Llevaban casi un cuarto de hora discutiendo sobre las dos justas que aún quedaban de atletismo y Maya se sentía frustrada. El calor en la ...

Capítulo 18

 Llevaban casi un cuarto de hora discutiendo sobre las dos justas que aún quedaban de atletismo y Maya se sentía frustrada. El calor en la pista que rodeaba la cancha ya había hecho acto de presencia y no ayudaba a que ella se concentrara. Sam, quien era la más rápida, quería competir pese a su lesión del día anterior. Sonia, la chica de quinto que tenía una prótesis tipo cuchilla para correr, estaba segura de que podría disputar los ochocientos metros, pese a que no había descansado ninguno de los días anteriores de competencia.

            La capitana no había sopesado la opción de que Sonia corriera el circuito, pues el desgaste ya asomaba a su físico. Además, consideró que ella misma debería correr la media maratón, aunque eso la dejara agotada, pues era la líder del equipo. «Tampoco le puedo pedir a David que compita, está jugando en el de basket», razonó.

            Sam tenía las piernas llenas de cintas kinesiológicas. Maya no pudo evitar pensar en una pintura de arte moderno cuando bajó la vista para observarlas. Sonia, por otro lado, no tenía ninguna lesión y la capitana pensó que tal vez quería lucir su nuevo implante con los colores de la escuela. Consideró todo aquello mientras sus dos compañeras discutían hasta que la chica de quinto alzó la voz:

            —A ver, capitana, lo piensas un chingo, ¡yo puedo correr! Además —agregó mientras se daba una palmada en la pierna y señalaba su prótesis—, solo me puedo lastimar una pierna.

            La carcajada de Yan interrumpió su réplica. La capitana volteó para ver al muchacho llegar junto a Pedro, el fotógrafo que cubría los Juegos Interescolares.

            —Me caes bien, Sonia —habló Bestia—. Tienes buen sentido del humor.

            —No siempre, Yan. A veces cojea.

            Otra carcajada más y le dio unas palmadas a Pedro.

            —¡Déjala competir, Maya! Está muy segura.

            —Y se me hace tarde para prepararme. —Se ajustó el jersey de su uniforme y echó a correr a los vestidores—. ¡Deséenme suerte! —dijo a la lejanía.

            —¡Rómpete una pierna! —gritó Yan.

            —Ojalá. ¡La prótesis es más cara!

Maya puso los ojos en blanco y suspiró fuertemente.

            —Bueno, eso solo me deja a mí para correr la media maratón —decidió y empezó a estirar.

            —Hasta crees. —La sonrisa de Yan tenía un deje de burla—. Mi mero gallo acaba su partido y viene a prepararse para el maratón. —Se adelantó a la réplica de la chica—. Además, tú tienes que estar entera para la carrera de la ciudad.

            —Está bien, Yan. —Admitió mientras el peso de la responsabilidad dejaba de agobiarla—. Si confías en Robi, que él compita la media maratón.

            —Que él gane la media maratón. —Se dio la vuelta y empezó a darle indicaciones a su compañero que cargaba una cámara.

 

El sol pegaba muy fuerte en la avenida al oeste de la escuela. Maya vestía una gorra para cubrirse mientras esperaba a los corredores de la última justa del día. La mayoría de los alumnos y algunos padres de familia presenciaban desde la acera contraria. Había varios puestos de fruta y aguas frescas que perfumaban el ambiente.

            Ella aguzó el oído cuando escuchó a varias personas emocionarse al final de la calle. Divisó que Robi venía al frente, seguido de un muchacho que apenas le aguantaba el paso y que tenía cascadas de sudor por toda la cabeza. Sin embargo, al observar mejor, notó que su compañero llevaba un andar muy peculiar. «Le pasó algo al pobre», pensó y corrió para observar mejor.

            —Robi, ¿te encuentras bien? —Lo había alcanzado y empezó a trotar al lado de él.

            —Es el pie derecho. Me molesta. No sé si pueda terminar.

            Maya observó que no había dejado de correr y que le llevaba ventaja al segundo lugar, quien parecía ya un tomate bajo el grifo.

            —¡Vamos, Robi! Tú puedes.

            —No creo, capitana. No debí competir.

            Maya empezó a aumentar sus palabras de aliento, pero el muchacho daba negativas a cualquiera. Así estuvieron varios pasos hasta que Robi estalló.

            —Es que no importa cómo pise, ¡me duele!

            Lo observó más a detalle y notó que apenas si sudaba. Hizo memoria del día anterior y se dio cuenta hasta ese momento que los halagos no funcionaban con el muchacho. Apretó la mandíbula antes de soltarle lo que pensaba.

            —Si no importa cómo pisas, ¡pues pisa normal! El dolor no se va a ir, ¡caray!

            Rob soltó un bufido y apretó más el paso. Echó un poco el cuerpo hacia delante cuando empezó a pisar con fuerza.

            »¿Eso es todo? Mi abuela camina más rápido cuando va al mandado. Con razón Bestia no confía en ti, lento.

            El flujo de ofensas no paró hasta convertirse en un torrente. Maya iba de espaldas mientras le sostenía la mirada.

            »En el cuento de La tortuga y la Liebre tú podrías ser el caracol de lo lento que estás hoy.

            Robi empezó a correr en serio y Maya se dio la vuelta para ser dos guepardos emparejados. Estaban a doscientos metros de la meta cuando ella notó que justo a un lado, en la otra acera, Pedro se había colocado para tomar una foto.

            —¡Ya no puedo, Maya! —alcanzó a gritar Robi.

            —¡Corre! Maldita sea, ¡no te detengas hasta que rompas el listón!

            Ambos cruzaron la línea de meta al mismo tiempo. Maya saltó a la calle para sostener a su compañero por un costado y Yan apareció del otro para guiarlo a la acera. Una chica de la Brigada Escolar los esperaba para quitarle el calzado y revisarle el pie. Al cabo de un momento, les mostró la causa del dolor.

            —La bandita que tenías en el talón se soltó y andaba bailando en todo tu tenis junto al calcetín que se bajó. No hay nada de que preocuparse. —Sacó un aerosol y lo agitó—. Esto lo vas a sentir frío.

            La cara de Robi le sacó una sonrisa a Maya y se puso en pie gracias a Bestia. En ese momento, unos aplausos como granizos se escucharon por toda la avenida. Su compañero había llegado en primer lugar y algunos alumnos lo levantaron en brazos. Se sintió satisfecha, pero culpable de haberle dicho todo aquello. Levantó la vista a la otra esquina, donde estaba la reja del estacionamiento de la escuela y vio a la subdirectora que presenciaba el final de la carrera. Estaba por ir a pedirle una disculpa cuando alguien tocó a su hombro.

            —Maya, tenemos que hablar.

            Ella volteó con lentitud, pues ya sabía de quién se trataba. Era Kira, su jefa en la Mesa de Alumnos. Tenía la expresión gélida de siempre.

            —Presidenta, ¡buenos días! —Tragó saliva y sintió la culpa caer en todo su cuerpo. Estaba lista para el anuncio de un reporte.

            —Necesito que me pienses qué día de la siguiente semana puedes presentar tu examen a título de suficiencia. Necesito tener listo todo para que te lo apliquen —habló muy seria.

            —¿No debería aplicarse a fin de semestre? —Relajó por completo el cuerpo y soltó un silencioso suspiro. Sabía que hablaba de la clase de Ética.

            —Si hacemos eso, podrías perder la beca del Estado —dijo con calma—, pues actualmente tienes un cero en este parcial. Además, la subdirectora ya autorizó.

            —Está bien. Lo tomaré en una de esas horas libre que tengo. Yo te aviso.

            —Gracias, Maya. Estamos en contacto. —dijo para despedirse, dando unos pasos antes de voltear y sonreír con calidez—. ¡Ah!, también quiero agregar… ¡Muchas gracias por tu liderazgo y felicidades por todas las victorias!

            Se quedó atónita ante tal escena. En contadas ocasiones había visto esa expresión en Kira y ese gesto le proporcionó serenidad. Miró al cielo y sintió un cálido aire de otoño tan poco común para la época mientras veía todo el festejo que se llevaba en la avenida y que ahora se encaminaba a la preparatoria. Cuando bajó la mirada, Yan la observaba y gesticuló para que pudiera entenderle: «Nos vemos al rato». Ella no pudo evitar sonreír.

 

Eran casi las cinco de la tarde cuando Maya se paró en la acera de enfrente de la librería donde ayudaba Yan. Llevaba el cabello suelto, pues el viento se sentía frío. Se alisó la blusa sin mangas para después ajustarse el suéter de botones que llevaba encima. Su pantalón de tiro alto le pareció fuera de moda, pero Gisela había insistido por mensaje que la haría ver bien. Dio varios pasitos nerviosa, pues no veía a Bestia desde donde estaba. Sus botas negras hacían un ligero eco al andar.

            —Qué diferente se ve la gente cuando se baña.

            Maya volteó para ver a Yan que aparecía sonriéndole. Llevaba una playera negra holgada y se ajustó la solapa de su camisa morada apenas la vio. Sacó algo de uno de los muchos bolsillos de sus pantalones oscuros y se plantó frente a ella.

            —Buenas tardes, Yan. —Saludó con la mano.

            —Tú siempre te ves bien, Maya. Tal vez es un don tuyo.

            Ella quiso responder al cumplido, pero las palabras no salieron.

»Permíteme. —Alzó la mano para pasarle un pañuelo de tela por la sien—. Listo. Creo que era una hoja que se te quedó en el cabello. ¿Pasamos? —Hizo un ademán con la mano y señaló la plaza a sus espaldas.

 

La cafetería era el lugar que ella había elegido para espiarlo en aquella ocasión que lo siguió. Se sentaron a una mesa junto a la ventana y ella eligió rápidamente algo del menú. Él se tardó un rato en decidirse por una bebida de chocolate blanco.

            —¿No te gusta el café?

            —Ya vivo muy alterado sin cafeína. El chocolate me gusta más. —Se reclinó un poco sobre su silla—. Dime, ¿desde aquí me veía guapo o por qué elegiste este lugar?

            —¡Qué pesado! —Sonrió—. Pues, desde aquí te apreciaba bien, pero en mi defensa…

            —Querías descifrar qué pedo conmigo. Sí, está bien. Disculpa la pregunta. A ver, Maya, dime por qué una cafetería es un buen lugar para las primeras citas.

            Ella recorrió el lugar con la mirada. El sitio tenía un decorado en tonos pastel y beige, además de varios cuadros pintados a mano. La mayoría de las mesas eran de la misma altura. En cambio, las sillas solo parecían del mismo juego para cada mesa.

            —Te permite hablar, ¿no? Conocer a la otra persona y hacerle preguntas. Y justo eso quiero hacer ahorita. La vez pasada no tuve oportunidad de hablarte mucho.

            —Adelante —concedió él con una sonrisa—. Pregunta lo que quieras.

            En esos pocos minutos, Maya aprendió que él jugaba videojuegos como pasatiempo, leía un poco, estudiaba en las horas libres que se había ganado a base de reportes y discutir con los profesores. También le dijo que escuchaba todo tipo de música rock y que le gustaba la escultura. Además, le contó que no tenía papá, pues había huido de casa y que pasaba el domingo con su mamá en lo que ella decidiera.

            Ese comentario la hizo sentir extraña, Maya y su madre pasaban muy poco tiempo juntas debido a que viajaba por trabajo. En cambio, Yan parecía llevarse demasiado bien con la suya. Sintió un deje de nostalgia. Además, se arrepintió de haber indagado sobre su vida con otras personas y no con él.

            Pidieron el postre y en el siguiente ciclo de preguntas, ella descubrió que Yan practicaba karate todos los días, pues le confesó que era parte de su vida diaria. Lo había llevado consigo desde los ocho años y que el estilo que entrenaba tenía el enfoque que requería.

—¿Goju Ryu? —preguntó ella.

—Es la escuela de mi maestro. Tengo casi diez años practicando y… —Se quedó callado porque la discusión en otra mesa sonaba en todo el café.

Unos metros más allá, un comensal estaba regañando sin piedad a un joven mesero. Se disculpó varias veces y apenado, fue hasta la mesa de Maya y Yan con una bandeja de postres. Un tiramisú un poco aguado y un pastel de chocolate con la cubierta maltratada.

—Disculpen la demora —habló el chico—. Tuvimos un desastre en la cocina.

—Oye, amigo. Perdón, pero esto no fue lo que pedimos. Fue una tarta de manzana para ella y una carlota de durazno para mí. No te preocupes si tarda, esperaremos. Gracias.

—Gracias, joven. —Revisó sus órdenes y las acomodó en la bandeja—. Ya lo traigo.

            —Supongo que esto es otra lección, ¿verdad? —Alzó ella una ceja mientras le daba un sorbo a su bebida.

            —Aprendes mucho de los hombres por cómo tratan a sus mamás o a la gente de servicios. Si ves que a alguno de ellos los trata con prepotencia o groseramente, ¡corre!

            Maya pensó en dos de sus pretendientes que eran precisamente así. Se sintió apenada de recordarlos y no dijo nada.

            »¿Ves a ese tipo gritón de allá? Si ella es lista, esta es la última vez que salen juntos.

            La cita continuó cuando llegaron sus postres y los degustaron con lentitud. Maya le empezó a contar a Yan que a veces le costaba divertirse, sobre todo en este último año. Las responsabilidades habían llegado a un punto donde había que posponer muchas cosas que ella disfrutaba hacer. Él dijo que tal vez necesitaba ayuda del Guardián de la Diversión.

            —¿El qué? —Sonrió ella extrañada.

            —¿Nunca viste El Origen de los Guardianes? La produjo Guillermo del Toro. Salió hace dos años cuando se “acabó el mundo”.

            —No la conozco, Yan. Casi no veo películas animadas. Es que… pasó algo en secundaria. Conté que todavía veía Plaza Sésamo con una de mis sobrinitas y se burlaron de mí.

            —No por eso vas a dejar de disfrutar la vida, princesita. La secundaria ya quedó muy atrás. Mucho, pensando que nuestra prepa dura cuatro años. ¿A quién se le ocurre que todavía podría funcionar ese esquema? Como sea, no dejes de disfrutar la vida por eso, ¿de acuerdo?

            Maya asintió mientras en la otra mesa, la de los gritos, el sujeto se levantó, resopló sobre su amplio bigote y salió del lugar muy enfurruñado. Ella lo siguió discretamente con la mirada.

            —Supongo que, como dices, ya no habrá segunda cita para ella.

            —Y hace bien. —Volteó a ver a la chica, que aparentaba ser un poco mayor que ellos—‍. Amiga, de la que te salvaste.

            La muchacha sonrió y pidió algo más antes de irse.

            Cuando estaban por retirarse ella sacó dinero de su cartera, pero él la detuvo con un ademán. Él insistió en que era la primera cita formal y que el pretendiente debía pagar en ese momento.

            —Me siento mal, Yan. No creas que no sé que pagaste por todo el material de la salida anterior.

            —Somos estudihambres, Maya. Ahorita sí es posible que tengan que irse micha y micha, pero en cuanto empiezan a salir, tal vez deban hablar cómo serían las salidas. Tú pagas una y él paga la otra, se van a mitades siempre, el que invita paga todo. Cosas así hay que hablarlas. Ya tú decidirás qué aceptas. No te vayas a topar con tacaños extremos o con dadivosos muy sospechosos. Además, con esta economía… —Se encogió de hombros.

 

Salieron a la plaza y estaba abarrotada, el murmullo de cientos de conversaciones inundaba el ambiente. No dieron ni dos pasos cuando el olor de la zona de comida les hizo olvidar el aroma del café. Anduvieron sin rumbo por el lugar y cuando ella iba a mencionar que ya era hora de retirarse, notó que una mujer con el cabello rubio entornaba la vista en su dirección. Se abrió paso entre el gentío para llegar hasta ellos.

            —¡Hijo! Destacas entre la multitud con esa trenza. Los muchachos casi no la usan así.

            —Mamá, ¿qué haces aquí? Creí que estarías trabajando. Además, fue idea de Gis lo de mis greñas.

            La señora desvió la mirada hacia Maya y le sonrió, por un momento, cuando volvió hacia su hijo, juntó ligeramente las cejas.

            —¿No me presentas?

            —Ah, sí. Maya, mi mamá. Mamá, ella es Maya. Salimos por un café.

            —¿Maya Vega? Sí he oído hablar de ti.

            Ambas se saludaron y estrecharon la mano. La chica notó que la madre de Yan era muy joven. Se preguntó qué edad tendría. Después de unos segundos de conversación, ella le sonrió con ternura y se llevó la mano a la boca.

            —Me alegro de que mi muchachote salga un rato en las tardes a otras cosas. Y mira nomás, con la señorita del cuadro de honor.

            La mencionada se ruborizó y agradeció con pena.

            —Nos tenemos que ir, mamá. Ya es tarde para ella.

 

Las despedidas fueron breves y ellos ya estaban afuera de la plaza. El viento del otoño le hizo ondear el cabello a Maya y Yan sacó un gorro de color gris de otro de sus bolsillos y se lo ofreció a ella.

            —Gracias. Oye… tu mamá se ve muy joven. —No supo cómo continuar.

            —Es que me tuvo cuando estaba terminando la uni. De hecho, tuvo primero mi acta de nacimiento que su título. —Se rio—. Aquí sería el momento en que te acompaño a tu casa, pero ya vi a tu sombra en la otra esquina. Nos vemos mañana, Maya.

            —Nos vemos, Yan. Muchas gracias por todo.

 

Yan iba en camino a su casa cuando le sonaron algunas notificaciones de golpe. No había revisado su teléfono en la cita por respeto a la chica. Cuando encendió la pantalla, vio varios mensajes de la Movida en calidad de urgente. El que más le llamó la atención era el que rezaba: «El dire quiere que lleves dos medallas el sábado. La de equipos y la individual. Mañana te dan la noticia».

Él hizo memoria de todos sus compañeros que habían salido lastimados durante la semana y no alcanzarían a participar en las dos divisiones. Maldijo para sus adentros todo el camino de regreso.



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