Nota del autor: Aquí notamos la devoción que le tiene Sam a su amiga y remarco la actitud protectora de Yan en todo su esplendor. Sam había ...

La mejor amiga

Nota del autor: Aquí notamos la devoción que le tiene Sam a su amiga y remarco la actitud protectora de Yan en todo su esplendor.

Sam había acelerado a tope, pese a que su cuerpo le pedía tregua. La imagen de su amiga desfalleciendo hicieron explotar la adrenalina. Se sintió mal porque no pudo llegar en el momento justo y presenció con horror cómo la cabeza de la chica chocaba con la banqueta y su cuerpo producía un golpe seco al impactar en el asfalto. La sostuvo entre sus brazos como pudo y cuando intentó ponerse en pie para llevarla a la tienda médica, las fuerzas no dieron para más y tuvieron que ir a auxiliarla.

    El retrato de su amiga inconsciente, con las mejillas rojas estarían plasmadas en su mente por mucho tiempo. Hacía juego con el uniforme de los brigadistas y tanto color le produjo un ligero mareo. El traslado hasta la clínica, pese a ser la más cercana al evento y a su escuela, fue un mar de preocupaciones para la pobre Sam. Aún resonaban las palabras del paramédico: «Hay que tomarle unas radiografías de su cráneo y del costado derecho».

    Tenía las manos frente a ella como si rezara mientras observaba a su amiga tendida en la sala de urgencias. La luz blanca artificial no le proporcionaba alivio alguno. Había varios sensores conectados al cuerpo de la paciente que hacían sonar un dispositivo a un costado de Sam. La capitana había estado inconsciente por tres minutos, pero debido al impacto, debió ser trasladada a estudios y observación. Maya tenía su mano libre de aparatos posada sobre su cara, incapaz de ver a su sombra y mejor amiga.

    A pesar de haber sido primero y segundo lugar, no se sentía para nada bien. «¿Y si la perdía?», se reprochó enseguida por pensar eso. El habla no acudía a su boca para decirle lo que fuese, y es que tampoco estaba segura de cómo se sentía. Llenó sus pulmones del aroma común de desinfectante y cuando intentó decir algo, un alboroto en el pasillo le llamó la atención.

    ¿Dónde está? Solo díganme en dónde está, ¡¡carajo!!

    Yan, ¿quién te dio permiso? —era la voz de una de las enfermeras.

    Estoy en horario de visita. Sala cinco… sala…

    ¡Eso es entre semana!

    En el umbral apareció Bestia con un semblante preocupado y la señorita entornando la vista detrás de él. Lo dejó pasar y cerró las cortinas mientras resoplaba molesta. El andar de ella resonó en la pequeña sala de urgencias y el pasillo.

    —Maya, ¿estás consciente? —preguntó con un tacto tan medido que sorprendió a Sam.      La chica asintió como única respuesta.

    —Estamos esperando los resultados, Yan —susurró Sam.

    El muchacho saludó con una cabezada y se situó al lado de la chica, para retirarle con delicadeza la mano del rostro, pero ella evitó sostenerle la mirada.

    —Me dijiste que estabas bien —comentó apenas audible—. Me lo aseguraste y mírate —el reproche en su voz era muy leve.

    —No pasa nada, Yan, tranquilo. Yo…

    —¡No digas que no pasa nada si no es así! No es justo para ti y tampoco lo es para tus… —se quedó callado a medio discurso. Apenas si había alzado la voz.

Se pasó del lado de Sam para observar la máquina y, después de ver los números en esta, asintió para sí. Se inclinó un poco para observarle el semblante a la paciente. La chica por fin volteó a verlo y se apreciaron los surcos de las lágrimas en las mejillas.

    —No quiero que piensen que soy débil.

    Yan enmudeció un instante. Inspiró profundo antes de replicar.

    —Nadie te está diciendo que seas débil, Maya. Acabar una carrera pese a tu estado, ya es bastante fortaleza. ¿Te pegaste del lado derecho?

    Se fue a asomar, pero se retractó enseguida y la muchacha llevó su mano a la sábana como acto reflejo.

    —Yo me fijo —ofreció Sam y fue a observar las curaciones que tenía Maya en una pierna y en el codo—. Pues las enfermeras lo hicieron bastante bien.

    Bestia se había dado la vuelta y comentó aún de espaldas.

    —Se me olvida el pudor que tienes sobre tu cuerpo. Perdón, Princesita.

    De pronto el espacio se sintió diminuto pese a que solo había una cama, un banquito, la bandeja del material y una cajonera miniatura. La tensión se iba acumulando hasta que otra persona corrió la cortina.

    —¡Yan! No entres así a mi turno. —Era el jefe de enfermeros. Se había presentado con Sam apenas llegaron—. ¡Maldita sea! Tenemos mucho ajetreo por la carrera y todos los heridos. No encuentro los formularios de cobro y lo que menos necesito es a la Bestia rondando por aquí.

    —¿Ya revisaste el cuarto cajón a tu derecha? Tu jefa siempre los deja ahí. Te acompaño.

    Salieron de la habitación y el muchacho evitó ver a Maya y su mirada de confusión. Sam le dedicó una sonrisa a su amiga antes de hablarle despreocupada.

—Se toma muy en serio su papel de brigadista de primeros auxilios. ¿O no, amigui?

    Una sonrisa se dibujaba en su capitana. Al momento de asentir, habló con la risa asomando en su semblante.

    —No comí mucho en la mañana, Sam. Solo espero que aun así no me vea llenita en las radiografías.

    Ambas rieron y la tensión desapareció por completo. Maya fue sorprendida por unas palmaditas llenas de ternura por parte de su amiga y sombra.

    Las cortinas se corrieron una tercera vez y una señora con el cabello rubio cenizo entró a la sala. Llevaba una blusa beige holgada y colgaba de su brazo un bolso a juego.

    —¡Hija! ¡Ay, mijita! Mira cómo te dejó el piso.

    —Y debió ver cómo quedó, señora. —Bromeó Sam—. No se fue limpio, eh.

    —Ay, mi pequeña Samantha. Gracias por siempre cuidar a mi muchacha. —La besó en la frente.

    La chica dio un paso hacia atrás y dejó que madre e hija se encontraran en un abrazo, disculpas y palabras reconfortantes. Maya intentó explicar por qué se había extenuado toda esa semana. Además, tuvo que admitir que esa mañana no se alimentó como era debido. La señora nunca le alzó la voz, miraba de cuando en cuando la venda en la cabeza y el monitor de signos vitales. Al final, se sentó en el banquito a un costado de su pequeña para seguir platicando.

    Sam estaba aliviada por el semblante cada vez más luminoso de su amiga. El dolor de lo que presenció ya solo era una molestia sorda que acompañaba a su cansancio. Iba a disculparse para salir cuando se volvió a correr la cortina.

    —Liam me pasó tu póliza de seguro estudiantil, Princesita. —Yan entró alzando una bolsa con medicinas—. Me dieron esto y ahorita te pasan tu re… ¡Buenas tardes, señora!

    —Buenas tardes… Yo te conozco, ¿no? —habló dubitativa la mamá de Maya—. ¿No eres el ahijado de las Castillo? Las de la estética.

    —Ya quisiera yo, señora. El negocio les va rebien. —Se aclaró la garganta—. Le dejo la medicina. Permiso.

    Cuando salió de la habitación, ella le dedicó una mirada cargada de intención a su hija.

    —Ay, Mayita. ¡Por fin los eliges bien!

    —¡Mamá! Es mi amigo. ¡No empieces!

    —De acuerdo, prin-ce-si-ta.

    Sam se disculpó también mientras madre e hija se enfrascaban en su conversación. El alivio había llegado a su mente y se retiró al pasillo para despejarse un poco. Caminó unos metros por completo abstraída  y no se había dado cuenta de la presencia de Yan hasta que casi choca con su espalda. Escuchó conversación la sin pretenderlo.

    —…te fuiste así sin más, muchacho. Nunca te había visto correr, por eso me preocupé. Hasta tomaste un tapsi.

    —Es taxi, señor. Estoy bien, de verdad, don Barín.

    El adulto frente a su amigo tenía un bronceado remarcado que contrastaba con la blancura de cabello y barba. Él le sostuvo la mirada al joven y la bajó por un leve instante.

    —¿Estás seguro?

    —Muy seguro. Por favor, regrese al comedor comunitario. ¿A poco se va a perder el pozolito el día de hoy?

    —Tienes razón... ¡Nos vemos luego!

    El señor ajustó su traje gastado de color azul y se retiró haciendo resonar sus botines. Bestia y Sam se recargaron en el pasillo sin decir nada, mientras el ajetreo del hospital sepultaba su silencio. Ella no tuvo el valor de hacerle preguntas y se quedó viendo a la nada en lo que daban de alta a su amiga. Se distrajo al juguetear con la pulsera de pixel-art que le había regalado Maya.

 

La señora salió un momento para pagar la cuenta de su hija y encontrarse con su marido, quien firmaba la documentación del seguro. Sam entró para verla sentada en la camilla y le hizo señas para que fuera junto a ella. Apenas se acomodó, Maya la sorprendió con un abrazo por el costado. Le pidió disculpas de forma sincera y Sam dejó que unas pocas lágrimas le humedecieran el hombro. “No pasa nada”, repitió como un arrullo y empezaron a hablar de cosas sin importancia.

    —Oye, pero qué intensito se puso Yan, ¿no? —dijo la capitana de súbito y la miró.

    —Pues, supongo que está estresado. Fue una semana pesada planeando sus citas y ayudando en Deportes. También viene la semana de Día de Muertos y su cumpleaños. Yo también estaría así.

    Su amiga parpadeó varias veces y la pregunta acudió a su boca.

    —¿Cuándo es su cumpleaños?

    —Este jueves, el treinta. Y el de Bella es el treinta y uno. El mero Halloween. Tan cercanos son que hasta cumplen años seguidos —se rió.

    —Ah, no sabía. No estoy invitada.

    —A lo mejor… —Se apresuró a decir Sam y sacó su teléfono a escondidas—, se les olvidó por todo el ajetreo, como dije.

    El teléfono de su amiga no tardó en sonar. «Fiesta conjunta de mi Bestia y de tu Bella, bonita. No hace falta que traigas regalo, solo disfraz», rezaba el mensaje.

    —¡Oye! Le acabas de avisar.

    —¡Pues claro! No iría sin mi mejor amiga.

    Las chicas se alistaron para salir de la clínica y cuando estaban por subirse al auto del señor Vega, su hija le pidió ir a la plaza más cercana. El mensaje decía que no era necesario llevar un presente, pero Maya no se sentiría cómoda si llegara sin uno.

    —¿Me acompañas, Sam?

    —Hasta que te hartes de mí —confirmó con una amplia sonrisa.

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