El reloj marcaba las seis de la mañana y Yan ya se había levantado. Hizo toda su rutina de ejercicios de ese día y antes de meterse a bañar, revisó sus signos y los anotó en su bitácora. Cuando estuvo satisfecho, entró a ducharse con agua helada para estar alerta.
El
trabajo en la cocina sonaba como un campo de batalla y cuando terminó, metió
dos almuerzos al refrigerador con una nota pegada. Sacó su teléfono para
mandarle un mensaje a su mamá y salió de la casa con el aire matutino que
saluda a los madrugadores sabatinos.
En
el camino vio en la otra acera una centella pasar y dedujo que era Sam. Por la
velocidad que llevaba, supuso que ya estaba lista para competir en los Juegos
Interescolares. La sola idea de correr a esa velocidad le causó disgusto y
continuó con su caminar relajado para llegar a su compromiso del fin de semana.
Se colocó la redecilla y se ajustó su
gorra. La sombra de los árboles cobrizos le daban una imagen de postal de otoño
al santuario donde repartían la comida. Cuando se acercó a acomodar las ollas
al atrio trasero, chocó con alguien y se disculpó.
—No
te preocupes, Yan, estoy fuertota. —Maya hizo resaltar sus bíceps y continuó
con sus deberes.
—¿A
qué hora llegaste? —Inquirió con un deje de sorpresa y miró a las pocas
personas que deambulaban entre las jardineras.
—Hace
como una hora, más menos —contestó mientras se limpiaba las manos en su
delantal e iba por más cazuelas.
La
eficiencia con la que Maya trabajaba lo dejó sorprendido. Podía cargar cosas
pesadas, limpió a conciencia el área y ayudó a sazonar algunos platillos. Ya
tenían todo listo cuando empezaron a llegar los primeros beneficiados de la
caridad para el desayuno.
Yan había jalado a su mesa a Maya para que
se sentara con las mujeres con las que él se llevaba mejor. Ahí, a la sombra de
los árboles, la empezaron a bombardear de preguntas. Varias veces tuvo que
aclarar que no tenía novio, a qué escuela iba y por qué empezó a auxiliar ahí.
—La
estudiante modelo siempre está dispuesta ayudar —aclaró Yan a medio bocado.
—Pus
qué bueno que vino —comentó la matrona del grupo—, porque don Barín nunca se
acerca a hablar o comer mucho y con ella hasta se formó dos veces.
La
señora señaló con una cabezada a un adulto mayor con el cabello totalmente
blanco. Yan observó que aquel individuo se levantó a tomar agua, alzó sin
esfuerzo el garrafón a una mano y con la otra retiró el que estaba vacío.
Cuando acomodó el que estaba lleno, se limpió las manos en un chorrito de agua
y se peinó sus pobladas cejas. Antes de volverse a sentar, miró de reojo a
donde estaban ellas.
De
entre todas sus peculiaridades del señor, Bestia llegó a notar que rara vez se
formaba para la comida, pues siempre llegaba al final para pedir lo que sobraba
y no hablaba con nadie. Al menos hasta ese día, cuando con un mar de
conversación, inundó de palabras a Maya. La señora encargada, le tuvo que
recordar que avanzara.
—Bueno,
Mayita, ¿qué todo haces en tu tiempo libre? —preguntó Sara, la más joven de esa
mesa.
Yan
se sorprendió de todo lo que no sabía de su compañera. Su mamá casi no estaba
en casa, así que ella, junto a su padre, experimentaban en la cocina o veían
deportes; leía decenas de libros de literatura cuando se lo proponía; se le
facilitaba aprender idiomas; era fanática de dibujar, pero no de colorear —eso
lo hacía Sam—; el pop y las baladas a todo volumen en su cuarto le alegraban
las noches y se consideraba buena bailarina; la pera de boxeo de su habitación
la había cambiado dos veces mientras estaba en la prepa y, para finalizar,
declaró que se lamentaba de no poder acompañar a su mejor amiga a los
videojuegos en su tiempo libre. Ese listado le pareció tan abrumador que sintió
una ligera incomodidad en el pecho.
—¿A
poco te queda tiempo en el día? —inquirió la matrona—. Bueno, gracias al cielo
estás aquí ayudando.
«La
juzgué muy pronto», aceptó Yan de mala gana. A pesar de que había etiquetado a
Maya de prejuiciosa, él también se había guiado de los chismes y de la imagen
escolar de ella. El nudo en la garganta evitó que se sirviera más y se levantó
de la mesa después de excusarse.
En menos de tres horas, habían dejado
limpio y preparado el lugar para la hora de la comida. El político en turno que
se hacía propaganda fuera de época de campaña ya había llegado. Traía consigo
un montón de platillos de los que se jactó que un chef los había cocinado. Su
equipo escogió a la gente sin hogar que se vería mejor para la foto y los
acercó a él para su imagen pública. Yan se sintió asqueado.
—Pues
ya acabamos aquí, princesita —habló con enfado—. Si quieres…
—Yo
me la llevo —terminó Gis, que lo había sorprendido—. Toda su gente va a
limpiar, ¿no? —musitó y señaló al grupo que había llegado.
Yan
dio un sobresalto y casi tira una de las sillas.
—¡¿Qué
te pasa?! —gruñó Bestia. —Casi me…
—Perdón,
fortachón. No fue mi intención. —Jaló a Maya de un brazo y le ayudó a quitarse
la redecilla—. Si me permites, tenemos cosas de chicas para hacer hoy.
—Nos
vemos, Yan. Buenas tardes —se despidió Maya.
—Buenas
tardes —alcanzó a decir—. Nos vemos mañana… si quieres —musitó.
Observó
a su mejor amiga llevarse a su colega hasta que se perdieron de vista entre las
jardineras del santuario.
Se
caló la gorra y se colocó como atalaya para evitar que los lamebotas del
político rompieran algo o, en el peor de los casos, se embolsaran alguna cosa.
La rutina del domingo fue parecida al del
día anterior, solo que esta vez se empecinó en estar más temprano que Maya. Y
pese a todo, no lo consiguió. La chica ya llevaba un cuarto de hora en labores
cuando él llegó con la redecilla ya puesta.
Ese
día, don Barín fue el primero en formarse a la fila y Maya, que repartía el pan
o las tortillas, se enfrascó en una conversación involuntaria con él. Yan
vigiló desde su lugar al inicio de las mesas.
El anciano le inquietaba, se
había aparecido la última semana de agosto y nadie en el pueblo le conocía. A
pesar de que ahora hablaba con Maya con soltura, al inicio de su estadía
parecía que ni siquiera dominaba el idioma. Antes de retirarse a comer a una
jardinera, se fijó en que su piel estaba bronceada, pero limpia, hasta sus uñas
parecían pulcras. Cuando se sentó y cruzó las piernas, un detalle le pareció
peculiar a Bestia y lo hizo dudar de su indigencia: el calzado del señor era
unas botas marrones demasiado pasadas de moda y de aspecto lujoso.
Formado para la repartición
de fruta, Don Barín se quedó de nuevo a platicar con Maya. El enfado de la
matrona era evidente y se disculpó con torpeza antes de agregar:
—¿Seguirás viniendo,
muchacha? —sonrió y las arrugas surcaron su rostro.
—Solo si usted promete ya no
rezagarse cuando repartan comida.
—Desde hoy prometo por mi
corazón que ya me formaré en cuanto pueda. —Se despidió con una sonrisa al ver
que la matrona se acercaba con paso presuroso.
Maya estaba a punto de empezar a limpiar
cuando vio que decenas de manos se sumaban a ayudar. Una marea de gente había
aparecido en el atrio y antes de poder reaccionar, Yan la tomó del antebrazo
con sutileza.
—Hoy
es domingo, princesita, el día más ajetreado para esto —explicó él—. Mucha
gente viene por tradición, culpa o deber espiritual.
Ella
entendió al instante y se quitó su delantal y red del cabello. Yan fue a
despedirse de la señora y se marchó con su compañera mientras aumentaba el mar
de gente.
—La
última vez, te quedaste hasta la comida. —Inclinó la cabeza para verlo mientras
andaban.
—Esa
vez iba a pasar mi madre por mí y me quedé hasta entonces. Cambiando de tema,
se la jugaste al viejo. Ahora, estés o no, va a formarse siempre.
—Yo
creí que nos íbamos a quedar para la otra ronda para ver que cumpliera su
promesa.
Andaban bajo un cielo nublado y una
posible amenaza de precipitación. Aún no se presentaba el aroma a petricor,
pero Yan estaba seguro de que llovería. El agua no le preocupaba, pero lo que
había visto en esa semana junto a su compañera, lo desconcertaba ligeramente.
Yan
sentía la presión de una disculpa queriendo salir de su boca. En sus primeros
encuentros no le había dado un buen trato. Inspiró hondo, pero Maya habló
primero.
—Oye,
debo decirte algo. —Ella lo detuvo con el dorso de la mano—. Quiero
disculparme. Aún hay algo sobre ti que no puedo descifrar. Yo… —tragó saliva—
tenía muy mala imagen de ti. No quería ofenderte, pero estaba tan enojada.
Pensé que eras un bravucón, desalmado y grosero.
Yan
se quedó pasmado. Él también estaba a punto de decir algo parecido. Relajó los
hombros antes de replicar.
—Que
no se te quite esa idea de la cabeza, princesita. Me rebajas mi imagen de chico
duro. —Una alarma sonó en su teléfono y abrió los ojos—. Y no dejes ir ese
enojo, te servirá para la escuela y lo que tengas que hacer.
Ideaba
una excusa para ir con su madre cuando la voz de Sam interrumpió sus
pensamientos.
»¡Qué
puntual es tu sombra! Bueno, nos vemos mañana.
—En
la escuela tú también pareces mi sombra en las mañanas —dijo y chocó su hombro
con él. Le sonrió sincera y se despidió con una mano—. ¡Nos vemos! Nada de que
no estás de humor y no vas.

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