Llevaban casi un cuarto de hora discutiendo sobre las dos justas que aún quedaban de atletismo y Maya se sentía frustrada. El calor en la pista que rodeaba la cancha ya había hecho acto de presencia y no ayudaba a que ella se concentrara. Sam, quien era la más rápida, quería competir pese a su lesión del día anterior. Sonia, la chica de quinto que tenía una prótesis tipo cuchilla para correr, estaba segura de que podría disputar los ochocientos metros, pese a que no había descansado ninguno de los días anteriores de competencia.
La
capitana no había sopesado la opción de que Sonia corriera el circuito, pues el
desgaste ya asomaba a su físico. Además, consideró que ella misma debería
correr la media maratón, aunque eso la dejara agotada, pues era la líder del
equipo. «Tampoco le puedo pedir a David que compita, está jugando en el de
basket», razonó.
Sam
tenía las piernas llenas de cintas kinesiológicas. Maya no pudo evitar pensar
en una pintura de arte moderno cuando bajó la vista para observarlas. Sonia,
por otro lado, no tenía ninguna lesión y la capitana pensó que tal vez quería
lucir su nuevo implante con los colores de la escuela. Consideró todo aquello
mientras sus dos compañeras discutían hasta que la chica de quinto alzó la voz:
—A
ver, capitana, lo piensas un chingo, ¡yo puedo correr! Además —agregó mientras
se daba una palmada en la pierna y señalaba su prótesis—, solo me puedo
lastimar una pierna.
La
carcajada de Yan interrumpió su réplica. La capitana volteó para ver al
muchacho llegar junto a Pedro, el fotógrafo que cubría los Juegos
Interescolares.
—Me
caes bien, Sonia —habló Bestia—. Tienes buen sentido del humor.
—No
siempre, Yan. A veces cojea.
Otra
carcajada más y le dio unas palmadas a Pedro.
—¡Déjala
competir, Maya! Está muy segura.
—Y
se me hace tarde para prepararme. —Se ajustó el jersey de su uniforme y echó a
correr a los vestidores—. ¡Deséenme suerte! —dijo a la lejanía.
—¡Rómpete
una pierna! —gritó Yan.
—Ojalá.
¡La prótesis es más cara!
Maya puso los ojos en blanco
y suspiró fuertemente.
—Bueno,
eso solo me deja a mí para correr la media maratón —decidió y empezó a estirar.
—Hasta
crees. —La sonrisa de Yan tenía un deje de burla—. Mi mero gallo acaba su
partido y viene a prepararse para el maratón. —Se adelantó a la réplica de la
chica—. Además, tú tienes que estar entera para la carrera de la ciudad.
—Está
bien, Yan. —Admitió mientras el peso de la responsabilidad dejaba de
agobiarla—. Si confías en Robi, que él compita la media maratón.
—Que
él gane la media maratón. —Se dio la vuelta y empezó a darle indicaciones a su
compañero que cargaba una cámara.
El sol pegaba muy fuerte en la avenida al
oeste de la escuela. Maya vestía una gorra para cubrirse mientras esperaba a
los corredores de la última justa del día. La mayoría de los alumnos y algunos
padres de familia presenciaban desde la acera contraria. Había varios puestos
de fruta y aguas frescas que perfumaban el ambiente.
Ella
aguzó el oído cuando escuchó a varias personas emocionarse al final de la
calle. Divisó que Robi venía al frente, seguido de un muchacho que apenas le
aguantaba el paso y que tenía cascadas de sudor por toda la cabeza. Sin
embargo, al observar mejor, notó que su compañero llevaba un andar muy
peculiar. «Le pasó algo al pobre», pensó y corrió para observar mejor.
—Robi,
¿te encuentras bien? —Lo había alcanzado y empezó a trotar al lado de él.
—Es
el pie derecho. Me molesta. No sé si pueda terminar.
Maya
observó que no había dejado de correr y que le llevaba ventaja al segundo
lugar, quien parecía ya un tomate bajo el grifo.
—¡Vamos,
Robi! Tú puedes.
—No
creo, capitana. No debí competir.
Maya
empezó a aumentar sus palabras de aliento, pero el muchacho daba negativas a
cualquiera. Así estuvieron varios pasos hasta que Robi estalló.
—Es
que no importa cómo pise, ¡me duele!
Lo
observó más a detalle y notó que apenas si sudaba. Hizo memoria del día
anterior y se dio cuenta hasta ese momento que los halagos no funcionaban con
el muchacho. Apretó la mandíbula antes de soltarle lo que pensaba.
—Si
no importa cómo pisas, ¡pues pisa normal! El dolor no se va a ir, ¡caray!
Rob
soltó un bufido y apretó más el paso. Echó un poco el cuerpo hacia delante
cuando empezó a pisar con fuerza.
»¿Eso
es todo? Mi abuela camina más rápido cuando va al mandado. Con razón Bestia no
confía en ti, lento.
El
flujo de ofensas no paró hasta convertirse en un torrente. Maya iba de espaldas
mientras le sostenía la mirada.
»En
el cuento de La tortuga y la Liebre tú podrías ser el caracol de lo
lento que estás hoy.
Robi
empezó a correr en serio y Maya se dio la vuelta para ser dos guepardos
emparejados. Estaban a doscientos metros de la meta cuando ella notó que justo
a un lado, en la otra acera, Pedro se había colocado para tomar una foto.
—¡Ya
no puedo, Maya! —alcanzó a gritar Robi.
—¡Corre!
Maldita sea, ¡no te detengas hasta que rompas el listón!
Ambos
cruzaron la línea de meta al mismo tiempo. Maya saltó a la calle para sostener
a su compañero por un costado y Yan apareció del otro para guiarlo a la acera.
Una chica de la Brigada Escolar los esperaba para quitarle el calzado y
revisarle el pie. Al cabo de un momento, les mostró la causa del dolor.
—La
bandita que tenías en el talón se soltó y andaba bailando en todo tu tenis
junto al calcetín que se bajó. No hay nada de que preocuparse. —Sacó un aerosol
y lo agitó—. Esto lo vas a sentir frío.
La
cara de Robi le sacó una sonrisa a Maya y se puso en pie gracias a Bestia. En
ese momento, unos aplausos como granizos se escucharon por toda la avenida. Su
compañero había llegado en primer lugar y algunos alumnos lo levantaron en
brazos. Se sintió satisfecha, pero culpable de haberle dicho todo aquello.
Levantó la vista a la otra esquina, donde estaba la reja del estacionamiento de
la escuela y vio a la subdirectora que presenciaba el final de la carrera.
Estaba por ir a pedirle una disculpa cuando alguien tocó a su hombro.
—Maya,
tenemos que hablar.
Ella
volteó con lentitud, pues ya sabía de quién se trataba. Era Kira, su jefa en la
Mesa de Alumnos. Tenía la expresión gélida de siempre.
—Presidenta,
¡buenos días! —Tragó saliva y sintió la culpa caer en todo su cuerpo. Estaba
lista para el anuncio de un reporte.
—Necesito
que me pienses qué día de la siguiente semana puedes presentar tu examen a
título de suficiencia. Necesito tener listo todo para que te lo apliquen —habló
muy seria.
—¿No
debería aplicarse a fin de semestre? —Relajó por completo el cuerpo y soltó un
silencioso suspiro. Sabía que hablaba de la clase de Ética.
—Si
hacemos eso, podrías perder la beca del Estado —dijo con calma—, pues
actualmente tienes un cero en este parcial. Además, la subdirectora ya
autorizó.
—Está
bien. Lo tomaré en una de esas horas libre que tengo. Yo te aviso.
—Gracias,
Maya. Estamos en contacto. —dijo para despedirse, dando unos pasos antes de
voltear y sonreír con calidez—. ¡Ah!, también quiero agregar… ¡Muchas gracias
por tu liderazgo y felicidades por todas las victorias!
Se
quedó atónita ante tal escena. En contadas ocasiones había visto esa expresión
en Kira y ese gesto le proporcionó serenidad. Miró al cielo y sintió un cálido
aire de otoño tan poco común para la época mientras veía todo el festejo que se
llevaba en la avenida y que ahora se encaminaba a la preparatoria. Cuando bajó
la mirada, Yan la observaba y gesticuló para que pudiera entenderle: «Nos vemos
al rato». Ella no pudo evitar sonreír.
Eran casi las cinco de la tarde cuando
Maya se paró en la acera de enfrente de la librería donde ayudaba Yan. Llevaba
el cabello suelto, pues el viento se sentía frío. Se alisó la blusa sin mangas
para después ajustarse el suéter de botones que llevaba encima. Su pantalón de
tiro alto le pareció fuera de moda, pero Gisela había insistido por mensaje que
la haría ver bien. Dio varios pasitos nerviosa, pues no veía a Bestia desde
donde estaba. Sus botas negras hacían un ligero eco al andar.
—Qué
diferente se ve la gente cuando se baña.
Maya
volteó para ver a Yan que aparecía sonriéndole. Llevaba una playera negra
holgada y se ajustó la solapa de su camisa morada apenas la vio. Sacó algo de
uno de los muchos bolsillos de sus pantalones oscuros y se plantó frente a
ella.
—Buenas
tardes, Yan. —Saludó con la mano.
—Tú
siempre te ves bien, Maya. Tal vez es un don tuyo.
Ella
quiso responder al cumplido, pero las palabras no salieron.
»Permíteme. —Alzó la mano
para pasarle un pañuelo de tela por la sien—. Listo. Creo que era una hoja que
se te quedó en el cabello. ¿Pasamos? —Hizo un ademán con la mano y señaló la
plaza a sus espaldas.
La cafetería era el lugar que ella había
elegido para espiarlo en aquella ocasión que lo siguió. Se sentaron a una mesa
junto a la ventana y ella eligió rápidamente algo del menú. Él se tardó un rato
en decidirse por una bebida de chocolate blanco.
—¿No
te gusta el café?
—Ya
vivo muy alterado sin cafeína. El chocolate me gusta más. —Se reclinó un poco
sobre su silla—. Dime, ¿desde aquí me veía guapo o por qué elegiste este lugar?
—¡Qué
pesado! —Sonrió—. Pues, desde aquí te apreciaba bien, pero en mi defensa…
—Querías
descifrar qué pedo conmigo. Sí, está bien. Disculpa la pregunta. A ver, Maya,
dime por qué una cafetería es un buen lugar para las primeras citas.
Ella
recorrió el lugar con la mirada. El sitio tenía un decorado en tonos pastel y
beige, además de varios cuadros pintados a mano. La mayoría de las mesas eran
de la misma altura. En cambio, las sillas solo parecían del mismo juego para
cada mesa.
—Te
permite hablar, ¿no? Conocer a la otra persona y hacerle preguntas. Y justo eso
quiero hacer ahorita. La vez pasada no tuve oportunidad de hablarte mucho.
—Adelante
—concedió él con una sonrisa—. Pregunta lo que quieras.
En
esos pocos minutos, Maya aprendió que él jugaba videojuegos como pasatiempo,
leía un poco, estudiaba en las horas libres que se había ganado a base de
reportes y discutir con los profesores. También le dijo que escuchaba todo tipo
de música rock y que le gustaba la escultura. Además, le contó que no tenía
papá, pues había huido de casa y que pasaba el domingo con su mamá en lo que
ella decidiera.
Ese
comentario la hizo sentir extraña, Maya y su madre pasaban muy poco tiempo
juntas debido a que viajaba por trabajo. En cambio, Yan parecía llevarse
demasiado bien con la suya. Sintió un deje de nostalgia. Además, se arrepintió
de haber indagado sobre su vida con otras personas y no con él.
Pidieron
el postre y en el siguiente ciclo de preguntas, ella descubrió que Yan
practicaba karate todos los días, pues le confesó que era parte de su vida
diaria. Lo había llevado consigo desde los ocho años y que el estilo que
entrenaba tenía el enfoque que requería.
—¿Goju Ryu? —preguntó ella.
—Es la escuela de mi
maestro. Tengo casi diez años practicando y… —Se quedó callado porque la
discusión en otra mesa sonaba en todo el café.
Unos metros más allá, un
comensal estaba regañando sin piedad a un joven mesero. Se disculpó varias
veces y apenado, fue hasta la mesa de Maya y Yan con una bandeja de postres. Un
tiramisú un poco aguado y un pastel de chocolate con la cubierta maltratada.
—Disculpen la demora —habló
el chico—. Tuvimos un desastre en la cocina.
—Oye, amigo. Perdón, pero
esto no fue lo que pedimos. Fue una tarta de manzana para ella y una carlota de
durazno para mí. No te preocupes si tarda, esperaremos. Gracias.
—Gracias, joven. —Revisó sus
órdenes y las acomodó en la bandeja—. Ya lo traigo.
—Supongo
que esto es otra lección, ¿verdad? —Alzó ella una ceja mientras le daba un
sorbo a su bebida.
—Aprendes
mucho de los hombres por cómo tratan a sus mamás o a la gente de servicios. Si
ves que a alguno de ellos los trata con prepotencia o groseramente, ¡corre!
Maya
pensó en dos de sus pretendientes que eran precisamente así. Se sintió apenada
de recordarlos y no dijo nada.
»¿Ves
a ese tipo gritón de allá? Si ella es lista, esta es la última vez que salen
juntos.
La
cita continuó cuando llegaron sus postres y los degustaron con lentitud. Maya
le empezó a contar a Yan que a veces le costaba divertirse, sobre todo en este
último año. Las responsabilidades habían llegado a un punto donde había que
posponer muchas cosas que ella disfrutaba hacer. Él dijo que tal vez necesitaba
ayuda del Guardián de la Diversión.
—¿El
qué? —Sonrió ella extrañada.
—¿Nunca
viste El Origen de los Guardianes? La produjo Guillermo del Toro. Salió
hace dos años cuando se “acabó el mundo”.
—No
la conozco, Yan. Casi no veo películas animadas. Es que… pasó algo en
secundaria. Conté que todavía veía Plaza Sésamo con una de mis
sobrinitas y se burlaron de mí.
—No
por eso vas a dejar de disfrutar la vida, princesita. La secundaria ya quedó
muy atrás. Mucho, pensando que nuestra prepa dura cuatro años. ¿A quién se le
ocurre que todavía podría funcionar ese esquema? Como sea, no dejes de
disfrutar la vida por eso, ¿de acuerdo?
Maya
asintió mientras en la otra mesa, la de los gritos, el sujeto se levantó,
resopló sobre su amplio bigote y salió del lugar muy enfurruñado. Ella lo
siguió discretamente con la mirada.
—Supongo
que, como dices, ya no habrá segunda cita para ella.
—Y
hace bien. —Volteó a ver a la chica, que aparentaba ser un poco mayor que
ellos—. Amiga, de la que te salvaste.
La
muchacha sonrió y pidió algo más antes de irse.
Cuando
estaban por retirarse ella sacó dinero de su cartera, pero él la detuvo con un
ademán. Él insistió en que era la primera cita formal y que el pretendiente
debía pagar en ese momento.
—Me
siento mal, Yan. No creas que no sé que pagaste por todo el material de la
salida anterior.
—Somos
estudihambres, Maya. Ahorita sí es posible que tengan que irse micha y micha,
pero en cuanto empiezan a salir, tal vez deban hablar cómo serían las salidas.
Tú pagas una y él paga la otra, se van a mitades siempre, el que invita paga
todo. Cosas así hay que hablarlas. Ya tú decidirás qué aceptas. No te vayas a
topar con tacaños extremos o con dadivosos muy sospechosos. Además, con esta
economía… —Se encogió de hombros.
Salieron a la plaza y estaba abarrotada,
el murmullo de cientos de conversaciones inundaba el ambiente. No dieron ni dos
pasos cuando el olor de la zona de comida les hizo olvidar el aroma del café.
Anduvieron sin rumbo por el lugar y cuando ella iba a mencionar que ya era hora
de retirarse, notó que una mujer con el cabello rubio entornaba la vista en su
dirección. Se abrió paso entre el gentío para llegar hasta ellos.
—¡Hijo!
Destacas entre la multitud con esa trenza. Los muchachos casi no la usan así.
—Mamá,
¿qué haces aquí? Creí que estarías trabajando. Además, fue idea de Gis lo de
mis greñas.
La
señora desvió la mirada hacia Maya y le sonrió, por un momento, cuando volvió
hacia su hijo, juntó ligeramente las cejas.
—¿No
me presentas?
—Ah,
sí. Maya, mi mamá. Mamá, ella es Maya. Salimos por un café.
—¿Maya
Vega? Sí he oído hablar de ti.
Ambas
se saludaron y estrecharon la mano. La chica notó que la madre de Yan era muy
joven. Se preguntó qué edad tendría. Después de unos segundos de conversación,
ella le sonrió con ternura y se llevó la mano a la boca.
—Me
alegro de que mi muchachote salga un rato en las tardes a otras cosas. Y mira
nomás, con la señorita del cuadro de honor.
La
mencionada se ruborizó y agradeció con pena.
—Nos
tenemos que ir, mamá. Ya es tarde para ella.
Las despedidas fueron breves y ellos ya
estaban afuera de la plaza. El viento del otoño le hizo ondear el cabello a
Maya y Yan sacó un gorro de color gris de otro de sus bolsillos y se lo ofreció
a ella.
—Gracias.
Oye… tu mamá se ve muy joven. —No supo cómo continuar.
—Es
que me tuvo cuando estaba terminando la uni. De hecho, tuvo primero mi acta de
nacimiento que su título. —Se rio—. Aquí sería el momento en que te acompaño a
tu casa, pero ya vi a tu sombra en la otra esquina. Nos vemos mañana, Maya.
—Nos
vemos, Yan. Muchas gracias por todo.
Yan iba en camino a su casa cuando le
sonaron algunas notificaciones de golpe. No había revisado su teléfono en la
cita por respeto a la chica. Cuando encendió la pantalla, vio varios mensajes
de la Movida en calidad de urgente. El que más le llamó la atención era el que
rezaba: «El dire quiere que lleves dos medallas el sábado. La de equipos y la
individual. Mañana te dan la noticia».

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