Un mensaje en su teléfono la espabiló por completo: «¡¡Amigui, hoy ganamos!!», rezaba el mensaje de Sam. El celular marcaba las cinco de la madrugada del veintiséis de octubre y Maya ya se había levantado. Bajó deprisa a desayunar fruta con miel y avena cuando un segundo mensaje la detuvo a medio bocado. Saltó de alegría mientras alzaba los brazos.
«Hoy
llego, hija. Espero estar para verte en el podio al menos», decía el mensaje de
su madre. Se emocionó tanto que olvidó tomarse su té y no alcanzó a acabarse su
plato. Lo dejó en el fregadero con una nota de disculpa a un lado. Salió a toda
prisa, pues Sam y sus hermanos ya la esperaban en el auto para ir al medio
maratón juvenil. Apenas subió, notó el empalagoso aroma de la cajeta a un
costado de ella. Su delgada amiga había tostado un bolillo y le había puesto un
poco del dulce. “Mis hermanos vinieron de Celaya, tenía que aprovechar”, se
explicó con la boca llena mientras bebía té de su termo.
El
preámbulo de la carrera era el mismo del año pasado y el frío de la madrugada
apenas si les hizo mella. Entrenaron por una hora, accedieron al corral con el
resto de los competidores, se hidrataron levemente y dejaron sus abrigos, pues
pronto entrarían más en calor. Entre los demás participantes, vislumbraron a
Rob, quien estaba desmañanado y con cara derrotista antes de empezar. Había
confesado que Yan lo amenazó de perseguirlo en bicicleta si no corría. Al
preguntar por su amiga Sonia, les comentó un oficial que las personas con
prótesis no podrían participar. «Al menos la reconocen, qué mal que no la
dejaran», meditó.
Estaban
a punto de comenzar y tanto Maya como su sombra se colocaron una frente a la
otra. «Le tengo que cortar el viento», pensó, pues su amiga era corredora de
velocidad. Robi había dicho que él iría al frente por esta vez.
La
cuenta regresiva del locutor del evento llegó a cero y la bocina de aire resonó
por toda la avenida. Maya estiró un poco el brazo para evitar que su compañero
saliera disparado por la adrenalina y comenzaron el trayecto. El ritmo
contenido permitió que el resto de los competidores se adelantaran un poco. Con
la zancada y ritmo ajustados, se encontró cómoda como siempre y permitió que el
corte de viento que les hacía Rob les aligerara el paso. El público a los lados
aún era escaso por la hora, pese a que había sido el cambio de horario. El azul
oscuro y el violeta aún predominaban en la bóveda celeste y el frío no daba
tregua. Ella volteó a ver que su amiga la siguiera sin problemas.
Llegaron al kilómetro seis y
se dieron cuenta porque Sonia cargaba una pancarta que la indicaba, junto a un
cartel que rezaba: «¡Vamos, dupla ganadora!» y que tenía una caricatura de la
capitana y su mejor amiga. Maya se
mantuvo escondida en su grupo para ahorrar fuerzas y oyó las respiraciones
agitadas de los menos preparados. El sonido irregular de una zancada le indicó
la proximidad de un accidente. Gritó por ayuda justo cuando el primer
desfallecido dio contra el asfalto y los brigadistas corrían a auxiliarlo.
Ya había pasado dos puestos
de hidratación y ahora Vika marcaba el kilómetro catorce con otra pancarta. «De
seguro esto es plan de Gisela», razonó. La Victoriosa le sonrió con complicidad
cuando la vio pasar. Más y más gente se reunía en la acera para presenciar la
carrera junto a las torretas de techo rojizo que eran los árboles. El cansancio
empezaba a asomar en las piernas de ella y volteó un momento para revisar cómo
iba su amiga. Al ver que no flaqueaba, se sintió satisfecha y estaba lista para
modificar su andar. Con el cambio en su braceo y zancada empezó a ganar
terreno. Ignoró una punzada en la sien y avanzó dejando a Robi atrás. El paso
de su amiga era inconfundible detrás de ella.
No esperaba que Mila y Kira
estuvieran para indicarle la recta final. Reconoció a la Amada por su sudadera
roja y la presencia de la Reina imponía aún fuera de la escuela. Las vallas
estaban abarrotadas de gente, porras y matracas. El locutor oficial anunciaba
que solo tres chicas y cuatro chicos estaban al frente, muy aventajados. Ella
no veía a nadie por delante suyo y reconoció el trotar de su amiga justo por
detrás de ella. Así lo habían ensayado. Aceleró a tope a última instancia para
asegurar el primer lugar y trató de alejar el dolor de cabeza que la atenazaba.
Ignoró el cansancio en su cuerpo y el calor que ardía en su rostro. Faltaban
pocos metros para llegar cuando escuchó a Sam apresurar su paso al tope. «Estoy
segura de que vas bien, Sam. No te quemes», pensó en el último tramo.
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