«Me imaginé que iba a estar más
encabronado», fue lo que pensó Yan después de salir del despacho del coordinador de
Deportes y se dirigía a la oficina del director. El profesor Liam se estuvo
carcajeando de que Maya enfrentara al “cochino” profesor de Historia. “Se
merece que lo expusieran como el mirón que es. Me da mucho gusto”, le había
dicho. Incluso la secretaria ahí presente se estaba riendo.
La tensión había bajado un poco. Sin
embargo, Yan sospechaba que el asesor de Maya, el profesor Eric, no estaría tan
contento. “Yo me encargo de él en cuanto vuelva de su compromiso”, fue lo que
el coordinador dijo y le dio anuncio de que el director lo requería. Liam,
Gisela y la secretaria se quedaron platicando de otros asuntos cuando el joven
cerró la puerta del despacho.
Cuando entró a
la ostentosa dirección, Yan dejó de sentir frío, pero no todo el nerviosismo
abandonó su cuerpo. Se calentó las manos con el aliento mientras andaba por el
pasillo y al pasar junto a la recepcionista general, esta lo ignoró. Ella
cantaba a todo pulmón una canción de Ana Gabriel mientras acomodaba unos
documentos. La pasión con la que entonaba Simplemente amigos relajó un
poco al muchacho.
La caoba de la sala de espera del
director reinaba todo el interior. Un nuevo cuadro de él mismo se alzaba a la
izquierda con una sonrisa que mostraba demasiados dientes. Su amiga, quien
fungía como asistente en dirección, estaba sentada en el escritorio debajo de
la foto, lo miró con complicidad y le indicó con una seña que guardara
silencio. Yan se colocó unos audífonos retro de diadema con esponja color
naranja, al tiempo que simulaba estar escuchando música en el walkman
sin pila del profe Liam. Se acomodó en una silla afelpada mientras escuchaba la
discusión al otro lado de la pesada puerta de madera.
—…no viste la ceremonia de premiación ni el discurso del
secretario de Educación —comentaba con un deje de regaño la subdirectora—. ¿Al
menos viste las fotos?
—Pues
no, Karla, tenía y tengo cosas que hacer. Y ya habían anunciado al ganador. Era
el muchacho Bestia como había quedado.
—¿Lo
forzaste a que ganara? —esta vez el enojo se sentía a través de la puerta.
—Yo
no le dije que tenía que ganar, le dije que estaría bien si pudiera ganar. Era
buena imagen para la escuela y podemos pedir más presupuesto el año que viene.
—Tanta presión es mala para los jóvenes. ¿Cuántos
lesionados crees que tuvimos?
—¿Cuatro…?
No tengo ni idea ¡Teníamos paramédicos y la Brigada Escolar! Nada pasó,
Karlita. Y si pasaba algo malo, el profe Eric lo podría solucionar.
—Pues
de todos los abogados que juntaste aquí, es el único que parece hacer bien su
trabajo.
—¿Cómo
que de todos…?
—Me retiro, Osvaldo, yo también tengo cosas que hacer —dijo con burla al director.
La puerta se abrió y la subdirectora salió con aire resuelto. Se acomodó el fleco hacia la derecha y miró a Yan por encima de sus gafas. Él se quitó los audífonos antes de saludarla.
—Buen día, sub.
—A mí no me engañas, Yan —musitó antes de señalar su walkman que no funcionaba—. Sé por qué hiciste lo del torneo, pero estás pisando hielo quebradizo.
Yan palideció un momento. «Supongo que alguien tenía que darse cuenta además de Liam y mis amigas», razonó.
—Maestra, de verdad que no sé de qué hable. —Su expresión era una cara de póker.
—No porque siempre vivas con riesgos… —Se aclaró la garganta para recomponerse—. Solo digo que seas más cuidadoso.
—Yo vivo con mucho cuidado siempre.
Se sostuvieron la mirada un momento hasta que la subdirectora se despidió con educación. Yan dejó caer los hombros para relajarse. Su respiración tuvo que regularla hasta que el mundo le pareció nítido de nuevo.
—El director te espera, Yan —le habló su amiga Zaza—. Puedes entrar.
Él le sonrió y pasó al despacho del mandamás.
El montón de alabanzas y felicitaciones
que recibió Yan fueron protocolarias. Era la cuarta vez que así sucedía después
del Abierto de Artes Marciales, aunque no siempre lo ganara. La laptop al
frente del director desplegaba fotos que el joven no alcanzaba a ver, pero supo
de cuáles se trataba, pues tenía conectada la memoria que él mismo le dio a
Pedro, el fotógrafo asignado para esos eventos. El dispositivo de color rojo en
forma de robot contrastaba con el equipo blanco al que estaba enchufado.
Nada
en la oficina había cambiado desde la última vez que estuvo ahí, salvo por un
aromatizante que al muchacho le pareció empalagoso como la personalidad del
dueño del lugar. El director no mencionó en momento alguno el discurso del
secretario de Educación ni la nota en el periódico local con la foto de Maya en
ella.
—Bueno,
García, dime, ¡pero piénsale bien! ¿Qué quieres? Lo que prometiste lo
cumpliste, incluidas las fotos. ¡Tú pide! —Chasqueó los dedos.
Yan
esperaba esa pregunta al reacomodarse en la silla. Respiró hondo para dejar de
sentir un poco la tensión.
—Había
unas becas de excelencia y de “Promesas del Mañana” que antes daban aquí en el
Estado. Quiero una de esas, dire. La de treinta mil es la que me interesa.
—Eso
es poco para una beca, ¿no? ¿O es mucho? La verdad es que yo no sé nada de esas
cosas.
«¡No
me jodas con este cabrón que no sabe un carajo!», razonó Yan. Se relajó más en
la comodidad de su asiento antes de contestar.
—Pues
es lo suficiente, creo. Quiero estudiar en una universidad en la capital y son
como dos horas de viaje. Me voy a comprar una carcacha para ir y venir los
fines de semana.
—Ah,
cierto, muchacho. Una universidad de aquí… ¡Pues me parece bien! Ahí tengo unos
formatos con su guía de llenado y todo. Permíteme… —Se giró para buscar en unas
carpetas a su derecha. Habló después de unos instantes—. Mira, este ya tiene la
firma de la subdirectora y sin fecha. Es casi como un cheque en blanco.
¡Tómalo!
Yan
aceptó con una visible serenidad el documento, pero su pecho casi dio un
vuelco. «No puedo creer lo fácil que fue. Ahora ella tiene una piedra menos en
el camino», meditó.
—Se
lo agradezco, dire. Aprovechando que los tiene ahí, ¿me rola otro? Solo por si
en este la cago. Es que soy muy torpe para la burrocracia.
—Claro,
muchacho, ¡faltaba más! —Sonrió de forma exagerada.
Cuando
Yan salió del despacho del mandamás, pasó junto a Zaza y le sonrió con
complicidad. Quería salir corriendo del lugar y dar saltos, pero sería muy mala
idea. Pasó junto a la secretaria que, al verlo, se quedó callada a medio coro
de Quién como tú de Ana Gabriel.
—No
se fije de mí —le aconsejó Yan—, ¡cántele!
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