Ahora ella ve cómo es él ayudando en el jardín.
Capítulo 8
Era el último día de septiembre y el
tiempo ya se sentía del fresco común del otoño. Aun así, Maya se llevó el
uniforme tradicional con blusa, falda, calcetas, pero con los tenis que usaba para
atletismo. Le costaba admitirlo, pero se había equivocado mucho sobre Yan. Era
cierto que era un buscapleitos, pero no era el bravucón o el bruto que ella
pensaba. Sus pensamientos estaban revolucionando demasiado cuando se dio cuenta
de que había llegado a la preparatoria. Aunque consideraba que su compañero
tenía mal genio, había visto un lado muy diferente a los estereotipos que ella
tenía de los chicos rebeldes.
Faltaban
diez minutos para su primera clase y Yan se recargó a un lado del casillero
donde ella acomodaba sus cosas. Él era de los pocos alumnos que no portaban el
uniforme completo, pero Maya nunca había visto un reporte de él por esa omisión
a las reglas. Su camisa negra, sobre la blanca del uniforme, le daban la imagen
que ella tenía sobre su persona: Siniestra por fuera, iluminada por dentro.
—Y…
¿ya empezaste con las injusticias en el salón de clases?
—Hola,
Yan —contestó ella—. ¿Cuáles injusticias?
—No
sé, por ejemplo, la regañiza que les puso el profe de Historia ayer.
Maya
dejó de mover sus pertenencias. «¿Cómo se enteró él de eso?», meditó.
—Buenos
días, Maya. Siempre tan temprano —saludó el profesor mencionado. Volteó a ver a
su acompañante y en su cara se dibujó el desagrado.
—Buen
día, profesor. —Maya inclinó ligeramente la cabeza.
—Le
sugiero —se aclaró la garganta— que no se junte con la gente problemática. Los
imbéciles siempre le estorbarán en su camino.
Yan
hizo como que volteaba a los alrededores y se encogió de hombros. Soltó una
sonrisa tan afilada que le cortó el buen humor al profesor. Una sonora
exhalación salió de la nariz del docente y Maya le interrumpió lo que le iba a
replicar.
—No
se le olvide, profe, que tiene que pasar a firmar sus notas de clase. —Sonrió
lo más amable que pudo.
El
profesor asintió y se fue con el andar de los que van ocupados o furibundos.
Cuando dio vuelta por el pasillo, Bestia habló risueño.
—A
mí no me molesta lo que digan, pero algunos alumnos son más sensibles.
—Solo
por curiosidad. ¿Qué le ibas a contestar al profesor?
—Que
si acaso había visto un espejo por aquí cerca.
Hizo
lo posible por amagar una sonrisa, pero sus ojos la traicionaron.
—Eres
un poco pesado —alcanzó a decir, pero no sonó como un reproche.
—Bueno,
él es un poco más pesado que yo. No se dejen, Maya. Pon atención y alza la voz.
Sobre todo, tú, que tienes más influencia.
—Sí,
sí, Yan. Me fijaré.
Él
se despegó del casillero y cuando iba a retirarse, volteó a verla y su mirada
se paseó hacia abajo. Con el rubor llegando a sus mejillas, la chica se iba a
llevar las manos a la falda.
—Oye,
princesita, esos tenis están muy chulos para la jardinería de hoy. Mejor cámbiatelos.
—Se dio media vuelta y se movió entre la multitud de alumnos que ya comenzaba a
llegar a sus salones.
El
sol que asomaba por las ventanas y la vergüenza la hicieron olvidarse del
fresco de la mañana.
Ese martes, Maya solo pudo asistir a sus horas
de Arte y Filosofía, aunque no estuviera muy cómoda en una de ellas.
El
profesor de su segunda clase estuvo especialmente pesado desde que empezó. Ya
tenía más de diez minutos despotricando contra uno de los alumnos y lo había
pasado al pizarrón a que contestara una pregunta anotada ahí.
—Por
eso sus papás se decepcionan de ustedes. Su único deber es estudiar y ni eso…
—Profe
—interrumpió Maya, harta de la humillación pública—, ese tema apenas lo vimos
ayer. ¿No sería mejor que nos aplicara un quiz en una semana? Algunos
batallamos con otras actividades y no podemos estudiar a diario.
Totalmente
aturdido, el profesor carraspeó y aceptó de mala gana cuando todos sus
estudiantes hicieron sonidos de aprobación. Con el pecho lleno de satisfacción,
Maya tomó asiento mientras el docente cambiaba de enfoque.
Sus deberes con el equipo de Atletismo y
su rol en servicio social la mantuvieron ocupada todo el resto de la mañana. Sam
permitió que toda la carga fuera más llevadera. Su mejor amiga, confidente y
mano derecha, evitaba dejarla sola en días así.
—¿Quieres
que hoy también pase por ti? —ofreció Sam, mientras se limpiaba el sudor y se
quitaba el suéter del uniforme.
El
mar de alumnos que se movía a la salida apenas si dejaron que Maya escuchara.
—Sí,
por favor. No creo que acabemos tan tarde, pero en este país, es mejor no andar
sola. ¡Nos vemos en la noche!
Se
calzó unos tenis que le consiguió su amiga, se ajustó el overol y se ciñó una
gorra para el sol. Sus pasos se unieron al eco de la vida estudiantil que
abandonaba la escuela.
—¡Nos
vemos en la tarde! —corrigió Sam y se fue a suplir a su amiga en lo poco que
quedó pendiente de sus labores.
Ella estaba lista para cargar las
herramientas de jardinería, o bien, de llevar la carretilla que había visto a
Yan usar la vez pasada. En su lugar, don Mario le explicaba cómo podar los
arbustos o cuidar de las flores que adornaban la parte central.
—Eso,
muchacha, con tiento. Como si trataras a una amiga convaleciente —explicaba el
jardinero.
Yan,
en cambio, se había encargado de la composta, los costales, mover las macetas y
podar los árboles más altos. En algún momento se le escuchó tararear una
cantinela. Aunque las realizaba con parsimonia, el ritmo de sus actividades lo
hacían parecer una maquinaria de jardinería.
—¿No
deberíamos ayudarle también a Yan? —preguntó ella mientras miraba a su
compañero.
—El
muchacho puede encargarse de todo eso. —Lo señaló con una cabezada—. A las plantas
hay que hablarles bonito y él, pues…
—¡¿Quién
fue el cabeza de pañal que quitó los letreros de no pisar?! —Bramó Bestia.
—…
pues a veces se le olvida que también hay cosas delicadas por aquí. —Negó con
la cabeza y suspiró.
Maya
observó que Yan resoplaba mientras acomodaba los letreros. Cada golpeteo con el
mazo hacía resonar la rabia del muchacho por todo el parque.
Justo cuando se limpiaba el sudor de la
frente por enésima vez, Yan le tocó el hombro a la chica. Ella volteó y lo vio
con una cara menos moldeada por la ira.
—Ya
acabamos, princesita. Lávate las manos en la llave de los bebederos y te vemos
en la tiendita.
El
sol de la tarde la deslumbró por un momento. Todas sus labores le distrajeron
la mente y el tiempo se escurrió de su percepción como el agua de una regadera.
Cuando llegó a donde estaban Bestia y el señor, ya la esperaban una torta y un
agua de sabor. La comida le supo como un manjar y disfrutó cada bocado sin
decir una sola palabra. Solo la voz de don Mario interrumpió su deguste.
—Siempre
las coleccionas, chavo. Tienes buen ojo.
Maya
alzó una ceja, pero Bestia seguía mirando al parque, sin prestar atención a
nada en particular.
Habían encaminado a su casa al jardinero y
ahora el silencio crepuscular rodeaba el parque por completo. Ni siquiera los
insectos o los autos interrumpían el ambiente quieto de ese rincón de la
ciudad.
Maya
tenía una pregunta que afloraba desde que vio a Yan esa semana que fue a
seguirlo. No obstante, su interlocutor no le había dicho palabra alguna desde
que empezaron a comer. Tomó aire y soltó la que le pareció más obvia.
—Yan,
¿por qué ayudas a don Mario? —Se inclinó para verlo mejor.
Sorprendido
por el quiebre del mutismo, Yan sacudió un poco la cabeza. Estiró la espalda
antes de contestar.
—El
pobre de don Mario no tiene nadie quien lo ayude. Y nadie se ofrece tampoco.
Este jardín lo cuidaba con su amado. Cuando falleció, se empeñó a dejarlo tan
bonito como cuando eran jóvenes.
Maya
asintió y entendió el significado de esas palabras. Para los de la edad del
señor, era un tema tabú y tal vez querían evitar chismes del resto de la gente
si se relacionaban con él. Ella comprendía lo difícil que era vivir con
habladurías de por medio.
»El
salario sigue siendo para dos personas —musitó Bestia—, pero don Mario apenas
si puede con todo el trabajo de los martes.
La
chica comprendió a qué se refería. Los miércoles tocaba la banda de la ciudad
en el kiosco y pensó que tal vez la autoridad pedía que el lugar estuviera muy
pulcro.
—Ya
veo. Está bien que le ayudes. Solo espero que el trabajo valga la pena.
—Para
él, sí. Logró que el centro del jardín llevara su nombre. Kiosco Josué Gabrielli.
Para mí es un buen homenaje.
Maya
asintió y notó, haciendo memoria, que la parte central del jardín parecía una
foto digna de galardones. Le conmovió esa imagen y sonrió.
Esa noche, después de que pasaran por ella, no dejó de pensar en la otra pregunta que quería hacerle a Yan. Sin embargo, aún sentía que era muy pronto para esclarecer la duda que cargaba.

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