Seguimos con la historia principal, recuerden que todo esto es borrador aún Los exámenes de primer parcial estaban a punto de ocurrir y...

Capítulo 3


 Seguimos con la historia principal, recuerden que todo esto es borrador aún

Los exámenes de primer parcial estaban a punto de ocurrir y la mayoría de los profesores ya estaban preparados para ellos. Y para los que no lo estaban, tenían mucha ayuda de los alumnos exentos para cerciorarse de que todo estaba bien. Entre esos estudiantes estaba Maya. Había ido a solicitar las impresiones de los exámenes desde la mañana que entró a la escuela y ahora se encontraba aburrida. Estaba por ponerse a estudiar, aunque no lo necesitara, cuando entró el profesor Eric. BORRAO 8 de septiembre--

            —Maya, buen día. Cuando puedas, ¿me ayudas con las notas de los profesores? Todas las que no tengan la marca de completado, me las rolas a mi oficina para darles matarile antes de los exámenes.

            Se refería a los memorándums que los profesores hacían sobre su clase o algunos estudiantes. Los que eran urgentes estaban resaltados con marca textos y los completados estaban palomeados. Apenas llegó a los de 7° semestre, notó que algunos tenían notas de quita-pon en color rojo. Casi todas eran de alumnos problemáticos. La mayoría eran de varones y de los que estaban en equipos deportivos de la escuela.

            Prácticamente todos los memos estaban completados y acomodó en una carpeta los que no. Antes de salir, la curiosidad la dominó y revisó las notas sobre Yan, pues aún recordaba su altercado con él.

            “Demasiado escandaloso. Un anarquista total”, decía la pulcra letra del profesor de Filosofía vii. “Un imbécil irremediable y un rezongón”, rezaba la nota del maestro de Historia vii. “Podría mejor tomar un curso en línea. No lo quiero en mi clase” comentaba el de Geografía v.

«Los maestros no lo quieren nada», pensó ella. Pero ahí se acababan los adhesivos rojos.

“Yan debería apoyarme en mi clase, ya domina todo el temario de la preparatoria”, comentaba la profesora de Estadística v. “No necesita exámenes de la materia. Puede venir a final de semestre con su proyecto”, era la nota en Física vii. Matemáticas, química e informática tenían notas similares.

            Maya negó con la cabeza y buscó las notas de las Academias de artes y deportes. Ahí los comentarios le parecieron más alabanzas que otra cosa: “el equipo de básquet le debe la victoria”. “Se salvó la presentación de poesía y cuentos gracias a él”. “Las chicas de danza le agradecen su ayuda, aunque él nunca haga una rutina de inicio a fin”. “Sigue siendo de ayuda para toda la Academia de deportes, más muchachos así, por favor”.

            La chica juntó las cejas y dejó las notas. «Tal vez solo le gusta discutir con ciertas personas», razonó al recordar el altercado con el profesor de filosofía. Sin embargo, ese pensamiento se le borró cuando llegó a su memoria su discusión con él. Antes de darle más vueltas al asunto, una chica llegó corriendo para avisarle que la requería el equipo de Atletismo.

 

Aún no empezaba a sudar ni sentía la respiración agitada, tampoco había sido vencida por ninguna de las novatas de primero. El calor del día no le afectaba en nada. Sin embargo, su rival actual la seguía muy de cerca por la pista. No tuvo que voltear para darse cuenta de que la chica llegó justo después de que cruzara la línea final.

            —Impresionante como siempre, amigui —comentó Sam que sostenía el cronómetro.

            La novata se desplomó a un costado de la pista y Maya corrió a su lado.

            —No te recuestes, camina un poco. —La ayudó a levantarse—. Deja que el corazón se tranquilice y regula tu respiración.

            —Eres muy cool, capitana. Ojalá algún día iguale tus tiempos.

            «No te preocupes, cuando me vaya, es posible que tú seas la capitana», pensó ella y le iba a comentar algo positivo, cuando escuchó la inconfundible voz de la Bestia al otro lado de la pista. El ajetreo en el área deportiva, al norte de la escuela, estaba a tope a esa hora del día.

            —¡Muévete, flojo! —le gritaba a Rob mientras lo seguía de cerca en una bicicleta—. ¿Así piensas correr las cuatro bases? Hasta yo te podría vencer en unas carreritas.

            El otro chico apenas sí podía seguir el paso. Estaba rojo como concentrado de jitomate y sudaba a mares.

            »Te voy a dejar aquí, para mañana espero que sí le des cinco vueltas completas a la pista.

            Yan aceleró un poco y se perdió detrás de las gradas. Maya no soportó ver al muchacho colorado y corrió tras de él. Estaba a unos pasos cuando lo vio desplomarse en el pasto y tomó un poco de agua. Maya lo alcanzó y le tendió un suero sabor a limón. Después de varios sorbos, el muchacho recuperó su color. No se había dado cuenta quién fue su salvadora.

            —No tienes por qué soportar sus abusos, ¿lo sabes?

            Roberto abrió mucho los ojos y se levantó para saludar con torpeza.

            —Hola, Maya. Gracias por el agua. ¿Cómo que abusos?

            —De Yan, siempre se la pasa molestándote.

            —¿A qué te refieres? Él es mi amigo. Tosco, pero es buena bestia.

            «Pobrecillo, tiene un vínculo traumático», pensó la chica.

            —¿Cómo va a ser tu amigo? Él…

            —Espera, perdón por interrumpir, pero él es mi amigo desde los seis. Es buena gente, neta.

            Maya alzó una ceja y ladeó un poco la cabeza.

            »No, en serio. Lo conozco desde que entramos a primaria. Era alguien muy alegre y amable. A veces un poco bobo. Recuerdo que siempre le ganaba al trompo o a las carreritas. Nos llevábamos a toda madre. Y de repente, algo cambió. Él dejó de ir en 3er grado. Todo un año no lo vi. Luego, volvió y algo en él había cambiado. Había estudiado karate, boxeo y era muy rudo, pero lo que sigue de rudo. Ya no se dejaba de los otros alumnos.

            A Maya le costaba imaginar a un pequeño Yan feliz y cordial.

—¿Volvió al mismo grado al que tú estabas?

—Sí, para cuarto grado. Hizo todos los exámenes para certificarse y volvió a nuestro salón.

—¿Y por qué ese cambio tan radical?

—No debería decírtelo, pero… pues algo de su papá. No fueron buenos tiempos para mi amigo. —Suspiró—. Él nunca lo menciona y tampoco he querido preguntarle. Es mi amigo, pero me da un poco de miedo…

—¿Cómo no ves lo malo o vago que es? ¡Amigo, date cuenta! Nunca lo he visto que se quede después de clases. Y de lo poco que sé, es que se quedaba de ver a la salida para agarrarse a trancazos con alguien.

De esas afirmaciones no estaba tan segura.

—¡Claro que se queda! Solo que nunca coinciden tú y él. Además, como dice él, hace más bien en otros lados que aquí en la escuela. —Se llevó una mano a la boca.

            Maya hizo como que no escuchó el comentario y le dio una palmada en el hombro.

            »La mayoría lo ven como un ojete, pero mejor me callo. —Apresuró el paso y se fue al vestidor.

            Maya volteó a ver al coordinador de deportes que, a su vez, observaba a Yan acomodar las bicicletas.

            El aburrimiento lo dejó atrás. Ahora tenía algo más que podía estudiar.




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