La verdadera naturaleza de Kira se muestra en este capítulo.
Kira llevaba el paso apurado de la gente
ocupada mientras trataba de mantener el papel que encarnaba en la escuela. Los
alumnos al verla pasar rehuían de su mirada o se comportaban mejor. Se dirigía
de la biblioteca a las Academias y su andar hacía eco con el silencio que
dejaba atrás.
El día anterior, miércoles
veintidós de octubre, había hecho que la alumna modelo presentara el examen a
título de suficiencia de Ética. Obtuvo puntuación perfecta como era de
esperarse, y la Reina misma la había subido a la plataforma como calificación
global. Pasó cerca de una muchacha que bailaba junto a una bocina el tema Shake
It Off con el timbre inconfundible de Taylor Swift.
—Compañera, o la apagas o te
pones audífonos —le habló en un tono neutral.
La chica volteó molesta,
pero su semblante cambió apenas vio de quién se trataba.
—Sí, presidenta. —Apagó la
música y se metió a los salones de quinto.
Siguió con su trayecto, pues
tenía demasiados pendientes. Las semanas de evaluaciones se llenaban de
reportes tanto de alumnado como de personal docente y debía resolverlos a la
brevedad posible. Que si un alumno hizo trampa, que si un profesor puso un tema
que no vieron… Todo eso debía juzgarse bajo reglamento y escuchando ambas
partes para después, con toda la frialdad posible, dar un veredicto.
Aunque ella agradecía la
recomendación de Gisela para aceptar el puesto, a veces odiaba el personaje que
debía interpretar, frío y calculador. Y hablando de odiar, una de las personas
que más detestaba se le apareció en su campo de visión. Incluso la luz parecía
cambiar de color cuando vislumbró al profesor de Ética acercarse con su sonrisa
y cabello falso. «Ojalá se le caiga ese feo peluquín un día de estos», pensó.
—Señorita Kira, buenos días.
Me da mucho gusto verla —saludó mientras una sonrisa fingida remarcaba sus
arrugas—. ¿Puedo hablar de algo con usted? Es sobre una de las chiquillas de mi
clase.
—Buen día, profesor Arturo.
¿Qué sucede? —habló con una monotonía que no denotaba nada.
—Verá, espero me pueda
ayudar y yo después le ayudo. Acabo de checar las calificaciones de mis alumnos
y resulta que Maya Vega tiene calificación global de diez. Yo la expulsé de mi
clase y el examen a título de suficiencia debió ser aplicado hasta finales de…
—En circunstancias normales,
se aplica al terminar el semestre, pero no es el caso. La subdirectora autorizó
que fuera en estas fechas.
—Ah, veo que se pasan el
reglamento por alto. ¡Qué descaro de…!
—Según los derechos de los
estudiantes, cuando hubo un caso de indisciplina tanto del docente y alumno, la
evaluación debe aplicarse por una persona externa a la Academia y evaluarse por
una ajena a la institución. Esto para evitar represalias o resultados
subjetivos. Artículo quince, pero usted ya sabía, porque es abogado. «Uno muy malo, por cierto», pensó.
El profesor enrojeció un
instante y dio un ligero paso hacia atrás. Intentaba decir algo, pero solo pudo
balbucear. Un par de muchachos, a su derecha en una banca, bajaron la voz para
escuchar sin disimulo la conversación.
—No sé de qué me hable,
señorita.
—A varios de sus alumnos les
pidió dinero, favores y sobornos en especie, profesor Arturo. Eso solo de lo
que tenemos constancia. Hay testigos que dicen que Maya Vega lo señaló de
corrupto frente a la clase —dijo mientras le clavaba la mirada, y «también lo
tachó de estúpido, pero no hace falta remarcar lo obvio», pensó—. Por eso se
aplicó el artículo quince.
El profesor torció el gesto
y se sacudió su saco claramente ofendido. El tufo a perfume barato le llegó a
Kira. Ese acto hizo que el repudio creciera más.
—¿Ah, sí? Yo siento que
estuvo mal. Como aquí toda la bola de burros hace lo que quiere, tendré que
llamarle a mi amigo, el secretario de Educación del Estado.
Kira alzó el rostro y lo
miró por encima de la nariz, pues el docente intentaba ponerla en jaque.
—Cuando guste, yo misma le
puedo llamar a mi padrino para que venga a hablar con usted. Indíqueme, por
favor, ¿cuál sería el momento más oportuno para agendar esa reunión?
La Reina no reaccionaba bien
ante esas jugadas. El profesor le había colmado la paciencia y a ella le estaba
costando mantener su máscara. Debido a su osadía, ahora él se veía acorralado. El
color de su semblante empezó a desvanecerse y se ajustó el peluquín con
nerviosismo.
—Bueno, tal vez no haga
falta que venga. Solo se trata de la alumna “modelo” —entrecomilló con las
manos—, sus diez reportes y su descaro. —Se aclaró la garganta—. Solo le
advierto, señorita Cuevas, que no debería ponerse en mi contra. Recuerde que el
director…
Ella alzó la mano con una
rapidez que pareció un bofetón e hizo callarlo. Dio un paso al frente y habló
en un susurro teatral bastante audible.
—Usted llega a creer que el
director lo protege, pero no es así. Le tiene lástima. Y no piense que él es
todo poderoso aquí. Él podrá tocar o escribir la sinfonía, pero quién dirige la
orquesta soy yo. —Se señaló con petulancia—. Él podrá tener el terreno, pero yo
soy la guardabosques. Yo tengo que lidiar con los estultos que no saben
guiarse. No sé si me entienda, pero los problemas los soluciono por mi cuenta,
solo que a veces heredo errores con los que tengo que convivir.
—¿Me estás diciendo error? —la
tuteó con coraje.
—Usted vino aquí a quererme
amedrentar, sobornar o asustar, no tengo idea qué trataba de hacer, pero yo no
soy alguien que reaccione bien ante sus intentos ridículos de dominio.
—¡Oye, muchachita…!
Kira le lanzó una mirada tan
siniestra y llena de odio que hubiera hecho palidecer a su amiga Zaza. El profe
Arturo enmudeció enseguida.
—Le sugiero que cuando se
vaya y se refugie en su miserable existencia, solo quiero que piense en algo:
usted no da miedo. Nada. Y al recordar este fatídico encuentro, solo le llegue
esta palabra a su mente. —Se inclinó un poco sin dejar de mirarlo—. ¡Bu!
El profesor tragó saliva y
se dio media vuelta con torpeza para apresurar el paso y perderse entre los
edificios.
—¡Pinche cobarde! ¿Lo viste?
—hablaron los alumnos que presenciaron el duelo de voluntades, pero
enmudecieron y se retiraron en cuanto Kira volteó a verlos con la misma
expresión que mantuvo con su rival.
A la chica aún le temblaba
el puño que había apretado durante su discusión y retomó camino. Había
aprendido de Bestia a serenarse mediante la respiración y su papel de la Reina
volvía a asentarse en ella. Se dirigió hasta el perímetro de la escuela para
que nadie pudiera ver cómo se desmoronaba. Cuando por fin pudo reunir los pedazos
y reincorporarse, vio a Maya que de seguro daba su tercera vuelta a toda la
institución. Su sombra la seguía muy de cerca con evidente cansancio. «Diez
reportes», repitió en su mente.
Trató de no pensar en lo que
le había dicho el profesor de su compañera y subordinada de la Mesa del
Alumnado. «Si el profesor Eric estuviera aquí, me sería todo más fácil»,
caviló. Sin embargo, él llevaba varios días fuera de la escuela.
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