Maya estaba alistándose para ir al Abierto de Artes Marciales del Estado cuando un mensaje llegó a su teléfono. Se acabó su tostada con prisas, pues tenía que ir a arreglarse para una foto que le pedía Gisela. «Ponte bonita para unas selfies después del torneo», rezaba el texto.
Llegó
con prisa al Gimnasio Central de la Ciudad Deportiva. El recinto servía como
lugar de entrenamiento y como arena competitiva. El fresco de la mañana hizo
que se ajustara la bufanda y se formó donde había una gran fila para acceder.
Se asombró de la cantidad de personas que se habían concentrado ahí. El
muchacho al frente de ella, con una trenza vikinga, tenía un aspecto imponente.
«Si todos los competidores son así, la escuela la tendrá difícil», pensó.
—Hola,
amigo. ¿Cobran la entrada para ver el torneo?
—Si
dices que me conoces, es gratis. —Se dio la vuelta—. Maya, esta es la fila para
los competidores.
—¡Yan!
Perdón, no te reconocí con ese peinado.
—Fue
idea de Gis. Llegó a mi casa muy temprano para peinarme. Dijo que así apantallo
más.
—Pues
la verdad es que sí —comentó en voz baja—. Ah, ya vi a Gis, nos vemos en un
momento.
Apenas entró al recinto, el frío abandonó
su cuerpo. Se retiró la bufanda y empezó a buscar un lugar para sentarse. Al
norte del lugar, había unas gradas de concreto, donde había varios lugares
reservados. Al este, oeste y sur, las gradillas eran de metal. Cuando se acercó
al centro, le llegó el aroma de equipo nuevo. En las dos canchas había
repartidos dos tatamis al poniente y seis al oriente. El asombro que le causó
ese nivel de preparación fue tal que olvidó buscar a Gisela.
—Te
quita el aliento, ¿verdad? —dijo Vika por detrás de ella—. Sígueme, nuestros
asientos están casi al frente.
—Hola.
Es la primera vez que vengo. —Ocupó un lugar y observó que su amiga se ajustaba
la casaca y empezaba a hacer ejercicios de respiración.
—Casi
me lo pierdo. Lo bueno que ese imbécil me convenció.
Maya
notó que dirigía su vista a Yan, quien hablaba con el sensei Martín. Ella tenía
un aire soñador en su semblante.
—Vika,
¿él llegó a ser tu maestro?
—¿Quién?,
¿Yan? Nah. Pero desde que tenía diez años lo he visto competir. Por él y por mi
jefa es que quise ser deportista. Siempre me ha gustado cómo pelea. O sea, Yan.
Ya
faltaban quince minutos para que la ceremonia comenzara y el gimnasio estaba
casi lleno. Los lugares al frente, donde había asientos reservados, estaban ya
ocupados.
—Vienen
muchas personas a ver el torneo —comentó Maya.
—Pues
me dijo Kira que gente pesada y prestigiosa de Educación del Estado vino a ver
a los cuatro grandes competir: Axel, Daniel, Víctor y Yan. Todos ellos siempre
llegan a cuartos de final. —Carraspeó—. Agh, mira lo que trajo el viento
—masculló.
Maya
buscó de quién hablaba y vio a una chica de cabello castaño claro que se
arreglaba el peinado y que tenía la postura y porte de una dama.
—¿Es
tu rival o…?
—Es
la ex de Yan. Wacha como lo ve. Si las miradas pudieran herir, ella ya tendría
a Yan en el piso.
Siguió
la mirada de la ex y notó la aprehensión con la que lo observaba. Hizo memoria
de los varios chistes que hacía Yan de su expareja.
»Nos
vemos en un rato, Maya. Espero sea en el podio y no en una camilla si me
noquean. —Sonrió y fue a reunirse con su equipo.
La ceremonia dio inicio y el espacio entre
las gradas y los tatamis permitieron que los más de cien participantes pudieran
agruparse ahí. Todas las escuelas fueron presentadas y mientras daban tiempo
para que se prepararan para el concurso de formas, Maya se percató de que Yan
mantenía una conversación con una persona que vestía un hoodie gris y
ropa holgada. Escuchó la plática sin querer.
—…está
aquí, pero no me gusta tu plan. Te arriesgas mucho. —Era la voz de Kira.
—Tranquila,
Reina, vivir con riesgos es mi pan de diario.
Ella
resopló al mirar las gradas al norte. Al ajustar su capucha, se retiró al
pasillo que daba a la salida.
Un
presentador explicó que el torneo se dividía en tres fases: las rutinas, donde
se presentaban las formas tradicionales de cada arte marcial; el combate por
equipos con participación mixta; y el combate individual, dividido en categoría
por sexo. De los Ocelotes, la escuela de Yan, solo Vika y David no
participarían en la primera fase. Se habían quedado cerca de la banca para
calentar.
—El
año pasado había casi tantas chicas como chicos compitiendo, pero el premio en
efectivo es una basura —dijo una chica gótica que se había sentado al lado de
Maya—. Yo no arriesgaba el físico por tan poco dinero.
Ella
tenía un maquillaje claro en la cara con detalles de mariposas que nacían en
los ojos y se difuminaban a los costados. Su fleco se lo arregló cuando volteó
para sonreír. Maya tardó en saber de quién se trataba.
—Ay,
Zaza, no te reconocí. Y tampoco te vi cuando llegaste.
—Así
soy, Mayita. Silente y escurridiza. Misteriosa como una obra de Poe. Me alegro
que la maestra de ayer venga a ver el combate de hoy. Los vi en el gimnasio
—aclaró al ver la duda en el semblante de su amiga.
—En
serio que eres silenciosa. Perdona, no imaginaba que fueras…
—¿Atractiva
o siniestra? Soy una niebla, una sombra… ¡¡Soy Batman!! O la novia de Drácula,
lo que gustes.
La
chica observó el recinto como un vigía y le señaló a su derecha. Una señora
estaba hablando con Mila. Maya la reconoció enseguida.
—¿Ves
a la doña de allá? —musitó Zaza—. Ella…
—Es
la mamá de Yan. La conocí el jueves. No sabía que conocía a Mila.
—Conoce
a todo el Aquelarre y, aunque no fuera el caso, la Amada tiene mucho ángel.
Seguramente hablaría con ella de todas formas. Okay, ya calenté el
lugar. —Se levantó—. Ya viene Bella. Voy a chismear un rato por el lugar.
—¿El
Aquelarre? —Había tirado de la falda de encaje de su amiga e inclinó la cabeza.
—Así
nos llamó Gis. Ahora, si me disculpas…
Maya
vio cómo Bella, destellando porte, llegó a su asiento y la saludó con un beso
en la mejilla.
El concurso de formas fue un despliegue de
técnica pura. Yan hizo toda la rutina con la fluidez de una serena melodía y
Maya se dio cuenta que terminó en el punto exacto donde inició. Le otorgaron el
primer lugar y la audiencia estalló en vítores. Su mamá chifló y aplaudió como
buen público y fan que era. Un muchacho con bastón, el segundo lugar, se acercó
a él para felicitarlo y abrazarlo. Maya no se dio cuenta hasta ese momento que
era invidente. «¡Qué bien lo hizo él también!».
—Es
su antiguo compañero de competencias —explicó Gis—. Creo que es la segunda vez
que Yan le gana en katas. ¿Quieres acercarte a escuchar?
Aunque
Maya no acostumbrara a hacerlo, le dio mucha curiosidad saber de qué hablaban.
Llegaron al límite de los tatamis para oír.
—…solo
tú podrías vencerme, amigo —dijo aquel muchacho de bastón—. Ojalá pudiera
verte, pero pude escuchar cómo la arena se calló y tu casaca y pisadas
revelaron que te movías como el viento.
—Gracias,
Pepe. Tal vez el próximo año te vuelva a ganar. ¿Quién sabe?
—No
lo veré ni figurativa ni literalmente. —Se rio—. Es mi último torneo. También
el de Víctor. Ojalá fuera el de Daniel porque lo odio.
—Ah,
menos mal, creí que era el único. ¿De verdad se va Vic?
—Son
sus últimos meses aquí, compita. El año que viene se muda al gabacho.
Yan
observó al otro lado de la arena y vio a Víctor, el finalista de casi todos los
certámenes. Se cruzó de brazos y su vista quedó fija en él.
»Dice
que se preparó todo el año solo para vencerte —musitó a Yan—, pero… no sé si
llegue. Aún queda el odioso de Dani como piedra en el camino.
—Juega
muy sucio, tal vez lo expulsen antes… Como sea, reverencia, amigo.
Ambos
luchadores se inclinaron y se despidieron después con un abrazo. Yan caminó
hasta el borde del tatami y justo cuando saludaba a Gis, notó que el profe Liam
había llegado con una casaca, pero sin cinturón. Se encaminó a él y le presentó
respetos para disponerse a hablar.
Vika
llegó hasta sus amigas y las abrazó con fuerza. Después se dispuso a saltar
emocionada.
—¿Vieron
a Yan? ¡Estuvo de huevos! Quién lo viera que el día de ayer se humilló ante mí
el pendejo. ¡Ay! —Gruñó—. Casi le doy una patada por su pinche acto sumiso.
¡Pero míralo! Todo imponente, el cabrón. Ahora sí parece una bestia.
—Ajá,
Vika. ¿Hay algo que nos quieras decir? —bromeó Gis.
—Sabes
a qué me refiero. Es que… no hay deportista de nuestra edad como él. Parece un
pinche vago en la escuela, pero cuando se aplica, ¡carajo! Lo admiro mucho, la
neta. ¡Y ahora estoy compitiendo junto a él! —Se llevó una mano a la boca.
—¿Siempre
es así de… bueno? —quiso saber Maya.
—¡Sí!
Tengo videos de él de torneos pasados. En la semana ven a mi casa y te los
muestro. —Un altavoz empezó a llamar a los competidores para la fase de
peleas—. ¡Ya me tengo que ir! ¡Échenme porras!
Gis
invitó a su amiga a tomar asiento, pero el profe Liam les hizo señas para que
se sentaran justo detrás de él. Les comentó que, desde ese lugar, podrían ver
los combates por equipos e individuales.
Un oficial explicó las reglas del torneo.
Cada asalto tenía una duración de dos minutos con descansos de un minuto. Para
el combate individual, eran tres rounds con dos descansos y en la categoría de
equipos era uno por integrante, dando un total de cuatro.
Los puntos se determinaban
de la siguiente forma: un punto por golpe claro en zona permitida —cabeza,
pecho, espalda y costados—. Dos puntos por patada en la caja torácica. Tres
puntos por patadas a la cabeza o al cuello, o cualquier técnica puntuable realizada
sobre un oponente derribado.
Todo contacto excesivo era
penalizado y los golpes muy cercanos al hombro no contaban. Los impactos a las
demás articulaciones o la zona genital restaban puntos.
La victoria se declaraba por
mayor puntaje al final del duelo, por una diferencia de ocho puntos o por
expulsión o retiro del rival.
—Te ves confiado, bambino
—dijo el profe Liam—. Y eso que tu “fan” no te despega los ojos de encima.
—No me fijo de los puercos
como Dani. Yo debo estar confiado porque pienso llegar a la final. Ya sabes
cómo es esto.
—Lucas y David pudieron
haber competido sin ti, muchacho —habló el sensei Martín—. Tú ya ganaste una
medalla por tu kata.
—No, sensei. Es mi
responsabilidad ganar la otra para que sigan las clases en la escuela. Me eché
solito la soga al cuello. Los demás no tienen que pagar por mis estupideces de
abrir el hocico.
—¿No crees que el director
se conforme con la medalla que llevas? —Liam y Bestia rieron al unísono—. Sí,
tienen razón. De a huevo nos va a exigir la individual. —Suspiró.
—Como seguimos hablando de
puercos, ¿ya vieron allá a nuestro querido director? —Señaló Yan con una
cabezada.
Los
tres miraron al mencionado que estaba en las gradas mientras conversaba con
autoridades gubernamentales.
Uno de los oficiales, anunció por las
bocinas que la fase de luchas ya estaba por comenzar. Yan buscó a alguien en
las gradas y cuando dio con Zaza le pidió que se acercara. Maya alcanzó a
escuchar que le pidió el reglamento del torneo.
Una pantalla desplegó los brackets de
ambas competiciones. En el torneo individual, Lucas, Yan y David estaban muy
separados. Tal vez los dos últimos se enfrentarían hasta la cuarta ronda.
Mientras que, en el torneo por equipos, los Ocelotes estaban en la ronda
inicial. Las ocho participantes femeninas de la rama individual competirían
hasta que en el masculino llegaran a octavos. Maya notó que su compañera que
tenía la mano vendada el día anterior estaba anotada en los combates. Los
tambores que marcaban el inicio de las peleas retumbaron en todo el recinto.
Maya
no alcanzaba a alternar la vista entre los dos torneos. Fue testigo de cómo
Vika dejó fuera de combate a su contrincante con solo dos puntos. La chica,
después de dar contra la lona con un agarre, ya no se levantó. El resto del
equipo hizo lo suyo para avanzar a la siguiente ronda.
En
los individuales, Bestia había empezado su pelea con una guardia alta, como un
boxeador profesional. Desvió dos patadas y cuando dejó caer el golpe, lo hizo
limpio y certero. Su rival se recuperó al instante y cuando arremetió con un
puñetazo, Bestia le aplicó el mismo agarre que Maya le había enseñado para
conectar tres puntos. Después de muchos intercambios, Yan se alzó vencedor
cinco a uno. Entre cada descanso, reposaba hincado y con una respiración
profunda, como si fuera el retrato de un sensei.
Sus compañeros también se
lucieron. David, pese a su tosquedad, pudo vencer a su rival por diferencia de
dos. Lucas derribó a su primer oponente con tres patadas a la cabeza. Un total
de nueve a cero le permitió avanzar a la siguiente ronda.
Gis aprovechaba los
descansos para presentar a los más sobresalientes. Víctor, de casaca gris,
practicaba kenpo al igual que Daniel, que vestía uniforme rojo. El primero
tenía muy buena reputación como subcampeón constante, mientras que el otro, era
un peleador abusivo que impartía mucho dolor y que odiaba a Yan. Axel, la otra
leyenda, tenía una relación de amigos y rivales con Yan. Dos años atrás, Bestia
fue eliminado por el dominio del kung-fu de ese muchacho.
—Pelea como mujer. Ya verás,
bonita.
—¿O sea que suelta
cachetadas asesinas como Yan? —preguntó David quien estaba de metiche.
—David, cierra la boca y
ponte a calentar —ordenó el profesor Liam.
—Al igual que con David
—musitó Gisela—, Yan no le cae bien al papá de Kira.
Para la tercera ronda, el público ya
coreaba el nombre de Vika del lado de los equipos, al oeste. La chica acabó su
combate con una sucesión rápida de patadas que sacaron a su rival del tatami y
quien se negó a volver. El estilo de Vika asemejaba a un felino en cacería. A
Maya le pareció correcto que alternaran por sorteo el orden de chicos y chicas.
En
el lado de los individuales, costaba seguir el ritmo, pues eran seis combates
al mismo tiempo. Sin embargo, Maya alcanzó a escuchar algunos comentarios sobre
su amigo. Las múltiples voces habían notado que Yan era más fluido que otros
años, que tenía mejor dominio de la fuerza del rival y que parecía un monje
cada que descansaba con los ojos cerrados.
«Sí
parece todo un maestro», razonó ella. Iba a preguntarle algo a Bella cuando
varias personas ahogaron un grito. David yacía en la lona y un médico lo
atendía con eficacia. Se escuchó el murmullo de voces que criticaban a su
rival, quien solo sonreía.
—Son
esos tramposos otra vez —murmuró Gis y señaló a los de casaca roja—. El dojo
López, de donde viene Dani. Siguen alegando que practican kenpo, pero el mismo
maestro dijo que es una mezcla de estilos.
El
muchacho no presentó respetos a su rival cuando dijeron que no podría
continuar. Se acercó con un andar petulante y se situó junto al que Gis le
presentó como Daniel. En una voz muy audible, comentó:
—Eso
pasa por traer pinches novatos.
Cuando
Maya volvió la vista a donde había estado David, Bestia ya lo cargaba con ayuda
de un paramédico y Zaza los seguía. Después de otra ligera revisión, sentaron
al vencido en una de las bancas para competidores y Yan se cruzó de brazos
mientras le murmuraba algo al sensei. Gis le señaló la pantalla a su amiga para
que viera que el siguiente combate era de Yan contra aquel irrespetuoso.
—Óscar
se va a enfrentar a Yan, pobre desgraciado… No quisiera ser él.
Dani, Axel, Lucas y Víctor pasaron a la
cuarta ronda como vaticinó Gis y la pelea que más esperaba Maya era la de Yan.
Los combates individuales de la categoría femenil también dieron inicio.
La cercanía del tatami del
duelo de Bestia a su banca le permitió apreciar mejor a su amigo. En su cara no
se reflejaba la serenidad de los otros combates. Solo había una máscara rígida
de odio que miraba en dirección a la escuela de casaca roja. Antes de ponerse
de pie, Maya escuchó una voz sobre su hombro.
—¿Han
visto los combates de Dani? Pelea como una máquina de matar. —La voz de Zaza
tomó a Maya por sorpresa—. No quisiera que llegara a la final, pero si llega,
espero que Yan lo muela a golpes, igual que como pasará con este tonto.
Tanto
Bella como Zaza estaban seguras de que Yan vencería, pero Maya consideró que
David tenía muy mal aspecto después de su pelea y eso que solo duró un asalto.
El
combate dio inicio y la lluvia de patadas y golpes no acertaban a Yan. Bloqueo
tras bloqueo evitaban que marcara puntos. Le hizo burla de que, si habían
cambiado de maestro, pues peleaba como un trapo zarandeado al viento. Bestia,
por su cuenta, había dado golpes certeros a los brazos, piernas y hombros que
tampoco sumaban al marcador. Acabó el primer asalto y Yan pasó a descansar a su
lado del tatami. Liam se acercó para llamarle la atención de su actitud y
Gisela aprovechó para arreglarle un poco la trenza.
—Recuerda lo que practicaste
con Maya, por favor —susurró—. Fluye y acaba la pelea.
Cuando el combate reanudó,
Óscar habló para burlarse.
—¿Te
enseñó una chica? Qué mamadas. Aparte, ¿tu noviecita te viene a peinar como
muñeca? Qué lin…
Un
salto con giro hizo que Yan le reventara una cachetada a su rival. El muchacho
se dobló por la cintura y sus brazos casi tocan el suelo dando el primer punto.
—Esto
es por maltratar a mi compañero.
Se
plantó de frente y con un solo movimiento le dio un revés apenas se reincorporó
su rival. El muchacho no alcanzó a caer, pues Yan lo sostuvo de la casaca y le
dio un golpe cercano al hombro que no contó punto, pero lo hizo sujetarse la
clavícula.
»Esto
es por burlarte de mi mejor amiga.
Yan
cambió de lado de guardia y el muchacho pescó el anzuelo, al avanzar queriendo
dar un golpe, Bestia lanzó el embate de pierna y codo que Maya le había
enseñado el día anterior. Óscar se desplomó doliéndose de todo el costado
derecho.
»Y nunca te vuelvas a burlar
de mis maestros.
Bestia no esperó el
veredicto cuando entró el paramédico. Volteó a ver cómo Daniel lo miraba con
desprecio y con un susurro teatral le espetó:
»¿Qué miras?, si sigues tú.
El muchacho fue hasta su
lugar junto a sus maestros, se hincó y no hizo ninguna señal de victoria. Maya
notó que hacía respiraciones más profundas. Desvió la mirada solo para
presenciar que la ex de Yan tenía una expresión indescifrable y se retiraba del
recinto. Los combates no se reanudarían hasta que valoraran a Óscar. Axel, el
muchacho que practicaba kung-fu se acercó para hablar con Yan, pero el profesor
Liam evitó que se le acercara.
—Tranquilo, viejo. Solo
dígale a Yan que yo me encargo de Dani, lo veré en la final para nuestra
revancha de hace dos años.
Se retiró con una reverencia
y con el paso lento de los que confían en salir victoriosos.
—Ese chico de kung-fu va a
eliminar a Dani. —Habló Gis muy confiada—. Se lo merece, bo… ¿estás molesta?
—No me gustó que Yan “jugara
con su comida”. El pobre muchacho no iba a ganar. Desde el primer round fue
obvio. ¿Por qué su maestro no detuvo la pelea?
—Ay, bonita. Estuvo mal
todo, pero aquel menso sí se merecía un estatequieto.
La
conversación iba a seguir, cuando dio inicio el combate de Dani y Axel. El
estilo circular del kenpo contra la economía del movimiento del kung-fu atrajo
la atención de todos.
—¡Era
wing chun! —Dedujo Maya—. Por
eso decías que combatía como mujer. ¡Es el estilo del maestro de Bruce Lee!
—Y
no le da nada de tregua.
Todos
los golpes y agarres que intentaba Daniel eran desviados por la guardia-ataque
de Axel. Una llave que se ejecutó mal terminó en un puñetazo cerrado contra el
abdomen del de casaca roja. Cambió de estrategia al dar varias patadas, pero
todas fueron bloqueadas para ser rematado por una del chico de kung-fu. Como
último recurso, hizo un agarre del que se soltó Axel y que le costó una patada
a profundidad al estómago.
»Por
lo general es más rápido —susurró Gisela—. Yan no siempre le seguía el paso.
—Es
que está lastimado. Desde que vino a hablar tenía un dolor en la pierna.
Bella
no se había dado cuenta de eso. El combate siguió su curso hasta que terminaron
ocho a seis. Daniel tenía varios golpes visibles en la cara y en el orgullo. En
su semblante solo se reflejaba el dolor de una persona al borde de la derrota.
Axel se retiró a su esquina para ejercitar las piernas y tomar un sorbo de
agua.
El
segundo asalto fue una avalancha de superioridad y golpes de Axel sobre Daniel,
quien solo se desplomó. El sifu de kung-fu entró a la arena para pedir que
terminaran la pelea. El joven se retiró con una cojera evidente, pero
sonriendo, mientras que los muchachos de casacas rojas sacaron a su amigo. Los
segundos pasaban mientras los jueces tomaban una decisión. Maya notó que Yan se
había levantado para acercarse a su amigo y rival. Le dijo unas palabras y se
dieron un apretón de manos.
—Pobrecillo
—comentó Gisela—, tiene derecho a llorar. Sí quería combatir con Yan.
Los
jueces dieron el veredicto de que ninguno podría continuar. Justo en ese
momento, el último combate dejaba como vencedor a Víctor y eliminaba a Lucas de
la competencia. El joven de casaca gris era el primer finalista. Cuando Yan se
retiró a su lugar, Zaza lo alcanzó para murmurarle algo. Él solo sonrió y le
agradeció con una reverencia.
Los combates masculinos dieron un espacio,
mientras los femeniles eran un despliegue de patadas con técnica y velocidades
de pesadilla que a Maya le costaba seguir. Ya estaban en semifinales y su
compañera con el brazo vendado fue elegida primera finalista. «Qué bueno que
decidió participar», pensó Maya.
La final de equipos y de
chicas se disputarían al mismo tiempo. Vika en su división y su otra compañera
eran una tempestad de golpes. Terminaron casi al mismo tiempo y ese espectáculo
hizo que todo el público se pusiera de pie a aplaudir. «Con razón Gis le dice
la Victoriosa», pensó Maya, mientras preparaban los podios de aquel lado y su
compañera se alzaba orgullosa con el segundo lugar.
La semifinal de Yan fue todo un despliegue
de economía del movimiento. Él consiguió ocho puntos limpios sin recibir uno
solo. Maya fue a su lugar antes de que comenzara la final y se sentó junto a
él.
—No
te me acerques, Princesita, estoy todo sudado.
—Por
eso nunca corres, ¿verdad? No te gusta sudar.
—¿Solo
vienes a decirme apestoso? —Sonrió.
—Vine
a desearte buena suerte. Aunque tal vez no la necesites.
—Tal
vez sí. Vic venció a Lucas y él es mi hermano de técnicas.
Ella
observó que lucía un poco pálido y que su mirada recorría todo el recinto. Una
sombra de cansancio se dibujaba apenas en su rostro.
»No
me digas que tienes pánico escénico. ¡Vamos! Respira hondo y serénate. ¡Ya
estás en la final! —Le dio una palmadita en el hombro.
Inhaló
profundamente antes de contestar:
—Gracias,
ya me siento mejor.
Yan entró al tatami y presentó respetos a
los jueces, a la audiencia y a su rival. Víctor hizo lo mismo y se plantó
frente a él. Ambos luchadores optaron por una guardia media y se lanzaron al
ataque mientras el público mantenía el silencio. Bestia dejaba que los golpes
llegaran a él para desviarlos y usar la naturalidad del aikido. Su oponente no
sabía manejar el estilo de Yan y recibió dos golpes al abdomen.
Una
patada alta llegó a la cabeza de Yan y él se inclinó para que el impacto fuera
menor. Ese tres a dos puso en tensión a toda la arena. En el siguiente
intercambio de golpes no hubo puntuación hasta que acabó el asalto. La tensión
en el aire aflojó en ese momento.
Maya
notó que los rectos de la mano izquierda de Víctor salían sin fuerza. Su
cansancio le era evidente. Supuso que, aunque se saltó una pelea, el combate
con Lucas había hecho mella en su físico.
En
el siguiente asalto, Yan fue directo con fintas y logró conectar un punto.
Cuando su rival se lanzó con una patada, fue bloqueado e hizo el movimiento con
el codo que Maya le enseñó. Apenas se separó, una patada giratoria atravesó la
guardia para dejar un seis a tres. Bestia hizo distancia para serenarse.
A
los ojos de Maya, no habría un tercer asalto, pues la diferencia era muy
notoria. Yan pecaba de educado contra un rival que se sostenía por mero
orgullo.
—Mi
Bestia se ve muy cansado —comentó Gisela.
«Vic
está mucho peor», pensó Maya.
El
usuario de kenpo avanzó con una serie de puñetazos que Yan bloqueó y con el
último hizo la técnica de aikido para derribarlo. Justo en el momento que azotó
contra la arena, una patada, como un Ave María, conectó a la cabeza de Yan y lo
derribó. Aunque Víctor se arqueaba víctima del dolor, Bestia yacía inmóvil.
Todo
el gimnasio quedó silente. Ambos luchadores estaban tendidos sobre el tatami
mientras los murmullos se empezaron a acrecentar.
—¡¡Yan!!
—gritó su madre.
El
primero en entrar a la duela fue el sifu de Víctor, quien trató de ayudarlo.
Gisela se levantó de su lugar, con las manos cubriéndole la boca. El sensei
Martín caminó hasta Yan, quien ya era atendido por uno de los paramédicos.
Maya
lo vio, era evidente lo que había ocurrido. Volteó a ver la expresión del
profesor Liam y se veía tranquilo. Vika estaba al borde del tatami, indecisa
sobre entrar, pues era contra las reglas. «Muy pocos lo notamos», razonó Maya.
Después
de unos angustiosos minutos, el paramédico que atendía a Yan lo reincorporó y
anunció que no podría continuar. El sifu de Víctor hizo lo mismo. Los jueces,
al ver que no podría haber un asalto de muerte súbita, anunciaron el empate.
Los aplausos hicieron eco en el recinto.
La
madre de Yan tomó asiento en cuanto su hijo sonrió a sus compañeros. Maya se
puso de pie y oteó el gimnasio. Al frente, el director de la escuela se
despidió para encaminarse a la salida. En otras gradas y cerca de las salidas
estaban unos pocos docentes y compañeros de la preparatoria. Algunas de las
mujeres que Yan ayudaba los domingos también estaban presentes, así como la
nieta de la dueña de la panadería. Buscó a Gis, pero ella ya se encontraba
justo a su lado, abrazándolo. Llamaron a Maya para que se uniera al festejo. En
el camino, incluso vio al viejo Barín en una de las gradas, quien lucía muy
aseado y con botas relucientes.
El podio ya estaba listo para los
galardones de las tres competencias. El tercer lugar se decidía por mejor
puntaje en las semifinales, de modo que se evitaba otro combate.
Mientras
Vika agradecía por el lugar que le dieron en el equipo, Maya se acercó a Yan,
quien tenía una bandita en la cabeza.
—Vi
lo que hiciste, Yan —susurró—. Sobreactuaste ese último golpe.
—Oye,
sí me pegó. Y es verdad que no podía continuar.
—¿Por
moral o por cansancio? —Entornó los ojos y se dio cuenta que él respiraba
pausadamente—. Ah, disculpa, yo…
—Pero
tienes razón, Maya. ¿Qué podía hacer? —murmuró—. Era su último torneo en el
país. Nada fue ilegal, Zaza me lo confirmó —Le guiñó el ojo.
La
chica campeona terminaba de dar una breve entrevista cuando pasaron al último
premio, Yan y Víctor estaban en sitio del primer lugar, con una medalla cada
uno. Debido a la peculiar situación de las últimas rondas, Axel subió junto al
chico que Yan eliminó en las semifinales. Daniel se negó a recibir premio y ya
se había retirado toda su escuela.
La
entrevista de Víctor fue acompañada de lágrimas. Agradeció a su sifu por la
paciencia y a sus compañeros por todo su apoyo. Le dio las gracias a Yan por
ser un rival formidable y dijo sentirse bendecido por haber ganado su último
torneo en la ciudad que lo vio nacer.
Después
del mar de aplausos, le pasaron el micrófono a Yan. Tomó aire y miró a toda la
gente presente antes de hablar.
—Mi
rival me venció en toda regla. Si la pelea se hubiera prolongado, habría
perdido de todas formas. Quiero agradecer al sensei Martín por esta formación
durante casi cuatro años. Gracias al apoyo que recibimos en la prepa es que
estamos aquí hoy. Espero que continúe para futuras generaciones. A mis
amistades que siempre me han aguantado y a la gente que vino hoy a vernos,
quiero decirles que me siento honrado por su apoyo. —Suspiró.
»Hoy me vieron luchar
diferente y llegué hasta la final gracias a unas técnicas que aprendí ayer.
—Señaló a alguien antes de agregar—: Quiero agradecer a mi amiga Maya, una
maestra muy paciente y la mejor alumna de nuestra escuela…
Se quedó pasmada, sintió que
todas las miradas se centraban en ella y Gis ayudó a que más gente la notara.
»…a pesar de la dureza de
nuestro estilo, ella nos mostró como fluir para poder vencer. Gracias, Maya.
Espero que llegues muy lejos.
Un montón de flashes
cubrieron la sala cuando las fotos empezaron a llover sobre los ganadores y
Maya. Ella vio todo en cámara lenta hasta que vislumbró a un caballero de barba
recortada y traje posar en las tomas. Tardó en reconocerlo, era el secretario
de Educación del Estado. Posó sonriente antes de dar un discurso que para la
chica se sintió lejano.
—… siempre hemos forjado
estudiantes de bien. Continuaremos haciéndolo bajo mi gestión. —Le hizo una
seña a ella para que se acercara.
Gis la empujó, no sin antes
arreglarle un poco el cabello.
»Permiso, pondré una mano en
tu hombro —le dijo el funcionario—. Sonrían, por favor. —otro aluvión de fotos
llovió sobre ellos.
El barullo había acabado y la gente ya se
retiraba de la arena, el secretario aún los quiso retener para hacerles más
promesas a los muchachos. Liam habló con Bestia antes de que eso pasara.
—Eso
fue pasarse de la raya. ¿Sabes en qué te estás metiendo, bambino?
—¡Ay,
no manches! ¿Tú no hubieras hecho lo mismo?
El
coordinador entornó la mirada.
—Eres
más cabrón que chulo, caray —dijo después de un momento. Le dio un zape antes
de empujarlo a hablar con el funcionario—. Ve y acaba lo que empezaste.
—Eres toda una bestia, muchacho —halagó
sin reparos a Yan—. Casi me pierdo esto, qué bueno que fui invitado. Fluyes
como un canal y pegas como un tsunami. ¡Tremendo! ¿has pensado en una beca
deportiva? Pide lo que quieras, joven, sin problemas. En términos de educación,
claro.
—Tengo
que pensarlo —respondió Yan—. ¿Podemos contar con su apoyo este año y el que
viene?
—No
tengo tema, chico. Y tú —habló dirigiéndose a Maya—, promedio perfecto y
maestra de artes marciales. ¡Eres una navaja suiza! ¿Cómo no te había conocido
antes en persona? Como sea, estoy orgulloso de ustedes.
Les
terminó por estrechar la mano y fue a hablar con el sensei Martín y el profesor
Liam. Había un hombre que lo había seguido cual sombra, el padre de Kira. Maya
respiró hondo cuando una voz la sacó de su aturdimiento.
—Tranquila,
chica. Era broma lo de la denuncia —había dicho el sifu de Axel—. Solo quería
acercarme a felicitar a su escuela y a sus dos senseis. No es ilegal que tengan
dos, solo es raro.
—Disculpe,
es que no me gustan esas bromas —era Kira quien discutía con él.
—Me
retiro, dales mis felicitaciones. Se ven ocupados.
«Yan
sí parece otro maestro», meditó Maya.
—¿Lista
para irnos? —preguntó Bestia a sus espaldas—. Liam dijo que, si ganábamos, nos
invitaba a todos una malteada. Nos llevamos cuatro preseas, ni modo que se
raje.
—Claro
que sí, a-mi-go —respondió Maya.
—¿Por
qué lo pronuncias así?
—Es
la segunda vez que me dices amiga. —Soltó una risita.
—Ah,
¿no te había dicho así? Claro que eres mi amiga, Maya. Si no lo mencioné antes
me disculpo.
—Te
perdono. Por eso y por ponerme en el foco del evento.
—No,
Maya —negó con la cabeza—. Te merecías el crédito. Es verdad que gracias a ti
llegamos a los primeros lugares. Entonces, ¿nos vamos?

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