Para este punto ya deben darse cuenta, los capítulos nombrados son interludios o historias laterales. Los numerados son la trama principal. ...

Capítulo 17

Para este punto ya deben darse cuenta, los capítulos nombrados son interludios o historias laterales. Los numerados son la trama principal.

La semifinal de beisbol se estaba disputando ante los ojos de Maya. El miércoles quince de octubre pintaba a estar parcialmente soleado y le permitía observar bien el encuentro. La “cueva” del equipo de su preparatoria estaba inundada de emociones mientras veían que los superaban por dos carreras a mitad de la cuarta entrada.

            —Me parece una estupidez que solo juguemos cinco innings —refunfuñó David, el capitán—. Y me parece una mayor que Bestia se encuentre aquí. —Lo fulminó con la mirada.

            Maya entendía su enojo. Al inicio del semestre, Yan lo había puesto en su lugar con una sola cachetada y después, dos veces a la semana, le propinaba una lección de humildad al empezar las clases de karate. Nadie más del equipo parecía molesto con la presencia de Bestia, a pesar del altercado por defender a Rob. La explicación del profesor Juan fue sencilla: “A veces, después de unos madrazos o una enfermedad, nos hacemos amigos. Los hombres somos así de simples”.

            —También me da gusto estar aquí, David. —Sonrió Yan.

            Bestia, con el uniforme de beisbol, estaba situado entre el coach Juan y el Coordinador Liam. El entrenador resoplaba sobre su poblado bigote entrecano. Se cruzó de brazos antes de dirigirse al capitán.

            —¡David! Quiero que aplastes a ese bateador presumido. Juega con su mente y métele tres strikes. ¡A ganar, carajo!

            —Como guste, coach. Oye, Bestia —lo señaló con la mano enguantada—, mira a ver si aprendes algo más que solo dar chingadazos.

            Gisela soltó una risita por un costado de Maya. Ella vestía una versión de falda y calcetas altas del uniforme rojizo de los Ocelotes, el equipo de la prepa. Había escuchado del Coordinador que ella era La Banca Eterna del equipo y por eso se le permitía estar ahí. Maya, en cambio, estaba en representación de la Mesa de Alumnos —y porque Yan la había invitado.

            —David tiene mucha energía. —Se recargó en el hombro de Maya—. Lástima que solo la gaste en estupideces.

            El capitán, orgulloso, caminó con lentitud mientras las gradas coreaban su nombre. Un presentador, alumno de Comunicación de una universidad local, narraba el evento.

            ¡David está en el montículo, querida audiencia! Y viene a aplacar al equipo visitante y a ese pedante bateador. ¡Miren a ese pavo real! Cómo se pavo-nea. ¡Primer strike! ¡Tardé más en narrarlo que el capi en hacerlo! ¡Ya era hora de bajarle los humos a esa chimenea que tienen al bate!

            —Es bueno, coach Juan, con razón es el capi —dijo Yan, con un pie en la escalinata.

            —Le falta disciplina, pero si todo sale bien, los ponchamos ahorita.

            —¿Va a meter a Oliver a batear?

            —Por supollo, Bestia —confirmó el mencionado—. Nací listo. —Se sobó con pereza un cardenal del rostro, fruto del mal entrenamiento con el capitán—. Ahorita que David los aplaque, entro yo a rematar.

¡Segundo strike! Al “farol” del equipo visitante ya le tiemblan las manos. ¡Vamooooos, Ocelotes!

            —Pues parece que no te vamos a ocupar, Yan —habló Juan y relajó los hombros.

            Se viene el tercero, gente. Abanica y… ¡David la detuvo a la altura del pecho! Es out y nuestro presumido menos favorito queda fuera. ¡Momento! El capi se desplomó en el campo.

            Maya observó la escena con lentitud. Estaba por buscar a alguien de Brigadas cuando vio a Yan salir como una centella hacia el inerte jugador. Los profesores Liam y Juan corrieron un instante después. Gisela la jaló del brazo y cuando volvió a ver el montículo, Yan y una chica ya estaban auxiliando a David. «Es muy veloz para nunca querer correr», pensó Maya y se reprendió enseguida.

            Pasaron unos angustiosos instantes desde que vieron entrar a los paramédicos, apostados en la escuela, hasta que dieron la señal de que todo estaba bien. Zaza estaba entre los presentes que se acercaron a observar con los ojos muy abiertos y las manos tapándole la boca. Maya vio que Yan se regresaba al dugout y el Coordinador lo alcanzaba para regañarlo. No alcanzó a escuchar bien lo que decían.

            —… no era necesario. ¿Me oyes? Puedes descansar de Brigadas cuando estés jugando.

            —Tranquilo, coordi. Estoy completo para entrar ahorita.

 

Oliver y dos de sus compañeros, pese a su esmero, fueron esquivos de la victoria. Él ahora estaba sentado, con una venda en la mano y una derrota en el semblante. Aunque quisiera reprimirlo, el llanto quería brotar de sus ojos. El ánimo en la cueva había decaído bastante. El coach Juan cuadró sus anchos hombros para después hablar.

            —Puedes llorar, muchacho, no pasa nada. Lo diste todo. —Se aclaró la garganta para dirigirse al equipo—. No les estoy pidiendo que ganen, porque ya llegamos hasta aquí. El otro equipo hasta parece que se inyecta drogas americanas o algo, no sé. Solo quiero que no salgan achicopalados. Si van a jugar, diviértanse, por favor. Los quiero ver animados como cuando entrenan. ¿Van a salir a disfrutarlo?

            —¡Sí, coach! —gritaron al unísono no muy convencidos.

            —Tomi no está. ¿Y si ya metemos al reserva? —Sugirió Oliver con la voz dolida.

            —Bestia —habló el entrenador y dio media vuelta para dirigirse a él—, no eres regular del equipo, pero sí quisiera que…

            —No se preocupe, coach, yo me los despacho. No es la primera vez que me desmadro a todo un equipo, ¿o no?

            Todos rieron con la broma para después empezar a vitorearlo. Él se dirigió a la salida y cuando tomó su guante le alcanzó a susurrar a Maya.

            »“Te dedico esta victoria”, es lo que debería decirte tu pretendiente. —Al borde de la cueva y con una bendición de Gisela se dio la vuelta para hablar más alto—. Esta también es una lección, princesita.

            —¿Vega también va a jugar? —preguntó Oliver a viva voz.

            Yan se ajustó guante y gorra. Después de una rutina para calentar los músculos, se acercó de nuevo a la cueva para amenazar a Rob, quien había estado más invisible que el aire hasta ese momento.

            —Si al terminar el partido no eres más vitoreado que yo, ¡haré de tu entrenamiento un infierno!

            Su andar hacia el campo hizo retumbar las gradas mientras saludaba con presunción y amenazaba con señas al bateador rival.

            ¡Miren quién salió a dar la cara por la prepa! Yaaaan, «la Bestia» García. Y ya se escucha a toda nuestra chusma gritar: “¡Yan, Yan!” ¿Será posible que se blanqueé al equipo visitante en esta entrada?

            Tres strikes seguidos y la multitud parecía un mar de gritos. El recién ingresado pitcher hizo una reverencia a su audiencia para después voltear a la cueva. Maya alcanzó a escuchar que amenazaba a su amigo.

—¿Los oyes, Rob?

El siguiente bateador solo cometió un faul, pero también fue víctima de los escopetazos que Yan lanzaba desde el montículo.

            Dos outs sin esfuerzo y seguimos solo por dos carreras abajo. ¡Miren quién llegó! Es el petulante que le pegó en el pecho a nuestro capi. ¿Será que Yan logra tres seguidos?

            —Me preocupa que ese bruto le apunte también al pecho a mi Bestia —musitó Gisela—‍. ¿No podemos cambiar de pitcher?

            —No, Bella, míralo. Está demasiado confiado. —Maya tenía la mirada entornada.

            A la distancia, Yan le hacía una seña a su rival desde el montículo. Maya no tuvo que escuchar lo que dijo, pues le alcanzó a leer los labios: “Vas a caer”. Se pasó el pulgar cerca del cuello y el bateador le contestó una ofensa digna de una falta por actitud antideportiva.

            ¡Ni lo vio venir, caray! Abanicó quince años tarde. Primer strike. ¡Qué brazo, mi gente! Bestia está imparable. Que no les digan, que no les cuenten, aún hay esperanza.

            Yan se estiró con pereza, dibujando la imagen de la petulancia. Miró hacia abajo y respiró hondo.

            »¡Cae el segundo strike para el agresivo ese! Una bola lenta que ahora abanicó una eternidad antes. ¡Sí se puede! ¡sí se puede!

            —¡Ya mejor suelta el bat, amigo! —dijo Yan a viva voz—. Te verás menos mal, en serio.

            El bateador escupió al piso e hizo girar el bat para relajar las muñecas.

            Bestia se prepara y lanza. ¡Pero sí le dieron a la bola y…! ¿Y la bola?

            Maya se alarmó cuando escuchó el golpe y vio que Yan estaba doblado por la cintura con la vista fija en el piso.

            —¡¿Le pegaron?! ¡¡Yan!!

            —Maldito presumido —escuchó decir al coach Juan.

            En todo el diamante reinaba la consternación. Tanto audiencia como beisbolistas buscaban la pelota o volteaban a ver a Yan que seguía doblado por la cintura. Su rival, con muchas dudas, soltó el bat con torpeza y empezó a correr a primera base.

            —¡¿A dónde vas, novato?! —Yan se irguió y con la mano enguantada que tenía a su espalda, levantó la bola atrapada—. ¡Órale a su casa!

            Nadie lo vio venir. Yan se agachó y atrapó la pelota a ciegas con su guante. ¡Qué jugada! ¡Qué presumido! ¿Qué devoción le tengo a este desgraciado! ¡Aún hay esperanza!

 

En la cueva Yan fue recibido como un héroe. Maya lo felicitó cuando pasó a su lado y él alcanzó a susurrarle:

            —Y cuando te dediquen una jugada, la tienen que hacer bien.

            Ella le sonrió pese a la presunción. Gisela y el resto del equipo fueron a rodearlo con un abrazo grupal. Cuando el muchacho se encaminaba a hablar con Rob, el coach lo detuvo.

            —Me hubiera gustado que no fueras tan presumido, pero gracias por sacar esta jugada.

            —Saque a sus dos mejores bateadores, coach. Rob tiene que lucirse al final.

 

La parte baja de la última entrada y los Ocelotes tenían dos personas en segunda y tercera base. Sin embargo, dos outs los tenían amenazados con terminar el partido sin poder anotar carreras. Robi fue víctima de los consejos de Bestia y ahora se encontraba al bat. Su rápida respiración se notaba desde lejos.

            —Vamos, Rob, ¡tú puedes! Manda a volar esa pelota —gritaba Yan como un altavoz.

            ¡Primer strike para Robi! No pasa nada, gente. Ahorita se recupera.

            —Rob, esto es sencillo. ¡Lo practicamos muchas veces!

            Segundo strike, aún queda esperanza. Esto no se acaba hasta que yo lo narre.

            —¡Maldita sea, Rob! Mueve tus flojos brazos o voy y te reviento el bate a medio chamorro. ¡Lo digo en serio!

            Le pegó, pero fue faul. No te quiero presionar, muchacho, pero si eres un Vinicio Castilla en potencia es momento de demostrarlo.

            Maya miraba que Bestia echaba llamas por los ojos. Gisela alternaba la vista entre Yan y su amigo. Ahuecó las manos antes de alzar la voz.

            —¡Mi abuelo abanica mejor que tú, Rob! ¡Batea, maldita sea!

            Los insultos empezaron a subir de intensidad. Bella y Bestia parecían un coro bien ensayado de ofensas. El resto del equipo se les unió para formar un sonido más atronador.

            Lanza y… ¡No puede ser! La pelota se va… ¡Se va! No fue jonrón, pero miren cómo despertaron los jardineros para ir por ella. ¡Corre, Robi!

            —¡Más te vale que hagas carrera, imbécil! O vas a dar cien vueltas al diamante.

            Todos los presentes se pusieron de pie para ver el posible final del partido.

            ¡Se pudo, damas, caballeros y fanaticada! ¡Los Ocelotes marcan tres carreras!

 

Después de que el equipo alzó en brazos a su nuevo bateador estrella y se fueran a festejar, Maya fue guiada por Gis hasta la terraza, en la cafetería. Aún no se había cambiado el uniforme de atletismo y agradecía que el cielo estuviera nublado. La canción que tenía en la mente desde la mañana aún la tarareaba.

            —Listo, bonita, llegamos. Necesito ir a consolar a una amiga. A ti te dejo con tus ensayos.

            —¿Ensayos? —Ladeó la cabeza y vio a Yan con un pie sobre una de las bancas.

            Maya lo miró extrañada. No habían hablado en forma desde el sábado que se vieron para su primer simulacro de cita. Él ya se había cambiado a su atuendo regular de bravucón de camisa negra y lentes oscuros.

            —Hola, campeona. ¿Lista para otra lección?

            —Hola. ¿Cómo que campeona? Apenas llevamos seis medallas.

            —Cien, doscientos y cuatrocientos metros planos. La de relevos que te ayudaron Sonia y Sam. Además de saltos de altura y longitud. Seis de seis, no está mal para la alumna estrella.

            —Somos un buen equipo, Yan. Todavía no sabemos qué esperar mañana.

            —Como tú digas. —Se encogió de hombros—. ¿Lista para tu siguiente lección?

            —Claro que sí, maestro —bromeó e hizo una ligera reverencia—. Yo… —volteó a su izquierda sorprendida—. ¿Esa es una grabadora?

            Ella observó la radio con sintonizador analógico y una sola bocina que ya estaba encendida. Manipuló ligeramente la antena y vio que la manija estaba un poco maltratada. Yan la movió hacia él.

            —Es una radio sencilla. No sirve para grabar. —Subió un poco el volumen para escuchar al locutor.

            —Eres un anciano, Yan. No recuerdo la última vez que escuché la… —enmudeció al escuchar su nombre.

            —…la campeona y capitana de atletismo del Bachiller Ignacio Zaragoza. Tu admirador te dedica esta rola. Lloviendo Estrellas de Cristian…

Escuchó con atención la canción de principio a fin. Algunos versos los entonó con tanta alegría que ni se dio cuenta cuando estaba por terminar y el locutor empezaba a hablar de nuevo.

            —Era la canción que llevaba en mi cabeza toda la mañana. ¿Cómo…?

            —No soy fan del Cristian popero, pero su lado metalero… —Se aclaró la garganta—. Tu pretendiente tiene que saber de tus gustos, Maya. Ya sea que dedique una canción en la radio, en una bocina afuera de tu salón, casa o lugar de trabajo, o si tiene varo se pague un mariachi. Lo que sea, pero que te guste. No vaya a llegar con Vampiresa de Tigrillos si eres gótica.

            —No. Sería pésima idea. Gracias por el detalle, Yan, en serio. —Se levantó y miró la hora—. ¿Te voy a ayudar en karate?

            —Hoy no. Tal vez el viernes para preparar al equipo.

            —De acuerdo, príncipe encantador. —Se rio—. Nos vemos mañana.

            —Ajá. —Esbozó una sonrisa—. No has visto nada. Mañana, si vas o no a ayudar, te veo en el negocio a las cinco en punto. —Se retiró y la despidió con una mano—. Esta solo fue la obertura, Maya. Espera a presenciar todo el concierto. —Su sonrisa tenía tanta presunción que Maya no pudo evitar sonreír también.

             Lo vio retirarse al segundo gimnasio con un andar muy seguro. «Pues hasta ahora lo ha hecho bastante bien», razonó.



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