La semana del seis de octubre empezó bien. Maya había ayudado a Yan en la panadería y en el Parque de los Héroes. El mal humor de Bestia le parecía razonable por momentos y conversaban más, sobre todo de la escuela. Ella creyó que su influencia obró para bien en su persona y tal vez dejara de ser tan bravucón. Todo fluía mejor, incluso él le hizo una broma sobre la clase que ella preparó el viernes. “Sé que no fue tu intención azotar a David dos veces, pero un estatequieto más suave lo hubiera hecho emperrar”.
Y
hablando de eso, así se sentía Maya en ese momento. El director la había
mandado llamar para el segundo módulo y de nuevo ella recibió una respuesta
negativa a su petición de un papel membretado con firma. Ya en la quinta clase,
el maestro de Filosofía se había enfrascado en una discusión educada, pero
tenaz sobre la mejor manera de repasar la clase. Él insistía en plasmar en
planas muchas veces las respuestas incorrectas y ella prefería que estudiaran
en grupos, con correcciones de colega a colega. El docente salió echando llamas
por los ojos, pues había perdido por unanimidad. El maestro de Ética, sin
embargo, parecía estar preparado para una revuelta.
Él había llegado con premura y apenas
terminó de pasar lista, se alació su tupé y miró, con la maldad asomando su
semblante, a todo su alumnado.
Una
lluvia de preguntas con respuesta ambigua hizo caer a los más listos del salón.
Ignoró a Maya y a su mejor amiga, pese a que levantaban la mano. Cuando Zaza
fue señalada, ella lo miró con aburrimiento y un encogimiento de hombros.
—No
cabe duda, son una bola de jumentos. ¿Así quieren participar en los Juegos?
Salta a la vista que van a reprobar si no pueden responder unas simples
preguntas. Una mente podrida, en un cuerpo holgazán… ¡Qué desperdicio de
juventud!
—Profe,
¿no cree que pasemos el examen? —preguntó un muchacho al frente.
—Si quisieran pasar, pues mi
auto requiere de unos rines nuevos. O si se cooperan entre todos para una buena
botella de vino… digo, por si quieren… Ah, Maya, veo que tienes la respuesta.
—Cedió por fin y la señaló al fondo del salón.
Ella
se había puesto de pie en una reacción provocada por la ira. La gelidez en su
voz le pareció extraña cuando habló. Ya había tenido suficiente por ese día.
—Los
sobornos están prohibidos, profesor.
—Era
una broma, tranquila. Las mujeres siempre exageran. Dime, ¿tienes la respuesta?
Maya
Apretó los puños y endureció su mirada antes de contestar.
—Kant…
—Ni
cerca. ¡Ja! Si la mejor alumna no tiene ni idea, no me imagino cómo estarán el
resto de as…
—Kant
decía que una acción es moralmente correcta si se hace por sentido del deber y
no por interés propio o egoísmo.
—¿Eso
qué tiene que ver con…?
—No
veo el objetivo de que usted nos esté enseñando mientras nos humilla. Y la
verdad, no nos interesa que no tenga rines nuevos o una botella de alcohol.
—Siéntate,
Maya —dijo y se dio la vuelta—. Esta generación ya no aguanta una bromita.
—Esta
generación vino aquí a estudiar porque se pagó una colegiatura, no a recibir
los insultos y los desplantes de un licenciado frustrado.
El
profesor dejó caer el plumón que tenía en la mano y se negaba a voltear. Todo
mundo alternaba miradas entre los dos frentes.
—No
te oigo, Maya. Una niña como tú qué va a saber de nada. Poco me importa la
opinión de una chiquilla consentida.
—“Un
pedante es un estúpido adulterado por el estudio”, decía Miguel de Unamuno.
Como
si le hubieran aventado una pedrada, el profesor volteó con los ojos muy
abiertos y sus labios dibujados en una línea delgada.
—¿Me
llamaste estúpido? —dijo apenas con un hilo de voz.
—Y
frustrado —agregó Sam—. No se le olvide que…
—¡Cortés!
¡Sálgase del salón y vaya a Coordinación ahora mismo! ¡Vega! —El fuego y la
rabia en sus ojos brillaban al enfocar a Maya—. ¡Vaya por su reporte y queda
expulsada de mi clase!
Con
el orgullo en la cara y el marchar de una fiera, la mejor estudiante abandonó
el salón. Zaza la miraba de reojo mientras en su rostro se dibujaba una
sonrisa.
Ya afuera, con el viento azotando su
rostro, la ira no era más que una llama leve que chisporroteaba en el pecho de
Maya. Sam prácticamente la iba jalando. «¿Mi primer reporte y me expulsan de la
clase?», era el pensamiento que azotaba la mente de la alumna con historial
impecable.
No
tardaron en llegar a la prefectura, en el primer piso de Coordinación. Sam la
ayudó a sentarse en un sofá viejo y el caos en su mente no le permitió escuchar
a la secretaria, a su izquierda, hasta que una voz la sacó de su
ensimismamiento.
—Caray,
bonita, ¿qué haces aquí?
Maya
tardó en darse cuenta de que la voz le pertenecía a Gis sentada justo a un
lado. Ella revisó su celular apenas un mensaje lo hizo vibrar.
»¿Te peleaste con el idiota
de Ética?
—Le
reclamó por corrupto y lo llamó estúpido. —Sam tenía los brazos cruzados y una
sonrisa de oreja a oreja.
Maya
no atinaba a decir palabra. Su cuerpo se sentía desconectado de su mente.
Después de un momento de meditar, pudo dar con el habla.
—Me
harté de que nos tratara como basura y le alcé la voz.
—Ay,
bonita. ¡Qué bueno! Mira, aquí, cerca de los huesos de tu cadera, están tus
ovarios. ¿Ubicas? Te los presento, acabas de usarlos para encarar al profe.
Aunque
sabía que estaba bromeando, a Maya le costó encontrarle gracia. La carcajada de
Gis estalló e hizo eco en la prefectura. La secretaria tampoco tuvo éxito en
fingir seriedad. Después de un rato, la señora puso suma atención para redactar
el reporte y tenerlo listo para imprimir. En ese momento llegó el siempre
arreglado profesor Eric. La secretaria habló primero.
—Buen
día, licenciado. Llega temprano a sus deberes.
—Buen
día, Rosita. ¿Qué acontece?
—No
mucho. Solo que a su protegida le levantaron un reporte.
Su
mirada se posó en Maya cuando dio vuelta. No se inmutó.
—¿Qué
pasó? ¿Por qué están ellas aquí?
—Maya
está aquí por decirle licenciado frustrado y estúpido al profesor de Ética.
—¿La
reportaron por decirle la verdad?
—¡Profesor
Eric! —gritaron todas a coro.
—De
acuerdo. ¿Puedo ver el reporte antes de que lo imprimas?
La
calma con la que el profesor leyó todo y luego se incorporó desesperaron a
Maya.
—¿Qué
le van a hacer a mi bonita? —La voz de Gis sonaba crispada, como un cristal que
se acaba de romper. Su cara no denotaba nada.
El
profesor se giró hacia Maya y al acomodarse las gafas habló.
—Pues
expulsada estás, pero no te preocupes, hija. El temario te lo sabes de memoria.
Un examen a título de suficiencia debería bastarte. ¡Caray!, no me esperaba ver
a tres alumnas aquí. En mis tiempos las mujeres eran serias, no había punk.
—Licenciado,
entendí su referencia, pero ¡por favor! Para nuestra edad, en esos tiempos solo
había punk.
—Es
verdad, Rosita. En fin. —Se arregló las mancuernas de su traje—. Maya, Sam,
Gis, se pueden ir.
—La
señorita Castillo está aquí por otra razón. Igual de absurda, si me lo permite.
—Gracias
por la aclaración. Ahorita hablamos, Gisela. —Carraspeó ligeramente—. Maya,
prepara al equipo y el plan para los Juegos. Nos vemos aquí al rato.
Maya había estallado, la
influencia de Bestia también había tenido efecto en ella. Se despidió con una
seña de mano mientras Sam la guiaba hacia fuera del edificio.
El profesor Eric se quedó plantado frente
a la puerta para ver a su asesorada desaparecer de su vista. La voz de la
asistente lo devolvió a la realidad.
—¡Bueno,
ahora sí se lio! ¿Qué vamos a hacer?
—De
momento, llámale a la subdirectora. —Se ajustó el traje para después llevarse
una mano a la sien.
—Ya
llamé a la caballería, profe. —Era la voz cantarina de Gis, quien seguía
esperando su reporte.
—Ese
pelmazo va a hacerle perder la beca y la racha perfecta a la niña. ¿Tiene algún
plan, licenciado?
Mientras
su mente maquinaba a toda prisa, le llamó la atención que se acercaba Kira, la
presidenta de la Mesa del Alumnado. El paso y el porte de los que saben mandar
la acompañaban.

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