue
lo que le dijo ese día en la tarde. «Hablaba por otros niños y por él», pensó.
Síganos
Si este mundo fuera una llanura sin fin, y navegando hacia el este podríamos alcanzar para siempre nuevas distancias