Maya ayuda a Bestia en la panadería, ¿pero saben por qué va él? Siguiente avance.
Sus clases del lunes le parecieron de lo
más aburridas a Maya. Usó todo el fin de semana para estudiar y no había nada
de lo expuesto que mantuviera su atención. El profesor de Historia regañaba a
uno de sus compañeros porque la tarea estaba incompleta.
—Les
dije que quinientas palabras y aquí claramente te faltan más de diez. Con este
grupo no se puede, caray…
Esa
perorata repetitiva le hacía menos atractiva la clase a Maya. Paseó su mirada
al frente, donde estaban los otros alumnos aplicados y tenían la vista agachada.
Nadie replicó palabra alguna. Sam se distraía mirando a la ventana y
garabateaba sin motivo una hoja. Solo una chica ponía suma atención al
profesor. Zaza, sentada al lado opuesto de su fila, observaba con aprehensión
al profe mientras apretaba los puños debajo del pupitre.
—¿Se
verá mal que nos salgamos? —preguntó Sam en voz baja.
—La
verdad, estoy a nada de quedarme dormida.
Los regaños, las comparaciones y las quejas, fueron lo único que se escuchó en el aula hasta el toque de salida de ese 29 de septiembre.
Maya corrió a su casillero y dejó todo lo
no indispensable dentro, dio una segunda revisión para dirigirse a la salida. La
poca tarea la terminó entre clases y se sentía lista para lo que la aguardaba. Atravesó
el patio cívico con el sol en lo más alto y con la vista trató de ubicar a Yan,
para acompañarlo a la panadería donde ayudaba los lunes. En su campo de visión,
pudo apreciar a Gis, quien hablaba con una chica. La reconoció al instante, era
Vika, la capitana del equipo de voleibol.
—Ay,
bonita, llegas tarde. Se fue hace un momento. Nunca lleva paso rápido, yo creo
que sí lo alcanzas.
—Hola,
Gis, Vika. Se me hizo tarde en lo que avisaba en servicio social. Después te
veo. ¡Hasta mañana! —Apresuró su paso.
—¡Ojalá
se lleven bien! —gritó Gis mientras la despedía con una mano.
El olor a pan horneado la había
tranquilizado, pese a que se encontraba trabajando con una furibunda Bestia.
Los insultos no dejaban de llover a cuanto inepto se le cruzara en el camino.
“Espero que el cerebro de leche se te caiga pronto, para ver si el de verdad sí
sirve”. “Intentas tranzar a la señora, ¿no? Porque no creo que seas así de
estúpido con las cuentas”. “Espero que trabajes en cine porno, porque estas
mamadas no las escribe cualquiera”. “Esta fruta está más seca y rancia que los
últimos mensajes de mi ex. La voy a escoger yo mismo y solo le vamos a comprar
la que sirva”. Todas esas frases fueron escupidas a los surtidores de la
panadería. Su ira casi irradiaba el mismo calor que los hornos de la
trastienda. Cada que terminaba con ellos, su andar se volvía más rígido y su
mirada se endurecía como un pan dejado al aire. Los insultos de él, y la
paciencia de ella, estaban a tope y Maya pensó en un momento soltarle un
comentario mordaz, pero entonces vio el otro lado de su compañero. Limpió todos
los refrigeradores mientras la señora descansaba los pies, cargaba todo lo
pesado para que la nieta de la panadera solo se preocupara por amasar y
decorar, ayudó a despejar las áreas de trabajo para que los demás empleados no
tuvieran problema alguno al desplazarse. Maya era una sombra en todas esas
labores y lo hacía tan bien que los insultos no le cayeron a ella.
—Princesita,
¿puedes revisar que la señora tenga cambio? Si no, ve a la caja de ahorro de la
esquina por monedas, por favor.
Maya
solo asintió y notó su fría mirada aún congelada en el rostro. Después de
revisar que la señora sí tuviera vuelto para dar a los clientes, buscó a Yan a
quien encontró donde estaba la nieta de la panadera, en el área donde se
trabajaba la masa. Sentado en unas escaleras que llevaban a la azotea,
observaba a su colega trabajar.
—Sabemos
que eres duro, padrino, pero, aun así, qué bueno que trajiste ayuda. Es avispada
esa amiga tuya —comentó la chica.
—Es
la más lista de la escuela. Quería conocer cómo era todo esto.
Maya
notó la mentira en su comentario, pero se sintió halagada que la nombrara así.
—Pus
qué bueno que vino. Hoy el día estuvo pesado.
Yan
se quitó los lentes, volteó hacia arriba al tiempo que cerraba los ojos y
respiró hondo varias veces. Su compañera notó, por primera vez en todo el día,
que relajaba los hombros. Estaba por recargarse en la pared, cuando se escuchó
un golpe en la cortina de metal, al frente.
—De
seguro es el imbécil del encargo. ¡Me lleva! —gruñó y se levantó para dirigirse
al frente del local. En el camino vio a Maya—. ¡Quédate aquí, princesita! Mejor
que no me oigas.
La
cantidad de injurias que escuchó Maya la dejaron sorprendida. «Seis
de cada cinco frases que dice son insultos», razonó. Cuando cesó el alboroto,
se dirigió al lugar donde exhibían el pan para vender.
Yan revisaba con cautela que la
cortina no tuviera algún daño. A sus espaldas, la dueña susurró:
—No te diré nada esta vez, muchacho. Porque el recadero sí
abusó de estúpido. Al menos pagó de más las tres charolas que se llevó.
Maya ya sabía la rutina cuando acabó y
esperaban afuera a que pasaran por la señora. El clima otoñal contrastaba con
el calor de la panadería que había experimentado por seis horas. Ella cargaba
una bolsa de bolillos que le habían regalado y Yan cargaba con una de fruta
demasiado madura. No le preguntó para qué la quería, pues la dueña se la
entregó sin decir nada. Cuando por fin un auto se llevó a la señora y se
despidió de ellos, el par de estudiantes se encaminaron a sus casas.
Ella
no sabía qué decirle a Yan. Tenía las cejas muy juntas y caminaba ligeramente
inclinado hacia el frente. La chica se aclaró la garganta, debido al cambio de
temperatura que había experimentado.
—Eres
buena para todo —habló sin voltear a verla.
—No
sé, pero el estudio se me da muy bien.
—No
fue pregunta —contestó él con flojera—. La primera vez que Gis me acompañó, se
mareó con tantas cosas que hacer y mejor se quedó atendiendo a los clientes. Eso
ayudó a las ventas por lo bonita que es. Pero tú dominaste el pedo apenas
llegaste.
—¿Me
estás diciendo que soy fea y por eso me quedé atrás ayudando? —bromeó, pero Yan
no le contestó ni con una sonrisa.
Pensó
en hacer otro comentario, pero la voz de Sam la llamó desde la esquina.
—¡Buenas
noches! De aquí la acompaño yo, Bestia. Nos vemos.
—Buenas
noches —contestó él y se acomodó los lentes. Se dio media vuelta para dirigirse
calle abajo.

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