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  Todos los inviernos cuidaba a mi abuelita cuando mi tata no estaba. Era una señora ya muy grande que siempre llevaba bastón y tenía un per...

 Todos los inviernos cuidaba a mi abuelita cuando mi tata no estaba. Era una señora ya muy grande que siempre llevaba bastón y tenía un perpetuo olor a galletas de nata.

            —¡Erik! —me llamó desde la cocina—. No se te olvide que me vas a acompañar a hacer las compras navideñas.

            Apenas si la oí, pues la radio estaba muy alta. Hablaban sobre una noticia de una lluvia de estrellas ese día.

            —Sí, nana. ¿Me vas a comprar un juguete?

            —No, hijo. Ese te lo va a traer Ded Moroz. Fuiste bueno, ¿verdad?

            —Siempre —le dije desde la puerta del recibidor ya listo para salir a la ligera nevada.

            Salimos a las tiendas del vecindario a comprar de todo, desde cosas de la cena familiar hasta algunos regalos que faltaban para mi familia. Todos en el camino saludaban a mi abue. Según me contó mi abuelito, ella había sido una heroína que hacía todo tipo de proezas en el pueblo, fuerte como un abedul y veloz como un lince. Sin embargo, de esa mujer que me decía, solo quedaba un ancianita amable y delicada.

            Estábamos por entrar a la carnicería cuando me dijo en voz baja:

            —Voy al final de la calle a comprar unos regalos. ¿Puedes pasar a la tienda a comprar lo que nos falta?

            —Claro, abuelita.

            Sabía que me encargó eso porque no quería que viera qué me iba a comprar o a mi abuelito. Apenas entré, noté que el carnicero y uno de los clientes miraron a mi abue. Me formé en la fila que ya había ahí.

            —Mira nada más, la pobre Irina apenas si puede caminar —le mencionó el locatario a su cliente.

            —Pobrecilla, con este frío y sale a los mandados. Mejor debería enviar a alguien.

            —No sé, uno de viejo se quiere sentir útil. Además, ella de joven era bastante ruda, decía mi padre.

            El carnicero empezó a empacar los montones de cortes del otro señor en varias bolsas. Después de unos instantes, este habló con crueldad:

            —¿Cuánto crees que le quede al pobre vejestorio?

            Iba a contestarles algo impropio cuando una alarma sonó en la ciudad y el sonido de varios vidrios rompiéndose inundaron el lugar.

            —¿Qué fue eso? —se alarmó el vendedor.

Vi por la ventana que daba al sol que caían unas piedras incendiadas sobre la ciudad. Ninguna era muy grande, pero estaban causando destrozos. Salí a la calle y observé que las personas intentaban ocultarse de los meteoritos que llovían. Las alarmas de los carros empezaron a sonar, pues esas rocas rompían la barrera del sonido. Corrí como pude entre tanto desastre para buscar a mi abuelita.

Uno de los aerolitos en particular pasó muy cerca de un edificio a mi derecha y todas las ventanas reventaron. El estallido me dejó aturdido mientras veía que algunos valientes salían a ayudar a las personas que no pudieron encontrar refugio. La escena parecía un bombardeo de película. Cuando divisé el final de la calle, donde dijo mi nana que iba a ir, vi al viejo Yegor, nuestro vecino. Estaba demasiado confundido para reaccionar. Me dirigí hacia él a toda carrera para ponerlo a salvo.

Estaba a escasos cincuenta pasos cuando una roca de al menos dos metros pasó sobre mi cabeza, me derribó al piso por la onda expansiva y cuando levanté la vista observé que el pobre anciano estaba en la trayectoria de ese meteoro. Se quedó inmóvil a mitad de la calle expectante a su inminente fin.

Fue cuando la vi casi en cámara lenta. Mi abuela caminaba sin ayuda del bastón en dirección del anciano. Se plantó frente a la roca y levantó su bastón para interceptarlo. Yo iba a gritar presa del pánico.

Y por un instante vi a mi abuela como había sido de joven, pelirroja, orgullosa y muy fuerte. Detuvo el meteoro como si nada, este se empezó a fracturar frente a ella y cayó hecho polvo y añicos. No hubo onda expansiva ni nada por el estilo. Cuando la nube se disipó, ahí estaba mi nana, forcejeando para levantar al viejo Yegor. Tenía el aspecto de la anciana afable de siempre.

Les dejo el final en la antología. ¡Buenas noches y felices fiestas!



  Tres de los peores rufianes buscados por la reina de Imil estaban reunidos en un granero abandonado. Era ya entrada la noche y solo la gen...

 Tres de los peores rufianes buscados por la reina de Imil estaban reunidos en un granero abandonado. Era ya entrada la noche y solo la gente maldita y nefasta rondaba en el bosque Ereboc como si nada. Estaban dispuestos en una mesa redonda y vieja de madera. Fertho, un forzador de mujeres y asesino de niños; Guiliberto, un estafador de ancianos y Milarda, una egoísta manipuladora de gobernantes. Cada uno había saciado sus deseos de las formas más ruines posibles. Los tres llevaban sus ropajes lujosos debajo de capas un poco descuidadas. El ruido de la naturaleza era casi insonoro dentro del edificio y de seguro los hacía sentir a salvo.

            —Bueno, ya saben que estamos siendo cazados por ella, ¿no? —habló primero Guili— ¿Qué perras vamos a hacer? Dicen que esa tal Dinalí es experta en matar.

            —¿Quién sería tan intrépido o estúpido para venir al bosque en la noche? —preguntó Ferho mientras se limpiaba las uñas con una daga.

            —Ella, es obvio. Dicen que está bendecida por las hadas. Yo escuché que el Hada Madre del agua la bendijo con la niebla. No puedes oírla ni sentirla dentro de la bruma y les recuerdo que estamos rodeados de ella.

            —¿Crees en las hadas? —dijo con burla—. ¡Bah! Esas son tonterías. ¡No existen! Son solo cuentos para espantar a la gente de los bosques y ruinas del sureste. Qué sandeces. Yo escuché que ella se sumerge en sombras por la bendición de las hadas del bosque. Patrañas, si me lo preguntas —escupió su frase y clavó su daga en la mesa.

            —¿No crees en ellas solo porque no las has visto? —preguntó Milarda desde su silla reclinada—. Eres más estúpido de lo que creí. Supongo que tampoco crees en el viento, ¿no? Tal vez también dudas de la diosa Aionia.

            —Pues tiene milenios que no vemos a la diosa madre —gruñó Fertho—, para mí está muerta junto a su influencia.

            —Blasfemo y estúpido como pensé. Créeme que el poder de madre sigue vigente. Y respecto a nuestra asesina, yo he escuchado que el hada de la fauna le dio el don de siempre estar en forma, tiene la constitución de una bestia y siempre atina sus tiros. Estamos aquí porque no sabemos qué todo sea verdad y tú la subestimas.

            Fertho se levantó de su silla cuando escuchó unos ruidos atrás de él en el techo. Sus compañeros intercambiaron miradas.

            —¡No me dio miedo! —aclaró poco convincente—. De seguro solo son ratas. No le tengo miedo a ninguna rame… —dejó la frase sin terminar cuando una saeta se le clavó en el pecho y cayó de rodillas.

            El escándalo que hizo cuando cayó sobre la mesa puso en alerta a sus compañeros y se levantaron de sus butacas. Descendí de la viga donde los había espiado desde el inicio. Salí de las sombras para que pudieran verme.

            —¿Alguien pensó que el idiota de Fertho tuviera razón en algo? —dije al tiempo que ponía el arco a mi espalda—. Jamás me vieron allá arriba.

            Guili se lanzó hacia mí con empuñadura en mano y antes de desenfundar su arma ya le había clavado dos dagas en el cuello y una en el pecho. Cayó ante mis pies su nefasto cadáver. Lo aparté con desgana con una pierna y me dirigí a Milarda.

            »La recompensa por ti sería más jugosa si te entregara viva. Si te rindieras, tendría piedad, pero no tiene caso —la miré confundida, pues estaba muy tranquila de pie.

            Ella no contestó, se descubrió los brazos y dejó al descubierto varios sellos mágicos. Era una maga.

            —Yo nunca dudé de ti, Dinalí —habló al tiempo que le transmitía maná a sus marcas—‍. Y tampoco dudo de las historias. Sé que las hadas existen, la diosa madre existe, la maldición que sembró sobre sus hijos rebeldes es real.

            Ella se refería a que los primeros en traicionar a la diosa su magia los mató, los segundos fueron convertidos en monstruos y los siguientes fueron corrompidos en su mente por la oscuridad.

            —¿Te vas a entrega a las tinieblas?

            No esperó respuesta y corrió hacia mí con las manos transformándose en garras mientras su cuerpo era cubierto por escamas...

Este cuento de Dinalí lo encontrarán completo en su propio libro, próximamente.




  La séptima luna de Equidna podía verse desde donde me encontraba. El planeta en cuestión era NX-1988. Me recordaba un poco a la Tierra, so...

 

La séptima luna de Equidna podía verse desde donde me encontraba. El planeta en cuestión era NX-1988. Me recordaba un poco a la Tierra, solo que el cielo del atardecer siempre era turquesa. Me encontraba en una misión de evacuación masiva por parte del Congreso Galáctico Apolo X.

Casi todos los nodos de teleportación habían sido usados y la mayoría de las naves de escape casi se llenaron. Pude ver a un joven que volteaba para despedirse de su planeta natal. Pobre muchacho, él no tuvo la culpa.

Me encargaron esta misión gracias a las habilidades que heredé de papá y que él heredó de mi abuelo. A decir verdad, me aburría. Sí, era triste que ellos tuvieran que despedirse de su planeta que iba a implosionar, pero eso pasaba por jugar con energías que no podían controlar. Sin embargo, sentía algo de ansiedad, pero no estaba seguro de que fuese por este inminente final.

De los heraldos del Apolo X solo quedábamos mi compañera (una novata) y yo. Tomé una foto para recordar cómo fue el último día de estas tierras.

Casi cerraba las puertas cuando escuché a un anciano gritar a la desesperada que lo esperáramos. Ese era el último ser que teníamos en el registro. Se desplazaba a saltos con su mochila cohete y con un cachorro de pastor lunar en un brazo. Hacía años que no veía esa raza. Decía mi papá que cuando vivía en la Tierra, él mismo ayudó a crearla.

Detuve la puerta mientras él cruzaba y le ayudé a subir al nodo de teleportación.

                —¿Ya cerramos? —me preguntó la novata.

                —Inicia el protocolo de despegue —le indiqué y pulsé el botón para ponerme el xkell, un exoesqueleto de alta tecnología que servía para el combate y la exploración.

Sentí de nuevo una preocupación, como si algo se me olvidara, justo antes de que sonara la alarma. Traté de recordar hasta que mi colega gritó:

                —¡A la estación se le congeló el sistema y nuestra nave tiene fallas de arranque!

                —¿Cómo pasó esto? —quise saber, pero al voltear a las pantallas vi que el planeta ya se agrietaba.

                —¡Ay, no! Las comunicaciones no funcionan tampoco. Las ondas de la implosión afectaron todos los sistemas.

La situación era alarmante, de verdad, pero a mí me asignaron aquí por una razón. Dirigí mi vista a donde supuse estaba la estación galáctica más cercana y me concentré antes de llamar a mi compañera.

                —Toma mi mano si quieres vivir! —grité al extender mi brazo.

Siempre quise usar esa frase.

Si quieres saber cómo acaba este cuento, no te pierdas la antología junto a Janim Escobar que saldrá a finales de este año 2024.



  James Fixer caminaba a su casa con una buena noticia después de una mala racha: El medicamento para su corazón podría suspenderlo a partir...

 

James Fixer caminaba a su casa con una buena noticia después de una mala racha: El medicamento para su corazón podría suspenderlo a partir del lunes. Llevaba un pastel y un corte de carne recién horneado para festejar con su esposa. El mismo doctor le dio el visto bueno para hacerlo.

Se encontraba a solo seis minutos a pie de su casa cuando divisó a una chica que revisaba un automóvil ostentoso a la orilla del camino. Encaramada sobre el motor, parecía intentar arreglarlo. Suspiró sonoramente cuando James pasó a su lado. Él quería llegar pronto a su casa para no tener que recalentar la comida, pero por la tormenta, parecía inevitable tener que hacerlo. Tosió sonoramente para llamar la atención de la muchacha. No perdía nada por ayudarla.

                —Buenas tardes, señorita. ¿Le molesta si le ayudo con su carro?

La chica se irguió y volteó a verlo. Alzó una ceja y alternó su mirada entre el vehículo y James.

                —¿Puede verlo? —preguntó la chica muy sorprendida.

A James la pregunta se le hizo muy curiosa. ¿Cómo no iba a ver semejante carro de color verde con franjas doradas? Trató de no ser maleducado y contestó sonriente.

                —La verdad, es que es un bólido muy bonito. Llantas blancas con clase. Solo los colores no me convencen.

La muchacha abrió mucho los ojos y murmuró.

                —Así que eso ven algunas personas.

James alcanzó a escucharla. Iba a preguntar a qué se refería cuando la chica se apartó del auto. Hizo una ligera reverencia y se presentó.

                —Soy Leya Hanna. Buenas tardes.

La chica era de piel olivácea, tenía unas facciones hindúes y llevaba unos aretes dorados. Vestía una gabardina de color ocre y unas botas invernales del mismo tono.

                —Mucho gusto. Me llamo James Fixer.

                —¿Podrías echarle un ojo a mi… vehículo? —dijo dubitativa—. No funciona bien y tengo algo de prisa.

James dejó las cosas por un lado del bólido y se inclinó sobre el motor para revisarlo. La maquinaria lucía resplandeciente y como nueva. Le parecía ilógico que pudiera estar dañado algo tan bien cuidado. Vio un cable salido del motor y apenas iba a tocarlo, voló a su mano. O eso le pareció a él. Lo conectó y le dijo a la señorita que lo encendiera. La chica saltó sobre el vehículo y hasta ese momento él no se dio cuenta que era descapotable. El motor apenas ronroneó y empezó a funcionar como nuevo. James se sacudió las manos y bajó el cofre.

                —¿Para quién son todos esos regalos? —preguntó al ver dos costales en el asiento trasero— ¿Trabaja en una beneficencia? —sonrió.

                Leya detuvo la marcha y se bajó del carro. Sonreía abiertamente y se tuvo que llevar una mano a la boca.

                —¿Qué más ve en mi carro? —preguntó emocionada.

                James empezó a poner atención y dio un recorrido alrededor del vehículo. Tenía estampas de esferas navideñas, un aromatizante en forma de reno, el escape no parecía manchado y estaba pintado de rojo. Vio una especie de radar en el panel frontal del auto y un velocímetro que indicaba velocidades exorbitantes. A James solo le quedó sonreír con tan peculiar auto y señaló tosas esas características.

                —Está muy curiosa su máquina. ¿Es para alegrar a los niños a los que lleva los regalos?

                Leya no paraba de emocionarse, daba brinquitos mientras se tapaba la boca con ambas manos.

                —James Fixer, ¿verdad? —sus ojos emitieron por un momento un brillo dorado—. Siempre has estado en la lista de los buenos —dijo como para sí—. ¡Es perfecto! —alzó los brazos y se dirigió a él—. Y viniste a encontrarme. No podría ser mejor.

James estaba confundido. Apenas iba a preguntar cuando un brillo dorado le inundó la mirada. Por un momento le pareció ver a un animal con astas detrás de la chica.

                »Ya me tengo que ir, disculpa —dijo apresurada y se subió a su auto—. Tengo que hablar contigo, pero te buscaré mañana —alzó la voz por encima del ruido del motor.

                El señor Fixer se estaba despidiendo cuando escuchó el frenar del vehículo y el gruñido de unas bestias. Algo en su interior se inquietó y supo que la chica corría peligro. Dejó sus pertenencias a un lado y se encaminó a ayudarla.

                De la nada, una neblina se empezó a formar y le impidió ver. Trató de recordar el nombre de la chica para llamarla.

                —¿Leya? ¿Señorita Hanna, se encuentra bien?

                Un gruñido a su izquierda lo alertó.

                —Este no es lugar para un anciano simplón —se escuchó entre la neblina.

                James se ofendió y trató de buscar a quien le dijo eso. Cuando entornó la vista, pudo ver a la chica de piel olivácea rodeada por unas figuras sombrías de cuatro patas. Corrió para cortar distancias y pudo ver que junto a la señorita había un reno en posición defensiva que trataba de protegerla.

                —¿Señorita Hanna? —preguntó a voz en cuello—. ¿Qué sucede?

                Una de las criaturas volteó y se lanzó contra él. Al acercarse lo suficiente, pudo notar que esa cosa era como un lobo, pero echo de sombras. James alzó los brazos para defenderse, pero el reno llegó hasta él para empujar al cánido con las astas. Al momento de ser golpeado se disolvió en hebras de oscuridad.

                —Así mero, Cometa, apártate de tu amiguita —se volvió a escuchar la misma voz como gruñido.

                El reno volvió hasta su ama que ahora sostenía una especie de vara con franjas blancas y rojas. Ya estaba lista para combatir. James no perdió tiempo y se unió a ellos.

                —¿Qué clase de lobos son estos? —dijo mientras alzaba los puños.

                —¿También puede verlos? —preguntó Leya sorprendida.

                —Usted me trata como si yo no viera nada bien. Sí, sí puedo ver esas cosas horrendas —dijo mientras daba ligeros saltos para calentar los músculos.

                Una figura apareció entre la neblina, era un hombre lobo con una chamarra de mezclilla y unos pantalones invernales. Todo el conjunto era de color azul. Las criaturas de sombra se voltearon para observar al que parecía su amo. James estaba confundido y pensó que tal vez se estaba volviendo loco, pero no era momento de dudar.

                —Pero ¿qué tenemos aquí? —preguntó retórico el licántropo—. Un anciano que quiere sentirse joven de nuevo se unió a la pelea. Qué estupideces se encuentra uno en época de Navidad, ¿no? —dijo y gruñó despectivo.

                El reno chocó las pezuñas con el suelo claramente encabritado y resopló. Leya hizo girar su vara lista para atacar.

                »Mire, anciano. No tengo nada contra usted —dijo mientras se acercaba a ellos—. Si se larga, no me lo comeré. Solo quiero despacharme al heraldo de la Navidad y listo. ¿De acuerdo? Ahora, váyase —indicó con las garras.

                James se quedó quieto, volteó a ver a sus compañeros y luego se dirigió al hombre lobo.

                —¿Por qué querría matar a un reno? —se notaba confuso.

                El hombre lobo se sobó los párpados con las garras con evidente fastidio mientras decía:

                —No me refiero a eso, estúpido. Yo… —y se quedó callado cuando un puñetazo de James lo golpeó entre la nariz y el hocico.

                —Primera regla en el sparring de mi gimnasio de boxeo: No bajes la guardia —dijo Fixer mientras sacudía su puño.

                El monstruo se sostuvo la nariz para no sangrar y cuando se reincorporó fue recibido por un golpe certero de la vara en todo el rostro. El caos se desató en ese momento. Leya a punta de vara y el reno con embestidas se despachaban al resto de criaturas, mientras James esperaba con la guardia alta a que su lobezno rival se reincorporara.

                Cuando por fin pudo alzarse el tipo lobuno, tenía un ojo ensangrentado y un colmillo menos.

                —¿Crees que eres rival para mí, condenado vejete? —preguntó y antes de alzar las garras, James le dio otra combinación de golpes.

                —Anciano, pero aún con mucha vida —dijo al tiempo que le marcaba un gancho al mentón y dos rectos al pecho.

                James quiso seguir con la golpiza, pero su rival le detuvo el siguiente puñetazo con una garra. Gruñó y cuando trató de asestar un zarpazo, el reno fue a embestirlo por la espalda. Después de revolcarlo por casi diez metros se separó de él y volvió al lado del viejo.

                Leya se unió a los dos y preguntó preocupada:

                —¿Se encuentran bien? —dijo y examinó al que parecía su reno mascota.

                Un aullido la distrajo y volteó de nuevo a ver al hombre lobo que estaba completamente cubierto de nieve.

                —¡Maldito animal cornudo! —gritó—. Solo tenía que encargarme de Santa y recibiría mi recompensa. ¡Pero tenías que entrometerte! —sacó las garras y empezó a correr contra el grupo.

                Antes de que James pudiera alzar la guardia, el reno se movió a una velocidad imposible y lo embistió. El pobre de su enemigo se fue a estrellar contra una roca y dejó de moverse.

                El viejo Fixer bajó la guardia e instintivamente se llevó dos dedos a la muñeca para checarse el pulso. Pero luego recordó que esos días quedaron en el pasado. Respiró hondo y se dirigió a Leya.

                —Qué gracioso el animal ese, ¿no? —trató de reírse—. Llamarme Santa Claus, ¡qué chiflado!

                El reno volvió con su ama y esta le acarició el hocico distraída. Levantó la cara para ver directo a los ojos del anciano.

                —No, James. Él se refería a mí. Yo soy Santa Claus.

                Fixer trató de asimilar esas palabras. Se revisó de que no tuviera los oídos tapados antes de hablar.

                —Perdón, ¿cómo dice?

                —James Fixer, me presento de nuevo. Soy Leya Hanna. Fui elegida hace veinte años para ser Santa Claus. Este de aquí —dijo al señalar al reno— es el famoso Cometa. El carro que revisó hace rato es el trineo y los costales que vio son donde guardo los regalos para la entrega en dos días. Se supone que muy pocos humanos podrían verlo, pero usted puede. Esa debe ser una señal.

                James estaba atónito. Muchas ideas nublaban su mente: ¿Esa chica era Santa? ¿Cómo que veinte años? ¿El animal era el famoso líder de los renos? ¿Señal de qué?

                »Usted puede que no lo crea, pero acaba de despacharse a un hombre lobo y tiene el espíritu de la caridad en su interior. Es perfecto para ser mi sucesor.

                —¿Sucesor de qué?

                —De Santa.

                James se quedó atónito y ahora casi podía asegurar de que se estaba volviendo loco. Sus dudas desaparecieron cuando sintió dolor en su puño que le detuvo el lobo. Se miró la mano y había un rasguño en ella. Una luz dorada inundó su visión y la cicatriz empezó a cerrar. Cuando alzó la mirada, un cascabel del reno era la fuente de dicho fulgor.

                —Mire, señorita, debo ir con mi esposa y explicarle porqué tardé tanto, aunque dudo que me crea. Si me disculpa…

                —Yo lo llevo, James —se ofreció y silbó a la nada con mucha fuerza.

                El bólido que había visto antes se convirtió ahora en el trineo tradicional con esquís y unas riendas. Estas se acoplaron sobre Cometa de forma automática y Leya subió a él con pericia. Le indicó con señas a Fixer para que se subiera. Para él, todo eso, aunque sorprendente, era real. Se subió y pensó en que si lo que decían del trineo era cierto, este era rapidísimo.

 

                Apenas llegaron al domicilio de James, en los suburbios, Cometa empezó a encender y apagar su cascabel como si fuera clave Morse. El alboroto hizo que saliera la esposa de James, Mildred, a ver qué pasaba.

                Fixer apenas descendía cuando su esposa corrió a abrazarlo.

                —Bienvenido, querido. Vaya, con tu barba y ese trineo, ahora sí que pareces Santa Claus.

James se sorprendió con ese comentario. Ella también podía ver el trineo.

—Curioso que lo diga, señora —habló Leya que justo bajó del trineo—. Necesito hablarle de algo.

—Mildred, cariño, la señorita Hanna quiere hablarme de una… —no encontraba las palabras— oferta de trabajo. ¿Podemos pasar?

Una vez dentro y con chocolate caliente servido, Leya empezó a relatar todo lo que ocurrió desde que vio a James. También, le explicó que ella quería que él fuera su sucesor, pues su tiempo como Santa estaba por terminar.

                Mildred no estaba sorprendida, se creyó todo el relato de su interlocutora, pues tenía la habilidad de saber cuando la gente le mentía. Escuchó con atención las palabras de Leya mientras veía a su esposo de reojo de cuando en cuando.

                —Entonces, ¿su magia está por agotarse? ¿Está muriendo? —preguntó con un nudo en la garganta.

                —¡No! —se rio la chica—. Uno no puede tener hijos mientras es Santa Claus. Es decir, no puedes tener hijos propios. El niño nacería con la bendición de Santa y el tiempo ralentizado. No viviría una vida normal y va contra las reglas. Estoy embarazada y debo dejar el puesto y buscar un reemplazo antes de que la magia me abandone.

                —Ay, muchacha —se enterneció Mildred—. Me alegra y me entristece por igual.

                —Se supone que yo no podía tener hijos —empezó a explicar mientras tocaba su vientre—. Mi esposo y yo fuimos con varios doctores y la respuesta era la misma: Yo estaba enferma y no podría concebir un bebé. Quería tener un infante o varios y procurarles felicidad, pero en cierto modo, el anterior Santa cumplió mi deseo, pues llevo felicidad a todos los peques del mundo que creen en la figura de Claus. Me concedió el honor de ser su sucesora. Bueno, originalmente el puesto era para mi marido, pero no podía y yo decidí tomar el rol del Heraldo de la caridad. Mi antecesor lo aprobó y aquí estoy, sana y mágica como me ve.

                —¿Sana? —preguntó Mildred—. ¿O sea que al ser Santa ya pudo concebir un bebé?

                —Así es —sonrió Leya—. Yo llevaba mi vida normal y con el tiempo, la magia me curó y quedé embarazada. No nos dimos cuenta hasta que un día, por una revisión de rutina, se dieron cuenta que yo esperaba un bebé.

                Mildred meditó esas palabras y miró a su marido.

                —Sé que ya no tener hijos fue nuestra promesa, así que sería ideal que aceptaras, podrías ser Santa Claus, James. Es perfecto para ti.

                El pobre de Fixer se levantó de la silla con nerviosismo.

                —Mildred —dijo y se rascó la nuca—, no es que no confíe en el juicio de la señorita, ¿pero yo? Estoy enfermo del corazón y ya soy un anciano. No creo que pueda con el puesto.

                —Estabas —recalcó Mildred—. El doctor me llamó y me dijo que ya podías dejar de tomar el medicamento.

                En ese momento James buscó la bolsa donde llevaba el pastel y la carne. Recordó entonces que la dejó para ir a auxiliar a Leya.

                —¿Buscabas esto? —preguntó la chica al alzar la bolsa que él había olvidado.

                James se sorprendió. No cabía duda. La chica tenía magia. Ahora sí estaba convencido que ella era Santa Claus.

                —Gracias, señorita Hanna.

                —Si antes estabas enfermo del corazón, ¿por qué corriste a ayudarme? —sonrió Leya.

                —Porque… —suspiró— era lo correcto.

                Ella solo asintió y sonrió con suficiencia.

                —El puesto es tuyo solo si lo quieres, James. No te puedo forzar, debes aceptarlo con todo lo que conlleva —se levantó y se sacudió su abrigo verde—. No espero que me des una respuesta justo ahora. Háblenlo y cuando estén listos —sacó una especie de orbe—, se comunican conmigo agitando esta esfera festiva. Yo les hablaré por ella o vendré hasta acá.

                La chica dejó la bola de cristal navideña sobre la mesa.

                »Muchas gracias por su hospitalidad —y se levantó para retirarse.

                Mildred esperó a que se dejaran de escuchar los pasos de la chica para hablar con su marido.

                —¿Y bien, qué esperas? —preguntó sin más.

                James no supo qué contestar se limitó a llevarse la mano a la barbilla.

                »James, por favor, has sido paramédico, voluntario en caridades y maestro de boxeo para poder ayudar a los niños con lo que sabías. Caray, fuiste un excelente padre. ¿Es que no lo ves?

                —¿Y todo eso me capacita para ser Santa? —preguntó al sentirse orillado—. Ya soy un viejo.

                —Pero sabio y experimentado. Además, ya escuchaste a la muchacha, la magia la curó. De seguro mantendrá sano tu corazón.

                James sopesó las palabras de su esposa. Tenía razón como siempre.

                »Nunca dejaste que la enfermedad o los problemas se interpusieran en tu camino del bien. Imagina todo lo que podrías hacer si fueras Santa. Solo piensa en la cantidad de niños que podrías alegrar, aunque fuera solo un día en diciembre.

                James recapacitó. El discurso le llegó al fondo de su alma y apretó los puños. Se irguió antes de hablar.

                —Hay que llamar a Leya —dijo convencido y tomó la esfera navideña.

                Cuando salieron a alcanzarla, ella estaba recargada sobre el trineo con una sonrisa llena de ternura.

                —Sabía que no tardarías, James.

                Un trineo más grande, parecido a un jet, descendió en el patio de los Fixer. Leya lo había llamado después de ser atacada por el hombre lobo. De la nave descendió un elfo musculoso y bastante alto para su especie.

                »¡Soren, me alegro verte! —gritó y corrió a darle la buena nueva—. Encontré a mi sucesor. ¡Es perfecto!

                El elfo, alto para su especie, alzó la vista para ver a la pareja. Una sonrisa apareció en su rostro.

                —Vaya, señora, tiene buen ojo. Saludos, pareja Fixer —hizo una reverencia—. ¡Vámonos! Destino: el Polo Norte.

                James y Mildred se miraron el uno al otro y subieron al trineo recién llegado mientras Leya arrancaba a toda velocidad en el suyo.

               


Hacía dos días que habían encontrado varios cuerpos en el sótano. Un total de diez víctimas se encontraban bien conservadas en una especie d...



Hacía dos días que habían encontrado varios cuerpos en el sótano. Un total de diez víctimas se encontraban bien conservadas en una especie de cámaras criogénicas. Lo peor del asunto, es que ese lugar lo compartía con mi vecino y amigo Chris, el presunto asesino. La policía no me culpó principalmente porque soy el mejor detective de la ciudad y porque hay varias inconsistencias en el caso.

Primero que nada, la carpeta de investigación está casi vacía, la evidencia la desaparecieron y mis testimonios y de los demás vecinos no se encuentran. Para acabarla de fregar, mi acceso al sistema policiaco había sido restringido. Algo olía muy mal aquí. Es decir, a parte del sótano que tuvo cuerpos. No sabía si podía confiar en alguien del sistema y los detectives privados me aborrecían. Solo había una persona a la que podía acudir: Mi exesposa.

Tengo que decir que no la escuchaba tan feliz desde el día que nos divorciamos. Al menos hubiera guardado las apariencias, pues siempre le hablaba para pedirle algo.

—Vaya, pero si es el marido del año. ¿Necesitas dinero otra vez? —fue lo primero que me dijo al contestar el teléfono.

—No estoy de humor, necesito que me eches una mano —le repliqué.

—Esa excusa siempre la usabas años atrás.

—Por favor, necesito que me asistas con un caso. El sospechoso era mi vecino.

—Voy para allá —dijo y me colgó.

            Ella era la mejor detective privada de la ciudad, mejor que esos estafadores que hasta grababan reaility shows de sus casos. No, ella era una profesional. Al menos, para su labor.

Escuché el timbre de la puerta y le abrí sin pensar. Sabía que era ella.

—Buenas tardes, Emi, un gusto… —saludé, pero me aventó su gorro a la cara y pasó de largo.

Se desplazó hasta el sótano sin que le dijera algo y se puso los guantes. Pasó la línea policiaca y se puso un cubrebocas mientras sacaba su potente cámara que usaba para analizar. El lugar tenía aún las marcas de tiza, las notas y demás utilería propia de una escena del crimen. De las pertenencias, solo había unas mesas pegadas al fondo con objetos sin importancia, una lavadora, secadora y varias herramientas que solíamos compartir mi excompañero y yo.

—La policía ha estado muy floja. Yo creo que quieren cerrar el caso —me dijo Emi sin voltear a verme—. ¿Cuántas víctimas había? —preguntó mientras se acercaba a una mesa del fondo.

—Dejó diez cuerpos, ni me percaté que estuvieran aquí.

—Bueno, es lo más tieso que ha habido aquí en años —se mofó.

—No me da gracia, Emi.

—A mí sí, Fer. Vete acostumbrando. No le caes bien a la policía, a la prensa, a mis colegas, bueno, ni a tu perro. Y eso que tú lo compraste. Tú decides, estás en este caso solo con todo en contra o aceptas mi ayuda con todo y mis burlas.

Me sentía más atrapado que cuando hicimos los acuerdos de divorcio.

—Acepto tu ayuda —contesté.

Este iba a ser un caso muy difícil.


 

¡SEXTO CAPÍTULO! Este es el que dicen que es muy violento, pero francamente creo que solo es gráfico. He recibido mucha retroalimentación de...

¡SEXTO CAPÍTULO! Este es el que dicen que es muy violento, pero francamente creo que solo es gráfico. He recibido mucha retroalimentación de él y francamente no quiero cambiarlo. Pueden leer el anterior aquí. 


Al día siguiente estábamos paseando por el Mercado Principal de Tortuga, en Caparazón. Azariel se veía muy animado, como si la conversación del día anterior no hubiese pasado. Había comprado un morral de frutas y después de que yo las limpiara, empezó a degustarlas. Llevaba un atuendo de capitán en colores blanco y café impecable que recién había adquirido. Increíblemente no se había manchado en absoluto. Estaba demasiado ocupado comiendo como para entablar conversación. Yo iba a entrar a una tienda de ropa cuando vi un cartel muy llamativo. Me acerqué, pues vi algo familiar.

Abrí los ojos de golpe y arranqué el anuncio. Era un informe de recompensa con el rostro de Azariel en él. ¡Estaban ofreciendo una corona de plata solo por información de su paradero! Miré más abajo y prometían la cuantiosa cantidad de cinco coronas de oro por capturarlo vivo y llevarlo a Martillo. ¿Por qué había un precio para su captura? Le di la vuelta al cartel para revisar los detalles.

                “Fugitivo presuntamente muerto ayuda a escapar a la Bruja Ann, quien estaba a punto de morir en la hoguera. Azariel, el cazarrecompensas ha burlado la tumba. Además, se le atribuyen los siguientes crímenes: el asedio al muelle fortaleza de Martillo, atacar a dos capitanes de dicho embarcadero y robar el navío de exhibición “La Centella Mortal”. Cualquier información, acuda con su Juez Superior. SOLO intente capturarlo si está seguro de ganar. Es sumamente peligroso. La recompensa es solo por atraparlo vivo…”

Le di la vuelta al documento. El cartel no nos mencionaba al resto, pero eso no nos exentaba del peligro. ¿Cuál sería el motivo para solo ofertar por él? ¿Cuántos mercenarios estarían tras nosotros?

                —Ese retrato mío no es muy bueno —comentó sobre mi hombro mientras masticaba otra fruta—. ¿Ofrecen tanto por mí? ¡Vaya! El Gobernante Lois debe estar muy cabreado conmigo. ¿Crees que la podríamos cobrar nosotros mismos? —preguntó quitándome el cartel.

                —¡No es gracioso! —le espeté y le arrebaté el papel—. ¿Sabes cuánta gente podría estar detrás de ti? —inquirí molesta.

Terminó de degustar la fruta y se limpió con un pañuelo. Su calma me fastidiaba.

                —De hecho —dijo después de desperezarse—, hay un sujeto que nos viene siguiendo desde hace un rato —señaló sobre su hombro.

Miré por encima de él y, en efecto, había un tipejo con capucha observándonos. Se ocultó el rostro en cuanto lo descubrí y se perdió entre el gentío.

                —¡Vámonos de aquí! —ordené y lo jalé de su camisa.

Yo llevaba una blusa un poco holgada y una chaqueta corta de hechicera. Mi pantalón y mis botas me permitirían correr en caso de ser necesario. Afortunadamente no me había puesto colores llamativos y tampoco me había colocado el corsé ese día.

Empecé a serpentear entre los puestos del mercado. ¿Llevarían animales de rastreo? Procuré pasar por los estantes y carros de comida para ocultar un poco nuestro olor. Puse mis sentidos en alerta, me concentré y agudicé al máximo mi vista con magia.

Percibí un movimiento por el rabillo del ojo a mi izquierda. Dos sujetos que portaban espadas nos seguían en paralelo, nos miraban de reojo. A nuestra derecha iban tres individuos con capuchas negras, todos llevaban armas debajo de su ropaje.

                —Hay cinco, no, seis sujetos justo a nuestras espaldas —musitó Azariel que ya había dejado de comer—. Creo que hay al menos otra media docena que están brincando por los puestos.

Diecisiete imbéciles venían por él. ¡Qué fastidio! Empecé a escabullirme entre el bullicio. Azariel me soltó la mano y se volteó la chaqueta con habilidad mientras pasamos un corro de personas.

                —Son al menos una treintena de personas —calculó—. Esto va a ser difícil, solo traigo una espada corta. ¿De cuántos te puedes encargar tú? —inquirió en voz baja.

                —Creo que puedo con casi todos —comenté—, pero aquí hay mucha gente. Debemos salir al claro que está al sur. ¡Sígueme! —ordené murmurando.

Un sujeto chocó con mi amigo de frente. Vi como este trató inútilmente de clavarle una aguja envenenada, pero el hábil de Azariel le dio la vuelta a la situación y le enterró su misma arma al atacante.

                —¿No puedes encargarte de ellos aquí? —preguntó nervioso mientras su rival se desplomaba.

                —No —confirmé—. Sería muy peligroso con mis métodos, debemos ir a un lugar solitario —apresuré el paso.

Nuestros perseguidores acortaban distancia, no sabía cómo atacarían. ¿Y si atacaban a gente inocente con tal de capturarlo? No podía arriesgarme a eso tampoco. El corazón me palpitaba con violencia, mi frente se encontraba perlada de sudor. Traté de serenarme, pero la magia se acumulaba en mis manos, quería surgir con la violencia de un torrente, con la crueldad de un río desbordado.

Nos aproximábamos al borde del mercado y también de la ciudad. Solo un poco más, pero parecía que eso no sería suficiente. Tres encapuchados estaban a escasos pasos de nosotros, llegamos hasta dos puestos con enormes hornos. Estos desgraciados se estaban abriendo paso a empujones entre la multitud sin importar quien fuese. Tuve de pronto una idea, volteé hacia mi amigo y a él seguramente se le ocurrió lo mismo, pues asintió levemente y señaló a su derecha.

Me dirigí al comercio de la izquierda, el mercader cocinero se me quedó viendo cuando sujeté la plancha caliente con las manos desnudas. Apenas si sentí el calor.

                —¿Cuánto vale todo su local? —pregunté a la desesperada.

                —¿Qué valor tiene todo su negocio? —escuché a mi amigo hablarle al herrero a mis espaldas.

El tipo vio por encima de mi hombro y parecía que entendió lo que ocurría, intentó balbucear una respuesta, pero le tendí dos báculos de plata. Le brillaron los ojos en cuanto vio las monedas y apartó a los clientes con señas. Las ventajas de tener encanto nato.

                —¡Váyanse! —ordenó—. Es peligroso, por favor retírense.

A mis espaldas se escuchaba un barullo similar. Apenas oí pasos amenazantes a mis espaldas concentré toda la magia en mis brazos y abdomen para estampar la enorme plancha contra mis dos atacantes. El primero soltó un alarido de dolor, pero el segundo alcanzó a esquivar. Giré sobre mi eje para atacarlo como si portara un disco inmenso y dio resultado, al menos dos costillas rotas. Ya teníamos dos atacantes menos.

Observé con asombro que el tercero de los encapuchados yacía en el piso inconsciente, mientras otros dos cazarrecompensas rugían de sufrimiento por los hierros al rojo vivo que Azariel clavaba en sus rodillas.

Se había acabado la sutileza, era hora de huir. Sujeté a Azariel de la mano y salí corriendo a la desesperada fuera del mercado. Salimos a un claro a las afueras de la ciudad con nuestros cazadores a escasa distancia nuestra. Solté a mi amigo cuando sentí un chispazo de magia. Estaba ocurriendo de nuevo.

 

Ann corría como el viento, me costaba mucho seguirla. No estaba en forma, aunque me costaba admitirlo. Escuché el tensar del arco que anunciaba un disparo de flecha. Volteé por un instante para calcular la trayectoria de la saeta, pero una pared de maná detuvo el proyectil. Algo en ella empezó a cambiar, su piel empezó a titilar en color azul. Su andar empezó a flaquear y se sujetaba su pecho como si sintiera dolor. Alcé un poco la vista y dos sujetos nos estaban cerrando el paso. Una hechicera y un guerrero con una pesada armadura.

                —Debimos aniquilarlos en la ciudad —comenté—, con el resguardo de los puestos y los edificios.

                —No —respondió estremeciéndose—. Habría sido catastrófico. No creo que hubiera podido controlar mis poderes, te repito que sería muy peligroso.

La hechicera atacó primero, pero su magia apenas si rozó a Ann. Mi amiga se agachó y se impulsó con maná para dar un rodillazo al rostro de su rival. Yo me adelanté al tajo del guerrero y clavé mi espada en las junturas de su armadura. Dos tajos certeros y un golpe con el pomo de la espada en su casco. Cayó a mitad de un grito que se desvaneció por su inconsciencia.

Mientras hacíamos eso, nuestros perseguidores se cerraron en un corro a nuestro alrededor. Perdimos mucho tiempo a pesar de que solo fue un instante.

Nos juntamos espalda con espalda, ella estaba sudando mucho y empezó a jadear un poco. Uno de nuestros rivales, un tipo alto de piel clara y expresión altanera dio el primer paso.

                —Pensamos que cinco reales era mucha recompensa para cualquiera de nosotros —expresó confiado—, pero repartida entre todos, pues es una cantidad bastante justa por alguien que se supone está muerto. ¿Qué opinan ustedes? —preguntó dirigiéndose al resto de malnacidos—. Después de capturarte —dijo muy confiado—, veremos cuánto nos dan por el gordo y la muchacha que los acompañan.

                —Esto no hubiera pasado si los hubiéramos atacado en el mercado —musité molesto.

                —¿Qué clase de estupideces estás diciendo? —preguntó molesta Ann—. Tu vida no vale más que la de esos inocentes —dicho esto, se desplomó en el piso sujetando su abdomen y respirando por la boca.

El corro de mercenarios avanzó con paso lento hacia nosotros, me puse en guardia y me concentré lo más que pude. ¿Pelearían con nosotros hasta la muerte? ¿Tendría yo algún valor si me llevaban sin vida?

Uno de ellos tomó la iniciativa y escuché los pasos a mi espalda. Con el rabillo del ojo pude apreciar que Ann se levantaba con un impulso y extendió su mano derecha al frente. Una ráfaga de maná salió disparada hacia el pecho del infeliz. El impacto fue tal que le hundió el peto de la armadura y acto seguido salió volando. Una bruja sacó una especie de tótem de piedra y estaba conjurando algo cuando mi amiga se lanzó hacia ella. En un parpadeo estaba agachada frente a su presa. La pobre chica no tuvo tiempo de reaccionar cuando un gancho al mentón cargado de maná la elevó por los aires. Al caer, ya no se levantó.

Todos habíamos caído en el asombro. Ann se había convertido en una tempestad de maná puro. No perdí tiempo y corrí hacia el autoproclamado líder de esos mercenarios. Un tajo en diagonal y mientras retrocedía, lo sujeté del cabello por encima de su frente y lo azoté contra el suelo. Ese fue el único rival del que me encargué.

Ann avanzaba a toda velocidad entre nuestros enemigos acabándolos con un solo golpe o hechizo. Al menos diez rivales habían caído ya por su mano. Unos intentaron huir, pero ella los alcanzó y los asoló con maná. Era una imagen aterradora. Sus ojos empezaron a brillar en azul, estaba completamente fuera de control.

                —¿Qué crees que haces, maldita hechicera de cuarta? —preguntó uno y empezó a cargar maná en sus manos—. ¡No impresionas a nadie! —gritó.

La expresión de mi amiga se tornó en una máscara de ira. En un parpadeo alcanzó al mago y le reventó el hechizo en sus palmas. El alarido de agonía casi me lastima los oídos. El mago se desmayó con unas manos calcinadas y una expresión que denotaba sufrimiento. Más de la mitad de nuestros enemigos habían caído.

Cinco soldados con una simplona armadura de cuero la rodearon con una increíble determinación en sus rostros. Alcancé a distinguir unos chispazos azules que recorrían el cuerpo de mi amiga. Algo malo estaba por ocurrir. El quinteto de idiotas la atacaron al unísono. Un pilar de maná se elevó al cielo cuando ella levantó la mano. Todos fueron derrotados al instante.

Algo en mi interior se empezó a agitar, me sentí incómodo y quería salir huyendo. Era miedo. El temor se acrecentaba en mi alma al ver a mi amiga. No me había mentido cuando me contó que había fulminado a los captores de Noemí.

Dos hechiceros, hombre y mujer, blandieron una varita y unos guanteletes respectivamente. Lo que pensé que iba a ser un duelo más parejo me dejó boquiabierto. Un torrente de maná salió disparado desde la varita contra Ann, pero ella lo contuvo con una mano y lo devolvió con un giro. El pobre recibió el impacto de lleno y lo trató de contener con movimientos de su arma, pero fue en vano. La violencia del flujo de magia lo derribó y lo hizo perder el conocimiento.

                —¿Te encuentras bien? —preguntó su colega hincándose junto a él.

Ann avanzó con determinación hacia la hechicera y esta intentó moldear magia con sus guanteletes. En un parpadeo, mi amiga sujetó las muñecas de su rival y le dio un cabezazo cargado de maná. Una onda azulada se expandió por el lugar levantando polvo. La chica se mantuvo de pie, pero ya no concentró poder. Otro golpe y la derribó dejándola con los ojos en blanco.

Solo quedaban dos tipos con pinta de asesinos. Uno de ellos se hincó y soltó sus armas.

                —¡Por favor, no me mates! —imploró—. Solo pensamos que sería dinero fácil, lo juro —alzó las manos indicando que se rendía.

Su compañero le dio un tajo en su costado y lo derribó de una patada.

                —¡Eres un cobarde, Ian! —escupió al piso—. Yo mismo me encargaré de esta ramera y… —no terminó la frase.

Ahora se encontraba tendido en el suelo porque Ann le dio un codazo de lleno al rostro. Ella se colocó sobre él a horcajadas y empezó a propinarle puñetazos a una velocidad de pesadilla. Ni siquiera pude contarlos. Cuando acabó, tenía los puños rojizos, pero sin sangre. El sujeto que había recibido el tajo de su compañero observó la escena con horror. Ann se desplomó por un costado y el brillo azul que la rodeaba empezó a desparecer. Parecía que todo había acabado.

Me encontraba atónito, no supe en qué momento había envainado mi espada. Me acerqué a ella, estaba temblando, pero no me dejó ayudarla, me recordó mucho a un episodio que tuvimos cuando éramos niños. Me apartó con la mano y se levantó como pudo. Respiró hondo, pero el temblor solo disminuyó. Volteó a ver al único exento de su furia.

                —Corre la voz —ordenó—, diles a todos que cualquiera que venga por Azariel, se las verá conmigo —se señaló el pecho.

El infeliz asintió y salió corriendo despavorido.

No sabía qué decir, tenía un poco de miedo todavía, pero ella me reconfortó un poco con una sonrisa. Observé que tenía unos cortes pequeños en el dorso de la mano y uno pequeño por encima de la ceja izquierda, por lo demás, estaba ilesa.

                —Te dije que podría con casi todos, ¿no? —dijo mientras se sujetaba el abdomen—. ¡Qué bueno que los traje para acá! —expresó aliviada.

                —Nos hubiéramos podido ahorrar todo esto si los hubieras atacado en la ciudad.

Su expresión sonriente cambió de golpe por una máscara de desagrado.

                —¿Qué no viste lo que aconteció? —preguntó casi gritando—. ¿Qué tal si algún inocente como un infante o un anciano era alcanzado por mi magia? ¡Pude haber matado inocentes!

                —¿Qué importaba? Nadie es inocente —declaré—. Mejor ellos que nosotros —dije con fastidio—. No estoy para estar titubeando ni para escatimar esfuerzos.

Se colocó frente a mí y me miró directo a los ojos.

—Los asuntos que tengas que tratar con tu hermano, son asunto tuyo —me picó el pecho con dos dedos—, pero si vas a convertirte en una aberración como él, masacrando inocentes, yo misma detendré tu corazón. Prefiero verte muerto a ver cómo te conviertes en un monstruo —dijo con ojos cristalinos y bajó la mirada.

Me dolió lo que dijo, pero me partió el corazón ver que temblaba controlando los sollozos. Me acerqué a ella.

                —Yo —musité— lo lamento, Ann. No quiero alejarme de quién soy. Perdóname —y la abracé por los hombros mientras ella descargaba sus lágrimas en mi pecho.