El final de la primera parte y uno de mis capítulos favoritos. El Caballero Negro de Maya no la había recibido ese día en la escuela. Aunq...

Capítulo 15

El final de la primera parte y uno de mis capítulos favoritos.

El Caballero Negro de Maya no la había recibido ese día en la escuela. Aunque no quisiera admitirlo, la presencia de Yan en las mañanas era una rutina que había empezado a apreciar. Lo único que pudo ver de él, fue una nota de disculpa en su casillero que asomaba como una polilla. Una simple hoja con letra cursiva que rezaba: Lo siento.

            El relato del día anterior fue lo primero que contó a sus amigas en ese ventoso día de otoño. Se encontraba en el receso junto a Sam, Vika y Gis. Fue esta última quien sentenció con una honestidad aplastante.

            —Pues es que sí salías con puro pendejo, Maya. Nos preocupabas.

            —¿O sea que todo mundo sabía que mis exes eran malos partidos?

            —¡No chingues! Eso es poco —habló Vika después de un largo sorbo a su licuado—. Del último idiota hasta teníamos miedo de que te golpeara o peor…

            —Por suerte, bonita, él ya no podrá dañarte nunca más. Donde anda ahora ya no te puede hacer nada.

            —Ah, ¿no? —Ladeó Maya la cabeza.

            —Además de los reportes por querer agredirte, lo encontraron con los exámenes de los profes en la mochila —dijo Gis con el rostro recargado en sus manos—. Y no los que tienen en el archivo normal. Nop, esos que resguardan bajo llave en el tercer piso de las Academias. Ya no lo admitieron en ninguna escuela del Estado ¿Puedes creerlo?

            Maya meditó esas palabras antes de darle un bocado a su torta. Una pregunta acudía a su boca cuando las palabras dulces de Gis la interrumpieron.

            »¡Pero tu última relación fue todo un sueño! Verse detrás de laboratorios, tomarse de las manos por instantes, sonreírse desde lejos. ¡Ay, no, cuánta miel! ¡Luna era todo un amor!

            El bocado de su comida casi la atraganta. Tomó su té a la carrera y se limpió con el dorso de la mano con torpeza. Sintió que el corazón se le desbocaba y sus ojos se abrieron tanto como el cielo despejado de ese día.

            —¿Cómo saben de ella? —Se levantó por un instante, pero Sam la devolvió a su asiento—. ¡Creí que había sido un secreto! Yo…

            —No hay secretos para mí en esta escuela, bonita. —Le quitó importancia con una mano—. El par de enamoradas era lo más bonito con lo que me topaba en la semana. —‍Suspiró—. Lástima que cortaran. Te fue mejor con ella que con los vatillos. ¡No me veas así! Yo era admiradora de toda esa escena.

            El rostro de Vega no se decidía entre el asombro, la vergüenza o el enojo. El sonido de unos pasos detrás de ella la hicieron voltear.

            —Y llegó la Amada —anunció Vika—. ¡Qué pinche milagro que te vemos, Mila!

            —Vengo a la carrera para hablar con Maya. —Se acomodó sus largas trenzas a la espalda y se sentó junto a ella—. Ya te conseguí a Rob para completar tu equipo de atletismo. Yan asegura que puede correr la media maratón y… —Volteó a ver el semblante de sus amigas—. ¿De qué hablaban?

            —Del último noviazgo de la alumna modelo.

            —¡Ay! ¿De ese tonto? Ojalá esté bien lejos de aquí.

—Hablamos del no oficial —masculló Vika—. Ni quién quiera recordar pendejos.

—¿¡De Luna!? —Se llevó los puños a las manos mientras miraba a Maya con ternura—. Ay, Mayita, Mayita. ¡Eran tan monas juntas! Hubieran sido reina y reina de la Clausura del semestre. O quién sabe, hay muchos mochos en la escuela. Muchos.

El rojo en el rostro de Maya ebullía tanto que le ardieron las mejillas. Se tapó la cara tratando de escapar de la pena.

»¡Ay, no puedo! Te acuerdas de ella y te ruborizas. ¡Qué bonita!

Si era posible morir de vergüenza, Maya se sentía lista para averiguarlo. El corazón le latía con tanta violencia que le parecía tener tambores de guerra en sus oídos. Una mano se posó en su hombro y se sobresaltó.

—Todos los que sabían te apoyaban en secreto, amigui. —Sam le dio palmaditas en la espalda para calmarla—. Es que también te pasas. Tres idiotas al hilo, me preocupabas.

—¿Y por qué nunca me dijiste nada? —Por fin pudo hablar y miró a su confidente—. ¡Me hubieras aplicado el “amiga, date cuenta”!

Sam suspiró sonoramente y dejó caer los brazos a los costados. La paciencia de una madre a su pequeña acudió a su habla cuando se dirigió a ella.

—Siempre te he dicho de todo por tu bien, pero desde que te conozco, me ignoras. —‍La empezó a señalar con el dedo—. Te dije que algunos profes eran abusivos, que debías unirte al equipo de atletismo desde primero, que tu primer, segundo y tercer desastre eran chicos malos y, más recientemente, te dije que Yan no era tan maldito. No me escuchas y no abres los ojos. Te quiero mucho, amigui, ¡pero a veces eres tan egoísta! Al menos ahora, Bestia te dio perspectiva. Aunque sea un poco. A ver si pronto encaras lo demás…

Maya iba a reclamar, a escupir algo en su defensa, pero volteó para ver a un jurado rígido en su decisión. Las otras tres coincidían en ese veredicto. Bajó la mirada con resignación y empezó a comer distraídamente.

—Bueno, bonita. No te vamos a juzgar siempre por tu pasado. Estoy segura de que encontrarás un buen partido tarde o temprano. Cambiemos de tema.

 

La campana del final de clases había sonado y una ligera bruma adornaba el cielo cuando Maya se encaminó al segundo gimnasio. Aún llevaba su uniforme de deportes cuando trastabilló cerca de las arboledas. Una mano la sostuvo con tiento del codo y la ayudó a reincorporarse.

            —Con cuidado, Princesita. No puedes competir si te lastimas los tobillos.

            Yan le sonrió con timidez y se apartó respetuosamente. El silencio quería apoderarse de ese escenario. La incomodidad se reflejaba en sus miradas y poses, como dos rivales que actuaron con imprudencia.

            —Bestia, yo…

            —Quiero disculparme otra vez por lo de ayer. Y está bien si no quieres ayudarme hoy con los karatecas.

            Maya apretó los labios antes de hablar.

            —¡Espera! Lo que me molestó es que remarcaras que salía con tipos así. Está bien si te retractas. Gracias, en serio.

            —Yo no me arrepiento de lo que dije. Me arrepiento de cómo lo dije. Creo que deberías salir con una buena persona. No pierdas tu tiempo con imbéciles que sabes que lo son desde el inicio.

            —¡Oye!

            —Es verdad. Eres muy buena chica. ¿Por qué tendrías que dejarte de gente pendeja? No, eso no está bien.

            —¿O sea que tú crees que yo soy la chica que es lista para la escuela, tonta para todo lo demás?

            —Ya demostraste que no. Eres aplicada para todo. Solo que los cretinos se ven atraídos hacia las chicas como tú y se aprovechan de lo buenas que son. Eso me da asco.

            —Yo… yo no… —musitó sin poder formular vocablos.

—Yo creo que tú te mereces salir con hombres de verdad, Maya. —Se llevó una mano a la barbilla. Dio unos pasos mientras cavilaba—. Es más, ¿sabes qué? Salgamos en unas citas —‍sugirió como lo más normal del mundo.

—¿Qué? —Abrió y cerró los ojos un par de veces.

—Yo te voy a mostrar cómo deben ser tus citas. Cómo debe comportarse tu pretendiente para que no te topes con cualquier idiota.

La risa salió forzada. Se recompuso antes de contestar.

—Ajá. ¿Y supongo que tú te crees muy buen ejemplo?

—Soy como un San Francisco versus Kansas. ¡Un partidazo!

—Yo creo que sería una buena idea. —La voz de Gisela se escuchó a un costado suyo.

—¿De dónde saliste? —inquirió Maya.

—Ay, bonita. Yo siempre ando por aquí y por allá. —Se llevó las manos a la cadera—. Yo creo que sí te haría bien que tuvieras unas citas de ejemplo. Con un buen tipo, además.

—También podría ser el pocos huevos de Rob. Está algo verde, pero no es mal tipo.

—Le falta decisión. Es muy niño todavía en esos temas… y demasiado tímido. —Gis se llevó los índices a los labios—. Creo que sí deberías ser tú. Ya deja de lado a la Bestia un rato y que salga el príncipe, para variar, ¿no?

—¡O sea! ¿En serio creen que soy tan mala como para acceder a esto? —Ni Bella o Bestia contestaron—. ¿Qué les pasa?

—¡Ay, bonita! No estaría mal. Yo “firmo como aval” de Yan en esto.

—Este es el trato, Princesita. —Volteó a verla muy serio—. Uno. Yo te muestro cómo deben ser tus pretendientes en tus citas y acabando esto te buscarás un buen partido. No puedes aceptar menos de lo que yo te muestre. Dos. —Agregó en un tono pretencioso—. No te puedes enamorar de mí.

—¿Y debo confiar que en el proceso yo no te voy a gustar? —Intentó sonar graciosa.

—Confía. Jamás me atrevería a ofrecerte este corazón roto. No soy tan monstruoso como para hacerlo.

—Entonces que así quede. —Gis se colocó entre ambos—. Van a tener unos simulacros de citas donde Bestia te va a mostrar un perfecto pretendiente. Y al terminar, esa será tu barra de medida. No puedes aceptar menos que eso. ¿Va? —Los miró alternadamente—. Estrechen sus manos.

Él extendió su brazo con total seguridad. Maya lo observó, puso los ojos en blanco y después de suspirar estrechó el saludo.

—Nos vemos luego, Princesita. —Hizo una ligera reverencia para después darse vuelta.

—¿Qué? ¿No te voy a acompañar al karate?

            —No. Debo prepararme. En karate sigo siendo la Bestia. A partir de aquí solo verás mi papel de príncipe. Es el trato, recuerda.

Maya lo observó mientras se retiraba al gimnasio. Una parte de ella sintió alivio al ver al Yan de siempre, mientras que otra, renuente, tenía expectación de ver cómo era ese nuevo rol. Sentía plena confianza en Gisela y su juicio. Además, él fue el único que había congeniado con su padre. «¿No era señal suficiente para intentar este experimento?», razonó.


Fin de la primera parte


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