Una adulta mayor batallaba para poner en orden los costales de harina que le entregaban. El vendedor manipulaba con torpeza los sacos hast...

Capítulo 4

 Una adulta mayor batallaba para poner en orden los costales de harina que le entregaban. El vendedor manipulaba con torpeza los sacos hasta que apareció un muchacho de cabello largo.

            —Si ser pendejo es una virtud, tú podrías ser un semidios —dijo el joven enojado y le quitó de las manos el producto al harinero.

            —Yan, por favor, sé más amable con el muchacho. Es nuevo.

            La Bestia solo resopló y se cargó los costales para ir a la trastienda.

            —Lo siento, doña. Soy muy torpe y apenas es mi segundo día —dijo el vendedor.

            La señora lo despidió con un ademán amable y se dirigió a la caja de la panadería para empezar la venta vespertina.

            Maya observaba todo desde una banca que estaba en diagonal al local. El olor del pan le llegaba hasta ahí. Se había puesto extensiones, un cubrebocas y había cambiado su postura para que Yan no la reconociera. La tarde era calurosa, pues el otoño aún no había entrado bien pese a ser finales de septiembre y su disfraz le estaba cobrando factura. Su abanico apenas si le ahuyentaba el bochorno. La Bestia ayudaba en todo tipo de quehaceres a la señora y cuando cerró el local, esperó a que pasaran por ella. Se recargó un momento en la cortina de metal, respiró hondo varias veces y se fue. Eso fue el lunes. BORRAO 15 de septiembre--

 

El Parque de los Héroes, cerca del centro de la ciudad, siempre estaba pulcro, pues el jardinero que lo cuidaba le daba mantenimiento total cada semana. Retoques a las plantas, abono floral y limpieza por completo. Pese a estar en su octava década de vida, su trabajo era muy eficiente. Lo era más, porque su ayudante hacía todo lo pesado y le auxiliaba para caminar, pues el calor y la humedad podían ser agobiantes.

            —Agradezco tu ayuda, muchacho. Me gustaría que tuvieras mejor actitud —decía mientras se sostenía del brazo de Yan.

            —Disculpe, don Mario, pero estos marranos que ensucian el parque me tienen hasta la ma...

            —Ya, ya, chavo. Para eso estamos aquí, ¿no? Cada martes, sin falta.

            Aún no era el crepúsculo cuando Maya vio que la Bestia compartía una torta y un agua de jamaica con el señor. El perfume de las flores se mezclaba con el de las aguas frescas. La tiendita que estaba cerca de las canchas multiusos estaba lo suficientemente surtida para que don Mario pudiera comer al terminar. Después, lo acompañó a su casita cerca del parque y se retiró con el traje del trabajo aún puesto y el viento nocturno como custodio.

 

La lluvia no dio tregua el jueves, pero aun así el librero se negaba a cerrar. El local era una librería angosta con tres pisos y unos anaqueles siempre impecables. Yan estaba de pie junto a él con una camisa pulcra y una sonrisa radiante. Invitaba a los pocos transeúntes a pasar. Desde la plaza de enfrente y con un latte en mano, Maya veía toda la escena gracias al frente de cristal que lucía la tienda. Unos pocos pasaban para resguardarse y aprovechaban para ver las estanterías cargadas de todo tipo de obras. Su amiga Sam pasó por ella antes de que la librería cerrara, pero pese a que los truenos anunciaban una tormenta, la Bestia no se movió de su lugar.

 

Sábado y domingo era común que los creyentes —y los no tanto— dieran comida en el santuario. Yan había llegado desde las siete de la mañana a preparar todo junto a las chicas de la comunidad. El atrio del recinto era lo suficientemente amplio para albergar las mesas extensas donde servían la comida y el aire se llenaba del aroma de cada platillo. El domingo, pese al viento, el muchacho había estado ahí para ayudar. Cocinaba, lavaba trastes y acomodaba las lonas y sillas. El lugar era inundado por el olor de varios guisos.

Cuando terminaron de dar la comida, Maya lo perdió de vista. Se levantó de la jardinera donde estaba y se apartó con sigilo. El calor la abochornó un poco. Apenas se había quitado el cubrebocas cuando una figura alta se le cruzó.

            —Me siento acosado, princesita —habló la Bestia con sorna y con media sonrisa.

            Ella retrocedió por reflejo y se puso en posición defensiva. Fue casi imperceptible, pero Yan notó que ella había abierto mucho los ojos. Él negó con la cabeza.

            »¿Por qué me sigues?

            —Nada de lo que haces tiene sentido. En la escuela eres un bravucón, un vago y un presumido y acá... —negó ella con la cabeza.

            —¿Ajá?

            —No sé qué eres, no cuadra con tu imagen.

            —No cuadra con tus estereotipos, princesita. Realmente no te das el tiempo de conocer a las personas. Como pasaba con tus e… —Extendió el brazo y ella retrocedió dos pasos. Él se llevó la mano izquierda a la barbilla y la derecha al pecho—. Mira, si realmente quisieras conocerme, preguntarías.

            Ella no bajaba sus brazos y seguía con una cara de pocos amigos. La Bestia suspiró, relajó los hombros y dio media vuelta con mucha lentitud.

            »Ya vi que te doy miedo —masculló y la miró de reojo—. Le puedes preguntar a mis amigos. Ellos dan menos miedo. O sea, aparte de Rob. A él ya lo interrogaste. —Metió las manos a los bolsillos y resopló.

            Maya lo vio retirarse sin poder decir una palabra.

 

Era lunes por la mañana y apenas le estaba terminando de contar todo a Sam, su mejor amiga. Se encontraban en el rellano descubierto que llevaba al segundo piso y a su salón. BORRAO 22 DE septiembre--

            —¿Puedes creerlo? Este bruto todavía me dijo que le podía preguntar a sus amigos. ¿A poco tiene? No creo que nadie de los que golpeó sea su amigo.

            —O sea, podrías preguntarle a los de karate, no los golpea tanto, pero ellos solo lo ven como su sensei. Y de todo su largo historial que tiene en la prepa, pues algunos mejor se alejan. Si quieres respuestas de verdad, podrías ir con su mejor amiga. Bueno, su mejor amiga de toda la vida.

            Maya la volteó a ver confundida. «¿De toda la vida? De seguro era su interés amoroso», pensó ella. Estaba a punto de articular palabra cuando Sam se explicó.

            —Ay, amigui, ¿pues por qué crees que le dicen la Bestia? Porque se juntaba con Bella, la más bonita de toda la escuela.

            Ese comentario y el viento otoñal, la dejaron fría por primera vez en todo septiembre.



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