Este es uno de los últimos capítulos que publicaré de la novela. A menos que ustedes pidan más. Vamos con el capítulo 22.
Maya iba a la carrera para su cita del
veintiuno de octubre. Yan le había dicho que se vieran afuera del Cine Deluxe.
Su suéter le atajaba el frío y sus botas altas eran lo bastante cómodas para
correr. Apenas tuvo a la vista el lugar, aminoró el paso para serenarse.
Tropezó con la banqueta en mal estado y antes de trastabillar, alguien la
sujetó por el antebrazo.
—Con
lo que se paga de impuestos están bien feas las calles, ¿no? —El muchacho tenía
una sonrisa dibujada y la reincorporó con mesura.
—Hola,
Yan, buenas tardes.
—Siempre
te andas tropezando, Maya. Buenas tardes.
—Pues,
es que me caigo de buena, Yan. —Se quedó viéndolo expectante.
Él
soltó una carcajada después de parpadear.
—¡No
me esperaba ese chiste! Menos de ti que… como sea. ¿Pasamos? —Su mirada se
paseó por el semblante de Maya un instante—. Oye, ¿te encuentras bien? Te ves
un poco molida.
Maya
tardó en decidir si ofenderse o no. Su chamarra con estoperoles le daba un
aspecto de tipo rudo, pero desentonaba con su cara de preocupación.
—Ah,
es que estuve entrenando toda la mañana y un poco en la tarde. Me dijiste que
no me necesitabas con don Mario y aproveché para practicar otro rato. ¡Pero
todo bien! ¿No me crees capaz de conocer mis límites? —Ladeó la cabeza.
—Si
dices que estás bien, te creo. ¡Vamos adentro!
En el recibidor del cine
reinaba el rojo en los muros y en la alfombra que cubría casi todo el piso.
Había carteles de películas pasadas o clásicas distribuidas en todas las
paredes, pues era lo que siempre proyectaban. La taquilla tenía el aspecto
antiguo con ventana de vidrio, una rendija para hablar y una impresora dedicada
únicamente para los boletos. La dulcería tenía de todo tipo de palomitas,
refrescos y dulces. El aroma de las botanas saladas como los nachos y el queso
predominaban sobre el de la mantequilla artificial.
Yan
tenía ya los boletos comprados y, a pesar de la gente, salieron rápido de la
fila de dulcería. Le indicó la sala de su función y caminaron por el largo
pasillo de luces rojas para dirigirse a sus asientos numerados. El aspecto de
tipo galería del lugar le pareció inusual a Maya. Una barra separaba las dos
secciones de la sala y ellos se sentaron en la fila más baja de la parte de
arriba.
Las
luces se atenuaron y los comerciales empezaron a desfilar en pantalla. Cuando
estaban por llegar a su fin, a ella se le ocurrió la pregunta más obvia.
—¿Qué
película vamos a ver?
—Una
que me dijiste que no habías visto —contestó él sin dejar de ver al frente.
En
cuanto el nombre del estudio apareció con el niño y la Luna, llegó a su mente
el recuerdo y la respuesta. Se recostó en su lugar para disfrutar de la obra
que no pudo en su fecha de lanzamiento.
La
risa, la ternura y la expectación la invadían a medida que avanzaba la
película. Yan le hacía comentarios o chistes de forma tan tácita que debía
inclinarse para escucharlo.
—Esto
lo haces para poder oler mi perfume, ¿verdad? —bromeó ella.
—Estoy
seguro de que toda la fila puede percibirlo.
Le
dio un codazo amistoso y se volvió a acomodar en su asiento. Las palomitas solo
llegaron hasta la mitad del filme y el refresco fue ignorado casi al final
cuando el gas le dejó un sinsabor. En la escena donde el protagonista ayuda a
restaurar la creencia de un niño, Maya no pudo evitar soltar unas lágrimas. Yan
le extendió un pañuelo sin voltear a verla y ella lo agradeció. Cuando el final
estaba cerca, ella estaba al borde del asiento contemplando maravillada el
desenlace. Se relajó un poco cuando empezaron los créditos.
—Estuvo
muy bonita —susurró—. Te lo agradezco mucho, amigo.
—Espera,
hay escenas en los créditos.
Maya
no pudo evitar reír ante los gags finales y después conmoverse de nuevo por la
canción con letra que sonaba. Las luces empezaron a encenderse y Yan le ofreció
un brazo para ayudar a levantarse. Se encaminaron fuera de la sala sin decirse
mucho y ella se disculpó para ir al baño. En los lavabos se topó con una figura
reconocida envuelta en una hoodie.
—Buenas
noches —saludó la chica, sin mostrar del todo su rostro.
Maya
se dio cuenta de quién se trataba y la saludó con torpeza. Al salir, se dirigió
con su amigo para hablar sobre la función.
—¡No
puedo creer que me haya perdido El Origen de los Guardianes! —habló
emocionada—. Excepto por el diseño de los niños, ¡todo es hermoso!
—Como
para sacarte una lágrima.
—No
te estás burlando de mí, ¿o sí? —Lo miró de reojo.
—Nah,
Maya. Puedes llorar, reír, suspirar, para eso son las películas. Que no te
cisquen unos idiotas por lo que piensan.
Ella
recordó la escena en concreto que la descompuso un poco y le surgió una duda.
—¿A
ti qué escena te conmueve? Porque sí hay una, ¿no?
El
empezó a andar mientras cavilaba. Se llevó una mano a la barbilla antes de
contestar.
—La
parte donde Jack va a jugar con su hermana y después tiene que salvarla. Yo
diría que es mi parte favorita y la que más me mueve algo.
La
chica abrió mucho los ojos, no esperaba esa respuesta. Pensaba que iba a
responder la escena final, donde escuchó la mayoría de los sollozos.
—Esa
es la parte donde él…
—Se
convierte en Guardián, sí. Me encanta.
—Pero
él…
—Era
algo que tenía que hacerse y era el único que podía hacerlo. Fue el costo más
alto para Jack, pero la pinche recompensa… creo que lo valía.
A
pesar de las diferencias físicas, Maya pudo ver por un instante a Jack
reflejado en su cita. Quiso preguntar algo, pero las palabras no salieron. Se
quedaron en su mente, al borde de su habla. «¿Tú hubieras hecho lo mismo?»
Salieron al frío de octubre y ella se caló
su gorro para cubrirse las orejas. Yan le ofreció unos guantes, pero ella se
negó. Anduvieron en la calle sin decirse palabras. La gente entraba y salía de
la plaza que estaba a pocos metros del cine y donde habían tenido su cita en la
cafetería. A Maya le afectaba el frío más de lo que quería admitir, estaba por
aceptar la oferta de su cita cuando algo llamó su atención. Alzó la mirada
cuando escuchó la voz suave de Mila que conversaba con alguien.
—¡La
más bonita de Navidad! Todavía no estamos en fechas, pero me encanta, me
encanta.
—Yo
creo que solo otra animada va a superarla —comentó Gis al lado de ella.
Iban
con paso lento por enfrente de Yan y Maya. Ambas lucían atuendos similares, de
abrigos ligeros, solo que el de Mila era de un rojo intenso que combinaba con
la cabellera de su amiga. Voltearon justo a tiempo para cruzar miradas.
—¡Holis,
holis, amiguis! —Saludó Mila—. ¿De dónde vienen los actores de citas?
—Del
cine. Creo que vimos la misma película —contestó Maya.
—¿En
serio? —Se abalanzó sobre ella mientras la sujetaba con delicadeza de los
brazos—. ¿No te parece hermosa? El Hada, Santa, el Conejo, ¡todos!
La
emoción con la que Mila repasó detalles del filme le conmovió más a Maya que la
obra en sí. Hacía mímicas, voces y efectos de sonido. Tal vez la conversación
se hubiera extendido una hora, hasta que Bestia se aclaró la garganta.
—Su
campeona ha llegado por usted, Princesita —anunció Yan al señalar a su
izquierda.
Los
saludos y despedidas fueron efímeras. Antes de que se dieran el último adiós finale
ultimo, Yan fue sorprendido por un comentario.
—Creí
que nuestra primera cita de ensayo sería en el cine, pero me gustó que fuera
hasta este momento.
—Una
primera cita en el cine no es tan buena idea, porque durante la peli no puedes
hablar mucho. Además, en gustos se rompen géneros.
—Y
elegir una película sería mucho relajo —meditó ella—. Pues sí. O tardarías
mucho tiempo en la fila de los boletos o de dulcería… tienes razón, no es tan
buena idea.
Bestia
asintió satisfecho.
—Adiós,
chicas. ¡Buenas noches!
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