El molote de Yan le hacía ver menos imponente. Bañado y con su peinado de siempre, a Maya le parecía su familiar Caballero Negro. Estaban por recibir el sol y fresco del mediodía de otoño cuando se toparon con Sam y Robi. Ellos explicaron que la arena estaba tan llena que se quedaron en los pasillos.
Se
encaminaban por mutuo acuerdo a las afueras de la Ciudad Deportiva cuando
David, ya recuperado, aminoró el paso para hablar.
—Yo…
tengo unos pendientillos, así que… los veo luego —desvió su vista a todos
lados, para evitar mirar al grupo.
—Me
parece bien —contestó Zaza con hosquedad.
El
muchacho asintió y se retiró con el andar de un perro pateado. Maya buscó con
la mirada a Gisela, pero ella se le adelantó.
—Tema
complicado —dijo apenas en un susurro.
Yan
había explicado que los llevaría a una fuente de sodas, como las que llegaron a
ver sus papás o abuelos y cuando les iba a dar indicaciones, Robi los
interrumpió.
—Ah,
pero yo no soy del equipo, no creo que…
—Tú
nunca tienes tiempo para nada —le respondió Gis al sujetarlo del brazo—.
¡Vamos! No se te quita nada. Yo te invito.
El
rojo en la cara del muchacho fue tan evidente que algunos tuvieron que
disimular sus risas. Excepto por Lucas, quien se carcajeó sin pena alguna.
Apenas llegaron al lugar, Yan les dijo que
pidieran lo que quisieran, al cabo ya estaba pagado su consumo.
—Liam
y el sensei no tuvieron de otra —murmuró para sí.
Había
varias mesas con bancas acolchadas por todo el lugar de color rojo. Una barra
al frente era atendida por un señor de poblado bigote y un rostro afable. En
los bancos altos había un solo cliente. Zaza se adelantó para admirar el
mosaico blanco y negro que conformaba el piso.
—Me
agrada, tiene estilo. Casi como yo —dijo mientras admiraba el lugar.
Sam
no perdió tiempo y corrió a la izquierda del local donde había varias arcadias.
—¡Tienen
maquinitas clásicas! —habló mientras le hacía señas a Mila.
Lucas,
por su parte, se encaminó al lado opuesto donde había unas rocolas de vinilo,
de CD y digitales de MP3. Uno de los dispositivos tocaba Johnny B. Goode.
La mirada del muchacho se paseó por todos los detalles de las consolas. Se
reincorporó para preguntarle al señor de la barra.
—Es
gratis con su consumo —respondió el señor a la cuestión sin formular.
Maya
se sentía en una película retro. Los tonos blancos y beige de las paredes le
parecieron reconfortantes. Había visto lugares así en los filmes que veía con
su padre. Respiró el aroma de la comida asada en la barra y de los batidos que
preparaban por un costado.
—Eres
un anciano, Yan —se mofó—. Siempre tienes estos…
—¿Gustos
de abuelo? Seh. —La guio con delicadeza con la palma hasta una mesa, cerca de
las arcadias—. Aquí vengo desde niño. De hecho, aquí me dio mi primer frío
cerebral por tomarme muy rápido una malteada.
Gisela
se encargó de colocar a todos apartados de aquella pareja. Lucas, Vika, Kira y
dos muchachos del karate estaban sentados junto a las rocolas; Mila, Zaza y las
otras chicas de karate habían elegido sentarse a la barra, junto a Sam,
mientras la veían jugar; un poco más al centro, Bella había logrado que Roberto
se situara a su lado mientras trataba de sacarle plática.
Maya
lo notó y le sonrió a Yan.
—Esta
es una lección, ¿verdad, maestro? —inclinó la cabeza riéndose.
—Así
es, mi pequeña saltamontes. —Esbozó una sonrisa.
Las entradas como papas fritas, nachos y
aros de cebolla ya estaban siendo degustadas por los jóvenes y Maya aprovechó
para hacerle preguntas sobre el torneo a su amigo. El trataba de responder
mientras batallaba con su cabello. Después de varios intentos de acomodar su
peinado, Gisela se desesperó y fue hasta su mesa.
—¡Déjate
las greñas, caray! —exclamó al tiempo que sacaba una peineta de su bolsita de
mano y le arreglaba el molote a Yan—. Pareces nuevo.
—Perdón,
soy idiota.
La
pena asomaba al semblante del muchacho cuando ella acabó y se regresó a su
lugar. A Maya le dio una ternura desmedida ver esa escena. Había una pregunta
que quería salir desde hacía un tiempo.
—¿Siempre
han estado juntos?
—Desde
que tengo memoria. O sea, literalmente. El recuerdo más antiguo que tengo es de
mi mamá llevándome a su casa mientras decía “ve a jugar con tu amiguita”, y ahí
estaba Gis. Cada que mamá iba a la estética o me llevaba al mandado, me dejaba
en su casa…
La
chica notó que él hablaba de eso con la misma añoranza con la que hablarías de
una hermana. «Prácticamente es su familia», pensó.
—¡Qué
tierno! Tuviste una infancia feliz, ¿no?
—Pues,
maso… Con ella, mi madre y mis primas sí fue muy chida. Mis abuelos me
consentían un montón también. Pero siempre hay piedras en el camino. Ya sabes,
mi papá era un pendejo.
—Ah,
perdón. Yo no…
—Nah,
está bien, Maya. No se puede esperar mucho de alguien que no quiso ser papá. O
que ni hombre era. —Le quitó importancia con una mano.
Maya
se sintió un poco mal al tocar el tema cuando disfrutaban de la comida, la
música y el ambiente. La culpa la embargó brevemente.
—Bueno,
hablábamos del torneo. ¡Fue mucha gente! Siempre se llena así, ¿no?
—Todos
los años hay un chingo de gente, pero este año fueron más. Supongo que se
corrió la voz que Pepe y Vic se retiraban. O todos los políticos y sus
lamebotas que llegaron abarrotaron de más. Sepa la madre, pero sí. Hubo otras
personas que no quería ver.
—Yan,
¿hablas de tu ex? —preguntó con tiento.
—Pues,
a decir verdad, hubiera preferido que viniera tu ex y no la mía.
—¡Oye!
—Casi escupe su malteada.
Su
mirada se endureció por un instante y el calor del enojo le coloreó las
mejillas.
—¡No!
O sea, hubiera preferido que Luna se presentara, era bien chingona para pelear.
El año que estuvo, ella ganó el femenil. Luna era calmada como una hoja al
viento, pero pegaba como una rama que cae. Algo así dijo el sensei esa vez. A
ella se le notaba que llevaba el karate en la vida como yo. —Hizo una seña de
juntar las palmas.
Maya
se acordó de que Luna sí decía eso de llevar el karate en todo. “Desde que te
levantas de la cama hasta los otros deportes que practicas”, solía decirle. Fue
cuando se acordó del partido de beisbol donde Yan conectó tres outs sin
problemas.
—Oye,
hasta en beisbol usaste karate, ¿verdad?
—¿Lo
notaste? Sí, hasta para lanzar lo aplico.
—Ah,
bueno… —Todo el partido le cobró sentido en ese momento—. ¿Y te divertiste en
el torneo?
—Pese
a todo, sí. Hasta parecía de esas pelis deportivas con un buen de drama. Lucas
perdió, Vika se alzó como la promesa en los combates de equipos, quedamos en
segundo lugar en femenil, aunque nuestra amiga tuviera una mano vendada. ¡Eso
es ponerle ovarios! —Rio—. Lo de Axel estaba como para historia de
superación. Fue el más sacrificado de todo el torneo. Gracias a él pude pelear
con Vic…
—¿Por
qué sacrificado?
Él
enmudeció de la nada. Tenía la cara de quienes han hablado de más. Tardó un
momento en elegir sus palabras.
—Cuando
Zaza fue a chismear, supo que él entrenó a toda su escuela el día anterior.
Valió el esfuerzo, pero quedó todo madreado para el mero día. Pobre chavo.
Ella
hizo memoria de los resultados. En equipos, los de kung-fu habían llegado al
segundo lugar en equipos, en femenil se había alzado una de ellas con la
victoria. Además, aunque pudo eliminar a Daniel y sacar a los de casaca roja de
la contienda.
—Él
quería combatir contigo, ¿no?
—Seh,
todo eso me dijo la Movida.
—Pues
qué bien se informa, la verdad.
—¡De
nada! —gritó la aludida desde su lado de la barra.
«No
puede ser que esté en todo», pensó Maya.
Cuando una mesera les llevó
sus hamburguesas, la conversación se detuvo. Yan comía con prisas, mientras que
su amiga degustaba con lentitud cada bocado. La chica notó que él tenía mejor
aspecto que cuando acabó el torneo. «Hasta recuperó el color. Tal vez solo le
faltaba comer», pensó.
Maya
paseó la vista por el lugar y vio que Vika hablaba de música con Kira con la
misma pasión con la que hablaba de deportes. La Reina mantenía su semblante
siempre serio. En la barra, Rob seguía un poco nervioso de estar sentado junto
a Bella. Más allá, Mila era instruida por Sam sobre cómo jugar a la arcadia de
disparos. Las otras chicas estaban enfrascadas en su propia conversación sobre
el torneo. En ese momento, Maya se dio cuenta de la ausencia de su amiga
silente como una sombra. Aprovechó para hablar en voz baja.
—Oye,
¿David y Zaza están peleados o algo?
Bestia
tardó un momento en contestar, pues estaba a medio bocado de su segunda
hamburguesa.
—Es
que David es un pendejo.
—Actuaré
sorprendida —habló Maya.
—Antes
eran amigos, pero pasó algo entre ellos. No sé exactamente qué y tampoco he
preguntado. Me dan flojera los vatos que no saben tratar con mujeres. David,
sobre todo, me da más hueva de la habitual, Princesita.
La
chica ya se había acostumbrado a que le dijera así y también a que la nombrara
amiga. Sin embargo, recordaba que, al principio, el apodo le llegó a incomodar.
Al apartar su plato, preguntó con más franqueza de la que quiso.
—Yan,
ya no me molesta que me digas así, ¿pero por qué “Princesita”?
Él
le dio un largo sorbo a su bebida antes de inclinarse y contestar.
—Porque
todo mundo en la escuela te trata como una.
—¡Ah!
¿Cómo que me tratan de princesita?
—O
sea, ¡perdón! Soy idiota para hablar. Todo mundo te da trato preferencial
porque te lo has ganado. ¿Y cómo no? Haces más que ninguna otra alumna, salvo
por Kira. O sea, ese trato es solo para ti. Al inicio sí te lo dije como burla,
pero… Pues ya no.
—Yo
no siento que tenga trato preferencial. —Se cruzó de brazos.
Yan
empezó a enumerar con los dedos.
—Te
permiten faltar a clases, te dejan llegar tarde, has contestado exámenes a
destiempo y tienes acceso a mucha información que la mayoría no tendría.
Excepto por las chismosas de Gisela y Zaza —agregó en voz baja.
Maya
recordó que el profesor Eric no la regañó cuando se quedó dormida el día que
tuvo migraña, ni tampoco cuando la expulsaron de la clase de Ética. Pudo
recordar otro tanto de situaciones similares.
—Bueno,
sí. Pero…
—Todo
eso te lo has granjeado —interrumpió con calma—. Nadie más tiene promedio
perfecto, ni ayuda en servicio social, ni ayuda a los profesores con sus
pendientes ni forma parte en la Mesa del Alumnado. Solo tú, Maya. Y, aunque te
den ese trato especial, es porque eres una alumna especial.
Maya
sintió el rubor ascender a su cara y desvió la mirada.
—Tampoco
exageres, amigo…
El señor de la barra, que se
presentó como el dueño del local, fue con cada grupo de chicos para
preguntarles qué les había parecido la comida. Cuando llegó a la mesa del
simulacro de cita, Maya notó la amabilidad que derrochaba aquel hombre. Ofreció
a la feliz pareja una malteada especial de la casa y se retiró a la cocina.
La
chica saboreaba su segunda bebida cuando Yan se disculpó para ir al baño.
Cavilaba sobre lo que le había dicho su amigo de su papá. «…ni hombre era»,
recordó la expresión que usó. Se estiró para tomar una servilleta y una persona
se sentó en el lugar de Yan. Era un muchacho que le pareció más grande que
ella. Tenía una barba de un día y una expresión confiada que le desagradó. La
saludó como si nada e intentó tomarle la mano, pero la retiró por acto reflejo.
Un recuerdo amargo le cruzó por su mente, tenía la misma actitud que uno de sus
exes. Lo que el desconocido le decía le pareció lejano. La incomodidad y la
repulsión habían tomado de rehén a su mente. Quiso levantarse o hablar o
encarar a aquel sujeto de cabello corto y facha de maloso, pero su cuerpo no
reaccionaba por el desagrado.
Con la mirada entornada,
quiso levantarse de su lugar cuando vio que una mano se posó sobre el hombro de
aquel joven. Yan había vuelto del baño y su cara reflejaba la dureza de los que
son jueces y verdugos al mismo tiempo.
—Oye, vato, estás sentado en
mi lugar —dijo con una voz gélida.
La expresión del tipo
enmudeció al recorrer la altura de Yan, a su costado.
Ella quedó atónita, Yan
apretaba el puño y se inclinó ligeramente sobre el muchacho. El dueño del lugar
habló desde la barra.
—¡Tú! El recién llegado.
¿Vas a pedir algo? —dijo sin la más mínima señal de simpatía—. No me estés
espantando a los clientes.
Con los brazos cruzados y
sosteniendo un largo cuchillo de cocina daba la imagen de un guardia bien
armado.
—No, tranquilo —alcanzó a
decir el muchacho mientras tragaba saliva—. Solo quería saludar a la chica. Me
pareció conocida.
Se ajustó su chamarra al
cuello y salió del restaurante. Cuando se cerró la puerta, Maya recobró el
sentido de la realidad y vio que Vika y Lucas se habían levantado de su lugar.
Zaza ya se encontraba junto a la puerta con el teléfono en la mano. De reojo
vio que Gisela le hacía un asentimiento de cabeza a Yan, como un capitán que da
una orden.
—¿Te encuentras bien, Maya?
—preguntó Bestia.
—Sí, perdón. Solo fue un mal
rato. —Tragó saliva y vio la expresión de su amigo mientras ladeaba la cabeza—.
No lo ibas a golpear, ¿verdad?
—No creo. Ya te lo dije, me
dan hueva los vatos que no saben hablar con mujeres. Y ese que se fue estaba
más perdido que nada. Tampoco creo que me aguantara ni un zape.
Ya habían salido de la fuente de sodas y
empezaron a despedirse afuera del local. Mila sugirió si iban a alguna de las
plazas o al Parque de los Héroes hasta que Kira les recordó que la semana de
los Juegos Interescolares había llegado a su fin. Todos la tacharon de
aguafiestas y la culparon por recordarle el inevitable reto que los aguardaba.
La
expresión de sus compañeros se volvió desanimada y Maya tuvo que preguntar qué
pasaba.
—Tenemos
que acabar las evaluaciones antes de la semana de Día de Muertos —anunció
Kira.
0 Comments: