Yan tenía su mente enfocada en la nada, aunque no era ese el punto de reunirse. En la última hora del lunes veinte de octubre, la mayoría de...

El precio de la justicia

Yan tenía su mente enfocada en la nada, aunque no era ese el punto de reunirse. En la última hora del lunes veinte de octubre, la mayoría de los profesores dieron su clase para que los alumnos pudieran prepararse. El grupo improvisado de Kira, Mila, Gisela, Vika, Lucas y él habían tomado las bancas junto a la pista de atletismo para estudiar.

     —¡Qué mamada es esto! —vociferó Vika mientras azotaba su libreta contra el pasto—. Para empezar, nadie en prepa lleva deportes como materia y nosotros sí. ¿A quién se le ocurrió? Y todavía tenemos un examen teórico de esto.

    Kira suspiró sonoramente e hizo que Vika se callara en el acto.

    —Fue el “flamante” plan de estudios que pidió el exgobernador —explicó con serenidad—. Llevamos deportes, especialidades, lectura obligada y artes como ninguna otra escuela. Debo suponer que es mera vanidad.

       —O sea, nos quiere guapos, listos pa’ chambear, letrados y artísticos para enaltecer su imagen —añadió Gisela que tenía su vista clavada en la libreta.

       —¿Por eso la biblioteca tiene tres pinches pisos? —preguntó Vika.

     —También los talleres —observó Yan—. Todo en esta escuela es largo o grande. A lo mejor es para compensar algo.

      —Yan, por favor —volteó a verlo Kira.

       —Ay, no creo que sea el único que lo haya pensado del exgobernador.

      —Si le importara de verdad —comentó Vika—, tendríamos mejores maestros, algunos son unos reverendos…

    —Lo sé —afirmó Kira—, pero la mayoría son muy buenos y expertos en su materia. Por favor, concéntrense.

    Siguieron estudiando unos minutos más hasta que escucharon el trotar de dos personas en la pista. Fue Mila quien se dio cuenta de quiénes eran.

    —¿Mayita y Sam están practicando?

    Bestia alzó la vista extrañado, pues sabía que el profesor de Historia no había cancelado su clase. Según le informaron, nadie de humanidades. La Amada les hizo una seña para que se acercaran.

    —¿No deberías estar en clase, bonita? —preguntó Gis con una sonrisa, pero su voz tenía un deje de preocupación.

    —Debería —habló entre inspiraciones—, pero el profesor dijo que me podía retirar de su materia para siempre. Ahora tengo dos clases libres.

    La calma con lo que lo dijo le causó un vacío en el estómago a Yan. Maya parecía de lo más tranquila y hasta sonreía. Sam, detrás de ella, tenía la misma cara de angustia que él debía tener.

    —¿Te expulsó? ¿Por qué?

    —Los comentarios sobre la ropa de las chicas debería guardárselos. ¿Qué le importa que Zaza lleve una falda larga? Le pagan por dar clases, no por vernos las piernas.

    —A mí el cabrón nunca me ha visto mis monumentales piernas —bromeó Lucas—. ¡Me siento indignado!

    —Lo enfrenté como lo harías tú, Yan, y cuando le dije que si podía grabar su postura, me sacó de la clase y me amenazó de reportarme. Pero no me han citado para eso, tampoco a mi papá. —Se encogió de hombros.

    —¿Quieren juntarse a estudiar? —ofreció Gis para calmar la situación.

    —Les puedo prestar mis notas si quieren. Y Sam va a estudiar conmigo en la tarde. O sea, si no tengo que ayudarte, Yan.

    Él tardó en reaccionar. Ahora su amiga acumulaba dos expulsiones de clases. Le pesaron las palabras de aquel profesor, sobre que juntarse con ella le afectaría. Tragó saliva intentando pasarse también la culpa mientras apretaba los puños.

    —No, amiga. Ya se acerca el final del año, el hijo de la panadera ya volvió y nos echa la mano. No hace falta que vengas hoy.

    —Ah, bien. Si me necesitas, solo avísame. Nos vemos, chicos. ¡Hay que practicar para la carrera de la ciudad!

    Antes de que levantara más polvo de la pista, Kira la sujetó de la manga.

    —Maya, ¿quieres tomar el examen que dijimos este miércoles? En tu hora libre. Puede venir un catedrático de la universidad a revisarte y te lo aplicaría alguien de otra Academia.

    —Me parece bien. Me dices en qué lugar lo aplico.

    Se despidió con una cabezada y empezó a correr dejando el alma y a Sam atrás.

    Yan volteó a ver a su mejor amiga. Ella revisó su teléfono a toda prisa para responder a la pregunta implícita.

    —Con este sería su octavo reporte —susurró.

    —Pues yo me alegro de que alguien le bajara de huevos al degenerado ese —comentó Lucas sin despegar la vista de sus notas.

    Kira tenía la mano sobre la barbilla. Sacudió la cabeza para comentar.

    —¿Ocho…? Eso no puede ser… —musitó—. Me retiro, debo revisar algo.

    Yan tuvo que tomar asiento, pues la impresión de esa noticia le había caído de golpe. Se llevó una mano al pecho y habló indignado.

    —¿Pueden creer a ese pendejo? —Volteó a ver a sus amigos—. Solo le dijo…

    Sonó una notificación y hasta entonces notó que su teléfono tenía una ola de mensajes; casi todos eran de la Movida. Mientras leía, iba palideciendo cada vez más: “El idiota del profe sí me veía las piernas”. “Le dijo a Maya que se saliera”. “La intentó detener después, pero ella lo ignoró”. “Sam salió detrás de ella”. “Ya se fue el profe a la mierda”. “Oye, se juntó con las otras víboras de humanidades”. “Se fueron todos a la Academia”. “Voy a mi puesto, al rato les informo más”.

    Intentó respirar hondo para calmarse y llegó un último mensaje, del profesor Liam. “A mi oficina en este momento”.

    Bella alcanzó a leer el texto. Lo miró con preocupación y se ofreció a acompañarlo. Cuando se retiraron, fue Vika quien habló.

    —No mames… ¿Creen que se vaya a armar la gorda con esos dos?

    —¡Ay, no, no! Me preocupa más que la Reina se fue sin explicar nada —habló Mila con un hilo de voz.


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