Aquí se asoma un rasgo de personalidad que de seguro ya adivinaste. Bienvenidos al capítulo 14
Pese a que Maya había sido expulsada de
Ética, ahora se sentía bastante mejor. Al terminar sus clases del miércoles,
había ido a la sesión de karate y un aplauso atronador la recibió apenas llegó
a la duela. Yan y Lucas se habían encargado de hacerla sentir cómoda y muchos
de los aprendices la fueron a felicitar por alzar la vloz. El profesor tenía
muy pocos simpatizantes entre ellos y se dio a notar. Zaza y Sam la esperaban
cuando salió del gimnasio y su compañía durante el trayecto a casa fue un
remedio para el estrés que había acumulado durante aquel día.
El calor del primer martes de octubre tomó
por sorpresa a Maya. La sudadera ya la llevaba amarrada a la cintura para la
cuarta hora y de momentos se abanicaba con la libreta. En su clase de arte tuvo
que abrir todas las ventanas del tercer piso para poder estar cómoda. Cuando
salió, pudo apreciar que Sam la había pasado peor y le prestó su sombrilla para
que pudiera irse a casa. Un poco de bloqueador untado en la piel y Maya estaba
lista para ir con Bestia a la librería.
—Bonita,
por favor, llévate un suero o algo.
—No
hace falta, Gis, con mi botellita de agua tengo. ¡Nos vemos mañana!
—¡Cuídate!
Mañana almuerza conmigo.
En esta ocasión, la jornada en la librería
había sido llevadera como una obra de ficción sanadora. La ausencia de clientes
problemáticos o groseros había sido una bendición para Maya. Yan tenía un
aspecto bastante relajado y cuando bajó el sol, se postró en la entrada del
local como un faro que da la bienvenida en la costa.
Maya
iba de aquí a allá para acomodar estanterías, limpiar y ayudar a cuantos
clientes tuvieran dudas.
—¿Lees
mucho, jovencita? —preguntó el dueño con una ceja alzada cuando ella hubo
despachado a una veintena de clientes.
—Leía
de diez a veinticuatro libros por año. Ahora ya no tengo tanto tiempo y me
conformo con solo diez. Mi padre a veces compra novelas gráficas y les doy una
ojeada.
—Ah,
haces bien. Te podría sugerir unas lecturas ligeras de mangas. ¿Te gustan? Hay
que leer de todo para que se nutra el cerebro. —Se dio unos golpecitos en la
cabeza.
Con
una sonrisa, Maya agradeció el gesto y tomó nota de todas las obras que le
recomendó.
La
jornada avanzaba con tranquilidad hasta que un trueno lejano interrumpió la
calma. La chica se sobresaltó, pues le daban miedo las tormentas. Se fue a
asomar a la puerta del local, junto a Yan, y a la cercanía solo se vislumbraban
nubes en todos los tonos de grises.
—¡Ay,
no! —musitó para sí—. Le presté mi sombrilla a Sam.
—¿No
traes un impermeable o una sudadera a prueba de agua?
Ella
desvió la mirada a su mochila y negó con la cabeza.
»No
te preocupes, cuando salgamos te comparto mi sombrilla.
—¡Se
ve que va a tronar feo! —Era la voz del librero—. Ya dejen por hoy y mejor
váyanse. ¡Que la lluvia no los alcance y muchas gracias por la ayuda!
Ella
corrió por sus pertenencias cuando un segundo trueno, no tan lejano, hizo
retumbar sus oídos.
No llevaban ni dos cuadras de trayecto
cuando Maya vio la primera gota azotar contra el asfalto. Apenas iba a voltear
para decirle a Yan, pero él ya había alzado la sombrilla sobre sus cabezas. Iba
a su izquierda, del lado de los edificios y él se cambió el paraguas de mano
para cubrirla mejor.
—¿No
te mojas el hombro así?
—¿Tú
te enfermas cuando te moja la lluvia? —Sonrió él y la miró de reojo.
—A
veces, pero si llego a bañarme…
—A
mí nunca me enferma. —Se encogió de hombros—. Así que un poco de rocío en el
hombro no me va a afectar.
Anduvieron
así por un rato hasta que la lluvia empezó a arreciar. Bestia señaló un
escaparate y se fueron a cubrir de la inclemencia.
—¿Crees
que pare, Yan?
—Deberías
quitarte esos zapatos.
—¿Eh?
—Miró a sus pies y el agua le salpicaba—. Ah, sí. Tengo unos tenis, espera.
El
muchacho volteó a otro lado mientras ella se cambiaba el calzado. Se apoyó
ligeramente en él para hacer la maniobra.
—Por
cierto, no creo que la lluvia pare pronto. Así que mejor sigamos.
La
alentó a caminar al tocarle el hombro y continuaron su camino unas calles más
hasta que llegaron a la intersección donde siempre se separaban. Con la vista
entornada, Maya no podía localizar a su amiga.
—¡Es
verdad, salimos temprano! Sam no va a venir.
—Mándale
mensaje a tu sombra, dile que no salga. Te acompaño hasta tu casa.
Ella
lo detuvo al tocar su brazo.
—No
sé si sea buena idea. —Miró su reloj y se tranquilizó un poco—. No es tan
tarde. Está bien, vamos.
—¿Te
da miedo que una Bestia vea tu palacio, Princesita?
—¡Claro
que no! Me preocupaba la hora.
—Si
te preocupo yo, mandas llamar a la Guardia y me tiras al foso. —Le sonrió—.
“¡Guardias! —agravó su voz mientras hacía un saludo militar—. No temáis, es
solo uno contra toda la cuadrilla”.
Ella
se tapó el rostro con una mano y contuvo la risa.
—¡Ya
muévete!
Apenas llegaron al domicilio, la lluvia
era tan tenue que se sentía como una brisa. Sin embargo, las nubes habían
adelantado el crepúsculo y el alumbrado nocturno se había encendido. Se
alojaron en la cochera que ella dejó abierta y miraron el paisaje que el tiempo
había plasmado en las calles. Todo el camino él estuvo bromeándole y ella había
dejado de aguantar las risas.
—¿Siempre
eres así de chistoso?
—En
clases más, pero los profes no entienden mi humor. —Levantó la mirada para
evaluar el hogar de su compañera—. Así que este es tu castillo, Princesita.
Nada mal. —Salió un poco a la acera para apreciar los dos pisos y la terraza—.
¿Te protege un dragón o un perro?
—Me
protejo yo misma, rufián. ¡En guardia! —Alzó una mano como si sostuviera una
espada.
—Los
rufianes están en la escuela, su majestad. Visten lujosos trajes, pero huelen a
azufre.
Siguieron con las bromas al menos otra
media hora. Maya le dio un golpecito en el brazo cuando el estómago le empezó a
doler de toda la risa que liberó. Iba a despedir a Bestia cuando el sonido
conocido de un motor la hizo palidecer. Miró a todos lados como si buscara un
escondite.
—¡Ay,
no! Ya llegó mi papá. ¡Y tú estás aquí!
—¿Qué
tiene de malo? —preguntó él juntando las cejas.
—A
mi papá no le gusta que vengan chicos a la casa. No aprueba a ningún muchacho.
—Ah.
No te preocupes, estás a salvo. Yo soy un hombre.
Ella
empezó a temblar y se escondió apenas tras Yan.
—No
quiero que te diga algo.
La
puerta del coche se abrió y de él bajó el padre de Maya. Un fedora impedía que
vieran su expresión y azotó la puerta del vehículo.
—Señor
Vega, ¡buenas noches! —Inclinó Yan ligeramente la cabeza.
En
completo silencio, el recién llegado les indicó con una seña rápida que
entraran a la casa.
Maya tenía un nudo en el estómago y se
sentía ligeramente abrumada. Había ido a la cocina a buscar algo para botanear,
pues su padre le dijo que quería hablar con el muchacho en privado. Eso había
sido un cuarto de hora atrás. Estaba junto a la barra, rígida igual que el
mármol sobre ella.
Un
recuerdo amargo de cuando llevó a su último novio formal se formó en su mente.
“¿Qué no te gustaban los hombres? ¿Qué es este pinche esperpento? ¿Qué acaso me
odias, hija?” Esa vez, se había muerto de vergüenza. Cuando por fin pudo
controlar los nervios, se sirvió zanahoria rayada y un poco de queso panela
picado en cuadritos.
Las
risas fue lo primero que escuchó al acercarse a la sala.
—…
pues es posible que Brady se lleve su cuarto o quinto anillo antes que la
selección de fucho llegue al quinto partido —bromeó Yan.
—Es
más probable a que yo me lleve un anillo del Súper Tazón antes que ellos una
Copa del Mundo.
El
padre de Maya estaba sentado en el sillón más grande, frente al televisor. Ella
colocó el tazón de bocadillos en la mesa de centro.
»Sabes
de deportes, ¿pero los practicas?
—Sí.
Karate, principalmente. Entreno a algunos compañeros en la escuela mientras
llega el maestro.
Maya
se sentó junto a Yan, quien estaba en el sillón perpendicular a su padre.
—Otra
vez, muchacho, ¿cómo te apellidas?
—García,
señor.
—Ah…
—Meditó un momento—. Yan, La Bestia, García. Compiten en el Abierto del Estado.
Ya te ubico, has salido varias veces en el periódico local.
—Pues
qué chico es el pueblo, me cae.
El
señor Vega rio y empezó a comer de los bocadillos. Maya estaba atónita ante la
escena. El interrogatorio que ella esperaba se había convertido en una amena
plática de deportes. Ya habían pasado por las preguntas de por qué llegaron
juntos, qué estaban haciendo, cómo se conocían y por qué él estaba empapado de
un hombro. De lo poco que pudo escuchar Maya, su padre parecía satisfecho con
cada respuesta y después, sin motivo aparente, cambiaron de tópico. Yan le
acercó un plato, pero ella solo negó la invitación.
—Hoy
veo el resumen antes de los juegos del fin de semana. ¿Quieres ver el resumen
de la NFL? Maya y yo acostumbramos a verlo.
—Me
tengo que ir, señor, pero muchas gracias. —Revisó su reloj pulsera antes de
reafirmar—. Sí, ya es un poco tarde. Debo irme. Buenas noches.
—Ah,
es verdad, mañana tienen escuela. Buenas noches, entonces.
Maya
atinó a hablar en ese momento, no había dicho mucho en todo el rato.
—Te
acompaño a la puerta. Ahorita vengo, papá.
Salieron
al fresco nocturno mientras su padre subía el volumen del televisor. Estaban en
la puerta de la cochera cuando él empezó a hablar.
—Es
muy platicador tu papá. Me cayó bien. Yo creo…
—¿Qué
rayos fue eso? —dijo Maya en un murmullo bastante audible. Había pasado del
miedo, a los nervios, a la confusión y se sentía abrumada.
—¿Qué
cosa?
—Le
caíste bien a mi papá y ningún muchacho le había caído bien. ¡Nadie! ¿C… cómo…?
—Ah,
¿tus novios? Pues es que tú también, Maya. —Le sonrió—. Salías con puro
pendejo. Se le hizo raro que sí trajeras a un hombre para variar —intentó sonar
gracioso.
—¿Qué?
—Empezó a sentir una punzada en la sien y entrecerró los ojos.
—Tu papá ha de andar todo
ciscado. ¡Tres al hilo! Bueno… Tú última relación era buena gente, iba conmigo
a karate. Pero supongo que cortaron porque no te gusta el amor a distancia y…
—¡Basta! —Respiró hondo—.
¿Qué te da derecho de hablar de mí así?
—Perdón, Maya, pero todos
los chismosos de la escuela lo saben. Ya te había dicho…
—¡Espera! ¡Esa vez que te
seguí en domingo! —Se llevó las manos a la boca—. Eso fue lo que te callaste.
Ibas a decir “como pasaba con tus exes”. ¿Verdad?
—Sí, eso te iba a decir.
Estaba un poco encabronado, pero quería demostrar un punto. Te mereces un buen
tipo.
—¿Y tú crees saber qué es un
buen partido? Te has de sentir muy especial, ¿no?
—Uy, Princesita, soy extra
especial. Único en verdad. Y la verdad, sí soy un…
—¡Yan, cállate! No sé qué
pensar.
Él extendió la mano, pero
ella dio un paso atrás, como una presa que rehuía. Bestia suspiró sonoramente y
se llevó las manos a los bolsillos.
—Perdóname, no quise
ofenderte. —Bajó los hombros—. Mejor me retiro. Buenas noches…
Un pañuelo le fue ofrecido a
Maya y lo tomó distraídamente. Él dio media vuelta y se encaminó a la salida
del circuito. Levantó una mano para despedirse por segunda vez mientras la
noche y el silencio absorbían sus pasos.
Maya no sabía cuánto tiempo
había pasado desde que su compañero se fue, hasta que ella se repuso. Corrió
hasta la salida del circuito, pero ya no veía a Yan. Se lamentó de haberle
hablado así. La disparidad con la que su padre había tratado a sus novios y a
su compañero la habían alterado.
La chica volvió para ver el resumen con su papá y cenar, pero la concentración no le era alcanzable por su malestar. Cuando por fin se dispuso a sumergirse en el sueño, dejó ciclada la canción Skinny Love de Birdy mientras veía la foto de su último crush.

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