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  El Trueno Lejano fue el navío más temido hace unos años gracias al mejor capitán que ha existido. Era respetado por toda la flota de mi re...

 

El Trueno Lejano fue el navío más temido hace unos años gracias al mejor capitán que ha existido. Era respetado por toda la flota de mi reino y era temido por todos los piratas. Ahora el barco tiene a la peor tripulación que existe: unos condenados rufianes y malhechores que solo abusan de su fama, que además son peores que los piratas.

Las velas rojas y la bandera de un cerdo decapitado son la señal de que debes huir, pues habrá problemas. Su actual Capitán, Fets, es un maldito monstruo que mata a sangre fría y que ha aprovechado toda esta situación para satisfacer todos sus egoístas deseos.

Se preguntarán cómo sé todo esto. Pues bien, el Capitán Fets es mi hermano… y voy a recuperar mi navío y hacerle pagar por todas sus atrocidades…




 Saludos, dejo este fragmento de uno de los cuentos de mi siguiente libro. La verdad me está gustando cómo queda. Odio las misiones fáciles....

 Saludos, dejo este fragmento de uno de los cuentos de mi siguiente libro. La verdad me está gustando cómo queda.

Odio las misiones fáciles. No, dejen me corrijo: Odio que me digan que las misiones son fáciles y termine descubriendo lo contrario. Se supone que era entrar a la mansión, sacar al rufián que era un maldito genocida y llevarlo a la justicia. Lo que no me dijeron es que tenía que pasar por una cuadrilla de sus brutos y parte de su ejército personal. Arrojé al último por la ventana para salir y caer en el jardín.

El condenado pelafustán iba seguido por una comitiva que le proporcionaba protección, pero no la suficiente para contenerme. Empecé a correr y noté por el rabillo del ojo que un magno escorpión (una especie de ballesta gigante) me disparaba un enorme proyectil. Si no llego a esquivarlo, seguramente me hubiese noqueado. Me cerró el paso la caballería personal y tenía que lidiar con cinco jinetes bien acorazados para seguir mi persecución.

Salté directo a espaldas del primer caballo para derribar a uno de los jinetes y me las tuve que ingeniar para hacer lo mismo con los otros, pues no quería lastimar a los pobres corceles. Por suerte para mí, el escorpión no se atrevió a disparar y para cargar otro tiro tardaban mucho.

Cuando emprendí nuevamente mi persecución, mi objetivo ya se había acercado al portón de su finca, casi a punto de escapar. Corrí a toda prisa.

Estaba cortando distancia y noté que algunos de sus soldados se frenaban de repente, como confundidos. No tuve tiempo de preguntarme qué había pasado cuando una figura envuelta en negro y rojo se dirigía a ellos a toda velocidad. El primero ni siquiera puso resistencia, simplemente recibió un rodillazo a la altura de la cara y cayó de espaldas. El segundo dio un tajo vertical muy torpe y la extraña figura lo esquivó moviéndose un poco a la derecha. Vi que le clavó una daga justo en un hueco del peto y se desplomó. Cuando estaba a unos treinta pasos me di cuenta de quién era. Los dos que faltaban se acercaron al mismo tiempo a atacarla y fueron derribados de una patada doble a la cabeza que ella asestó con habilidad. ¡Qué tontos! Ninguno de ellos llevaba casco.

                —¡Vita! —grité al tiempo que caía sobre el magno escorpión y noqueaba a su operador que ya estaba apuntando a la recién llegada.

La chica volteó a verme para saludar con una cabezada y después continuó con su carrera. Yo no perdí tiempo y marché a alcanzarla.

Era una chica menuda, delgada, de cabello oscuro y corto que siempre tenía unos mechones pintados de rojo. Llevaba su típica capucha y capa negra con roja, además de su blusa de manga larga, falda corta, mallas y botas de sigilo todas negras con toques rojos. Tenía unos bellos ojos oscuros que siempre parecían estar analizando. Era una monada… ¡NO! La misión primero.

                —¡Tengo que atraparlo! —dije cuando la alcancé—. Debe pagar por sus crímenes.

Asintió al tiempo que sacaba unas agujas y las lanzaba a los guardias. Dos cayeron inconscientes, pero el resto siguió su carrera hasta el portón.



  De nuevo me encontraba en el lugar de siempre en el jardín esperando a mi amigo. Había estrenado un celular que le compré a un tipo en un ...

 

De nuevo me encontraba en el lugar de siempre en el jardín esperando a mi amigo. Había estrenado un celular que le compré a un tipo en un grupo de ventas. Estaba casi como nuevo, pero sin el cargador.

Quince minutos tarde. Lo habitual en él. Voy por un esquite mientras lo espero.

Me preocupo porque ya van cerca de treinta minutos. ¿Qué ha pasado? Acordamos desde la semana pasada que nos veríamos hoy. Para este tipo de cosas no necesitábamos confirmación adicional. Mismo lugar, misma hora.

Ya casi ha pasado una hora. Le escribo y los mensajes no le llegan. Le intento marcar y me manda directo a buzón. Justo cuando voy por mi cuarto intento de llamada, aparece un amigo nuestro. Me saluda un poco afligido y le pregunto por Pepe.

    —¿No lo sabes? —me pregunta con un deje de tristeza en su voz—. Lo mataron la semana pasada. Intentó resistirse al asalto y lo picaron con una navaja oxidada. Le quitaron todo y dejaron el cuerpo cerca de su casa —dice al final con un hilo de voz.

Me quedo pasmado con la noticia. Fue la semana pasada. Hace dos días compré este celular de dudosa procedencia. ¿Soy o no cómplice de un asesinato? Mi padre seguramente diría que sí. Viví con un celular ensangrentado y no sé si fue de mi amigo Pepe. Rompo el celular apenas llego a mi casa. La culpa está latente en mí y me embarga la tristeza.


Esta historia la escribí como crítica a una situación local hace tiempo. No la publiqué antes por una cuestión de sensibilidad. Espero les guste.




  Mi amigo… No pude salvar su alma… Estaba abatido, sentía cómo sobre mi corazón se posaba un terrible pesar… Había volado hasta un peñón ...

 

Mi amigo… No pude salvar su alma…

Estaba abatido, sentía cómo sobre mi corazón se posaba un terrible pesar… Había volado hasta un peñón afueras de la ciudad para poder cargar con la culpa. No podía tolerarlo. Estaba a punto de llorar o de saltar o de algo peor…

Sentí un cosquilleo en mi nuca y oí un pisar detrás de mí. Ni si quiera tuve que voltear para saber quién era: El Capitán Voltio. El segundo héroe más grande del mundo. Un tipo bronceado con un traje azul completo con símbolos del rayo en los hombros, una máscara que dejaba salir su barba y un parche que estaba de adorno sobre su ojo derecho…

Antes de que pudiera hablar, me posó una mano sobre el hombro.

                —Quieres hablar —escuché en su ronca voz.

                —Yo no… —me interrumpió con una ligera descarga eléctrica.

                —No te pregunté, muchacho —dijo autoritario—. Dije que quieres hablar. Habla —me instó.

No pude abrir la boca cuando un aluvión de imágenes invadió mi mente: El edificio que colapsaba; el bebé que salvé de ser aplastado; un auto que detuve con mucho esfuerzo que volaba hacia una anciana; la mirada de preocupación que me dedicó un policía, que por cierto, estaba muy ocupado para asistirme; mi mejor amigo que salía volando en dirección contraria a dónde debía ir; la mirada de horror de la novia de su alter-ego; la indiferencia del máximo héroe de nuestra generación ante el desastre que estaba armando… Intenté desviar mi mente hacia otro lado, pero no pude…

Una fracción de segundo, solo eso me hubiera bastado… Vi cómo la novia del alter-ego de mi mejor amigo caía al vacío mientras él se esforzaba por salir de los escombros. No pude detenerla. Mis poderes tienen un tiempo de “enfriamiento” antes de poder usarlos… Cuando intenté provocar un pequeño tornado para desacelerar su caída no salió nada. Ni siquiera una ligera ventisca. Una fracción de segundo me hubiese bastado para evitar la desgracia. Era mi amiga también… La dejé morir.

                —La dejé morir —expresé con pesar.

                —No pudiste salvarla, que es diferente —me corrigió—. Eres joven, tienes que entender que no puedes salvarlos a todos.

Para él era fácil decirlo, sus poderes de electricidad eran magníficos, podía volar, además, hacía de todo. Yo, sin embargo, no podía ni producir dos tornados seguidos, lo que supuestamente era mi especialidad.

                —¡Si podía, maldita sea! —grité furioso mientras me daba la vuelta—. Si tan solo fuese mejor o si hubiera omitido algo de lo que hice. Si tan solo… —una descarga en el pecho interrumpió mi rabieta.

                —¿Si tan solo hubieras dejado morir a la anciana? —inquirió cruelmente— ¿Al bebé? ¿A la gente del autobús? ¿Una vida por otra? ¿Eh? —Alzó la voz— Dime, ¿eso tratas de decirme?

Lo golpeé en la mejilla. El tipo ni se inmutó. Mi mano estalló en dolor y caí de rodillas. Las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos. Creí que se iba a burlar de mi llanto, pero no…

                —Está bien que llores —expresó empático—. Las primeras veces son las peores. Les pasa a los policías, a los bomberos… Muchacho —dijo con un susurro—, escúchame esto: No es tu culpa y no tienes por qué cargar con ello. Si quieres que el dolor se descargue en tu llanto, adelante, también me puedes golpear, pero no te lo recomiendo.

Lloré tendido y una imagen más voló a mi mente: mi amigo maldiciendo a su compañero, el héroe más grande del mundo, por haber provocado la muerte de su amada. Le prometió que lo haría pagar mientras alzaba un puño hacia él. Jamás podría borrar esa imagen de mi mente.

                —¿Qué pasará ahora? —pregunté.

                —Puedes quedarte aquí y desahogarte, puedes ir a un bar y ponerte la borrachera de tu vida, puedes colgar el traje y mandar todo a la mierda. Hay un mundo de posibilidades. La decisión es tuya.

Se sentó frente a mí y me miró con ternura.

                —Si decides desahogarte aquí y ahora, me quedaré contigo hasta que sea prudente —se ofreció.

En ese momento entendí que él no era solo un héroe por sus acciones, era un héroe por sus valores.

                —Gracias —musité.

 

Fragmento de un cómic que estoy en proceso de escribir.


Pueden checar mis libros publicados en el siguiente enlace: Amazon


Gracias por leer.

fragmento de un cómic


 Sus palabras me sacudieron por completo y me "sacaron de onda". No lo esperaba para nada. "Te amo", me había dicho.  —¿...

 Sus palabras me sacudieron por completo y me "sacaron de onda". No lo esperaba para nada. "Te amo", me había dicho. 

—¿Qué? —le pregunté atónita. 

—Te amo, amiga. Ya estoy cansada de callarlo —me contestó con franqueza.

No sabía cómo reaccionar, no sabía cómo contestarle. Me quedé en silencio y pasmada como jamás en mi vida. 

—Me has ayudado tanto y has estado ahí para mí siempre que lo he necesitado —me dijo mirándome a los ojos y sosteniendo mi mano—. Tu amistad vale más para mí de lo que puedas imaginar. 

No sabía qué contestar, simplemente estaba incómoda. La miré nerviosa y traté de zafar mi mano, pero no quería hacerlo bruscamente. 

—Tú no tienes por qué sentir lo mismo —me explicó—. El amor fraternal que siento por ti no tiene por qué ser recíproco —me dijo mientras una lágrima le recorría el rostro—. Simplemente quería confesártelo, quería decírtelo desde hace mucho y no encontraba el momento justo. Necesitaba expresarlo porque me quemaba por dentro.

Me relajé al comprender qué quería decir. Me soltó la mano y me abrazó con cuidado, cómo si tuviera miedo de lastimarme. Le devolví el abrazo con fuerza.

Nos quedamos un rato abrazadas mientras mis mejillas se llenaban de lágrimas. 

—No quiero que te quedes aquí en esta casa para siempre —musitó—, solo quiero que me prometas que siempre vas a ser mi amiga. 

Me separé un poco de ella y le acomodé su rebelde mechón de cabello. Me limpié las lágrimas y le dije mirándola a los ojos. 

—Prometo por todo lo que creo —declaré alzando una mano— que siempre estaré ahí para ti. 

Al final no tenía que decirlo, pero lo dije de todas formas. 

—Yo también te amo, amiga —revelé… 

El resto de la tarde transcurrió normal, pero el resto de mi vida sería más dichosa.


amor fraternal, escritos independientes



 Solo noté que rodaba por mi mejilla.  Un aluvión de malas noticias y desgracias me abrumaron en cuestión de minutos. No fue un dolor físico...

 Solo noté que rodaba por mi mejilla. 

Un aluvión de malas noticias y desgracias me abrumaron en cuestión de minutos. No fue un dolor físico lo que me aquejó. Fue un dolor en mi alma que se extendió a cada fibra de mi ser y que me laceró mi existencia. 

Dicen que no debemos llorar… Qué tonterías, eso solo lo dicen los monstruos sin alma. Sentí como llegó a mi barbilla y la sentí caer en mi regazo. 

Sentí un alivio tremendo. Una sola lágrima me desahogó bastante de mis penas. De ellas siguieron una docena más y aunque no se solventó nada, fueron la válvula de escape de toda la presión que amenazaba con explotar dentro mío. 

Una sola lágrima bastó para que me empezara a sentir mejor. No tienes que vivir con el duelo, tienes que aceptarlo, tomarlo, aceptar que te destrozó y después juntar los pedazos y seguir adelante…


escritores independientes


Era la décima derrota que tenía frente a mi amigo. Él era todo un profesional con el control. A mí ya me dolían los pulgares de presionar lo...

Era la décima derrota que tenía frente a mi amigo. Él era todo un profesional con el control. A mí ya me dolían los pulgares de presionar los botones a lo loco y la cabeza de estar tan concentrado. Tomé un sorbo de agua y me limpié el sudor de la frente. Él, en cambio, estaba tan fresco como una lechuga y tan avispado como un halcón. 

—¿Otra golpiza, novato? ¿O ya estás cansado? —se mofó.

—Pues si no juego de pie —le contesté.

Seguimos así por horas y después iba a diario a practicar contra él. Jamás me rendí hasta que lo igualé…

Y así ha sido con todo, no tengo talentos natos, pero tengo el coraje para superar los desafíos. Es una valiosa lección que tomé de los videojuegos y lo tengo bien presente hasta el día de hoy.


escritores independientes


Ya han pasado casi cincuenta años desde que lo enfrenté. Medio siglo desde que desperté. He visto como mis amigos y aliados caen, enloquecen...

Ya han pasado casi cincuenta años desde que lo enfrenté. Medio siglo desde que desperté. He visto como mis amigos y aliados caen, enloquecen o se rinden. Ya es demasiado. El dolor que pesa sobre mi alma apenas me deja existir. Lo lamento tanto, de verdad. Recuerdo a Ainara que fue la primera en fallecer… Intenté salvarla a toda costa, pero la magia de nuestro enemigo era muy poderosa. La última fue Marina, solo pude ver como se volvía una con el océano mientras se despedía. “Siempre amé tu determinación y tu bondad”. Fueron las últimas palabras que me dedicó. ¡Ya basta! Más gente se une a mi lucha y esa misma cae. Ya estoy harta… Esto me toca hacerlo sola. Por el honor de todas las personas que me ayudaron y el orgullo de todas las hadas, juro por toda mi existencia y mi magia que lo haré caer a ese monstruo. Juro que haré caer a Peter Pahn.


cuentos cortos


Vanessa había entrado al taller de su papá y se quedó maravillada con todo lo que había encontrado ahí. Juguetes nuevos, invenciones fantást...

Vanessa había entrado al taller de su papá y se quedó maravillada con todo lo que había encontrado ahí. Juguetes nuevos, invenciones fantásticas y las cartas favoritas de su padre. Sin embargo, algo había llamado su atención y se quedó admirando eso por horas. Como no aparecía para la comida, su padre fue a buscarla.

—Hija, tu mamá está preocupada —dijo al encontrarla en lo más recóndito de su taller—. Dime, ¿por qué no has ido a comer?

Cuando vio lo que observaba su hija lo comprendió todo.

—Papá, ¿todos estos son Santas? —preguntó su hija señalando un cristal. Enfrente de ella había un enorme cristal azul transparente. Fácilmente podría confundirse con algún mineral o piedra semipreciosa salvo por un detalle: Unos cristales de hielo en su interior formaban figuras de distintas personas, se desvanecían y formaban otras en un carrusel sin parar.

Su padre le acercó una silla, él acercó un banco para sí y tomaron asiento para poder explicarle.

—Así es, hija —concedió—. Todos ellos han sido Santa Claus. Desde el primero que fue romano, hasta la última antes de mí, una mujer de California. Todos y cada uno hemos desempeñado la función de ser Santa Claus y esparcir la caridad.

—¿Y todos han sido como tú? —preguntó la hija.

—Jo, jo —rio su padre—. No, mi niña, todos hemos sido tan distintos como hemos podido serlo. Mira —dijo y se levantó para caminar hasta el cristal—. Este de aquí —explicó mientras detenía la imagen en un Santa muy musculoso y con cabello corto— era soldado antes de ser un Claus. En realidad —dijo corrigiéndose—, era médico militar. Después se convirtió en Santa.

—Guau —se asombró la niña—. Oye, ¿y esa de ahí? —dijo señalando a una mujer de color con abundante cabello lacio.

—Ah, ella… —observó su padre mientras detenía la imagen para su hija—. Ella era una monja que daba de comer a los necesitados, sobre todo a los niños. Cuando ya tuvo una edad avanzada —explicó—, pues fue elegida para ser Santa.

—Entiendo. Entonces, ¿todos han tenido labores interesantes? —preguntó la niña.

—Pues… no —contestó—. Ha habido algunos que… —dijo Santa mientras deslizaba las imágenes hasta dar con una de un tipo delgado y con un traje sobrio— por ejemplo, este tipo. Lo perdió todo, su mejor amigo, su hija, su esposa, enfrentó la enfermedad de su mejor amiga y perdió el trabajo de sus sueños. Fue un Santa muy diferente, a decir verdad.

—¿Era malo, papá? —inquirió la pequeña.

—No, por supuesto que no —aclaró el papá—. Él dejaba el rol de Santa durante todo el año y volvía cada diciembre a ser Claus nuevamente. Tenía una vida normal que llevaba pese a todas sus tragedias y, sin embargo, cumplía con el rol anualmente y lo hacía de buena voluntad.

—Si su vida era tan difícil —reflexionó la chica—, ¿Cómo es que no se volvió malo? O más bien, ¿Cómo es que decidió ser Santa pese a todo eso?

Claus no tenía una respuesta. Su hija se la puso difícil. Trató de buscar un ejemplo hasta que dio con uno que ella conocía.

—Ese superhéroe que te gusta tanto… —dijo mientras giraba su muñeca y trataba de recordar el nombre— ¡BATMAN! —recordó finalmente— Él tuvo una historia trágica y perdió a sus padres, pero no dejó que eso mermara su espíritu y se volvió una figura de bien.

—Ay, papá —dijo divertida—. Pero Batman tiene a Alfred. Además, yo tampoco tuve padres, ¿recuerdas? Tú me adoptaste —expresó la niña señalando a su papá— y gracias a eso ahora tengo dos familias.

—Cierto —concedió—, tienes razón. Lo que trato de decirte, Vanessa —dijo después de reflexionar—, es que no hay una fórmula para ser Santa, o un manual. Tampoco hay una para hacer el bien. Los valores que te inculquen, la formación que tengas y el carácter que forjes son solo algunas de las cosas que definen cómo actuarás. Sin embargo, todos los que han estado aquí, incluyéndome, han tenido la voluntad de hacer el bien a pesar de todo.

La niña se quedó absorta con todo lo que su padre decía.

—Además —agregó—, tampoco necesitas ser un Claus para hacer lo que hacemos. Cuando por una u otra razón Santa no puede actuar, hay personas que toman su lugar; gente normal dispuesta a sacrificar algo para hacer a alguien feliz. Ese es el espíritu de nuestra labor.

Vanessa estaba maravillada con la explicación. Santa dejó que el cristal siguiera desplegando las imágenes y cargó a su hija en brazos.

—En otra ocasión te explicaré más cosas —dijo—. De momento, tienes que ir a comer.

Salieron del taller mientras el cristal seguía desplegando imágenes muy variadas de personas sonriendo...

Este cuento no alcanzó a estar en mi libro “Relatos en Prosa para Gente Canosa. Colección de Cuentos Navideños”. Les dejo este borrador como regalo con la promesa de que si estará para una secuela.


¡FELICES FIESTAS!


 Khan Medina


cuentos de navidad


Al final, su sola sonrisa me bastó. La sonrisa de un amigo fiel que siempre estuvo ahí. No veía la audiencia, no veía las cámaras, no veía a...

Al final, su sola sonrisa me bastó. La sonrisa de un amigo fiel que siempre estuvo ahí. No veía la audiencia, no veía las cámaras, no veía a los fans. Solo necesitaba ver a mi amiga, mi colega. Las palabras fluyeron, fue un discurso solo para ella que disfracé como agradecimiento. Y ella sonrió en complicidad. No necesité de nada más ese día…


Khan Medina

reflexiones


Ahí estaba otra vez, ese maldito perro de ultratumba. Me miraba desde la esquina de mi alcoba. A pesar de mi cama con dosel, podía saber que...

Ahí estaba otra vez, ese maldito perro de ultratumba. Me miraba desde la esquina de mi alcoba. A pesar de mi cama con dosel, podía saber que estaba ahí, que me miraba, que se reía el desgraciado.


Rondaba por mi casa, husmeaba por las alcobas y se detenía en mi cuarto. Eran ya 3 meses, no recuerdo qué clase de acto impuro debí cometer, pero ahí estaba. Mi único refugio era las plegarias y el sueño. Funcionaba, pero él me desconcentraba, ladrando, burlándose.


Tenía una sucia expresión humana burlona, a veces rayaba en la locura, a veces en el desprecio. Y yo lo odiaba. En ocasiones lo odiaba más de lo que le temía. Con un tamaño enorme, unos ojos rojos saltones y una expresión en su horrenda cara que sólo tienen la peor calaña humana.


En una ocasión lo vi en la esquina de mi cama, viéndome fijamente, esperando a que soltara un grito... No le di ese gusto. Me quedé inmóvil hasta que la luz del día penetró por el ventanal y está condenada hueste del averno se largó.


Mi pesadilla acabó con un perro abandonado afuera del atrio de la Iglesia. No tenía alma para dejar al desgraciado ahí. Comía por dos, bebía agua como un caballo, tenía 10 veces mi energía y era miedoso y tembloroso como no se dan una idea. Era obvio que vivía con sus propios traumas.


La primera noche se despertó y gruñó a esa peste del averno en forma de perro. Tenía miedo, igual que yo, pero igual que yo, no flaqueaba. Las noches siguientes mi perro hizo lo mismo, se levantaba y resguardaba mi sueño, me protegía, era mi lanudo guardián. Me encariñe con el infeliz, lo mimaba, y él me quería incondicional a pesar de sus miedos y de sus traumas.


Quería a este otro perro, poco a poco lo veía más feliz. Cada día era menos tembloroso y menos miedoso. Cada noche el perro infernal iba apareciendo menos. En una noche de fe, pedí que yo fuese protegido, y el maldito ojo-rojo ya no volvió. Al final, yo me libré de mis demonios, y mi perro de los suyos.


Khan Medina


cuentos


 Vita tenía el corazón acelerado, cada palpitar retumbaba en su cuerpo e intentó serenarse, había conseguido el objeto para su amo y ahí est...

 Vita tenía el corazón acelerado, cada palpitar retumbaba en su cuerpo e intentó serenarse, había conseguido el objeto para su amo y ahí estaba, atrapada. Quería evitar el derramamiento de sangre lo más posible y había fallado. Había al menos diez guardias en los alrededores. Todos dispuestos a matarla. Había salido airosa de otros veinticinco. Nada mal.


Entonces se concentró y corroboró que había diez. El guardia más próximo se acercó al hueco en la pared donde ella se encontraba. Rápida como una flecha, clavó el filo de su daga en el cuello del pobre hombre. Antes de siquiera poder gritar, Vita le puso una mano en los ojos y el sujeto se desplomó como trapo. Nueve.


Vita corrió rápida como un río enfurecido y silenciosa como un fantasma. Había tres guardias más al frente. El más alto la vio, pero Vita no dejó que reaccionara. Los ojos de la chica tuvieron un fulgor rojizo un instante antes de que el guardia apuñalara a su amigo directo al corazón al intentar atacar a la chica. Vita simplemente golpeó la cabeza del de la daga con ambas palmas y el guardia se desplomó. El tercer guardia en cuestión intentó dar alarma, pero su voz no salió. Se empezó a marear y Vita lo remató con un golpe en la nuca. Sus ojos ahora brillaban completamente rojizos y un aura carmesí la envolvía. Seis.


Apagó el aura carmesí que la rodeaba y continuó. La salida estaba un poco más adelante. Echó a correr entre las sombras interrumpidas por débiles lámparas de aceite. Dos guardias más al frente. La divisaron justo cuando desenvainaba su espada y golpeaba a uno con el pomo de la misma. Un golpe certero en la sien de un soldado, y un golpe con la hoja de la espada al otro. Cuatro.


La asesina corrió hacia la salida trasera de la Fortaleza. Su andar era tan sigiloso que no tuvo problemas para llegar hasta los dos guardias siguientes. El par de imprudentes no tenían los cascos puestos. Hizo chocar sus cabezas y cayeron inconscientes gracias a sus habilidades. Dos.


Los últimos guardias estaban bajo la puerta que llevaba al puente y a su libertad. Se encaminó hacia ellos entre las sombras. Se acercaba y su palpitar se aceleró otra vez. Pesar. Sintió una oleada de arrepentimiento en su mente y tuvo que concentrarse para que no la abrumara. Avanzó un poco más. Furia. Esta vez estuvo preparada y resistió ese sentimiento. Había alguien más ahí. Alguien con una ira tan despiadada que la hizo estremecerse. Trató de buscar el origen de esas emociones tan inmensas. Era como si una cuadrilla de hombres furiosos se aproximara. Pero no, era sólo uno. Le resultaba tan familiar… ¿Acaso era…?


Seguía avanzando sin darse cuenta. Estaba al menos a diez pasos cuando una sombra cayó sobre uno de los guardias. La envolvía una fría determinación. El guardia cayó noqueado. El otro desdichado no alcanzó a reaccionar ante el agarre con las piernas que le aplicó la sombra. Cayó por un costado del puente con un grito ahogado. Ahora Vita no podía salir.


La penumbra que derribó a los soldados estaba frente a ella y pudo reconocer quien era. Lobo. ¿Qué hacía ahí? Pensó la asesina. Llevaba un objeto colgado de su brazo. Un libro. La capa ondeaba ante el ligero viento que había. Mostraba un aspecto espeluznante. Lobo se volteó y la miró. Su mirada indescifrable por la oscuridad. Ella se acercó a él, con la mano lista para desenvainar su espada. ¿Tendría que matarlo? Albergaba la esperanza de no hacerlo. A un paso de él, ella pudo sentir su dolor y su arrepentimiento. La ira se había apagado casi por completo. Un pesar iba ocupando su lugar. El pesar de haber matado a muchos hombres. Extendió los brazos y él se hincó y se recargó en su pecho. Empezó a llorar sin decir nada. “No pasa nada.” Respondió ella. Echó una ojeada y vislumbró que llevaban el mismo libro, con el mismo símbolo.


“Los maté a todos”, dijo él. “Maté a todos esos monstruos”, dijo con la voz fría como un témpano. Y ella comprobó que, en efecto, había dejado un rastro de muertos en todo el edificio. Mismo objetivo, diferentes amos. Ambos eran mercenarios buscando el mismo registro. Sólo que él había ido a buscar y destruir y ella sólo a buscar. Se reincorporó un poco y la besó en la mejilla.


Puso su mano sobre el hombro de Lobo. “Acabaré con ellos. Ellos han matado a muchos de los míos.” Dijo Vita. Él no se molestó en contestar. La oscuridad le impedía ver su semblante. “Yo acabaré con ellos mañana mismo”, pudo leer ella en su mente. Alivió un poco el dolor de su mente y se apartó de él al darle un beso en la frente. Ella le quería, pero ahora él estaba muy perturbado para poder reaccionar adecuadamente. “Te veré pronto, Efe. Cuídate hasta entonces”. Y la asesina se internó en la oscuridad. Dejó al estupefacto mercenario atrás. Lo vería pronto, ella lo sabía. Corrió hacia un barranco y llamó a Elos, un dragón. También te devolveré a tu amigo, pensó ella. Y alzó el vuelo mientras veía un mar de estrellas.


Khan Medina


cuentos


 Él llegó anunciándose junto a su hueste maldita como dioses que resolverían todo. La esperanza fue lo peor… El mejor regalo que puedes reci...

 Él llegó anunciándose junto a su hueste maldita como dioses que resolverían todo. La esperanza fue lo peor… El mejor regalo que puedes recibir y lo primero que ellos se encargaron de pisotear. El señor maldito acabó con todo lo que amábamos y nos convenció de que fuimos nosotros mismos y nuestras propias decisiones. Conocí monstruos y terribles seres pero nadie como él… Aún tiemblo de sólo escuchar su nombre en mi mente… Y ese temblor es lo que me mantiene vivo hasta el día que acabe con él.


Khan Medina


Cuento Corto


  "Podía oler el terror en sus ojos. casi podía olerlo como hacen los animales con sus presas. Al final me dijo: —Yo no quería matarla,...

  "Podía oler el terror en sus ojos. casi podía olerlo como hacen los animales con sus presas. Al final me dijo: —Yo no quería matarla, ella se resistió.


Yo sólo blandí el arma y dije antes de asestar el golpe— Seguramente ella te perdonaría, pero ella ya no está aquí..."


Khan Medina


Cuentos cortos


 "Hay un monstruo en mi armario", le dije a mi padre.  "Ya duérmete y deja salir a tu hermana del armario", me contestó ...

 "Hay un monstruo en mi armario", le dije a mi padre. 

"Ya duérmete y deja salir a tu hermana del armario", me contestó cuando iba saliendo del cuarto.

Me resigné y me dirigí al armario. Había un hilo de sangre escurriendo del interior. Abrí la puerta y mi hermana estaba rompiéndole el cuello a uno de esos desgraciados. "Mañana te toca a ti", me dijo resollando.

Me encogí de hombros y la dejé salir. Es cierto, al día siguiente me tocaba a mí. El escepticismo de mi padre era enfermizo. Me cagan los escépticos.

Khan Medina




 El Puas y la Zarpa me habían detenido. Los policías más corruptos que rondaban por mi vecindario. La Zarpa fue por una multa mientras El Pu...

 El Puas y la Zarpa me habían detenido. Los policías más corruptos que rondaban por mi vecindario.

La Zarpa fue por una multa mientras El Puas me arrestaba.

"¿Dónde está mi compañero?" dijo la policía cuando volvió.

"Dijo que iba por otro botín más grande y se largó" dije con un hilo de voz.

La chica se fue corriendo a la patrulla y arrancó.

Qué tonta, no notó el arañazo en mi sien y el chorro de sangre que escurría de la cajuela de mi auto.


Khan Medina


cuentos cortos


T odo es Mágico.      La verdad es que recuerdo perfectamente cómo fue todo. La primera vez que la vi, su primera sonrisa, su primer comenta...

Todo es Mágico.


    La verdad es que recuerdo perfectamente cómo fue todo. La primera vez que la vi, su primera sonrisa, su primer comentario. Dios, era mágica.

    ¿Qué si recuerdo su primer comentario sarcástico? Claro que lo recuerdo, ni siquiera era para mí pero lo tomé como mío. Me apropié de él como un tesoro.

    Todo es mágico, desde sus muletillas verbales hasta sus gestos que hace cuando habla, su mímica, todo.

    No es que me lo merezca, pero quiero, lo anhelo como un momento mágico, es... inefable. Y es cuando llega mi epifanía, es ella. Lo sé al primer año de conocerla...

    No dudo, se que es y será ella mi eterno momento mágico.

Khan Medina


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