¿Sabían que una migraña puede quitarse el sueño? Yo no...
Capítulo 11
La mañana había sido especialmente
difícil. El dolor de cabeza del día anterior la atenazó de nuevo en la noche y
la dejó dormir poco. Trató de despertar con dos tazas de té que no le ayudaron
en lo absoluto. Se había preparado el almuerzo y dejado listo el de su papá
cuando salió de su casa. Su andar en la escuela era pesado y arrastraba los
pies. Solo pensaba en lo difícil que se le haría el día.
El
croar de una rana, su sonido para los mensajes, la despertó.
«TGIF,
amiga! Quita esa cara de momia», rezaba el mensaje.
Estaba
por alzar la vista para buscar a Sam cuando la sorprendió con un abrazo por el
costado.
—Qué
raro es verte sin tu Caballero Negro. No me les acercaba para no hacer mal
tercio —aclaró una pregunta que Maya no había hecho.
—Perdón,
no estoy de humor.
—Lo
sé. Ayer me contaste de tu cliente “predilecto”. Pinche gente jodida que…
Maya
la cortó con un ademán, pues le molestaba que dijera groserías.
—Creo
que iré al rato con la trabajadora social. No me siento bien. Te alcanzo en el
salón.
Sam
la miró preocupada, pero se despidió con la mano y se adelantó. Maya acomodó
las cosas de su casillero y no vio a Yan por ningún lado.
«Si está tan mal como yo,
espero que ya haya ido por una pastilla», pensó en su compañero y azotó la
puerta de su casillero para seguir con su andar convaleciente.
Para la tercera hora, era obvio hasta para
el profesor de Lengua Extranjera que Maya no se encontraba bien. Detuvo la
clase y le pidió a ella que se dirigiera con la trabajadora social para que la
revisara. Todo el alumnado volteó a ver cómo se retiraba del salón.
“De
tarea, página ochenta del libro, Maya”, alcanzó a escuchar a sus espaldas.
Sus piernas la llevaron en
automático hasta donde debía. Para su jaqueca recibió la tradicional pastilla
de empaque verde con blanco. Se retiró para andar por la escuela sin rumbo.
Apenas había dado unos pasos al norte cuando sintió en su muñeca la sujeción
firme y delicada de una mano.
—Oí
que estabas mal, pero no tanto.
—Sí
me siento peor de lo que creí.
—Acompáñame
al gimnasio principal.
Maya
no se había dado cuenta que Vika la guiaba de la mano hasta que alzó la vista.
No protestó y caminó hasta su destino.
Apenas
llegaron, la capitana de Voleibol dejó la puerta un poco abierta para que
entrara luz natural y fue a apagar todas las luces del gimnasio para que la
oscuridad brindara alivio. Regresó con dos tapetes para ejercicios que acomodó
juntos. Se quitó los tenis y le indicó a Maya que hiciera lo mismo con una
seña.
—¿Me
puedo recostar ahí? —preguntó con voz monocorde.
Plantada en el centro de uno
de ellos, Vika habló con una firmeza casi marcial.
—No
aprietes los párpados, Maya. —Le dio un golpecito en la frente con un dedo—.
Relaja esas cejas y suelta la quijada. —Le tocó con tiento la mandíbula y la
sostuvo de los hombros—. Dice Yan que practicabas aikido, ¿no? Entonces sigue
mi guía.
Vika
empezó con movimientos circulares como si el aire fuera palpable. Su compañera
la siguió con una paciencia casi ritual. Hicieron movimientos pretendiendo que
desviaban golpes, patadas, flechas y un sinfín de amenazas que no estaban ahí.
Maya se dejó llevar por esas formas hasta que lo hizo casi en automático.
»Respira
con calma. Si tienes sinusitis o te empieza a doler la frente, me avisas.
Siguieron
con la forma marcial hasta que Maya empezó a sentir alivio en su cabeza, la
calma se extendió hacia su abdomen y al final hasta sus piernas. Estaba por
terminar cuando notó que Vika fluía como el viento.
—Gracias.
Ya me siento…
—Pinche
Yan, ¡que no mame! —Habló con furia mientras sostenía su teléfono—. No le
entiendo a su pendejo video. No sé qué sigue.
Toda
la gracia que había despedido la capitana se desvaneció en ese momento.
»Como
sea. ¿Sabes estirarte en el piso? A ver, imítame.
Se
sentaron y pusieron sus piernas al frente, flexionaron la izquierda para que la
planta del pie tocara la rodilla de la derecha e inclinaron sus torsos hacia
adelante hasta que sus cabezas descansaron.
—Y
ahora respiro hondo —dedujo Maya y así lo hizo.
Contó
varias veces mientras inhalaba y exhalaba hasta que el mundo onírico le dio la
bienvenida y se sumergió en una paz reconfortante.
Unas voces la devolvieron a la realidad.
Reconoció al instante los zapatos lustrados del profesor Eric cuando abrió los
ojos.
—¿Y
qué changos esperaba que hiciera? —alzó la voz Vika—. La Llorona tenía mejor
aspecto que ella.
—No
te estoy regañando, Vika. Te estoy diciendo que me hubieras avisado.
Maya se reincorporó y vio
que a su lado estaba Gis, cruzada de piernas y con una sonrisa gentil.
—Dormida
eres más bonita, amigui.
Se
llevó una mano a la frente y se preguntó cómo es que había estado recostada de
espaldas. La capitana de voleibol respondió a la pregunta que formaba su mente.
—Cuando
te quedaste dormida, esta mensa estaba de chismosa en las gradas. —Vika señaló
a Bella—. Y dijo que te recostáramos como se debe. Yo le dije que una puede
estar así por horas, pues el cuerpo está relajado. Nada más que aquí el
licenciado Preocupón se sacó de pedo porque te dejamos dormir.
—Solo
digo que quería saber dónde estaba —trató de excusarse el profesor.
—Como
sea, ¿ya como nueva?
Maya
no alcanzó a contestar cuando Gis le acercó una pastilla de menta. Dejó que
refrescara su aliento antes de hablar.
—Sí.
Me siento bastante mejor.
—Ah,
qué bien. —Se relajó el profesor—. Sam ya está ayudando en tu lugar. Solo que
el profesor Liam te está buscando para que suplas a Yan.
—¿No
vino a la escuela? —Alzó una ceja.
—No
estaba de humor y no quiso venir —contestó Bella con la cara apoyada en una
mano.
—No tienes que hacerlo si no
quieres, Maya —continuó el maestro—. De todas formas, Liam me debe…
—No.
Sí puedo. Tengo buena memoria. —Se reincorporó sin esfuerzos—. Observé toda la
sesión y puedo ejercitarlos en lo que llega su sensei. ¡Esperen! ¿Qué hora es?
Los
tres se miraron cuales cómplices. Vika puso los ojos en blanco, Gis lucía una
sonrisa divertida y se tapó la boca. El profesor carraspeó antes de contestar.
—Dormiste
tres horas, Maya. Tienes una hora para comer.
El gimnasio estaba preparado para recibir
a todos los karatecas. Lucas, la mano derecha de Yan, había ayudado a Maya para
dejar todo en su lugar. A ella le habían facilitado una casaca limpia que tenía
el maestro Liam. Vestida con el uniforme y con los ánimos renovados, estaba
lista para suplir a Bestia en sus dominios.
Los
aprendices estaban a punto de practicar las primeras llaves cuando la serenidad
la cortó la irrupción del profesor Liam. Llevaba casi a rastras a David quien
le discutía algo. Lo empujó al centro de la lona y se cruzó de brazos.
—No
le veo caso a estar aquí si no está Bestia —gruñó el muchacho—. Se supone que
practico para partirle la cara.
—Eso
quisieras —replicó el profesor—. Bambino, estás aquí para aprender
control. Ahora sigue las instrucciones de la chica para que no te agarre frío
el sensei.
—Pfft.
¿Qué me va a enseñar esa morra?
—¡David!
—gritó Lucas—. Ya que estamos en una clase normal, ¿no vas a retar como de
costumbre al sustituto del maestro? En este caso a la maestra Maya. —Un brillo
de maldad se asomó a sus ojos.
—No
hace falta una pelea —empezó a decir ella—. Además, no creo que…
—Dale,
niñita. —Se movió al centro de la duela y empezó a sacudir las piernas para
calentar.
El
profesor Liam le lanzó una mirada de conformidad a Maya y dio una cabezada para
alentarla. Lucas le indicó a ella que avanzara y él se fue a un costado a
fungir como réferi. Toda la clase se movió al perímetro para observar. Ella no
alcanzó a hacer la reverencia cuando David se fue de frente con un puñetazo a
profundidad.
Los
aprendices contuvieron la risa cuando la parte alta de la espalda del muchacho
azotó contra la lona y sus piernas se levantaron en el aire. Lucas alzó la voz.
—Bueno,
David, espero que eso te enseñe a…
—¡No
he terminado! —bramó y se lanzó al ataque ahora con una patada.
El
retador dio tantas vueltas que alcanzó a tocar el suelo de la duela. Se levantó
sujetándose la cabeza y con un tambaleo en su andar. Dos chicas lo empujaron de
nuevo al ruedo.
—Yo
no me arriesgaba a una tercera, amigo —sugirió Lucas que estaba listo con la
mano levantada para indicar otro combate.
David
se dio dos palmadas en la cara para conectar de nuevo con su mente cuando vio a
Maya, en la misma postura que Yan lo retaba. Alzó una mano para pedir tregua y
se derrumbó. Con la calma de un verdugo ceremonial, el coordinador de Deportes
se acercó al muchacho que yacía derrotado y con la humillación en la cara.
—Mira,
muchacho, te recuerdo que la última vez no pudiste conectarle ni un golpe a
Yan. Pero esa chica —musitó y señaló con un pulgar— le hizo una llave y lo
lanzó contra la reja sin que pudiera levantar guardia. Así que te vas a portar
bien, ¿capisci?
Lucas
lo ayudó a levantarse cuando el profesor se despidió. Maya no dijo nada, solo
puso los ojos en blanco. Iba a continuar con la clase cuando escuchó una risa
cantarina en las gradas. Zaza, la chica que siempre observaba con ojo crítico
en su salón, estaba cruzada de piernas mientras el resto de su cuerpo se
sacudía con una carcajada que amenazaba con estallar.
La clase ya había terminado y Maya se
dirigió a la parte trasera del gimnasio para lavar y devolver su uniforme. Rara
vez había escuchado a Zaza formular palabra, pero ahora no dejaba de burlarse
de los desplantes y errores de David mientras la acompañaba.
Pasaron
junto al profesor Liam que tenía corriendo a Rob sobre una caminadora mientras
se quitaba una mascarilla de oxígeno.
—No
le veo caso a todo esto —refunfuñó, pero no se detuvo—. ¿Para qué tantas cosas,
profe?
—Los
deportistas de alto rendimiento se monitorean lo más posible. Deberías
conseguirte una de estas. —Señaló una pulsera inteligente en su muñeca—. Es más
útil de lo que crees.
Rob
resopló y colocó sus manos en los sensores de la máquina para que marcara sus
signos. Maya se admiró que la caminadora marcaba diez kilómetros y él no
relajaba la marcha.
El fresco de la tarde lo sintió en la cara
y en las piernas apenas salió del gimnasio. Zaza seguía listando todo lo que le
pareció gracioso de la sesión de karate. Maya asentía a cada comentario o se
reía ligeramente.
—Ay,
Maya. Últimamente eres más divertida. —Zaza negó y agachó la cabeza—. Esta
nueva cara tuya me cae mejor.
Ella
no se sentía muy diferente. Pensó que seguía siendo la misma chica.
—¿Gracias?
O sea que antes te caía mal.
—¡No
es eso! Okay, vine a agradecerte por lo que dijiste en…
Un
croar les cortó la conversación. Maya revisó su teléfono para ver un mensaje de
un número desconocido: “Mañana nos vemos en el santuario, princesita. Lleva
redecilla de cabello”. “PD. No te enojes con Sam, me pasó tu num”, rezaba un
segundo mensaje.
Maya
sonrió y Zaza a su lado se tapó la boca, pero la risa asomaba en sus ojos. Le
dio un empujoncito con el hombro.
—Me
tengo que ir. —Se despidió con la mano y echó a andar con un paso ligero.
—¡Nos
vemos el lunes! ¡Y sigue así, chica! —gritó Zaza a sus espaldas.
Ese viernes, que amenazaba con ser difícil, había sido aligerado de la mejor manera para ella.

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