Yan es instructor de karate y no lo hace mal...
«Hoy por la tarde no sale a ayudar a alguien, pero no sé qué más haga en la escuela además de karate o de lucir como un desalmado», pensó Maya mientras se dirigía a su casillero.
—¡Princesita,
buenos días! —gritó a sus espaldas Yan.
La
chica volteó y pudo ver la imagen de la rebeldía en Bestia. Su cabello se mecía
con su andar mientras lo acomodaba en una media coleta.
—¡Buenos
días, Yan! —saludó ella mientras se echaba su mochila a la espalda.
—¡Qué
bien que ayer le contestaras al culero de Filosofía! A ver si hoy le alzas la
voz a los demás. —Se cruzó de brazos y alzó un poco la barbilla.
«Bestia
hoy parece un yakuza con esa pose», pensó ella.
—Oye,
¿por qué te peleas con los maestros? No te ofendas —añadió con premura.
Él
relajó su postura y se llevó los puños a la cintura antes de contestar.
—Los
de Humanidades, son muy inhumanos, ¿no crees?
Maya hizo memoria y la
revelación fue contundente por fin para ella. Las ciencias exactas, el arte y
el deporte era donde Yan destacaba. En las ciencias sociales era donde tenía
las malas notas.
—O sea, ¿solo con ellos…?
—musitó.
—¿Qué alma van a tener esos
imbéciles si todos fueron “palancas” del director? Y él tampoco tiene… —Hizo
como si escupiera a un lado y miró en dirección a las oficinas del mandamás de
la escuela—. Hoy tienes clases con el profesor más inmoral de aquí, ¿no? Se me
hace una jodida ironía… Presta atención para que sepas a qué me refiero.
Maya iba a preguntarle a
quién se refería cuando él dio media vuelta y se marchó.
—Nos vemos al rato —alcanzó
a decirle a sus espaldas.
—¡Hoy no salimos! ¡Te veo en
mi clase!
Sam era excepcionalmente buena para
Química y eso hacía que la clase le pareciera lenta y tediosa. Se distraía,
como era costumbre, mirando a donde estaban las canchas. Observó con pereza que
Bestia le lanzaba, una tras otra, una lluvia de pelotas de beisbol a Rob. El
chico intentaba seguirle el ritmo. Bostezó e iba a hablarle a su amiga cuando
reparó en que ella también miraba en esa dirección.
—Es bueno —musitó Maya.
Redirigió
su vista a la ventana y notó que el ritmo del bateador había mejorado en ese
instante.
La penúltima clase era Ética Profesional y
el maestro, además de llegar tarde, miraba con desprecio a todo el alumnado. Su
traje gris subió y bajó mientras tomaba aire para regañar a una alumna.
—¡Qué
ejemplo más tonto! —refunfuñó como si le diera asco estar ahí—. Siéntate y no
vuelvas a hablar en toda la clase. ¿Alguien que sí haya estudiado puede
contestar?
Uno
de los aplicados del frente alzó la mano y dio una respuesta con toda
seguridad.
»¡No!
—Negó con cara de fastidio y lo hizo sentarse con la aversión reflejada en su
rostro.
Al
menos cinco alumnos tuvieron el mismo destino. Maya miró alrededor del aula y
Sam había tenido el descaro de sacarle una libreta de su mochila y empezar a
colorear los dibujos que ella había hecho. En el lado opuesto del salón, a su
derecha, notó que Zaza observaba al maestro con una gelidez que la hizo sentir
incómoda. Sus dedos cruzados encima del pupitre eran la viva imagen de una
jueza que espera a que termine un testimonio.
—Bueno,
profesor, es que y-yo no sé… —alcanzó a decir un alumno de la mitad del salón.
—¡No
me digas! —Le hizo una seña como una
bofetada para mandarlo sentar—. Yo creo que los voy a reprobar a todos, bola
de… —Se detuvo al ver que Maya se había puesto de pie.
Ella
misma se sorprendió de su reacción. La clase al completo volteó a verla. Sintió
una punzada en la cabeza, derivada de la impotencia. Las palabras de Yan
resonaban en su mente y ahora sí se daba cuenta de qué hablaba. Respiró hondo
para calmarse y lo logró cuando vio que el tupé del profesor estaba ligeramente
inclinado.
«¡Qué
ridículo peluquín!», pensó. Se aclaró la garganta antes de hablar.
—Profesor —dijo con delicadeza—, creo que vamos dos temas
atrás de lo que indica el temario. No he estado muy presente en la clase por
mis ocupaciones. ¿Podemos retomar, por favor?
Los
alumnos miraron alternadamente a ambos y después de balbucear algo, el profesor
indicó a todos que sacaran sus libros. Ella se sintió victoriosa cuando tomó
asiento. No tuvo que recurrir al sarcasmo o al comentario hiriente que le pasó
fugazmente por la cabeza.
«Espero
que esto ayude», meditó aliviada.
Cuando la hora acabó, Maya y Sam salieron
del salón para dirigirse a su clase de arte en el tercer piso de la biblioteca.
El profesor de Ética la mandó llamar con una seña. Ya cuando la tuvo de frente,
le habló con tono condescendiente.
—Chiquilla,
tú ya tienes esta clase pasada. No hace falta que vengas. Puedo hacer que
exentes con un nueve… o con un diez si nos arreglamos económicamente.
—Profe,
creo que todos merecemos un trato justo. Y lo justo es que yo obtenga un diez
en su materia. También, creo que no hace falta hacernos preguntas imposibles
con un tema que no hemos visto. Yo creo…
—Usted
no se fije de los flojos. ¿Qué le preocupan? Usted ya tiene el promedio
perfecto y una beca asegurada. Pero está bien, ya veremos a la siguiente.
Se despidió con una sonrisa
poco amigable y se dirigió a otro salón. Maya estaba ligeramente asqueada de
esa conversación, pero dejó que la compañía de su amiga le brindara sosiego.
Acababa de salir de Arte y el clima fresco
de la temporada la recibió apenas salió de la biblioteca. Sam se despidió para
dirigirse a trabajo social y Maya se encaminó al edificio de los últimos
semestres.
—¡Hey,
Maya! —gritó el coordinador de Deportes—. Gimnasio dos. Te solicitó Bestia. Ya
terminó de ayudar a los de Literatura. Dice que no hace falta que te cambies.
—Se pasó los dedos por su barba de candado antes de agregar—: Ah, sí. Si te
molesta Yan, avísame, por favor.
«¿Los
profes de Literatura?», pensó confundida.
—Ah,
sí. No se preocupe, profesor, lo tengo controlado. O sea, lo demás, no que
tengo controlado a Yan. No crea que…
El
profesor le dio una palmada en el hombro.
—Ojalá
sí lo tuvieras controlado a él. —Empezó a carcajear y se despidió con una
inclinación de cabeza.
Apenas llegó al gimnasio techado, el eco
de la voz de David resonó por todo el lugar.
—¡Hoy
sí vas a valer madres, Yan! —habló mientras hacía una reverencia.
Tenía
el ímpetu de los novatos y de los precipitados. Daba pequeños saltitos en la
lona mientras se limpiaba el sudor de su piel clara, casi lechosa. Yan, en
cambio, lucía la calma de los expertos. Alzó ligeramente sus brazos en una
postura que Maya reconoció. Ambos estaban de pie, en el centro de la arena que
ocupaba la mitad de la cancha de basquetbol.
Ella
tomó una liga para amarrarse su corto cabello, se agachó a ajustarse una
agujeta y fue cuando escuchó el grito del alumno que fungía como réferi. Cuando
se levantó, vio que David se sujetaba un costado de la cara, completamente
tendido en la duela.
—¡Tú!
—Señaló Yan a una de las chicas, la más bajita—. ¿Cuál fue su error?
—¿Además
de retarlo a usted? —Mostró una sonrisa burlona—. Se fue de cara, sin guardia,
a recibir su patada de frente.
—¿Qué
más? —Le habló al réferi.
—No
supo caer —respondió como lo más obvio—. Se dio con el hombro y le pudo costar
una clavícula fracturada.
—Así
es —concedió Yan con semblante serio. Se dirigió a David y le tendió una mano
para levantarse—. Dos vueltas y después saltos de rana. ¡Todos, ya!
David
se palpó con cuidado el hombro y cuando se incorporó para correr le dijo con
dolor en la voz:
—¡Mañana
sí te acabo, cabrón!
—Ya
veremos…
Maya
se acercó a la duela para hablar con Yan. Él veía con suma atención a sus
pupilos. No volteó a verla cuando le habló.
—Pon
mucha, pero mucha atención a toda la sesión hasta que llegue el sensei. Y todo lo que haga falta, ayúdame a ponerlo
en orden, princesita. Por favor.
Ella
asintió. Se quedó por un costado de la duela mientras Yan explicaba cómo hacer
guardias, agarres, fintas y todo tipo de golpes. El alumnado lo miraba con
respeto, hasta David, que no perdía detalle alguno. Cuando los dejó practicando
en parejas, Bestia se fue al fondo del gimnasio con la calma con la que siempre
andaba para traer unas colchonetas. Maya notó que faltaba agua en los
dispensadores y fue por dos garrafones.
Antes
de dejar a ambos en el piso, notó que los aprendices de karate eran de todos
los semestres. Al que había actuado de juez, lo conocía. Era Lucas, de 7.mo
A. Su anchura de hombros resaltaba más con su casaca. Supervisaba junto a Yan a
los demás. Sin perder mucho detalle de lo que acontecía, Maya acomodó un
botellón sobre el dispensador y el otro lo empezó a servir en unos vasos
acomodados en una mesa. Les dejó sobres con suero a un lado para que se
prepararan en caso de requerirse. Un golpazo resonó en la duela y cuando ella
volteó para ubicar el origen del ruido, Bestia ya estaba hincado junto al
herido, a mitad de la cancha.
Ella
trató de buscar el botiquín de primeros auxilios con la mirada, pero su
compañero ya cargaba al herido en brazos con un paso acelerado. Volvieron al
poco rato haciendo señas de que todo estaba bien y la sesión continuó sin
percances. Solo que el aprendiz ahora tenía una venda en el tobillo. Ese gesto
la conmovió ligeramente.
A mitad de la hora, llegó el sensei y
todos lo reverenciaron, Maya incluida. Él saludó con respeto a sus aprendices.
Su cabello entrecano hacía juego con su bigote y contraste con su cinturón de
rango, completamente negro. Se ajustó su casaca para disimular una barriga que
desconocía los ayunos y cuadró sus hombros. Paseó la vista entre sus alumnos y
se fijó en que David tenía una nueva marca de su inexperiencia en el rostro.
—Bueno,
yo creo que vamos a ver de nuevo cómo caer. ¡Todos, en parejas! Yan, ¿me haces
dúo para recibir mis agarres?
Cuando
estaba poniendo el ejemplo, notó la presencia de la acompañante de Bestia.
»¡Vega!
¿Vino a unirse a la clase? ¡Buenas tardes!
Yan,
tendido premeditadamente en el suelo, explicó:
—La
mejor alumna siempre está dispuesta a ayudar, hanshi.
El
instructor sonrió y ayudó a su pupilo a levantarse. A ella la mandó llamar para
que se presentara. Quería que listara quién era, en qué año iba y qué
practicaba. Ella se sintió levemente avergonzada cuando todos voltearon a
verla. Yan la animó a hablar con una seña.
—Soy
Maya, voy en séptimo B y practico atletismo. Sí vine aquí para ayudar a Yan.
Ella
esperaba algún tipo de exclamación, pero la clase al completo inclinó
ligeramente la cabeza cuando ella terminó.
—¿Y
has practicado artes marciales? —quiso saber el sensei.
—Mi
padre me enseñó un poco de boxeo. Y hace tiempo practiqué aikido.
—Ah,
¡qué bien! ¿Puedes mostrarnos un poco?
A
ella le dio un poco de vergüenza, pero se acordó que vestía licra y shorts
debajo de la falda. Aceptó y el sensei mandó llamar a una de las chicas.
Eran las tres de la tarde cuando salieron
y el cielo estaba íntegramente gris. Maya recibió un poco del fresco de
octubre. A su lado iba Yan, mirando hacia arriba. Ella sintió que había sudado
mucho y le preocupaba que despidiera mal olor. Cuando quiso afinar el olfato,
se dio cuenta que Yan no despedía hedor alguno. Anduvieron en silencio un rato
mientras se dirigían a la salida.
—¿Siempre
has practicado karate? —inquirió Maya para romper el hielo.
—Desde
los ocho años. Mi maestro me tuvo mucha paciencia.
—¿Por
qué empezaste? —No quiso sonar chismosa, pero la duda la tenía desde que habló
con Rob sobre eso.
—Necesitaba
hacerme más fuerte. Quería poder hacer mucho más. Aparte, estaba obsesionado
con Karate Kid. Las películas, Princesita.
Ella
conocía la saga, pero no hizo comentario al respecto.
—¿Te
bulleaban mucho? —Sintió que se había pasado de la raya y se llevó una
mano a la boca.
—Nambre,
pero sí me respetaron más después de eso. Y entre otras cosas que hago, me
ayuda a calmarme.
Maya
pensó en que muy calmado no era. Iba a hacer otra pregunta cuando Bestia habló.
»¿Aikido?
¡Qué sorprendente! —No esperó respuesta y agregó—: Eso me lo cuentas luego,
porque ya llegó tu sombra. —Señaló a la distancia a Sam—. Mañana vamos a la
librería, princesita. Aunque por tu semana de acosarme, ya lo sabes.

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