El molote de Yan le hacía ver menos imponente. Bañado y con su peinado de siempre, a Maya le parecía su familiar Caballero Negro. Estaban ...

Capítulo 21

 El molote de Yan le hacía ver menos imponente. Bañado y con su peinado de siempre, a Maya le parecía su familiar Caballero Negro. Estaban por recibir el sol y fresco del mediodía de otoño cuando se toparon con Sam y Robi. Ellos explicaron que la arena estaba tan llena que se quedaron en los pasillos.

            Se encaminaban por mutuo acuerdo a las afueras de la Ciudad Deportiva cuando David, ya recuperado, aminoró el paso para hablar.

          —Yo… tengo unos pendientillos, así que… los veo luego —desvió su vista a todos lados, para evitar mirar al grupo.

            —Me parece bien —contestó Zaza con hosquedad.

            El muchacho asintió y se retiró con el andar de un perro pateado. Maya buscó con la mirada a Gisela, pero ella se le adelantó.

            —Tema complicado —dijo apenas en un susurro.

            Yan había explicado que los llevaría a una fuente de sodas, como las que llegaron a ver sus papás o abuelos y cuando les iba a dar indicaciones, Robi los interrumpió.

            —Ah, pero yo no soy del equipo, no creo que…

            —Tú nunca tienes tiempo para nada —le respondió Gis al sujetarlo del brazo—. ¡Vamos! No se te quita nada. Yo te invito.

            El rojo en la cara del muchacho fue tan evidente que algunos tuvieron que disimular sus risas. Excepto por Lucas, quien se carcajeó sin pena alguna.

 

Apenas llegaron al lugar, Yan les dijo que pidieran lo que quisieran, al cabo ya estaba pagado su consumo.

            —Liam y el sensei no tuvieron de otra —murmuró para sí.

            Había varias mesas con bancas acolchadas por todo el lugar de color rojo. Una barra al frente era atendida por un señor de poblado bigote y un rostro afable. En los bancos altos había un solo cliente. Zaza se adelantó para admirar el mosaico blanco y negro que conformaba el piso.

            —Me agrada, tiene estilo. Casi como yo —dijo mientras admiraba el lugar.

            Sam no perdió tiempo y corrió a la izquierda del local donde había varias arcadias.

            —¡Tienen maquinitas clásicas! —habló mientras le hacía señas a Mila.

            Lucas, por su parte, se encaminó al lado opuesto donde había unas rocolas de vinilo, de CD y digitales de MP3. Uno de los dispositivos tocaba Johnny B. Goode. La mirada del muchacho se paseó por todos los detalles de las consolas. Se reincorporó para preguntarle al señor de la barra.

            —Es gratis con su consumo —respondió el señor a la cuestión sin formular.

            Maya se sentía en una película retro. Los tonos blancos y beige de las paredes le parecieron reconfortantes. Había visto lugares así en los filmes que veía con su padre. Respiró el aroma de la comida asada en la barra y de los batidos que preparaban por un costado.

            —Eres un anciano, Yan —se mofó—. Siempre tienes estos…

            —¿Gustos de abuelo? Seh. —La guio con delicadeza con la palma hasta una mesa, cerca de las arcadias—. Aquí vengo desde niño. De hecho, aquí me dio mi primer frío cerebral por tomarme muy rápido una malteada.

            Gisela se encargó de colocar a todos apartados de aquella pareja. Lucas, Vika, Kira y dos muchachos del karate estaban sentados junto a las rocolas; Mila, Zaza y las otras chicas de karate habían elegido sentarse a la barra, junto a Sam, mientras la veían jugar; un poco más al centro, Bella había logrado que Roberto se situara a su lado mientras trataba de sacarle plática.

            Maya lo notó y le sonrió a Yan.

            —Esta es una lección, ¿verdad, maestro? —inclinó la cabeza riéndose.

            —Así es, mi pequeña saltamontes. —Esbozó una sonrisa.

 

Las entradas como papas fritas, nachos y aros de cebolla ya estaban siendo degustadas por los jóvenes y Maya aprovechó para hacerle preguntas sobre el torneo a su amigo. El trataba de responder mientras batallaba con su cabello. Después de varios intentos de acomodar su peinado, Gisela se desesperó y fue hasta su mesa.

            —¡Déjate las greñas, caray! —exclamó al tiempo que sacaba una peineta de su bolsita de mano y le arreglaba el molote a Yan—. Pareces nuevo.

            —Perdón, soy idiota.

            La pena asomaba al semblante del muchacho cuando ella acabó y se regresó a su lugar. A Maya le dio una ternura desmedida ver esa escena. Había una pregunta que quería salir desde hacía un tiempo.

            —¿Siempre han estado juntos?

            —Desde que tengo memoria. O sea, literalmente. El recuerdo más antiguo que tengo es de mi mamá llevándome a su casa mientras decía “ve a jugar con tu amiguita”, y ahí estaba Gis. Cada que mamá iba a la estética o me llevaba al mandado, me dejaba en su casa…

            La chica notó que él hablaba de eso con la misma añoranza con la que hablarías de una hermana. «Prácticamente es su familia», pensó.

            —¡Qué tierno! Tuviste una infancia feliz, ¿no?

            —Pues, maso… Con ella, mi madre y mis primas sí fue muy chida. Mis abuelos me consentían un montón también. Pero siempre hay piedras en el camino. Ya sabes, mi papá era un pendejo.

            —Ah, perdón. Yo no…

            —Nah, está bien, Maya. No se puede esperar mucho de alguien que no quiso ser papá. O que ni hombre era. —Le quitó importancia con una mano.

            Maya se sintió un poco mal al tocar el tema cuando disfrutaban de la comida, la música y el ambiente. La culpa la embargó brevemente.

            —Bueno, hablábamos del torneo. ¡Fue mucha gente! Siempre se llena así, ¿no?

            —Todos los años hay un chingo de gente, pero este año fueron más. Supongo que se corrió la voz que Pepe y Vic se retiraban. O todos los políticos y sus lamebotas que llegaron abarrotaron de más. Sepa la madre, pero sí. Hubo otras personas que no quería ver.

            —Yan, ¿hablas de tu ex? —preguntó con tiento.

            —Pues, a decir verdad, hubiera preferido que viniera tu ex y no la mía.

            —¡Oye! —Casi escupe su malteada.

            Su mirada se endureció por un instante y el calor del enojo le coloreó las mejillas.

            —¡No! O sea, hubiera preferido que Luna se presentara, era bien chingona para pelear. El año que estuvo, ella ganó el femenil. Luna era calmada como una hoja al viento, pero pegaba como una rama que cae. Algo así dijo el sensei esa vez. A ella se le notaba que llevaba el karate en la vida como yo. —Hizo una seña de juntar las palmas.

            Maya se acordó de que Luna sí decía eso de llevar el karate en todo. “Desde que te levantas de la cama hasta los otros deportes que practicas”, solía decirle. Fue cuando se acordó del partido de beisbol donde Yan conectó tres outs sin problemas.

            —Oye, hasta en beisbol usaste karate, ¿verdad?

            —¿Lo notaste? Sí, hasta para lanzar lo aplico.

            —Ah, bueno… —Todo el partido le cobró sentido en ese momento—. ¿Y te divertiste en el torneo?

            —Pese a todo, sí. Hasta parecía de esas pelis deportivas con un buen de drama. Lucas perdió, Vika se alzó como la promesa en los combates de equipos, quedamos en segundo lugar en femenil, aunque nuestra amiga tuviera una mano vendada. ¡Eso es ponerle ovarios! —‍Rio—‍. Lo de Axel estaba como para historia de superación. Fue el más sacrificado de todo el torneo. Gracias a él pude pelear con Vic…

            —¿Por qué sacrificado?

            Él enmudeció de la nada. Tenía la cara de quienes han hablado de más. Tardó un momento en elegir sus palabras.

            —Cuando Zaza fue a chismear, supo que él entrenó a toda su escuela el día anterior. Valió el esfuerzo, pero quedó todo madreado para el mero día. Pobre chavo.

            Ella hizo memoria de los resultados. En equipos, los de kung-fu habían llegado al segundo lugar en equipos, en femenil se había alzado una de ellas con la victoria. Además, aunque pudo eliminar a Daniel y sacar a los de casaca roja de la contienda.

            —Él quería combatir contigo, ¿no?

            —Seh, todo eso me dijo la Movida.

            —Pues qué bien se informa, la verdad.

            —¡De nada! —gritó la aludida desde su lado de la barra.

            «No puede ser que esté en todo», pensó Maya.

Cuando una mesera les llevó sus hamburguesas, la conversación se detuvo. Yan comía con prisas, mientras que su amiga degustaba con lentitud cada bocado. La chica notó que él tenía mejor aspecto que cuando acabó el torneo. «Hasta recuperó el color. Tal vez solo le faltaba comer», pensó.

            Maya paseó la vista por el lugar y vio que Vika hablaba de música con Kira con la misma pasión con la que hablaba de deportes. La Reina mantenía su semblante siempre serio. En la barra, Rob seguía un poco nervioso de estar sentado junto a Bella. Más allá, Mila era instruida por Sam sobre cómo jugar a la arcadia de disparos. Las otras chicas estaban enfrascadas en su propia conversación sobre el torneo. En ese momento, Maya se dio cuenta de la ausencia de su amiga silente como una sombra. Aprovechó para hablar en voz baja.

            —Oye, ¿David y Zaza están peleados o algo?

            Bestia tardó un momento en contestar, pues estaba a medio bocado de su segunda hamburguesa.

            —Es que David es un pendejo.

            —Actuaré sorprendida —habló Maya.

            —Antes eran amigos, pero pasó algo entre ellos. No sé exactamente qué y tampoco he preguntado. Me dan flojera los vatos que no saben tratar con mujeres. David, sobre todo, me da más hueva de la habitual, Princesita.

            La chica ya se había acostumbrado a que le dijera así y también a que la nombrara amiga. Sin embargo, recordaba que, al principio, el apodo le llegó a incomodar. Al apartar su plato, preguntó con más franqueza de la que quiso.

            —Yan, ya no me molesta que me digas así, ¿pero por qué “Princesita”?

            Él le dio un largo sorbo a su bebida antes de inclinarse y contestar.

            —Porque todo mundo en la escuela te trata como una.

            —¡Ah! ¿Cómo que me tratan de princesita?

            —O sea, ¡perdón! Soy idiota para hablar. Todo mundo te da trato preferencial porque te lo has ganado. ¿Y cómo no? Haces más que ninguna otra alumna, salvo por Kira. O sea, ese trato es solo para ti. Al inicio sí te lo dije como burla, pero… Pues ya no.

            —Yo no siento que tenga trato preferencial. —Se cruzó de brazos.

            Yan empezó a enumerar con los dedos.

            —Te permiten faltar a clases, te dejan llegar tarde, has contestado exámenes a destiempo y tienes acceso a mucha información que la mayoría no tendría. Excepto por las chismosas de Gisela y Zaza —agregó en voz baja.

            Maya recordó que el profesor Eric no la regañó cuando se quedó dormida el día que tuvo migraña, ni tampoco cuando la expulsaron de la clase de Ética. Pudo recordar otro tanto de situaciones similares.

            —Bueno, sí. Pero…

            —Todo eso te lo has granjeado —interrumpió con calma—. Nadie más tiene promedio perfecto, ni ayuda en servicio social, ni ayuda a los profesores con sus pendientes ni forma parte en la Mesa del Alumnado. Solo tú, Maya. Y, aunque te den ese trato especial, es porque eres una alumna especial.

            Maya sintió el rubor ascender a su cara y desvió la mirada.

            —Tampoco exageres, amigo…

El señor de la barra, que se presentó como el dueño del local, fue con cada grupo de chicos para preguntarles qué les había parecido la comida. Cuando llegó a la mesa del simulacro de cita, Maya notó la amabilidad que derrochaba aquel hombre. Ofreció a la feliz pareja una malteada especial de la casa y se retiró a la cocina.

            La chica saboreaba su segunda bebida cuando Yan se disculpó para ir al baño. Cavilaba sobre lo que le había dicho su amigo de su papá. «…ni hombre era», recordó la expresión que usó. Se estiró para tomar una servilleta y una persona se sentó en el lugar de Yan. Era un muchacho que le pareció más grande que ella. Tenía una barba de un día y una expresión confiada que le desagradó. La saludó como si nada e intentó tomarle la mano, pero la retiró por acto reflejo. Un recuerdo amargo le cruzó por su mente, tenía la misma actitud que uno de sus exes. Lo que el desconocido le decía le pareció lejano. La incomodidad y la repulsión habían tomado de rehén a su mente. Quiso levantarse o hablar o encarar a aquel sujeto de cabello corto y facha de maloso, pero su cuerpo no reaccionaba por el desagrado.

Con la mirada entornada, quiso levantarse de su lugar cuando vio que una mano se posó sobre el hombro de aquel joven. Yan había vuelto del baño y su cara reflejaba la dureza de los que son jueces y verdugos al mismo tiempo.

—Oye, vato, estás sentado en mi lugar —dijo con una voz gélida.

La expresión del tipo enmudeció al recorrer la altura de Yan, a su costado.

Ella quedó atónita, Yan apretaba el puño y se inclinó ligeramente sobre el muchacho. El dueño del lugar habló desde la barra.

—¡Tú! El recién llegado. ¿Vas a pedir algo? —dijo sin la más mínima señal de simpatía—. No me estés espantando a los clientes.

Con los brazos cruzados y sosteniendo un largo cuchillo de cocina daba la imagen de un guardia bien armado.

—No, tranquilo —alcanzó a decir el muchacho mientras tragaba saliva—. Solo quería saludar a la chica. Me pareció conocida.

Se ajustó su chamarra al cuello y salió del restaurante. Cuando se cerró la puerta, Maya recobró el sentido de la realidad y vio que Vika y Lucas se habían levantado de su lugar. Zaza ya se encontraba junto a la puerta con el teléfono en la mano. De reojo vio que Gisela le hacía un asentimiento de cabeza a Yan, como un capitán que da una orden.

—¿Te encuentras bien, Maya? —preguntó Bestia.

—Sí, perdón. Solo fue un mal rato. —Tragó saliva y vio la expresión de su amigo mientras ladeaba la cabeza—. No lo ibas a golpear, ¿verdad?

—No creo. Ya te lo dije, me dan hueva los vatos que no saben hablar con mujeres. Y ese que se fue estaba más perdido que nada. Tampoco creo que me aguantara ni un zape.

 

Ya habían salido de la fuente de sodas y empezaron a despedirse afuera del local. Mila sugirió si iban a alguna de las plazas o al Parque de los Héroes hasta que Kira les recordó que la semana de los Juegos Interescolares había llegado a su fin. Todos la tacharon de aguafiestas y la culparon por recordarle el inevitable reto que los aguardaba.

            La expresión de sus compañeros se volvió desanimada y Maya tuvo que preguntar qué pasaba.

            —Tenemos que acabar las evaluaciones antes de la semana de Día de Muertos —‍anunció Kira.

            —Para ti no es necesario, Princesita —agregó Yan—, pero los plebeyos tenemos que estudiar.


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