Era viernes pasado el mediodía y Maya disfrutaba de la calma que le había dejado atrás el fin de los Juegos Interescolares. Se encontraba re...

Era viernes pasado el mediodía y Maya disfrutaba de la calma que le había dejado atrás el fin de los Juegos Interescolares. Se encontraba recostada en una banca, cerca de la cafetería mientras disfrutaba de un fresco día nublado. El sonido distante de los festejos en los salones y del abarrotado comedor se vieron interrumpido por la carrera de alguien.

            —Maya, ¡hola! —Era una de las chicas de karate—. Oye, qué bueno que andas libre. El otro sensei te está buscando.

            Ella tardó en comprender de quién se trataba.

            —Hola. Sí, dile que ahorita voy. ¿Dónde lo veo?

            —Te espera entre los dos gimnasios. —La chica dio un saltito emocionada—. Dijo que cuando aceptaras, te diera esto. —Le tendió una casaca limpia en una bolsa—. Muchas pero muchas gracias, Maya.

 

Llegó con el uniforme de karate puesto y el cabello amarrado a donde Yan la esperaba. Los saludos fueron breves y ella notó que él tenía una cara de molestia.

            —No me has contado cómo derribaste a David en la clase que no pude asistir. ¿Crees que me puedas enseñar? —preguntó él con ligera urgencia.

            —Sí, eso creo. ¿Es para el torneo? No creo que sea buena idea que uses movimientos de aikido en un torneo de karate, Yan.

            —Es el Abierto de Artes Marciales del Estado.

            Ella no tardó en comprender a qué se refería. Pensó que variar las técnicas le daría más ventaja. Cuando iba a replicar, él habló primero.

            »Antes que nada, necesito que me ayudes a enlistar a una persona.

 

—¡No mames, Yan! —estalló Vika—. ¿Por qué vienes a mí para eso? Yo juego voli, acabamos de ganar el primer lugar.

            Se encontraba recostada en la reja del campo de beisbol y tenía los brazos cruzados mirando a Yan con furia.

            —Pues, ¡felicidades! Antes practicabas muay thai, creo que sí puedes con esto.

            —¡Tiene años que no lo hago! Estoy fuera de forma, imbécil. ¿Qué tal si me lastiman? No… ¿qué tal si lastimo a alguien por no saber controlarme?

            —Pues no le sujetes la cabeza a tu rival y lo muelas a rodillazos, pero sí te lo tengo que pedir. —‍Hizo una reverencia hasta el piso. Era la viva imagen del respeto.

            Ella torció la boca y se inclinó hacia el frente.

            —No hagas eso, Yan —habló con un hilo de voz—. ¡Levántate! No me siento en forma para esto. Pídeselo a alguien más. No hay nada que me convenza de…

            —¿Ni siquiera el hecho de que tu antigua rival de gimnasia va a estar ahí?

            Vika se quedó callada. Endureció su semblante mientras Yan volteaba a ver a su compañera. Maya se hincó frente a ella y antes de hacer la reverencia Vika exhaló con fuerza.

            —¡No empieces tú también! —gruñó—. Le entro, pero ya dejen sus pinches teatritos. —Se puso de pie para seguirlos al segundo gimnasio.

 

Apenas llegaron, Maya vio el panorama que habían dejado todos los torneos de la semana. Solo estaban otros cuatro chicos de karate, incluyendo a David y a Lucas. De las chicas, había dos, pero una de ellas llevaba un brazo vendado. Parecían los remanentes de una batalla.

            Después de los saludos y de empezar el calentamiento, Maya pasó al centro de la duela junto a Yan. Él le pidió con respeto que le mostrara los dos agarres que le aplicó a David en aquella ocasión. Ella indicó que primero se acercara con patadas y después con golpes.

Yan había caído cuatro veces contra la lona y se levantó aparatosamente. Se puso de pie para empezar a cavilar. Después se lanzó con golpes como ella le había pedido y en el último embate, él se protegió con rapidez el pecho. Se levantó con un fluido movimiento y empezó a respirar hondo.

—¿Fui muy lejos? —preguntó ella preocupada.

—Perdón. Es la costumbre. Quiero llegar lo más entero al torneo. Ahora necesito que me los expliques.

Ella detalló cada una de las técnicas y llevó a Yan por pasos sobre cómo aplicarlas. Expuso dónde aplicar la fuerza y cómo fluir. Eran un retrato perfecto de sensei y discípulo.

—Con esto podemos salir muy bien parados de ahí —declaró Yan—. Esto les facilitará la vida a toda la clase. Gracias, amiga.

—Ay, Yan. —Maya sonrió y se le quedó mirando.

—¿Qué pasa?

—Nada. Continúa con la clase, yo te apoyo.

Ella no quería decirlo, pero ambos gestos se le hicieron de lo más enternecedor. Él se preocupaba genuinamente por sus estudiantes.

Como sensei, les mostró las técnicas con ayuda de ella. Los puso a entrenar por parejas. Vika consiguió hacer los movimientos a la primera y empezó a practicar con Lucas y después con las chicas. Yan detalló quiénes irían a la pelea por equipos y quiénes al torneo individual.

La chica que estaba lastimada dijo que se presentaría al torneo, pero que veía difícil competir. Vika se ofreció al torneo en grupo y Lucas acompañaría a Yan al otro, junto a David.

—Yo me siento listo, Bestia —habló este último—. No creas que por ser un novato me voy a rajar.

Las puertas del gimnasio se abrieron y el sensei en regla observó a su clase hacer los agarres que Maya les había enseñado. La sonrisa asomó a su rostro antes de que el habla acudiera a él.

—Vaya, pero ¿qué tenemos aquí?

—Es algo que pensamos Maya y yo, maestro —habló Yan—. Con esto podemos ganar sin arriesgar más el físico.

—¡Bien hecho, hijo! Contundencia y fluidez, el estilo de mi escuela. ¿No tienen otro movimiento, solo por si acaso?

Yan volteó a ver a Maya con genuina curiosidad. Ella fue al centro con la determinación de los verdaderos maestros. Con el mismo ímpetu, pidió que la observaran.

—Esta técnica es para parar en seco al rival. Se debe hacer un solo movimiento. —‍Avanzó con un paso fuerte y dio un codazo al mismo tiempo—. La rodilla va flexionada y el brazo es guardia y ataque a la vez. Ven, Yan, te muestro.

Cuando Yan avanzó, el maestro le tendió un peto enseguida.

—Debes llegar entero al torneo, hijo. No te arriesgues.

Yan se puso la protección y cuando quiso avanzar para atacar, el codazo de Maya lo sentó en un parpadeo. Él sonrió y lo intentó de nuevo, esta vez Maya le aplicó el otro de los agarres para sorprenderlo y cayó de espaldas, pero con suavidad contra la lona. Maya le aplicó la misma fuerza como la que se usaría contra un principiante.

—Y aquí haces punto —explicó y le sonrió, inclinada junto a él.

Yan se levantó y le estrechó la mano a su compañera.

—Sensei, creo que ya estamos listos.

 

Se habían puesto a entrenar en parejas y Vika tuvo que hacer dueto con el maestro o con Lucas, pues solo ellos le seguían el paso a su tempestad de violencia. Iban cubiertos con todo el equipo de protección mientras la chica no les daba tregua. Una incesante lluvia de golpes y agarres cada que atacaba la hacían lucir como un felino batallando.

            David gritó eufórico, cuando después de una decena de intentos, pudo derribar a Maya. Se tendió sobre la lona y respiraba exhausto.

            Maya fue junto a Yan para ver al resto de la clase seguir practicando. Tenía otra pregunta más acumulada en su mente.

            —Oye, amigo —sonrió—, ¿por qué le pediste a Vika que viniera? Ella es de voleibol.

            —Se ve que no la conoces. ¿Cuándo has visto que un equipo donde ella esté pierda?

            Empezó a hacer memoria. Desde que ayudaba en la escuela, ella había visto los resultados de todas las justas y el nombre de Vika estaba junto al primer lugar de las competiciones. Cuando la miró, el asombro se dibujaba en su semblante. La chica que fluía como un río y que parecía tener una gracia felina, no aparentaba cansancio pese a que llevaba una hora entrenando.

            —Entonces, ¿estás seguro de que le irá bien en el torneo?

            —¿Por qué crees que Bella le dice la Victoriosa? El apodo no es de gratis, Maya.

            Yan sonrió para sí mientras los gritos de su compañera hacían eco en todo el gimnasio.



  Llevaban casi un cuarto de hora discutiendo sobre las dos justas que aún quedaban de atletismo y Maya se sentía frustrada. El calor en la ...

 Llevaban casi un cuarto de hora discutiendo sobre las dos justas que aún quedaban de atletismo y Maya se sentía frustrada. El calor en la pista que rodeaba la cancha ya había hecho acto de presencia y no ayudaba a que ella se concentrara. Sam, quien era la más rápida, quería competir pese a su lesión del día anterior. Sonia, la chica de quinto que tenía una prótesis tipo cuchilla para correr, estaba segura de que podría disputar los ochocientos metros, pese a que no había descansado ninguno de los días anteriores de competencia.

            La capitana no había sopesado la opción de que Sonia corriera el circuito, pues el desgaste ya asomaba a su físico. Además, consideró que ella misma debería correr la media maratón, aunque eso la dejara agotada, pues era la líder del equipo. «Tampoco le puedo pedir a David que compita, está jugando en el de basket», razonó.

            Sam tenía las piernas llenas de cintas kinesiológicas. Maya no pudo evitar pensar en una pintura de arte moderno cuando bajó la vista para observarlas. Sonia, por otro lado, no tenía ninguna lesión y la capitana pensó que tal vez quería lucir su nuevo implante con los colores de la escuela. Consideró todo aquello mientras sus dos compañeras discutían hasta que la chica de quinto alzó la voz:

            —A ver, capitana, lo piensas un chingo, ¡yo puedo correr! Además —agregó mientras se daba una palmada en la pierna y señalaba su prótesis—, solo me puedo lastimar una pierna.

            La carcajada de Yan interrumpió su réplica. La capitana volteó para ver al muchacho llegar junto a Pedro, el fotógrafo que cubría los Juegos Interescolares.

            —Me caes bien, Sonia —habló Bestia—. Tienes buen sentido del humor.

            —No siempre, Yan. A veces cojea.

            Otra carcajada más y le dio unas palmadas a Pedro.

            —¡Déjala competir, Maya! Está muy segura.

            —Y se me hace tarde para prepararme. —Se ajustó el jersey de su uniforme y echó a correr a los vestidores—. ¡Deséenme suerte! —dijo a la lejanía.

            —¡Rómpete una pierna! —gritó Yan.

            —Ojalá. ¡La prótesis es más cara!

Maya puso los ojos en blanco y suspiró fuertemente.

            —Bueno, eso solo me deja a mí para correr la media maratón —decidió y empezó a estirar.

            —Hasta crees. —La sonrisa de Yan tenía un deje de burla—. Mi mero gallo acaba su partido y viene a prepararse para el maratón. —Se adelantó a la réplica de la chica—. Además, tú tienes que estar entera para la carrera de la ciudad.

            —Está bien, Yan. —Admitió mientras el peso de la responsabilidad dejaba de agobiarla—. Si confías en Robi, que él compita la media maratón.

            —Que él gane la media maratón. —Se dio la vuelta y empezó a darle indicaciones a su compañero que cargaba una cámara.

 

El sol pegaba muy fuerte en la avenida al oeste de la escuela. Maya vestía una gorra para cubrirse mientras esperaba a los corredores de la última justa del día. La mayoría de los alumnos y algunos padres de familia presenciaban desde la acera contraria. Había varios puestos de fruta y aguas frescas que perfumaban el ambiente.

            Ella aguzó el oído cuando escuchó a varias personas emocionarse al final de la calle. Divisó que Robi venía al frente, seguido de un muchacho que apenas le aguantaba el paso y que tenía cascadas de sudor por toda la cabeza. Sin embargo, al observar mejor, notó que su compañero llevaba un andar muy peculiar. «Le pasó algo al pobre», pensó y corrió para observar mejor.

            —Robi, ¿te encuentras bien? —Lo había alcanzado y empezó a trotar al lado de él.

            —Es el pie derecho. Me molesta. No sé si pueda terminar.

            Maya observó que no había dejado de correr y que le llevaba ventaja al segundo lugar, quien parecía ya un tomate bajo el grifo.

            —¡Vamos, Robi! Tú puedes.

            —No creo, capitana. No debí competir.

            Maya empezó a aumentar sus palabras de aliento, pero el muchacho daba negativas a cualquiera. Así estuvieron varios pasos hasta que Robi estalló.

            —Es que no importa cómo pise, ¡me duele!

            Lo observó más a detalle y notó que apenas si sudaba. Hizo memoria del día anterior y se dio cuenta hasta ese momento que los halagos no funcionaban con el muchacho. Apretó la mandíbula antes de soltarle lo que pensaba.

            —Si no importa cómo pisas, ¡pues pisa normal! El dolor no se va a ir, ¡caray!

            Rob soltó un bufido y apretó más el paso. Echó un poco el cuerpo hacia delante cuando empezó a pisar con fuerza.

            »¿Eso es todo? Mi abuela camina más rápido cuando va al mandado. Con razón Bestia no confía en ti, lento.

            El flujo de ofensas no paró hasta convertirse en un torrente. Maya iba de espaldas mientras le sostenía la mirada.

            »En el cuento de La tortuga y la Liebre tú podrías ser el caracol de lo lento que estás hoy.

            Robi empezó a correr en serio y Maya se dio la vuelta para ser dos guepardos emparejados. Estaban a doscientos metros de la meta cuando ella notó que justo a un lado, en la otra acera, Pedro se había colocado para tomar una foto.

            —¡Ya no puedo, Maya! —alcanzó a gritar Robi.

            —¡Corre! Maldita sea, ¡no te detengas hasta que rompas el listón!

            Ambos cruzaron la línea de meta al mismo tiempo. Maya saltó a la calle para sostener a su compañero por un costado y Yan apareció del otro para guiarlo a la acera. Una chica de la Brigada Escolar los esperaba para quitarle el calzado y revisarle el pie. Al cabo de un momento, les mostró la causa del dolor.

            —La bandita que tenías en el talón se soltó y andaba bailando en todo tu tenis junto al calcetín que se bajó. No hay nada de que preocuparse. —Sacó un aerosol y lo agitó—. Esto lo vas a sentir frío.

            La cara de Robi le sacó una sonrisa a Maya y se puso en pie gracias a Bestia. En ese momento, unos aplausos como granizos se escucharon por toda la avenida. Su compañero había llegado en primer lugar y algunos alumnos lo levantaron en brazos. Se sintió satisfecha, pero culpable de haberle dicho todo aquello. Levantó la vista a la otra esquina, donde estaba la reja del estacionamiento de la escuela y vio a la subdirectora que presenciaba el final de la carrera. Estaba por ir a pedirle una disculpa cuando alguien tocó a su hombro.

            —Maya, tenemos que hablar.

            Ella volteó con lentitud, pues ya sabía de quién se trataba. Era Kira, su jefa en la Mesa de Alumnos. Tenía la expresión gélida de siempre.

            —Presidenta, ¡buenos días! —Tragó saliva y sintió la culpa caer en todo su cuerpo. Estaba lista para el anuncio de un reporte.

            —Necesito que me pienses qué día de la siguiente semana puedes presentar tu examen a título de suficiencia. Necesito tener listo todo para que te lo apliquen —habló muy seria.

            —¿No debería aplicarse a fin de semestre? —Relajó por completo el cuerpo y soltó un silencioso suspiro. Sabía que hablaba de la clase de Ética.

            —Si hacemos eso, podrías perder la beca del Estado —dijo con calma—, pues actualmente tienes un cero en este parcial. Además, la subdirectora ya autorizó.

            —Está bien. Lo tomaré en una de esas horas libre que tengo. Yo te aviso.

            —Gracias, Maya. Estamos en contacto. —dijo para despedirse, dando unos pasos antes de voltear y sonreír con calidez—. ¡Ah!, también quiero agregar… ¡Muchas gracias por tu liderazgo y felicidades por todas las victorias!

            Se quedó atónita ante tal escena. En contadas ocasiones había visto esa expresión en Kira y ese gesto le proporcionó serenidad. Miró al cielo y sintió un cálido aire de otoño tan poco común para la época mientras veía todo el festejo que se llevaba en la avenida y que ahora se encaminaba a la preparatoria. Cuando bajó la mirada, Yan la observaba y gesticuló para que pudiera entenderle: «Nos vemos al rato». Ella no pudo evitar sonreír.

 

Eran casi las cinco de la tarde cuando Maya se paró en la acera de enfrente de la librería donde ayudaba Yan. Llevaba el cabello suelto, pues el viento se sentía frío. Se alisó la blusa sin mangas para después ajustarse el suéter de botones que llevaba encima. Su pantalón de tiro alto le pareció fuera de moda, pero Gisela había insistido por mensaje que la haría ver bien. Dio varios pasitos nerviosa, pues no veía a Bestia desde donde estaba. Sus botas negras hacían un ligero eco al andar.

            —Qué diferente se ve la gente cuando se baña.

            Maya volteó para ver a Yan que aparecía sonriéndole. Llevaba una playera negra holgada y se ajustó la solapa de su camisa morada apenas la vio. Sacó algo de uno de los muchos bolsillos de sus pantalones oscuros y se plantó frente a ella.

            —Buenas tardes, Yan. —Saludó con la mano.

            —Tú siempre te ves bien, Maya. Tal vez es un don tuyo.

            Ella quiso responder al cumplido, pero las palabras no salieron.

»Permíteme. —Alzó la mano para pasarle un pañuelo de tela por la sien—. Listo. Creo que era una hoja que se te quedó en el cabello. ¿Pasamos? —Hizo un ademán con la mano y señaló la plaza a sus espaldas.

 

La cafetería era el lugar que ella había elegido para espiarlo en aquella ocasión que lo siguió. Se sentaron a una mesa junto a la ventana y ella eligió rápidamente algo del menú. Él se tardó un rato en decidirse por una bebida de chocolate blanco.

            —¿No te gusta el café?

            —Ya vivo muy alterado sin cafeína. El chocolate me gusta más. —Se reclinó un poco sobre su silla—. Dime, ¿desde aquí me veía guapo o por qué elegiste este lugar?

            —¡Qué pesado! —Sonrió—. Pues, desde aquí te apreciaba bien, pero en mi defensa…

            —Querías descifrar qué pedo conmigo. Sí, está bien. Disculpa la pregunta. A ver, Maya, dime por qué una cafetería es un buen lugar para las primeras citas.

            Ella recorrió el lugar con la mirada. El sitio tenía un decorado en tonos pastel y beige, además de varios cuadros pintados a mano. La mayoría de las mesas eran de la misma altura. En cambio, las sillas solo parecían del mismo juego para cada mesa.

            —Te permite hablar, ¿no? Conocer a la otra persona y hacerle preguntas. Y justo eso quiero hacer ahorita. La vez pasada no tuve oportunidad de hablarte mucho.

            —Adelante —concedió él con una sonrisa—. Pregunta lo que quieras.

            En esos pocos minutos, Maya aprendió que él jugaba videojuegos como pasatiempo, leía un poco, estudiaba en las horas libres que se había ganado a base de reportes y discutir con los profesores. También le dijo que escuchaba todo tipo de música rock y que le gustaba la escultura. Además, le contó que no tenía papá, pues había huido de casa y que pasaba el domingo con su mamá en lo que ella decidiera.

            Ese comentario la hizo sentir extraña, Maya y su madre pasaban muy poco tiempo juntas debido a que viajaba por trabajo. En cambio, Yan parecía llevarse demasiado bien con la suya. Sintió un deje de nostalgia. Además, se arrepintió de haber indagado sobre su vida con otras personas y no con él.

            Pidieron el postre y en el siguiente ciclo de preguntas, ella descubrió que Yan practicaba karate todos los días, pues le confesó que era parte de su vida diaria. Lo había llevado consigo desde los ocho años y que el estilo que entrenaba tenía el enfoque que requería.

—¿Goju Ryu? —preguntó ella.

—Es la escuela de mi maestro. Tengo casi diez años practicando y… —Se quedó callado porque la discusión en otra mesa sonaba en todo el café.

Unos metros más allá, un comensal estaba regañando sin piedad a un joven mesero. Se disculpó varias veces y apenado, fue hasta la mesa de Maya y Yan con una bandeja de postres. Un tiramisú un poco aguado y un pastel de chocolate con la cubierta maltratada.

—Disculpen la demora —habló el chico—. Tuvimos un desastre en la cocina.

—Oye, amigo. Perdón, pero esto no fue lo que pedimos. Fue una tarta de manzana para ella y una carlota de durazno para mí. No te preocupes si tarda, esperaremos. Gracias.

—Gracias, joven. —Revisó sus órdenes y las acomodó en la bandeja—. Ya lo traigo.

            —Supongo que esto es otra lección, ¿verdad? —Alzó ella una ceja mientras le daba un sorbo a su bebida.

            —Aprendes mucho de los hombres por cómo tratan a sus mamás o a la gente de servicios. Si ves que a alguno de ellos los trata con prepotencia o groseramente, ¡corre!

            Maya pensó en dos de sus pretendientes que eran precisamente así. Se sintió apenada de recordarlos y no dijo nada.

            »¿Ves a ese tipo gritón de allá? Si ella es lista, esta es la última vez que salen juntos.

            La cita continuó cuando llegaron sus postres y los degustaron con lentitud. Maya le empezó a contar a Yan que a veces le costaba divertirse, sobre todo en este último año. Las responsabilidades habían llegado a un punto donde había que posponer muchas cosas que ella disfrutaba hacer. Él dijo que tal vez necesitaba ayuda del Guardián de la Diversión.

            —¿El qué? —Sonrió ella extrañada.

            —¿Nunca viste El Origen de los Guardianes? La produjo Guillermo del Toro. Salió hace dos años cuando se “acabó el mundo”.

            —No la conozco, Yan. Casi no veo películas animadas. Es que… pasó algo en secundaria. Conté que todavía veía Plaza Sésamo con una de mis sobrinitas y se burlaron de mí.

            —No por eso vas a dejar de disfrutar la vida, princesita. La secundaria ya quedó muy atrás. Mucho, pensando que nuestra prepa dura cuatro años. ¿A quién se le ocurre que todavía podría funcionar ese esquema? Como sea, no dejes de disfrutar la vida por eso, ¿de acuerdo?

            Maya asintió mientras en la otra mesa, la de los gritos, el sujeto se levantó, resopló sobre su amplio bigote y salió del lugar muy enfurruñado. Ella lo siguió discretamente con la mirada.

            —Supongo que, como dices, ya no habrá segunda cita para ella.

            —Y hace bien. —Volteó a ver a la chica, que aparentaba ser un poco mayor que ellos—‍. Amiga, de la que te salvaste.

            La muchacha sonrió y pidió algo más antes de irse.

            Cuando estaban por retirarse ella sacó dinero de su cartera, pero él la detuvo con un ademán. Él insistió en que era la primera cita formal y que el pretendiente debía pagar en ese momento.

            —Me siento mal, Yan. No creas que no sé que pagaste por todo el material de la salida anterior.

            —Somos estudihambres, Maya. Ahorita sí es posible que tengan que irse micha y micha, pero en cuanto empiezan a salir, tal vez deban hablar cómo serían las salidas. Tú pagas una y él paga la otra, se van a mitades siempre, el que invita paga todo. Cosas así hay que hablarlas. Ya tú decidirás qué aceptas. No te vayas a topar con tacaños extremos o con dadivosos muy sospechosos. Además, con esta economía… —Se encogió de hombros.

 

Salieron a la plaza y estaba abarrotada, el murmullo de cientos de conversaciones inundaba el ambiente. No dieron ni dos pasos cuando el olor de la zona de comida les hizo olvidar el aroma del café. Anduvieron sin rumbo por el lugar y cuando ella iba a mencionar que ya era hora de retirarse, notó que una mujer con el cabello rubio entornaba la vista en su dirección. Se abrió paso entre el gentío para llegar hasta ellos.

            —¡Hijo! Destacas entre la multitud con esa trenza. Los muchachos casi no la usan así.

            —Mamá, ¿qué haces aquí? Creí que estarías trabajando. Además, fue idea de Gis lo de mis greñas.

            La señora desvió la mirada hacia Maya y le sonrió, por un momento, cuando volvió hacia su hijo, juntó ligeramente las cejas.

            —¿No me presentas?

            —Ah, sí. Maya, mi mamá. Mamá, ella es Maya. Salimos por un café.

            —¿Maya Vega? Sí he oído hablar de ti.

            Ambas se saludaron y estrecharon la mano. La chica notó que la madre de Yan era muy joven. Se preguntó qué edad tendría. Después de unos segundos de conversación, ella le sonrió con ternura y se llevó la mano a la boca.

            —Me alegro de que mi muchachote salga un rato en las tardes a otras cosas. Y mira nomás, con la señorita del cuadro de honor.

            La mencionada se ruborizó y agradeció con pena.

            —Nos tenemos que ir, mamá. Ya es tarde para ella.

 

Las despedidas fueron breves y ellos ya estaban afuera de la plaza. El viento del otoño le hizo ondear el cabello a Maya y Yan sacó un gorro de color gris de otro de sus bolsillos y se lo ofreció a ella.

            —Gracias. Oye… tu mamá se ve muy joven. —No supo cómo continuar.

            —Es que me tuvo cuando estaba terminando la uni. De hecho, tuvo primero mi acta de nacimiento que su título. —Se rio—. Aquí sería el momento en que te acompaño a tu casa, pero ya vi a tu sombra en la otra esquina. Nos vemos mañana, Maya.

            —Nos vemos, Yan. Muchas gracias por todo.

 

Yan iba en camino a su casa cuando le sonaron algunas notificaciones de golpe. No había revisado su teléfono en la cita por respeto a la chica. Cuando encendió la pantalla, vio varios mensajes de la Movida en calidad de urgente. El que más le llamó la atención era el que rezaba: «El dire quiere que lleves dos medallas el sábado. La de equipos y la individual. Mañana te dan la noticia».

Él hizo memoria de todos sus compañeros que habían salido lastimados durante la semana y no alcanzarían a participar en las dos divisiones. Maldijo para sus adentros todo el camino de regreso.

Para este punto ya deben darse cuenta, los capítulos nombrados son interludios o historias laterales. Los numerados son la trama principal. ...

Para este punto ya deben darse cuenta, los capítulos nombrados son interludios o historias laterales. Los numerados son la trama principal.

La semifinal de beisbol se estaba disputando ante los ojos de Maya. El miércoles quince de octubre pintaba a estar parcialmente soleado y le permitía observar bien el encuentro. La “cueva” del equipo de su preparatoria estaba inundada de emociones mientras veían que los superaban por dos carreras a mitad de la cuarta entrada.

            —Me parece una estupidez que solo juguemos cinco innings —refunfuñó David, el capitán—. Y me parece una mayor que Bestia se encuentre aquí. —Lo fulminó con la mirada.

            Maya entendía su enojo. Al inicio del semestre, Yan lo había puesto en su lugar con una sola cachetada y después, dos veces a la semana, le propinaba una lección de humildad al empezar las clases de karate. Nadie más del equipo parecía molesto con la presencia de Bestia, a pesar del altercado por defender a Rob. La explicación del profesor Juan fue sencilla: “A veces, después de unos madrazos o una enfermedad, nos hacemos amigos. Los hombres somos así de simples”.

            —También me da gusto estar aquí, David. —Sonrió Yan.

            Bestia, con el uniforme de beisbol, estaba situado entre el coach Juan y el Coordinador Liam. El entrenador resoplaba sobre su poblado bigote entrecano. Se cruzó de brazos antes de dirigirse al capitán.

            —¡David! Quiero que aplastes a ese bateador presumido. Juega con su mente y métele tres strikes. ¡A ganar, carajo!

            —Como guste, coach. Oye, Bestia —lo señaló con la mano enguantada—, mira a ver si aprendes algo más que solo dar chingadazos.

            Gisela soltó una risita por un costado de Maya. Ella vestía una versión de falda y calcetas altas del uniforme rojizo de los Ocelotes, el equipo de la prepa. Había escuchado del Coordinador que ella era La Banca Eterna del equipo y por eso se le permitía estar ahí. Maya, en cambio, estaba en representación de la Mesa de Alumnos —y porque Yan la había invitado.

            —David tiene mucha energía. —Se recargó en el hombro de Maya—. Lástima que solo la gaste en estupideces.

            El capitán, orgulloso, caminó con lentitud mientras las gradas coreaban su nombre. Un presentador, alumno de Comunicación de una universidad local, narraba el evento.

            ¡David está en el montículo, querida audiencia! Y viene a aplacar al equipo visitante y a ese pedante bateador. ¡Miren a ese pavo real! Cómo se pavo-nea. ¡Primer strike! ¡Tardé más en narrarlo que el capi en hacerlo! ¡Ya era hora de bajarle los humos a esa chimenea que tienen al bate!

            —Es bueno, coach Juan, con razón es el capi —dijo Yan, con un pie en la escalinata.

            —Le falta disciplina, pero si todo sale bien, los ponchamos ahorita.

            —¿Va a meter a Oliver a batear?

            —Por supollo, Bestia —confirmó el mencionado—. Nací listo. —Se sobó con pereza un cardenal del rostro, fruto del mal entrenamiento con el capitán—. Ahorita que David los aplaque, entro yo a rematar.

¡Segundo strike! Al “farol” del equipo visitante ya le tiemblan las manos. ¡Vamooooos, Ocelotes!

            —Pues parece que no te vamos a ocupar, Yan —habló Juan y relajó los hombros.

            Se viene el tercero, gente. Abanica y… ¡David la detuvo a la altura del pecho! Es out y nuestro presumido menos favorito queda fuera. ¡Momento! El capi se desplomó en el campo.

            Maya observó la escena con lentitud. Estaba por buscar a alguien de Brigadas cuando vio a Yan salir como una centella hacia el inerte jugador. Los profesores Liam y Juan corrieron un instante después. Gisela la jaló del brazo y cuando volvió a ver el montículo, Yan y una chica ya estaban auxiliando a David. «Es muy veloz para nunca querer correr», pensó Maya y se reprendió enseguida.

            Pasaron unos angustiosos instantes desde que vieron entrar a los paramédicos, apostados en la escuela, hasta que dieron la señal de que todo estaba bien. Zaza estaba entre los presentes que se acercaron a observar con los ojos muy abiertos y las manos tapándole la boca. Maya vio que Yan se regresaba al dugout y el Coordinador lo alcanzaba para regañarlo. No alcanzó a escuchar bien lo que decían.

            —… no era necesario. ¿Me oyes? Puedes descansar de Brigadas cuando estés jugando.

            —Tranquilo, coordi. Estoy completo para entrar ahorita.

 

Oliver y dos de sus compañeros, pese a su esmero, fueron esquivos de la victoria. Él ahora estaba sentado, con una venda en la mano y una derrota en el semblante. Aunque quisiera reprimirlo, el llanto quería brotar de sus ojos. El ánimo en la cueva había decaído bastante. El coach Juan cuadró sus anchos hombros para después hablar.

            —Puedes llorar, muchacho, no pasa nada. Lo diste todo. —Se aclaró la garganta para dirigirse al equipo—. No les estoy pidiendo que ganen, porque ya llegamos hasta aquí. El otro equipo hasta parece que se inyecta drogas americanas o algo, no sé. Solo quiero que no salgan achicopalados. Si van a jugar, diviértanse, por favor. Los quiero ver animados como cuando entrenan. ¿Van a salir a disfrutarlo?

            —¡Sí, coach! —gritaron al unísono no muy convencidos.

            —Tomi no está. ¿Y si ya metemos al reserva? —Sugirió Oliver con la voz dolida.

            —Bestia —habló el entrenador y dio media vuelta para dirigirse a él—, no eres regular del equipo, pero sí quisiera que…

            —No se preocupe, coach, yo me los despacho. No es la primera vez que me desmadro a todo un equipo, ¿o no?

            Todos rieron con la broma para después empezar a vitorearlo. Él se dirigió a la salida y cuando tomó su guante le alcanzó a susurrar a Maya.

            »“Te dedico esta victoria”, es lo que debería decirte tu pretendiente. —Al borde de la cueva y con una bendición de Gisela se dio la vuelta para hablar más alto—. Esta también es una lección, princesita.

            —¿Vega también va a jugar? —preguntó Oliver a viva voz.

            Yan se ajustó guante y gorra. Después de una rutina para calentar los músculos, se acercó de nuevo a la cueva para amenazar a Rob, quien había estado más invisible que el aire hasta ese momento.

            —Si al terminar el partido no eres más vitoreado que yo, ¡haré de tu entrenamiento un infierno!

            Su andar hacia el campo hizo retumbar las gradas mientras saludaba con presunción y amenazaba con señas al bateador rival.

            ¡Miren quién salió a dar la cara por la prepa! Yaaaan, «la Bestia» García. Y ya se escucha a toda nuestra chusma gritar: “¡Yan, Yan!” ¿Será posible que se blanqueé al equipo visitante en esta entrada?

            Tres strikes seguidos y la multitud parecía un mar de gritos. El recién ingresado pitcher hizo una reverencia a su audiencia para después voltear a la cueva. Maya alcanzó a escuchar que amenazaba a su amigo.

—¿Los oyes, Rob?

El siguiente bateador solo cometió un faul, pero también fue víctima de los escopetazos que Yan lanzaba desde el montículo.

            Dos outs sin esfuerzo y seguimos solo por dos carreras abajo. ¡Miren quién llegó! Es el petulante que le pegó en el pecho a nuestro capi. ¿Será que Yan logra tres seguidos?

            —Me preocupa que ese bruto le apunte también al pecho a mi Bestia —musitó Gisela—‍. ¿No podemos cambiar de pitcher?

            —No, Bella, míralo. Está demasiado confiado. —Maya tenía la mirada entornada.

            A la distancia, Yan le hacía una seña a su rival desde el montículo. Maya no tuvo que escuchar lo que dijo, pues le alcanzó a leer los labios: “Vas a caer”. Se pasó el pulgar cerca del cuello y el bateador le contestó una ofensa digna de una falta por actitud antideportiva.

            ¡Ni lo vio venir, caray! Abanicó quince años tarde. Primer strike. ¡Qué brazo, mi gente! Bestia está imparable. Que no les digan, que no les cuenten, aún hay esperanza.

            Yan se estiró con pereza, dibujando la imagen de la petulancia. Miró hacia abajo y respiró hondo.

            »¡Cae el segundo strike para el agresivo ese! Una bola lenta que ahora abanicó una eternidad antes. ¡Sí se puede! ¡sí se puede!

            —¡Ya mejor suelta el bat, amigo! —dijo Yan a viva voz—. Te verás menos mal, en serio.

            El bateador escupió al piso e hizo girar el bat para relajar las muñecas.

            Bestia se prepara y lanza. ¡Pero sí le dieron a la bola y…! ¿Y la bola?

            Maya se alarmó cuando escuchó el golpe y vio que Yan estaba doblado por la cintura con la vista fija en el piso.

            —¡¿Le pegaron?! ¡¡Yan!!

            —Maldito presumido —escuchó decir al coach Juan.

            En todo el diamante reinaba la consternación. Tanto audiencia como beisbolistas buscaban la pelota o volteaban a ver a Yan que seguía doblado por la cintura. Su rival, con muchas dudas, soltó el bat con torpeza y empezó a correr a primera base.

            —¡¿A dónde vas, novato?! —Yan se irguió y con la mano enguantada que tenía a su espalda, levantó la bola atrapada—. ¡Órale a su casa!

            Nadie lo vio venir. Yan se agachó y atrapó la pelota a ciegas con su guante. ¡Qué jugada! ¡Qué presumido! ¿Qué devoción le tengo a este desgraciado! ¡Aún hay esperanza!

 

En la cueva Yan fue recibido como un héroe. Maya lo felicitó cuando pasó a su lado y él alcanzó a susurrarle:

            —Y cuando te dediquen una jugada, la tienen que hacer bien.

            Ella le sonrió pese a la presunción. Gisela y el resto del equipo fueron a rodearlo con un abrazo grupal. Cuando el muchacho se encaminaba a hablar con Rob, el coach lo detuvo.

            —Me hubiera gustado que no fueras tan presumido, pero gracias por sacar esta jugada.

            —Saque a sus dos mejores bateadores, coach. Rob tiene que lucirse al final.

 

La parte baja de la última entrada y los Ocelotes tenían dos personas en segunda y tercera base. Sin embargo, dos outs los tenían amenazados con terminar el partido sin poder anotar carreras. Robi fue víctima de los consejos de Bestia y ahora se encontraba al bat. Su rápida respiración se notaba desde lejos.

            —Vamos, Rob, ¡tú puedes! Manda a volar esa pelota —gritaba Yan como un altavoz.

            ¡Primer strike para Robi! No pasa nada, gente. Ahorita se recupera.

            —Rob, esto es sencillo. ¡Lo practicamos muchas veces!

            Segundo strike, aún queda esperanza. Esto no se acaba hasta que yo lo narre.

            —¡Maldita sea, Rob! Mueve tus flojos brazos o voy y te reviento el bate a medio chamorro. ¡Lo digo en serio!

            Le pegó, pero fue faul. No te quiero presionar, muchacho, pero si eres un Vinicio Castilla en potencia es momento de demostrarlo.

            Maya miraba que Bestia echaba llamas por los ojos. Gisela alternaba la vista entre Yan y su amigo. Ahuecó las manos antes de alzar la voz.

            —¡Mi abuelo abanica mejor que tú, Rob! ¡Batea, maldita sea!

            Los insultos empezaron a subir de intensidad. Bella y Bestia parecían un coro bien ensayado de ofensas. El resto del equipo se les unió para formar un sonido más atronador.

            Lanza y… ¡No puede ser! La pelota se va… ¡Se va! No fue jonrón, pero miren cómo despertaron los jardineros para ir por ella. ¡Corre, Robi!

            —¡Más te vale que hagas carrera, imbécil! O vas a dar cien vueltas al diamante.

            Todos los presentes se pusieron de pie para ver el posible final del partido.

            ¡Se pudo, damas, caballeros y fanaticada! ¡Los Ocelotes marcan tres carreras!

 

Después de que el equipo alzó en brazos a su nuevo bateador estrella y se fueran a festejar, Maya fue guiada por Gis hasta la terraza, en la cafetería. Aún no se había cambiado el uniforme de atletismo y agradecía que el cielo estuviera nublado. La canción que tenía en la mente desde la mañana aún la tarareaba.

            —Listo, bonita, llegamos. Necesito ir a consolar a una amiga. A ti te dejo con tus ensayos.

            —¿Ensayos? —Ladeó la cabeza y vio a Yan con un pie sobre una de las bancas.

            Maya lo miró extrañada. No habían hablado en forma desde el sábado que se vieron para su primer simulacro de cita. Él ya se había cambiado a su atuendo regular de bravucón de camisa negra y lentes oscuros.

            —Hola, campeona. ¿Lista para otra lección?

            —Hola. ¿Cómo que campeona? Apenas llevamos seis medallas.

            —Cien, doscientos y cuatrocientos metros planos. La de relevos que te ayudaron Sonia y Sam. Además de saltos de altura y longitud. Seis de seis, no está mal para la alumna estrella.

            —Somos un buen equipo, Yan. Todavía no sabemos qué esperar mañana.

            —Como tú digas. —Se encogió de hombros—. ¿Lista para tu siguiente lección?

            —Claro que sí, maestro —bromeó e hizo una ligera reverencia—. Yo… —volteó a su izquierda sorprendida—. ¿Esa es una grabadora?

            Ella observó la radio con sintonizador analógico y una sola bocina que ya estaba encendida. Manipuló ligeramente la antena y vio que la manija estaba un poco maltratada. Yan la movió hacia él.

            —Es una radio sencilla. No sirve para grabar. —Subió un poco el volumen para escuchar al locutor.

            —Eres un anciano, Yan. No recuerdo la última vez que escuché la… —enmudeció al escuchar su nombre.

            —…la campeona y capitana de atletismo del Bachiller Ignacio Zaragoza. Tu admirador te dedica esta rola. Lloviendo Estrellas de Cristian…

Escuchó con atención la canción de principio a fin. Algunos versos los entonó con tanta alegría que ni se dio cuenta cuando estaba por terminar y el locutor empezaba a hablar de nuevo.

            —Era la canción que llevaba en mi cabeza toda la mañana. ¿Cómo…?

            —No soy fan del Cristian popero, pero su lado metalero… —Se aclaró la garganta—. Tu pretendiente tiene que saber de tus gustos, Maya. Ya sea que dedique una canción en la radio, en una bocina afuera de tu salón, casa o lugar de trabajo, o si tiene varo se pague un mariachi. Lo que sea, pero que te guste. No vaya a llegar con Vampiresa de Tigrillos si eres gótica.

            —No. Sería pésima idea. Gracias por el detalle, Yan, en serio. —Se levantó y miró la hora—. ¿Te voy a ayudar en karate?

            —Hoy no. Tal vez el viernes para preparar al equipo.

            —De acuerdo, príncipe encantador. —Se rio—. Nos vemos mañana.

            —Ajá. —Esbozó una sonrisa—. No has visto nada. Mañana, si vas o no a ayudar, te veo en el negocio a las cinco en punto. —Se retiró y la despidió con una mano—. Esta solo fue la obertura, Maya. Espera a presenciar todo el concierto. —Su sonrisa tenía tanta presunción que Maya no pudo evitar sonreír también.

             Lo vio retirarse al segundo gimnasio con un andar muy seguro. «Pues hasta ahora lo ha hecho bastante bien», razonó.