Un encontronazo en el salón de clases y la ayuda en la librería.
Era jueves por la mañana y el ajetreo
previo a los Juegos Interescolares ya había tomado por rehén a la escuela. La
Academia de Deportes llamó a todos los capitanes por separado a que alistaran a
sus equipos para el torneo entre preparatorias. Maya se sentía preparada para
todo y tenía una lista preliminar con los alumnos —seis chicos y siete chicas—
que participarían en las diferentes distancias.
Sam
acordó concursar en dos de las justas, pero de momento su atención estaba
centrada en Gisela, quien las había invitado a la terraza de la cafetería. Era
la segunda vez que compartían el almuerzo con ella. Incluso comiendo, Bella
deslumbraba porte. Estaba degustando una gelatina cuando Vika, sentada a su
derecha, la interrumpió.
—Hasta
para comer un postre luces perfecta —habló con un fastidio fingido.
—Mira
quién habla —contestó después de su bocado—. Tú todo el tiempo pareces un michi.
Su
amiga se les había unido para hablar de las seleccionadas para el equipo de
voleibol. La capitana ya tenía preparada la alineación y solo esperaba que Gis
confirmara. A los ojos de Maya, todo movimiento de Vika parecía grácil y el
delineado de sus ojos le daba un aire felino.
—No
te vayas a poner fuera de forma. No quiero pedirle a Bestia que te entrene de
nuevo.
—Tú
tranquila, minina, sí practico en casa. Y mi Bestia siempre tiene tiempo para
mí si se me olvida. —La apaciguó con una seña—. ¿Ustedes ya tienen a su equipo
completo? —Se dirigió a Sam.
—Si.
—Tardó en espabilar—. Casi. Tenemos ya a casi todo el equipo. Solo nos falta un
chavo, pues nuestro relevista estrella se lastimó y estamos buscando a un
reemplazo.
—Dile
a Yan que les ayude a buscarlo. O al profe Liam ya de últimas. Ni modo que no
tenga una lista el flojo ese —masculló Vika.
—Andas
muy molesta, amigui. ¿Quieres que le diga a nuestra amiga Movida que te ayude
con lo que te falta? —sugirió Gis.
—No.
Y tampoco le digas a la Amada o a la Reina. Andan muy ocupadas con todo. Solo
yo tengo tiempo porque mi estrella —remarcó y señaló a Gis— me aliviana las
cosas, mensa. —Le sacó
la lengua.
Maya
supuso que tal vez esos eran apodos de las otras tres chicas que faltaban en su
círculo.
—Siempre
leal, amigui. Tú tranquila. Estaré lista para el torneo o me dejo de llamar
Bella.
—Te
llamas Gisela Castillo, mamona.
Todas
se rieron. Compartir mesa con ellas tres fue la calma antes de la tormenta de
ese 2 de octubre.
Maya había pensado que ayudar en la
librería sería sencillo, pero ahora batallaba con un dolor que le taladraba la
cabeza. El cúmulo de problemas que la saturaron ese día acababan de darle un
capítulo catastrófico. En el transcurso de sus clases discutió —con la mayor
calma posible— con dos de sus profesores. Ellos querían aplicar un examen
sorpresa con un valor de un cuarto de la calificación del periodo. Ese acto
ilegal hizo que alzara la voz y los amenazó con ir a revisar el reglamento.
Aunque fue una batalla ganada, sentía que la guerra iba a ser extensa. Y justo
hace un momento había librado otra.
Un
cliente imposible les había soltado una monserga, como granizo, a ella y a Yan.
Sus frases parecían sacadas de un panfleto de compradores fastidiosos: “por mí
tragas”, “el cliente siempre tiene la razón”, “en otros lados lo he visto más
barato”, “háblale a tu gerente porque yo no discuto con los gatos”.
Maya
se sorprendió de la tranquilidad con la que Bestia tomaba cada frase. El
gerente bajó apenas acabó de comer y trató de lidiar con el comprador en
potencia, pero este solo soltó más ofensas para al final largarse.
Desmoronada
en un escalón, Maya trató de alcanzar la calma. Nunca había sentido una
migraña, pero estaba segura de que estaba experimentando una en ese momento.
Creía que ella era la única que lo había pasado mal, pero un instante antes
había visto a Yan tambalearse y buscar una silla. Pensó que se había mareado y
cuando iba a ir a auxiliarlo, el encargado llegó con un vaso de agua. Su
compañero se tomó una pastilla y se bebió el líquido de golpe.
«No
fui la única que la pasó mal con ese idiota», razonó. El sobrino del dueño
llegó a media tarde como un enviado celestial y les ayudó a llevar el negocio
por el resto de la jornada.
La noche ya había cubierto la ciudad
cuando los dos muchachos iban a sus casas. El pesar y el dolor en su cabeza ya
casi se habían esfumado. Maya respiró hondo para llenar sus pulmones de la
esencia estival. Se estiró antes de preguntar.
—¿Siempre
es así el servicio al cliente? —Quiso bromear y le sonrió a Bestia.
Con
el andar de un alma en pena y con una mano en la frente, se tomó un momento
para contestar.
—Solo
los jueves. —Inspiró hondo para continuar—. Don Raúl accedió a que su librería
fuera parte de los productos de la marca del estado. Le ayuda a tener
prestigio, pero está obligado a que los jueves den algunas promociones.
—Eso…
No lo sabía.
—Y
está bien para los estudiantes o los adultos mayores. Pero luego viene gente
abusiva que quiere todo malbaratado. ¡Qué odiosos!
Ella
quería cuestionarle algo más. Saber si estaba bien, pero en el silencio que
reinaba, se oyó el grito de Sam a la distancia. Levantó la mano con pereza a
modo de saludo y antes de poder continuar con su indagación, Yan interrumpió.
»Quisiera
explicarte más, pero no estoy de humor, Maya. ¡Nos vemos! —Se despidió y para
encaminarse calle abajo, sin esperar respuesta, para dirigirse a su hogar.

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