Seguimos con esta tragicomedia sobre Yan. Espero les guste.
Su entrevista con el director
fue todo un desastre. Esa era la única idea que pasaba por la cabeza de Maya
después de que el mandamás de la escuela prácticamente se burlara en su cara. Caminaba
sin rumbo fijo por la preparatoria mientras cada paso dispersaba la carga que
llevaba. El rojo de un framboyán le inundó la vista y la ayudó a
tranquilizarse. Tal vez lo hubiese conseguido, pero un escándalo en el campo de
béisbol la devolvió a su caótica realidad.
«¿Quién hace tanto desmadre a esta hora en la escuela?»,
pensó molesta.
Desvió su vista al origen del caos y una trifulca ahuyentaba
el silencio académico. Un chavo de vestimenta oscura y cabello largo se estaba
despachando a golpes a todo el equipo de béisbol. Ella lo conocía de vista, era
Yan, del grupo C. Le había jalado la chamarra a uno del equipo y se la hizo
pasar por la cabeza antes de estrellarlo contra la reja.
—¡Ey! ¡Déjalos en paz, abusivo! —gritó Maya desde donde
estaba.
Su andar se aceleró e hizo honor a su título de capitana
del equipo de atletismo, pues saltó la reja sin esfuerzo y llegó hasta el perímetro
del campo en un instante.
—Alguien que le pegue a la Bestia, ¡maldita sea!
Maya lo reconoció enseguida, el que gritó era el capitán
del equipo y un bully en toda regla. «¿Ni siquiera él podía con aquel
otro bravucón?», pensó fugaz.
Yan saltó con un giro y le reventó una bofetada tan
sonora que hizo estremecer a la chica y desplomó a su víctima hasta el suelo.
—Como esas te faltaron de tu papá. Para que se te quite
lo…
Un agarre con mucha técnica le cortó su insulto y lo
propulsó contra la reja. Abrió mucho los ojos y se llevó su mano derecha al
pecho. Alzó la mirada para ver a una chica con el uniforme de deportes. Tenía
el cabello lacio hasta el cuello y los ojos entrecerrados. Se colocó en una
pose de boxeo que no envidiaría ningún profesional.
—Ya déjalos, ¿no? ¿Por qué a todos te los estás m…?
—A ver, princesita. ¡Si no sabes, no opines! —explotó—.
Todos estos animales estaban de montoneros con el pobre de Rob. ¡Míralo! El
pobre idiota está ahí que ni puede hablar.
Un muchacho que vestía un uniforme manchado, estaba en
cuclillas viendo toda la escena. Tenía las manos alzadas y una cara de miedo.
Quiso murmurar algo, pero el sonido de un silbato los alertó a todos.
—¿Qué pasa aquí? —inquirió el coordinador de Deportes—.
¡Otra vez tú, Yan!
—¡Estos montoneros que no dejaban a Rob en paz! A ver, de
a uno a ver si…
—¡No quiero excusas! A mi oficina, ¡ahora! Y ustedes,
bola de zánganos, a dar veinte vueltas. A ver si eso les quita las ganas de
golpear en grupo. Es la segunda vez esta semana. ¡Rob, párate tú también!, porque
no pudiste defenderte. ¡Ya, ya, ya!
—Yo, perdón… —intentó decir Maya—. No sabía que…
Yan se volteó, se puso unos lentes oscuros y habló con
sorna por encima del hombro.
—Nos vemos, princesita, a la próxima mira bien a quién
ayudas.
Otro silbido lo hizo apresurarse hasta el coordinador y
este le dio un ligero zape en la cabeza cuando pasó a su lado. Maya no sabía
qué decir. Quería explicarle al profesor que ella se metió porque confundió la
situación. Él la miró por encima de sus lentes.
—Señorita, ¿qué hace entre estos salvajes? ¿No tiene
clase de estadística?
La campana de las 11 le recordó que se dirigía a su salón
en el segundo piso. Ya no vio a Yan por ningún lado y corrió para que no se le
hiciera tarde.
Durante toda la clase, no pudo
apartar su mente de lo que había visto. Sabía muy poco del que llamaban la
Bestia: «un bully que vestía de negro que tenía muy mal carácter.
Siempre se andaba peleando y le cargaba la mano al pobre de Rob. Era su
acosador personal», eso pensaba.
—Oye, ¿supiste lo del equipo de beis? —preguntó su
amiga que se sentaba detrás de ella mientras revisaba su teléfono—. Dicen que
el mamón de Yan los fue a golpear a todos. Si me lo preguntas, se lo merecían.
Todos son unos p…
—A ver, allá atrás. ¿Están poniendo atención? —habló el
profesor—. Ah, son Maya y compañía. Ustedes ya podrían saltarse la clase hasta
el examen. —Se llevó una mano a la barbilla—. Me enteré de tu entrevista de hace
rato… Mejor salgan por hoy, ¿va? Sirve que no me distraen a los demás.
Nadie objetó, era sabido que ellas solo tomaban la clase
por trámite. Solo una chica en el lado opuesto del salón las observó con pereza
al salir.
El calor en
el edificio era tolerable a finales de agosto. Maya y Sam habían bajado del
segundo piso y caminaban sin rumbo fijo.
—Llevabas
toda la clase distraída. ¿Estás bien, Maya?
—Estoy bien, Sam, es solo que… lo que contaste de Yan,
¿sabías que él defendía a Rob del equipo?
—Ah, ¿siempre sí entró? ¡Qué bien por Robi! Llevaba desde
primero queriéndose unir. Pero los del equipo son unos idiotas.
—O sea, lo raro es que Yan lo defendía.
—Pues es que es como su perro, pero mal educado. Lo
molesta siempre y nunca se le despega.
—De seguro le copia las tareas y los exámenes. O le quita
su lonche al pobre.
—¿De qué hablas? Rob suele copiarle en los exámenes al
mamón aquél. Y no lo hace porque no sepa. Yan hace estrategias para rolar el
examen solo para demostrar que puede hacerlo.
Maya se detuvo en seco y levantó una palma.
—Espera, ¿me dices que ese bruto es el que pasa los
exámenes?
—Ay, amigui, desde secundaria ha mostrado ser muy listo.
Sobre todo, en ciencias exactas como las mates y física. Él nunca ha reprobado,
aunque… —se quedó callada de golpe—. Bueno, tú y él nunca coinciden ni por
horario, así que es normal que ni lo topes. ¿Vamos a la cafe? Tengo
hambre y solo desayuné medio changüich que te robé. —Se sobó la panza y
alisó su uniforme que remarcaba su delgada figura.
Mientras la seguía, se dio cuenta que sabía realmente poco
de aquel bully.
El timbre del final de clases
tranquilizó a Maya. Ahora debía ir a ayudar a servicio social. El viento de la
temporada estaba por calmarla cuando vio a Rob y Yan caminando frente a ella.
—Entonces, ¿te ayudo a entrenar o qué? —preguntó la
Bestia y dio un golpe al hombro de Rob.
—No me siento fuera de forma, solo un poco debilucho en
comparación del resto del equipo.
—¿Siempre dices tantas estupideces? Entonces, ¿cómo
aguantas mis madrazos? —lo volvió a golpear.
—O sea, no puedo lanzar bien. Tal vez no debí haber
entrado… ¡Ay! ¿Qué te pasa? —inquirió con el ceño fruncido, pues seguía siendo
maltratado en el hombro.
—Eres zurdo, por eso te golpeo en el otro brazo. —Le hizo
una llave al cuello a modo de juego—. Hoy no tenemos tarea, pocos huevos, vamos
al parque a que practiques.
Maya estuvo a punto de intervenir, pero cuando Rob fue
soltado, estaba sonriendo.
—Va, va. Hay que apurarnos, para que a ti no se te haga
tarde.
—Ey, tampoco, que no me gusta correr sin motivo.

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