Nota del autor: A mis lectores, les debía este capítulo, pero creo que este era el mejor momento para explicar este por qué. Sin más preámbulos. Un interludio muy profundo.
La escuela se sentía un poco vacía sin la presencia de Yan. El lunes no se había presentado a clases y Maya supo, gracias a la chismosa de Zaza, que presentó sus dos exámenes de Educación Física en la tarde.
A
ella solo le faltaba un examen y quería estar segura de sacar nota perfecta
como siempre. El viento le mecía el cabello mientras se resguardaba a la sombra
de la biblioteca. Sus apuntes la mantuvieron abstraída y no se dio cuenta de la
persona que se sentó junto a ella. Por el borde de su visión, notó que un
muchacho de camisa blanca, cabello corto y ancho de hombros la observaba. Soltó
una risita tranquila que le molestó un poco a la chica.
Se
volteó para darle la espalda y el joven no mostró intención de moverse. Ella
escuchó que se reclinó para observarla mejor. Sintió malestar en el estómago y
un ligero nudo en la garganta. Cerró con fuerza su libreta y antes de meterla a
su mochila, un hablar con enojo salió de su boca.
—¿Se
te perdió algo?
—Andaba
buscando a la más aplicada de la escuela. ¿La has visto?
Reconoció
la voz de Yan y lo miró de lleno. Llevaba solo la camisa reglamentaria con el
resto del uniforme, estaba desposeído de sus lentes oscuros y su cabellera
larga. La imagen la dejó sin habla por un instante. Llevaba un estilo
despeinado con una línea marcada por la navaja, como dictaba la moda.
—¿Qué…
qué le pasó a tu cabello?
—Lo
doné. Ya era hora, Maya. Tres años con los cuidados estrictos de Bella…
¡N’ambre, no te lo recomiendo!
Hizo
memoria de todas las veces que Gisela, hija de una estilista profesional, le
cuidó del cabello a Yan. «Eras como su muñeca», pensó divertida. Se asomó un
poco y pudo ver la piel sin broncear de la nuca.
—No,
espera, ¿de verdad lo donaste?
—A
mí no me sirve una greña tan larga. Tal vez a una chica o a un morrillo que
sufre la quimio le sirva más. Es duro estar en un hospital y que nada diga que
vas a mejorar. El cabello da algo de alivio… ¡Y, no es por nada, pero te
presumo que alcanzaron a salir cinco trenzas bastante decentes!
«Sigues
sorprendiéndome», pensó para sí. Estaba conmovida al punto de que las palabras
quedaron solo en su mente.
—¡Espera!
Por eso no tengo memoria de ti en segundo semestre. Traías el cabello corto,
¿no?
—Lo
acababa de donar esa vez e iba un poco rapado de los costados. Y el idiota de
David me acomodó un zape… ¡Maldito pen…!
—No
lo sabía. Oye, pero… ¿la trenza o el molote no eran parte de tu encanto?
—Ya
te lo he dicho, ¡soy súper especial! Con o sin mi greña. Si el cabello era mi
fuerza como en la historia de Sansón, ojalá que quién lo reciba lo haga tan
fuertote como yo.
—Te
ves muy distinto. Pero luces bien.
Ella
no pudo negar que el muchacho le parecía atractivo con o sin cabellera. No
sabía qué cumplido decir sin incomodarlo. O sin sonar chocante.
—Oye,
por cierto, no hagas planes al rato. Te veo en el Parque de los Héroes a eso de
las seis y media, Princesita.
—¿Tan
tarde? —alzó una ceja.
—Le
puedo pedir permiso a tus papás. No tengo problema.
«Estoy
segura de que mi mamá tampoco los tendría», pensó antes de inquirir.
—¿Qué
planeas? ¿Es sorpresa? —Ladeó la cabeza.
—Ya
verás. Tu pretendiente te tiene que obsequiar la Luna. Acuérdate de eso. ¡Nos
vemos en la tarde!
«No
creo que me sorprenda más que esto», razonó.

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