¿Y por qué a Yan le dicen así? Por su amiga
El capitán del equipo de beisbol estaba sentado frente al coordinador de deportes mientras este tecleaba algo en su vieja laptop. Su castigo -impuesto por un prefecto- fue revocado por el profesor y lo mandó llamar a su oficina, al oeste de la escuela.
—Bueno,
¡ya! Dígame algo —exclamó el muchacho que esperaba frente al escritorio.
—Mira,
David, sabes lo que hiciste, cálmate. Oliver es tu compañero y lo golpeaste. A
principios de semestre le pasó lo mismo a Rob. Tu jodido genio te ha traído
hasta aquí.
El
capitán tamborileó los dedos hasta que el profesor firmó el documento que
redactaba para mandarlo a imprimir. Las oficinas de los coordinadores contaban
con aire acondicionado, ventanas amplias y persianas. Cada profesor fue
suministrado con una impresora sencilla
»Profesor
Liam —murmuró—. Bueno, ahora sí, a lo que nos truje. David, eres un enojón que
siempre busca someter a sus compañeros. No sé qué problemas tengas en casa,
pero se quedan afuera de mi escuela y de mis canchas, ¿capisci? Y no sé
en qué estabas pensando en armar bronca con la Bestia, pero llevarte a todo tu
equipo entre las patas, estuvo mal. Eso no es algo que haga un capitán.
—Pues
es que Rob es un debilucho y la neta, solo lo estábamos iniciando. Él que se
puso a chillar y a lanzarnos patadas cuando le hicimos fila india.
—La
novatada es correr dos vueltas en la cancha y luego hacer todo el ejercicio
desde el día uno. Cuando se rinden, ahí le paramos. No hacemos esas mamadas de
fila india.
—¿Y
para qué se metió Yan? Nada más protegiendo a su “palo”. Si no me hubiera
tomado por sorpresa, le hubiera ganado.
—¿Tú?
—Sonrió—. ¿El que le dio el puñetazo inicial y luego se empezó a escudar con
sus compañeros? Me cuesta creerlo, muchachito.
—¡Bueno,
ya! No estaba en mi mejor momento. Quisiera un uno a uno contra Yan, a puño
limpio si se puede. Ya verá cómo lo dejo. —Lo miró con complicidad.
El
profesor no respondió enseguida. Se rascó su barba de candado y se acomodó los
lentes oscuros. Dejó su cachucha en la mesa y se inclinó un poco sobre su
escritorio para replicar.
—Soy
capitán de brigadas, David, no puedo autorizar eso. No me jodas, en serio.
Desde primeros auxilios hasta respuesta a emergencias, eso dice mi puesto. No
quisiera tener que cargarte al hospital cuando Bestia acabe contigo.
—¡Oiga!
¿Está tan seguro de que perdería?
—Lo
que sí puedo hacer —interrumpió—, es firmarte un permiso para que entres a
Karate y le pidas un sparring o un combate de prueba. Entrenar artes
marciales tal vez te sirva. A ver si con eso se te baja lo “machito” y te
enseñas a controlar. Toma esto —le tendió la hoja que había redactado—. Le
dices a la psicóloga que tus sesiones serán entre la hora de salida y la hora
del entrenamiento. Necesitas dominar esa ira.
David
revisó a conciencia la hoja y se llevó una mano a la barbilla.
—¿Qué?
¿Y a qué hora voy a tragar?
—Te
sugiero que pidas salir cinco antes y comas aprisa. —El sonido de una
ambulancia llegando a la Escuela interrumpió al profesor—. Debo irme. Como ya
escuchaste, el deber me llama. —Se apresuró a salir de su oficina—. Le diré a
la Bestia que no te machaque tanto cuando te vea en Karate, ¿va?
El
profesor salió a toda prisa y le dijo a la secretaria, en la oficina contigua,
que mandara llamar a la psicóloga escolar.
Maya y su mejor amiga se encaminaban al
centro de la escuela donde estaba la cafetería. El aroma de los guisos hacía un
popurrí con el perfume amaderado de las hojas secas.
—O sea, es la más bonita de
la escuela. Por supollo que es también muy cotizada —comentó Sam—. Solo
comparte su tiempo libre con sus amigas y con Yan a veces.
Su
andar era el único sonido que se escuchaba en la parte trasera de la cafetería.
Se dirigían a encontrarse con Bella, la mejor amiga de Bestia.
—¿Y cómo conseguiste que
dejara de lado a sus amigas para hablar con nosotras? O sea, porque sí seremos
solo nosotras, ¿verdad?
—Bueno, solo tú. Yo
observaré de cerca. Le dije por mensaje que querías saber de Yan y accedió de
inmediato.
—¡¿Por qué le dijiste eso?!
—Porque es la verdad,
amigui. Además, la más bonita no iba a dejar plantada a la estudiante modelo de
la escuela, ¿o sí?
Llegaron a la zona de
cafetería que tenía terraza. Había solo dos mesas alargadas con gradillas ahí y
una única alumna ocupando una de ellas. Sam se sentó en una banca un poco
alejada para ver todo y Maya caminó nerviosa hasta la chica.
—Hola, Bella. ¿O cómo debo
llamarte?
—Como me percibas. Ay, oye, ¡qué
bonita eres! Me llamo Gis, pero me puedes decir Bella si quieres.
A Maya le pareció como si
una reina le hubiera permitido la entrada a la sala del trono. No sabía si
sentarse o no. La chica dejaba correr una cascada de cabello rojizo que
destacaba sobre su piel trigueña.
—Soy Maya. Yo...
—Todo mundo sabe quién eres.
Toma asiento, alumna perfecta... Pero, ¿sabes? estoy un poco dolida porque tú
no sabías quién soy.
—O sea, sí te conocía, solo
que no sabía que te decían Bella. «O que al otro le decían Bestia por eso»,
pensó.
Maya la observó bien.
Entendió por qué tantas personas suspiraban por ella. A su percepción, tenía
una figura atlética como la de Maya misma. Y su rostro no había podido dejar de
admirarlo desde que llegó. Todo en ella le pareció perfección y eso que usaba
apenas maquillaje.
—Oye, no me molesta que
trajeras a tu “representante”, pero dile que cierre la boca. No nos vaya a
babear los tenis. —Sonrió Gis.
Maya volteó para encontrar a
Sam con la boca abierta y sin parpadear. Le dedicó una mirada de reproche y le
hizo una seña con la mano para que cerrara la mandíbula.
Ahora se daba cuenta que
Bella no se sentía bonita. Se sabía bonita. Tanta seguridad la hizo sentir
diminuta. La chica recargó su rostro en una mano y le sonrió con ternura.
»¿Qué quieres saber de Yan?
Maya no pudo articular
palabra. La belleza de la chica también la dejó un poco aturdida.
—Yo…
—¿Te mandó él? ¿O te guio el
corazón? —dijo al tiempo que parpadeaba de forma coqueta.
—¿Disculpa?
—¿Te gusta el chico malo?
Maya percibió un ligero
reproche en la pregunta, aunque su cara no lo mostrara.
—¡Claro que no! Es solo que
lo que sé de él no cuadra con lo que sabía de las personas. He escuchado que es
un bully, pero también lo he visto hacer cosas que... O sea, parece ser
buen chico a veces. Pero... Me ha dicho que soy prejuiciosa. Yo odio los
prejuicios y que me tachen de eso me molesta… —Tragó saliva y respiró hondo—. También
sé que se rebela y desobedece en clase a los profesores y...
Gis le hizo un ademán con la
mano para que se callara. Aunque fue discreto, se sintió como una bofetada.
—A ver, Maya, ¿desobedecer
es malo? —le cortó.
—Bueno, o sea... No siempre.
Yo...
—Yo tampoco obedezco al cien
las reglas. Eso no me hace mala. Seguirlas al pie de la letra tampoco te hace
buena persona.
Maya se sonrojó. No sabía si
molestarse por el comentario.
»Maya, bonita, no te estoy
atacando. Tú obedeces las reglas, eres bien portada. Eres ejemplar, pero eso no
te soluciona las cosas tampoco. ¿Cómo van tus trámites con la recomendación de
tu universidad? Todos los chismosos sabemos de tu problema con el dire —se
adelantó a la réplica de su interlocutora—. A veces un poco de rebeldía
ayuda...
—¿Qué me tratas de decir?
—Ay, linda, disculpa. Vienes
aquí para saber de mi Bestia. No te puedo decir mucho, es mi mejor amigo y
confío en él. Por eso yo no podría ser… ¿objetiva? Creo que así se dice. ¿Sabes
qué? —Levantó la cabeza mientras se concentraba—. Mejor pregúntale tú
directamente cómo es y por qué es así.
—¿Así nada más?
—Así nada más. Mira, bonita,
vivimos cosas desde los cuatro años. Hemos estado juntos en todo y pese a todo.
No cambiaría lo que hemos vivido por nada del mundo. Bueno, solo una cosa, pero
nada que debas saber…
—¿Qué me puedes decir de él
entonces? Me dijo que les preguntara a sus amigos.
La chica se irguió y se puso
una mano en la mejilla.
—No es un bruto, si te lo
preguntas, linda. Ve y habla con él. Y dile que digo yo —remarcó— que te
muestre quién es Yan realmente.
«Esto no me dice nada»,
razonó Maya. Se puso de pie con lentitud.
—Lamento que…
—Yo lamento no ser de más
ayuda, solo dile lo que te dije. —El sonido de una ambulancia la hizo voltear—.
Pero mejor espérate a que pase todo el estrés de la entrega de calificaciones,
¿de acuerdo? —Le extendió la mano.
—De acuerdo, le daré una
oportunidad. Te voy a creer —le estrechó la mano—. Gracias por la info.
¡Vámonos, Sam! —dijo mientras se daba media vuelta.
—Yo espero que se lleven
bien. A Yan le hace falta otra buena amiga. —La despidió con la mano sin
levantarse.
—Eso lo veremos —contestó al
alejarse.
Su instinto le dijo que Gis
decía la verdad. Era la segunda vez que le contaban de primera mano que Bestia
no era el patán que ella vio la primera vez.
—¡Y me caíste bien! —gritó—.
Puedes venir cuando gustes. Trae a tu amiga, pero que se traiga babero la
próxima vez.

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