La semana del seis de octubre empezó bien. Maya había ayudado a Yan en la panadería y en el Parque de los Héroes. El mal humor de Bestia l...

Capítulo 13

 La semana del seis de octubre empezó bien. Maya había ayudado a Yan en la panadería y en el Parque de los Héroes. El mal humor de Bestia le parecía razonable por momentos y conversaban más, sobre todo de la escuela. Ella creyó que su influencia obró para bien en su persona y tal vez dejara de ser tan bravucón. Todo fluía mejor, incluso él le hizo una broma sobre la clase que ella preparó el viernes. “Sé que no fue tu intención azotar a David dos veces, pero un estatequieto más suave lo hubiera hecho emperrar”.

            Y hablando de eso, así se sentía Maya en ese momento. El director la había mandado llamar para el segundo módulo y de nuevo ella recibió una respuesta negativa a su petición de un papel membretado con firma. Ya en la quinta clase, el maestro de Filosofía se había enfrascado en una discusión educada, pero tenaz sobre la mejor manera de repasar la clase. Él insistía en plasmar en planas muchas veces las respuestas incorrectas y ella prefería que estudiaran en grupos, con correcciones de colega a colega. El docente salió echando llamas por los ojos, pues había perdido por unanimidad. El maestro de Ética, sin embargo, parecía estar preparado para una revuelta.

 

Él había llegado con premura y apenas terminó de pasar lista, se alació su tupé y miró, con la maldad asomando su semblante, a todo su alumnado.

            Una lluvia de preguntas con respuesta ambigua hizo caer a los más listos del salón. Ignoró a Maya y a su mejor amiga, pese a que levantaban la mano. Cuando Zaza fue señalada, ella lo miró con aburrimiento y un encogimiento de hombros.

            —No cabe duda, son una bola de jumentos. ¿Así quieren participar en los Juegos? Salta a la vista que van a reprobar si no pueden responder unas simples preguntas. Una mente podrida, en un cuerpo holgazán… ¡Qué desperdicio de juventud!

            —Profe, ¿no cree que pasemos el examen? —preguntó un muchacho al frente.

—Si quisieran pasar, pues mi auto requiere de unos rines nuevos. O si se cooperan entre todos para una buena botella de vino… digo, por si quieren… Ah, Maya, veo que tienes la respuesta. —Cedió por fin y la señaló al fondo del salón.

            Ella se había puesto de pie en una reacción provocada por la ira. La gelidez en su voz le pareció extraña cuando habló. Ya había tenido suficiente por ese día.

            —Los sobornos están prohibidos, profesor.

            —Era una broma, tranquila. Las mujeres siempre exageran. Dime, ¿tienes la respuesta?

            Maya Apretó los puños y endureció su mirada antes de contestar.

            —Kant…

            —Ni cerca. ¡Ja! Si la mejor alumna no tiene ni idea, no me imagino cómo estarán el resto de as…

            —Kant decía que una acción es moralmente correcta si se hace por sentido del deber y no por interés propio o egoísmo.

            —¿Eso qué tiene que ver con…?

            —No veo el objetivo de que usted nos esté enseñando mientras nos humilla. Y la verdad, no nos interesa que no tenga rines nuevos o una botella de alcohol.

            —Siéntate, Maya —dijo y se dio la vuelta—. Esta generación ya no aguanta una bromita.

            —Esta generación vino aquí a estudiar porque se pagó una colegiatura, no a recibir los insultos y los desplantes de un licenciado frustrado.

            El profesor dejó caer el plumón que tenía en la mano y se negaba a voltear. Todo mundo alternaba miradas entre los dos frentes.

            —No te oigo, Maya. Una niña como tú qué va a saber de nada. Poco me importa la opinión de una chiquilla consentida.

            —“Un pedante es un estúpido adulterado por el estudio”, decía Miguel de Unamuno.

            Como si le hubieran aventado una pedrada, el profesor volteó con los ojos muy abiertos y sus labios dibujados en una línea delgada.

            —¿Me llamaste estúpido? —dijo apenas con un hilo de voz.

            —Y frustrado —agregó Sam—. No se le olvide que…

            —¡Cortés! ¡Sálgase del salón y vaya a Coordinación ahora mismo! ¡Vega! —El fuego y la rabia en sus ojos brillaban al enfocar a Maya—. ¡Vaya por su reporte y queda expulsada de mi clase!

            Con el orgullo en la cara y el marchar de una fiera, la mejor estudiante abandonó el salón. Zaza la miraba de reojo mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa.

 

Ya afuera, con el viento azotando su rostro, la ira no era más que una llama leve que chisporroteaba en el pecho de Maya. Sam prácticamente la iba jalando. «¿Mi primer reporte y me expulsan de la clase?», era el pensamiento que azotaba la mente de la alumna con historial impecable.

            No tardaron en llegar a la prefectura, en el primer piso de Coordinación. Sam la ayudó a sentarse en un sofá viejo y el caos en su mente no le permitió escuchar a la secretaria, a su izquierda, hasta que una voz la sacó de su ensimismamiento.

            —Caray, bonita, ¿qué haces aquí?

            Maya tardó en darse cuenta de que la voz le pertenecía a Gis sentada justo a un lado. Ella revisó su celular apenas un mensaje lo hizo vibrar.

»¿Te peleaste con el idiota de Ética?

            —Le reclamó por corrupto y lo llamó estúpido. —Sam tenía los brazos cruzados y una sonrisa de oreja a oreja.

            Maya no atinaba a decir palabra. Su cuerpo se sentía desconectado de su mente. Después de un momento de meditar, pudo dar con el habla.

            —Me harté de que nos tratara como basura y le alcé la voz.  

            —Ay, bonita. ¡Qué bueno! Mira, aquí, cerca de los huesos de tu cadera, están tus ovarios. ¿Ubicas? Te los presento, acabas de usarlos para encarar al profe.

            Aunque sabía que estaba bromeando, a Maya le costó encontrarle gracia. La carcajada de Gis estalló e hizo eco en la prefectura. La secretaria tampoco tuvo éxito en fingir seriedad. Después de un rato, la señora puso suma atención para redactar el reporte y tenerlo listo para imprimir. En ese momento llegó el siempre arreglado profesor Eric. La secretaria habló primero.

            —Buen día, licenciado. Llega temprano a sus deberes.

            —Buen día, Rosita. ¿Qué acontece?

            —No mucho. Solo que a su protegida le levantaron un reporte.

            Su mirada se posó en Maya cuando dio vuelta. No se inmutó.

            —¿Qué pasó? ¿Por qué están ellas aquí?

            —Maya está aquí por decirle licenciado frustrado y estúpido al profesor de Ética.

            —¿La reportaron por decirle la verdad?

            —¡Profesor Eric! —gritaron todas a coro.

            —De acuerdo. ¿Puedo ver el reporte antes de que lo imprimas?

            La calma con la que el profesor leyó todo y luego se incorporó desesperaron a Maya.

            —¿Qué le van a hacer a mi bonita? —La voz de Gis sonaba crispada, como un cristal que se acaba de romper. Su cara no denotaba nada.

            El profesor se giró hacia Maya y al acomodarse las gafas habló.

            —Pues expulsada estás, pero no te preocupes, hija. El temario te lo sabes de memoria. Un examen a título de suficiencia debería bastarte. ¡Caray!, no me esperaba ver a tres alumnas aquí. En mis tiempos las mujeres eran serias, no había punk.

            —Licenciado, entendí su referencia, pero ¡por favor! Para nuestra edad, en esos tiempos solo había punk.

            —Es verdad, Rosita. En fin. —Se arregló las mancuernas de su traje—. Maya, Sam, Gis, se pueden ir.

            —La señorita Castillo está aquí por otra razón. Igual de absurda, si me lo permite.

            —Gracias por la aclaración. Ahorita hablamos, Gisela. —Carraspeó ligeramente—. Maya, prepara al equipo y el plan para los Juegos. Nos vemos aquí al rato.

Maya había estallado, la influencia de Bestia también había tenido efecto en ella. Se despidió con una seña de mano mientras Sam la guiaba hacia fuera del edificio.

 

El profesor Eric se quedó plantado frente a la puerta para ver a su asesorada desaparecer de su vista. La voz de la asistente lo devolvió a la realidad.

            —¡Bueno, ahora sí se lio! ¿Qué vamos a hacer?

            —De momento, llámale a la subdirectora. —Se ajustó el traje para después llevarse una mano a la sien.

            —Ya llamé a la caballería, profe. —Era la voz cantarina de Gis, quien seguía esperando su reporte.

            —Ese pelmazo va a hacerle perder la beca y la racha perfecta a la niña. ¿Tiene algún plan, licenciado?

            Mientras su mente maquinaba a toda prisa, le llamó la atención que se acercaba Kira, la presidenta de la Mesa del Alumnado. El paso y el porte de los que saben mandar la acompañaban.

            —Sí, Rosita. Se me acaba de ocurrir uno.



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